LA PRIMERA REPÚBLICA ESPAÑOLA

Vol. 11 / enero 2024
RESEÑA. Autor: Carlos Sánchez Lozano

Jorge Vilches, La Primera República Española (1873-1874). De la utopía al caos, Madrid, Espasa Calpe, 2023, 655 pp. (ISBN: 978-84-670-6874-0)

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La primera república VilchesConvendrá recordar en principio que de los dos paréntesis republicanos de la historia española contemporánea, el federalista del siglo XIX y el del XX que acabó en cruenta e internacionalizada guerra civil, el primero posee una bibliografía reducida mientras que este último ha disfrutado de una exuberante aplicación publicística y de los estudios sin parangón, y esto tanto de manera rigurosa como por completo ideológica, en todos los grados posibles. Es por tanto relevante la publicación de una investigación rigurosa de la primera de las repúblicas, toda vez que se revela no solo materia para el estudio historiográfico sino incluso antes bien para la sana reflexión del ciudadano honesto.

En febrero de 2023, coincidiendo con la efeméride del 150 aniversario de la proclamación de la Primera República española, tuvo lugar la edición del libro objeto de esta reseña. Estamos ante una investigación de importancia que se aparta del relato historiográfico hegemónico, basado, como indica su autor, “en eso que se llama la España que pudo ser” y según el cual dicho régimen supuso un tiempo de esperanza y progreso truncado por los “reaccionarios” (p. 11).

Más aún, pues ya se sabe que de un tiempo a esta parte sobre la nación española se cierne, como espesa niebla que interfiere la clara visión, un conglomerado de ideas utópicas, pretendidamente progresistas, e identitarias, configuradas a modo de nueva ética que se quiere liberadora, previa disolución del orden anterior, y que se aplica a una reescritura de la Historia o a configurar/confundir la opinión y, por consiguiente, se desentiende de la verdad.

El trabajo de Jorge Vilches no se acomoda a esta “ética”, pues en él, aparte de su constatado rigor historiográfico, puesto al servicio de vencer el obstáculo manifiesto de la complejidad del periodo, “que no cabe resolverla con un relato político o con estructuralismos sociales o economicistas” (p. 11), se expone la clave interpretativa de esa convulsa época: el carácter utópico de La Federal y la actitud de sus dirigentes.

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“El cantón murciano”. Imagen de los bombardeos del Ejército sobre la ciudad cantonal. La Madeja Política, 13 de diciembre de 1873

La investigación, realizada “sin despreciar fuentes por su sesgo ideológico, sin apriorismos, favoritismos o presentismos” (p. 12) viene a subsanar la deficiencia indicada por el propio autor, pues, “conviene señalar que en la historiografía española faltaba un trabajo profundo sobre la vida política de la Primera República, la de 1873 y 1874, basado en fuentes primarias y secundarias contrastadas” (p. 14). Es más, la obra aporta algún que otro descubrimiento historiográfico, como el referido a Castelar, “que permitió, empujó y aplaudió el golpe de Estado del general Pavía de la madrugada del 3 de enero de 1874 (…) documentado en las primeras páginas de la parte V” (p. 571).

Jorge Vilches no pretende hacer un panegírico de los republicanos ni tampoco un ataque y, como él mismo escribe, “no soy nuevo en esto, y sé que es más fácil conseguir el aplauso del gremio de historiadores si se escribe favorablemente de los republicanos o de los progresistas del siglo XIX, y mal de los monárquicos, conservadores y católicos (…;) sostengo que no hay que entender el oficio de historiador como escribir bien o mal sobre algo o alguien, o reivindicar o denostar personajes. Se trata, en mi humilde opinión, de contar las cosas como uno interpreta que ocurrieron sobre la base de lo que otros estudiaron, en función de la documentación que maneja y sin ocultar datos que tuerzan la intención inicial del autor (…;) no obstante tengo presente que la opinión del historiador se refleja en su investigación (…). Creo que la Historia es una tarea de descubrimiento constante de nuevas fuentes o de relectura de las ya conocidas, pero con un aparato analítico renovado” (p. 15).

Vilches parte de la pregunta: ¿cómo se predicaba el federalismo? Su interés se inició de este modo, con la descripción de las formas propagandísticas de la utopía republicana en todos sus elementos: culto a la revolución, mesianismo como mentalidad política, defensa del dogma, papel de los profetas como Emilio Castelar y Francisco Pi y Margall, y de los divulgadores políticos, periodísticos y literarios, e incluso los lugares de culto, pues, “el utopismo explica en buena medida el caos cantonal, partidista, constitucional y político de 1873, y considero que mostrar que La Federal se propagó como una clásica utopía política del siglo XIX es imprescindible para entender el desarrollo del republicanismo y su naturaleza” (p. 16). En fin, el conjunto de esta idea política utópica tuvo sus consecuencias en España, como antes en el resto de Europa.

La primera parte del libro se centra en condensar las razones de la caída de la monarquía democrática de Amadeo I, lo cual es “imprescindible para entender los errores que llegaron a la Primera República (p. 17). Sin embargo, parte de estas razones vienen del reinado de Isabel II, especialmente del problema suscitado entre 1863 y 1866, pues, “los dirigentes de los partidos se caracterizaron por aquello que hacía inviable cualquier sistema constitucional y liberal” (p.12). El autor se refiere, al “obstruccionismo parlamentario para derribar a los ministerios; a las negativas y a los vetos para formar gobiernos de coalición o de conciliación programática; al cálculo partidista para no depurar el sistema electoral; a la múltiple división en cada partido, y al retraimiento electoral como forma de censura de una decisión política. En suma, el comportamiento desleal e irresponsable de las elites de los partidos impidió la estabilidad del reinado de Isabel II y obligó a un ejercicio de la regia prerrogativa más allá de la lógica de una monarquía constitucional, exactamente igual que pasó con Amadeo I de Saboya” (p. 12).

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«La bandera que lleva la mujer –que representa a la España republicana– fue una de las banderas con las que se simbolizó La Federal. La usaron los federales, como la roja la utilizaron los cantonales. Nunca se pretendió que fuera la bandera oficial de España». La Flaca, 2 de julio de 1873

Por consiguiente, la convivencia durante los reinados de Isabel II y Amadeo I era imposible, más aún “si a lo anterior sumamos una retórica política exclusivista que se apropiaba de la libertad y del pueblo para demonizar al adversario, arrogándose un derecho a gobernar y una misión de corregir la historia de España” (p. 13). Bajo estas circunstancias de ausencia de convivencia política fue proclamada la Primera República, pero no fue una proclamación sin violencia. “Corrió la sangre, hubo violencia, robos y ajuste de cuentas, se quemaron edificios oficiales y se atacó a las fuerzas del orden. El número de muertos como resultado del 11 de febrero no se puede hoy concretar, incluidos cargos públicos, militares, guardias y paisanos. La mitificación posterior de dicha fecha obvió estos asesinatos, legitimados por lo que se supone un bien mayor, la proclamación de la república” (p. 134).

La segunda parte del libro expone el periodo de Estanislao Figueras como presidente, entre febrero y junio de 1873. Múltiples golpes de Estado, conspiraciones y maquinaciones. El hecho es que Figueras, que carecía del respaldo de un partido político serio y estable, era presa de la utopía y la embriaguez de victoria.

La parte tercera está dedicada a Pi y Margall. “Este federal siempre ha tenido, junto a Nicolás Salmerón, un aura de filósofo progresista y demócrata que podría haber llevado a España a la cumbre del desarrollo. Pero este análisis es voluntarista, no pegado a la realidad. Una vez que nos fijamos en los hechos y nos preguntamos por su actuación, su comportamiento y su coherencia, las respuestas desdicen este mito. Quizá su aportación filosófica es interesante, pero su actuación política dejó mucho que desear (…) el federalismo de Pi no era democrático ni estaba basado en la armonía, sino en la violencia” (pp. 18-19).

Las partes cuarta y quinta abordan los gobiernos de la derecha republicana (Salmerón y Castelar). “La figura de Salmerón, tal y como se cuenta en la parte cuarta, necesita una biografía política e intelectual completa que sitúe al personaje fuera del mito” (p. 19). Si Emilio Castelar fue la última esperanza del republicanismo, y al mismo tiempo su enemigo más odiado, como se afirma en la obra, lo que más le interesa de este personaje al autor es su “reconversión al orden, los motivos de que renegara de la utopía y del federalismo, así como su pretensión de incluir a conservadores y radicales en la República” (p. 19). El estudio de Vilches muestra cómo Castelar se apegó al posibilismo y prácticamente dejó de lado el mundo de las ideas, cosa que Salmerón nunca hizo. “Una prueba de ello es que Castelar se rodeó de republicanos conservadores pragmáticos, mientras que Salmerón tan solo escuchaba los consejos de los krausistas” (p. 385).

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Emilio Castelar (1832-1899). Cuarto Presidente del Poder Ejecutivo de la República (7 de septiembre de 1873 – 3 de enero de 1874). La Flaca, 21 de agosto de 1873

La sexta parte Vilches la dedica a la República de Serrano, especialmente porque “los libros de historia suelen pasar por alto ese año y solo cuentan el golpe del 3 de enero y el pronunciamiento de Sagunto” (p. 20). El capítulo se centra sobre los líderes republicanos desalojados del poder, “sus planes y actuaciones, las relaciones exteriores, la guerra, el proceso interno hacia una restauración pactada y el alfonsismo y sus dificultades” (p. 20).

Ahora bien, ¿por qué no se consolidó la República? Vilches considera que las respuestas que se ciñen a la crisis económica, a las guerras civiles o al papel del ejército son insuficientes, pues “estos mismos problemas existían antes y después en España y en otros países, como Francia. En este último se consolidó la Tercera República con una guerra contra Alemania y otra contra la Comuna, además de una crisis socioeconómica, y no se evitó que los militares intervinieran en la política” (p. 17). Así pues, el uso de excusas exógenas lleva a un callejón sin salida y, además, falso. “¿Es que la República, el sistema más perfecto según sus predicadores, solo podría tener éxito con la Hacienda arreglada, el país en paz y el ejercito limitado a su papel militar? Con estas condiciones positivas podría funcionar la República, claro, y cualquier otro régimen. La clave era contar con una elite política responsable, conciliadora y unida por un proyecto común. Esta es la respuesta” (pp. 17-18). Por consiguiente, si en teoría las intenciones eran buenas, la praxis fue un desastre. “No hubo un verdadero interés por el funcionamiento de la democracia y su consolidación, sino por tener y ejercer el poder contra viento y marea, por disfrutar de un incomprensible “derecho a gobernar” para salvar a España sin pasar por las urnas. Existió un culto a la revolución que impidió el ejercicio de la libertad y de la democracia, y que derivó en un caos, justamente en el punto álgido revolucionario: la Primera República” (p. 14).

Vilches afirma que la característica determinante y a la postre mortal para la República de 1873 fue que La Federal se constituyó, propagó y defendió como una utopía política durante cinco años, entre 1868 y 1873. Durante ese tiempo, defendieron los republicanos “su proyecto como una organización perfecta y definitiva que solucionaría todos los problemas históricos, presentes y futuros, con exclusión de cualquier otra fórmula política. La Federal reunía todas las características propias de la utopía decimonónica: era presentada como un orden perfecto para el futuro, alternativo al existente, que se basaba en los más altos principios, que se localizaba en un territorio concreto, necesitaba una importante movilización social y empujaba a la acción política para cumplir con el destino histórico. Era la solución definitiva y perfecta para superar todas las dificultades. El fin de la Historia. Por ello había que forzar su proclamación cuanto antes, por el bien de la patria, del pueblo y de la humanidad, en consonancia con el devenir de la Historia y siguiendo la ley del progreso, a la que se profesaba una fe propia de una religión secular. Quien no lo viera así era un obstáculo, un ignorante o un traidor” (p. 135).

Por ello, no abordar el estudio de La Federal como una utopía hace inviable una explicación del caos de 1873. Es imposible explicar “las dificultades con los partidos no republicanos, la guerra entre estos, el descontrol de los revolucionarios de provincias, la negativa de las potencias europeas a reconocer la República y el desprecio de los federales a la legislación democrática y a la legitimidad institucional” (p. 135). A juicio de Vilches, la predicación de la República se efectuó mediante contenidos y formas propias que son las propias del utopismo del siglo XIX, y esto por dos motivos. Primeramente por el propósito de obtener con facilidad, mediante la apelación a sentimientos, la movilización de una población en parte considerable analfabeta, habituada a la imposición sobre el adversario y a la que se le prometía la resolución de todo problema existente mediante la simple la simple proclamación republicana. En segundo lugar, en razón de una concepción de la vida política y del desarrollo histórico fundada en la propagación de principios exagerados destinados a la conducción de las conciencias y la vida pública hacia su cumplimiento. De hecho, la difusión de tales ideas, aun tenidas por exageraciones en aquel tiempo, permitían su incorporación al debate público con la consiguiente creación de opinión.

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Estanislao Figueras (1819-1882). Primer Presidente del Poder Ejecutivo de la República (11 de febrero – 10 de junio de 1873). La Flaca, 20 de marzo de 1873

Aquello que se perseguía era el desmontaje de todo lo que había sido España mediante toda proclamación de La Federal, la cual suponía una pretendida y completa reordenación del país, simplemente una imposición inmediata sin posibilidad de conciliación. Entre finales de 1868 y la aprobación de la Constitución de 1869, Pi y Margall y Castelar fueron quienes mejor definieron La Federal. “Pi y Margall ofreció una argumentación filosófica, histórica, administrativa y económica en el prólogo de la publicación en España, a mediados de octubre de 1868 de, El principio federativo, de Proudhon. La influencia de este pensador francés fue decisiva, porque Pi y Margall encontró la fórmula revolucionaria para cambiar la estructura política y económica partiendo de la voluntad popular, y coincidente con la Historia del país, como Proudhon había pensado para Francia. La federación, según explicaba Pi y Margall, era una fórmula de gobierno basada en el pacto sinalagmático, conmutativo, limitado y concreto que combinaba el principio de autoridad con la garantía de los derechos individuales. Era una fórmula que, fundada en el acuerdo entre iguales, parecía resolver satisfactoriamente los problemas políticos y sociales, y poner las bases de la kantiana ‘paz perpetua’. El pacto también servía para resolver la cuestión social y los problemas económicos, ya que cabían confederaciones para cada sector: comercio, industria, agricultura, transporte o finanzas. La suma del federalismo económico y el político era la solución a un caos histórico y presente. La Federal permitiría, por tanto, el renacimiento social, la paz interior y exterior, la unión ibérica, el desenvolvimiento de la cultura y las costumbres provinciales, la economía de gastos y la eliminación de los ejércitos. Pi y Margall defendió La Federal a sabiendas de que se trataba de una utopía. Sostuvo que lo importante era introducir en la mentalidad del pueblo las aspiraciones federales para ir avanzando hacia la forma de gobierno perfecta: la federación” (pp. 140-141).

Castelar, según Vilches, fue el otro intelectual que alentó la fe en La Federal como el proyecto revolucionario pendiente. No le importaba que se considerase utópica la federación, pues él mismo pensaba que todo lo exagerado y falso perecería, mientras que habrá de sobrevivir todo lo verdadero y progresivo. Es decir, Castelar “utilizaba el utopismo como instrumento para avanzar hacia la federación. Por tanto, La Federal era para Castelar una utopía del movimiento de ideas progresivas del siglo XIX” (p. 141).

Según Castelar la federación tenía un doble sentido, “por un lado era sinónimo de descentralización y, por otro, la fórmula para alcanzar la unión de las naciones (…) Entendía que La Federal era “descentralizar la Administración para que cada individuo fuera un ciudadano, “cada municipio un ser en sí”, “cada provincia un organismo perfecto” y el Estado estuviera reducido a sus “atributos esenciales” Castelar no era socialista pero entre 1868 y 1873 sostuvo que sólo La Federal lograría la emancipación económica, social y política de los trabajadores, entendiendo por “emancipación” que el trabajador tuviera plenos derechos individuales y existiera el sufragio universal, y se beneficiara del asociacionismo de intereses y mutualista, así como de la acción del Estado en cuanto a facilitar la propiedad de la tierra y el acceso a la educación. Este discurso lo envolvía en el milenarismo cristiano copiado de Lamennais, en el que hacía referencia la obligación que establecía el Evangelio para la “redención social”, y a ello añadía el asociacionismo de Saint-Simon y Owen, o el liberalismo social de John Stuart Mill” (p. 143).

En realidad, como indica Vilches, “los republicanos siempre se creyeron en posesión de una superioridad moral y la envolvieron en algún razonamiento filosófico y cientifista para presentarla. Se atribuyeron el papel de salvadores con una fórmula mágica, mostrada con formas de carácter religioso:

Nosotros mismos, los republicanos, los utopistas, los locos de ayer, damos al gobierno la gloria de que se salve, de que salve a España, de que nos salve a nosotros.

Por eso estar contra La Federal era estar contra la felicidad y el bienestar de la humanidad” (p. 144).

Consecuentemente, “para estos mesías políticos, la ley era un obstáculo frente a la fuerza arrolladora de la religión del progreso, cuya fórmula esencial era el epítome del caos: romper la soberanía nacional para crear un número indeterminado de cantones soberanos que decidirían de forma autónoma su manera de convivir con el resto” (p. 567).

La Federal no era un proyecto modernizador, sino una excusa para la revolución y tomar el poder, pues como indica Vilches, “la modernidad, como se vio en el resto de Europa, no consistía en prolongar los usos golpistas y violentos, la utopía, la barricada, la autoproclamación del cantón, el armamento del pueblo, sino la reforma legal, el parlamentarismo y la extensión de las costumbres publicas liberales, en suma, la realpolitik” (p. 145). Por eso puede afirmar Vilches, “España era un país que se alejaba del camino que habían tomado las potencias europeas” (p. 410).

Otro aspecto importante puesto de relieve en la obra lo constituye la participación de los internacionalistas. “España era un campo de pruebas ideal para los internacionalistas, en especial para los bakunistas. Es conocido que la Internacional llega a España de manos de los anarquistas, que en su competición con los marxistas fueron más listos y organizaron un viaje por toda España –desde octubre de 1868– para conseguir la adhesión de las sociedades obreras del país a la Internacional, siguiendo las ideas anti autoritarias de Bakunin, que estaban centradas en la revolución espontanea. Cuando se celebró el Primer Congreso Obrero de España, en Barcelona, en junio de 1870, el socialismo español ya era bakunista. La proximidad a los planteamientos básicos del anarquismo federal de Proudhon difundidos por Pi y Margall convirtieron a internacionalistas e intransigentes en socios en la milicia y en las barricadas. La dirección oficial en España de la Alianza de la Democracia Socialista, los bakunistas, era reacia a participar en política, pero esto no impidió que los internacionalistas intervinieran en el movimiento revolucionario de la primavera y el verano de 1873” (pp. 261-262).

La síntesis conclusiva de la Primera República consiste, como enuncian las conclusiones de la obra, en que, “la fórmula que traería la paz y la armonía universales, la abundancia, el avance y el bienestar de todos, convirtiendo a España en la punta de lanza del progreso mundial mediante el pacto federal, se convirtió en una auténtica pesadilla. La Primera Republica fue un caos; desde que acabó la primera guerra carlista, nunca en tan poco tiempo se había vertido tanta sangre, ni producido tantos golpes de Estado, ni sufrido un desprecio por parte de Europa de semejante calibre” (p. 563).

Aun así, el republicanismo siguió siendo una excusa para hacer la revolución en España. Así se desprende, como indica Vilches, del Pi y Margall posterior a 1873, e incluso de Nicolás Salmerón, que escribió a Andrés Borrego una significativa carta ya en la Restauración. “Salmerón, que había sido presidente de la República con 32 cantones levantados contra su Ejecutivo, todavía consideraba dicha forma de gobierno un instrumento revolucionario:

La República, por su propia índole puede mejor que ninguna otra institución desarraigar del país vicios añejos y preocupaciones seculares, que son rémora constante al desarrollo de los intereses materiales y al establecimiento de un régimen más conforme con los principios de justicia y con los adelantos científicos del siglo.

Desde entonces, la inconsecuencia de este republicanismo que continuó en Pi y Margall, Salmerón y Ruiz Zorrilla, aferrado a la idea revolucionaria, impositiva y mesiánica de una República concebida como una fórmula salvadora, capaz de aplastar a los enemigos seculares, explica su fracaso en el siglo XX” (pp. 484-485), su fracaso durante la Segunda República. Ahora bien, cabe ir más allá, pues es de advertir que no únicamente, como se indicaba al principio, el conglomerado de estas ideas disruptivas, en apariencia distintas, pero en esencia idénticas, al menos en sus fines, a las operantes durante la Primera y Segunda República, han vuelto a instalarse considerablemente en la España actual. Así, ese esparcimiento de un veneno amenaza con disolver por la acción audaz, desmedida o tal vez mesiánica de determinadas personas, ejercida sobre las instituciones y sobre la moderna sociedad en su conjunto, desorientada tras el paulatino alejamiento de sus fundamentos, un acervo de convivencia ordenada y auténticamente democrática. La condición de la transformación o el ataque a la Constitución, sólo cabe como proyecto explícito y bien consensuado cuyo fin es la regeneración de aquello que se presume obsoleto, priorizando el bien común y el respeto a la ley mediante el diálogo veraz y la salvaguarda de la alternancia política, como ha venido sucediendo en mayor o menor grado de perfección o pulcritud desde 1978 y como acaso pudiera haberse realizado en la Primera República y no se realizó, con las trágicas consecuencias que ello acarreó y pone de manifiesto la obra de Vilches. Esta pudiera muy bien ser la analogía y aprendizaje histórico que cabría extraer de la lectura de la obra reseñada. Ciceronianamente magistra vitae.


CITA BIBLIOGRÁFICA: C. Sánchez Lozano, «La primera república española», Recensión, vol. 11 (enero-junio 2024) [Enlace: https://revistarecension.com/2024/01/07/la-primera-republica-espanola/]