LAS OBRAS COMPLETAS DE MARÍA ZAMBRANO

Vol. 6 / julio 2021
COMENTARIO BIBLIOGRÁFICO. Autor: Miguel Arnas Coronado

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Obras Completas de María Zambrano, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2011-2019 (ISBN Obras completas: 978-84-8109-957-7).

Vol. I (1092 págs. ISBN: 978-84-16252-41-1), Vol. II (880 págs. ISBN: 978-84-16495-49-8), Vol. III (págs. 1535 ISBN: 978-84-8109-953-9), Vol. IV (Tomo I, 915 págs. ISBN: 978-84-15472-88-9 / Tomo II, 876 págs. ISBN: 978-84-17355-26-5) y Vol. VI (1607 págs. ISBN: 978-84-15863-84-7).

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Sin duda, editar obras completas es arduo: si se trata de aquel tiempo cuando se escribía a mano, es preciso descifrar las indescifrables letras acostumbradas, localizar aquí o allá textos publicados, o inéditos que quedaron arrinconados en bibliotecas y archivos, e incluso en casas de amigos o los diversos domicilios de los autores. En el caso de las Obras Completas de María Zambrano, el trabajo de edición ha sido algo más que dificultoso, pero es tarea que, se nota, ha sido hecha con amor y meticulosidad, alcanzando un nivel de calidad pocas veces logrado en una publicación de tal calibre. No están acabadas estas Obras Completas, pero han culminado acaso lo fundamental.

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Que Zambrano es crucial en la filosofía española del siglo XX ya nadie lo pone en solfa. O casi nadie, creo; que si alguien hay, bastaría con que la leyera para convencerse de su error. Se alinea ella con los tres grandes pensadores españoles del siglo pasado: Unamuno, Ortega y Zubiri. No fue, eso sí, una divulgadora, como su maestro Ortega ni una teórica estricta como Zubiri. Conocida es la anécdota en la que Ortega y Gasset, don José, como ella lo llamaba, más molesto que admirado, le dijo tras la publicación en 1934 de su artículo Hacia un saber sobre el alma: “No ha llegado usted aquí (señalándose el pecho) y ya quiere irse lejos”. Es decir, que la alumna adelantaba al maestro, si bien haciéndolo con la más estricta corrección: poniendo el intermitente y con prudencia pero con firmeza. E insistió en ello, pues su razón poética es un paso más allá, más abarcador, que la razón vital orteguiana. No obstante, en ningún momento desdeñó el magisterio de su predecesor, y siempre hizo encomio de su obra, considerándolo un guía.

La obra de María Zambrano recuerda a un abanico. Lo importante es el abanico entero: el país desplegado. Pues ocurre con ella como con Nietzsche: si se lee un solo libro apenas se entera uno de nada, y lo conveniente es abarcar los textos por entero o acercarse lo más posible a la integridad de su obra. Ella misma utiliza para su trabajo la imagen de la espiral: círculos que se expanden desde un mínimo y que llegan, o aspiran a llegar, a lo más; círculos que, partiendo de un punto central, crecen y se abren cada vez más.

Un tópico cuando se habla de Zambrano es la dificultad de su lectura. En efecto, además de sus recorridos por el pensamiento de Occidente y Oriente, presenta la dificultad de la gran poesía del siglo XX, la de Celan, Eliot o Pound, Char, Valente (estos dos últimos amigos suyos), Valéry o su  admirado Rilke. Ese “en efecto” mío podría desanimar a adentrarse en sus libros. Naturalmente nada más lejos de mi intención. El lenguaje que Zambrano emplea, como es de esperar al hablar de razón poética, es perteneciente a la poesía, lenguaje de vocabulario ceñido, con metáfora y en especial símbolos, lenguaje personal e íntimo. Eso sucede sobre todo a partir de 1954, cuando tuvo su gran “iluminación” o “camino recibido” sobre esa razón poética y el necesario estudio que requería de los sueños y su relación con el tiempo y el nacimiento de la conciencia; ideas que ya le rondaban de antes pero que a partir de ahí fueron plenamente llevadas a una escritura más simbólica y poética. Ya mencionó a la “razón poética”, referida a Antonio Machado, en 1938, y más tarde, en el 44, reconoce, en carta a Rafael Dieste, que anda a la búsqueda de ella. La obra escrita a partir de 1954 es la de su plenitud, entre la que se encuentra, por supuesto, su más conocido libro: Claros del bosque.

Comentaba al principio la complejidad de editar unas Obras Completas. En estas se ha seguido una estructura rigurosa y una investigación exhaustiva. El orden cronológico de la aparición de los libros ya publicados anteriormente, así como de los múltiples inéditos, anotaciones y artículos, ha sido la primera de las reglas. Cada volumen va precedido de una Nota introductoria, y cada libro contenido en ellos va a su vez antecedido de una Presentación y, ya al final del tomo, en los Anejos críticos, se hace una Descripción del libro, la enumeración de las diferentes Ediciones, la Genealogía u origen de cada uno, sus Relaciones temáticas, los Criterios de edición y, por fin, el corpus de Notas. Además de ello, Índices onomásticos y de topónimos.

Pero toda esta carga de introducciones, presentaciones, notas, etc., incluidas en estos volúmenes, no son un alarde de los responsables, no son una dificultad añadida a la lectura sino, al contrario, una ayuda imprescindible para poner en antecedentes, para aclarar y explicar lo que pudiera quedar oscuro, y relacionar unos escritos con otros en una obra que, como ya dije, recuerda a un abanico y la propia autora comparó a los granos de una granada o a los gajos de una naranja. Las notas, en estas Obras Completas, son como el aire caliente al globo: ayudan a elevarse en el cielo, alcanzar esas cotas altas que Zambrano logró descubrir. Un trabajo que el director de la edición, Jesús Moreno Sanz y su equipo (formado por los mejores especialistas en la pensadora: Pedro Chacón, Karolina Enquist Källgren, Sebastián Fenoy, Mercedes Gómez Blesa, María Luisa Maillard, Fernando Muñoz, Goretti Ramírez, Mariano Rodríguez, Antolín Sánchez Cuervo, Ricardo Tejada y Virginia Trueba) han elaborado, de forma exhaustiva y detallada, un trabajo sumamente útil para el lector. Una labor que mejora cualquier otra edición anterior, y posiblemente posterior, de las obras por separado.

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Las complejidades en Zambrano son muchas. La “razón poética” consiste en una unión íntima entre filosofía, poesía, religión, historia y tragedia. Aunque convendría hacer una salvedad, o un matiz, como ella misma confiesa en uno de sus escritos autobiográficos: más que de religión es de mística de lo que se trata en esa “razón poética”. Es la mística, tanto cristiana como islámica (a la que llegó desde San Juan de la Cruz, Ibn Arabí, Asín Palacios, Massignon, Corbin y posteriormente Guénon), y en menor medida pero también presente, la cábala hebrea (Gershom Scholem) y la oriental (especialmente Tao, budismo e hinduismo), aquello que hace distribuir “el logos por las entrañas”, como quería el presocrático Empédocles. Y de esos presocráticos es de los que la pensadora también extrae buena parte de su inspiración, pues ellos escribieron largos poemas, como Parménides, donde definieron su filosofía (aunque a veces se conserven solo fragmentos). De hecho, reivindica a Pitágoras frente a Aristóteles. Y es de la mística sufí de donde extrae los conceptos, tan útiles en su pensamiento, del baqâ, literalmente “lo que queda”, y el fanâ o “extinción”, esa extinción de las pasiones que exigían san Juan de la Cruz y Spinoza, para lo cual es imprescindible haber descendido a ellas, visitarlas en los ínferos, y el aprovechamiento o vivencia de “lo que queda”. También Nietzsche, tantas veces su compañero de andadura, escribió en Dichtende Vernunft, es decir, que escribió en, precisamente, “razón poética”. Éste, acompañado de Kierkegaard y el ya nombrado Spinoza, sobre quien trató su inacabada tesis doctoral, son algunos de los esenciales dioses lares de Zambrano. Esta razón poética no se le presenta como producto de la mera reflexión, como fue habitual en Descartes, Kant o Hegel, sino como donación, igual que el poeta patentiza una revelación y dona su texto. Para Zambrano la filosofía se agota en la pregunta, en tanto que la poesía encuentra, revela. Y así, ya en su libro final, Los bienaventurados, dirá que ella busca aunar la respuesta de la filosofía con la acción de la poesía, que no es otra que el descenso a los infiernos humanos.

Y es que María Zambrano sabía que con solo la Razón discursiva no comprendemos al hombre entero. Necesitamos una “Razón más ancha y total” que se sumerja en lo oculto: los sueños, las experiencias místicas, los sentires originarios. Su pensamiento es, pues,  una “lógica del sentir”.

Todo ello se muestra en la estructura dada a estas Obras Completas. La división de los 4 primeros volúmenes es cronológica, distinguiendo los periodos según la evolución de la pensadora. De los 23 libros publicados y directamente preparados por María Zambrano, aparecen 22 en los 4 primeros volúmenes:

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El Vol. I (1930-39) abarca desde que empieza a publicar hasta que ocurre aquello que cambió por completo su vida: el exilio. El Vol. II (1940-50) contiene los primeros pasos del exilio. El Vol. III (1955-73). la producción desde que halla la forma, ya intuida anteriormente, de la “razón poética”.

El Vol. IV (en 2 tomos) (1977-90): los últimos libros, que conforman las ramas superiores de ese árbol que configura su pensamiento, dando así a ver en ellas el producto de su médula visionaria más honda. El Vol. VI contiene los escritos autobiográficos, desde apuntes o cuadernos inéditos que conforman un largo Diario que cubre toda su vida (recogido en la parte I de ese volumen), hasta Delirio y destino (libro 23 de su producción, y que configura la parte II), autobiografía muy singular y que se atiene al género literario de la “confesión” que Zambrano había recorrido con anterioridad en su La confesión: género literario y método (1945, vol. II), de modo que no es narración de hechos escuetos sino de sentimientos, estados de ánimo, de análisis histórico subjetivo de la España entre el nacimiento de la autora y el gran desastre de la Guerra Civil y el forzado exilio, así como repaso de su propio pensamiento filosófico hasta 1952. Intercalados en ese diario, siempre cronológicamente, entre 1928 y 1990, que ocupa la primera parte, se disponen tanto los “delirios” como los poemas líricos escritos por Zambrano. Esta obra puramente poética fue, de tan íntima, oculta y solo visible en cartas a sus amigos más allegados. También al final de Delirio y destino aparecen ya como explícitos “delirios” algunos heterónimos, que hay que sumar a los mayores que constituyen la denominada por ella “estirpe de Perséfone”, tal como la va recogiendo cronológicamente la parte I de este volumen VI: Antígona, Diotima, Ofelia, y la final Ana de Carabantes, para la que Zambrano toma el segundo apellido de su padre, Blas Zambrano. Las tres primeras, Antígona, Diotima y Ofelia, fueron apareciendo como “delirios” desde 1947 (“Delirios de Antígona”, que desembocarán en 1967 en la tragedia La tumba de Antígona), o ya en 1956 “Diotima de Mantinea”, el primer escrito de Zambrano en que practica propiamente la razón poética, y que irá ampliando hasta 1983, y por último, en 1972, Ofelia.

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El conjunto de esas memorias, tanto las recogidas en esas notas de diario, como la autobiografía, ayudan a conformar la Historia sin prejuicios, a comprender lo hodierno conociendo lo pasado. El exilio fue para Zambrano traumático al par que, según ella misma, salvador, como tan claro queda en su artículo final “Amo mi exilio” (en este mismo vol. VI) no menos que el decisivo capítulo de Los bienaventurados “El exiliado” (vol. IV, tomo II); una experiencia que otros exiliados forzosos, y aun aquellos voluntarios como Juan Goytisolo, han señalado como dolorosa: desarraigo, enfrentamiento con otras realidades. Así fue como lo vivió Zambrano entre 1939-1946 en México, donde dio clases en la universidad de Morelia, en Cuba y Puerto Rico, islas en las que impartió docencia, además de su anterior corta estancia entre 1936-1937 en Chile con su marido, secretario de la embajada española, o ya entre 1946-1984, en su inquieto vaivén entre París, Roma, de nuevo sus islas de Cuba y Puerto Rico, de nuevo Roma, o finalmente Suiza, lugares en los que el exilio es ya contemplado como la fase plenamente mística que da sentido a su vida y al conjunto de su obra.

Es curioso que este vol. VI, sin que ello excuse la lectura de los otros restantes, contiene en agraz a esos anteriores, como si en todos los escritos en él recogidos se hubiera planteado, más que resumir, repasar su pensamiento al completo, y no solo en aquel Delirio y destino sino también en sus manuscritos inéditos, que conforman esa especie de diario en el cual, a veces, los editores han debido ejercer de sabuesos para esclarecer, además de la letra, la datación, y por supuesto, en sus delirios así como en sus poesías líricas aquí incluidas al completo. Mi impresión es que, en la contemporaneidad, pocos autores han reflexionado con tanta profundidad sobre las raíces poéticas de la mejor filosofía. Estos poemas constituyen otro hallazgo estilístico: los delirios, que significarían la necesidad humana de inventar o encontrar lo divino, la urgencia de sacrificar lo mejor de sí a ese “algo” o “alguien” desconocido, y de ahí -según la tesis de El hombre y lo divino (en el vol. III)- nacen dioses, poesía y la propia filosofía. El delirio es, así, la pasión de la vida humana, el grito, el llanto, la risa o la invocación que es la palabra. Y eso lo aplica tanto en su lírica “delirante” como en otros delirios en prosa poética.

OC 4.1¿Cómo no hablar de otro de sus hallazgos, lo que ella denomina “razón mediadora”? Según muestra la dinámica de estas Obras Completas, el vol. I se ocupa de la primera “razón cívica” (1930-1939); el vol. II de esa “razón mediadora” (1940-1950), de la que dimana, ya en el vol. III, un conocimiento poético que es esencialmente una razón sumergida en la Piedad, que será el impulso hacia la plena Razón poética (1955-1973 y 1977-1990). De forma que es a través de esta razón mediadora justo como el pensamiento de la autora arraigará en la misericordia o la piedad, la consideración del Otro como merecedor de atención, cuidado y afecto, aquello que Octavio Paz -tan influido por ella- llamó la Otredad.

De las obsesiones explayadas en sus obras cabría destacar, pues, la mencionada misericordia, sin duda en ello guiada por Galdós (Ricardo Gullón la reconoció como redescubridora de don Benito), en especial por su novela Misericordia; el tiempo, en lo que siguió y sobrepasó las investigaciones de filósofos del siglo XX como Bergson, Heidegger y Husserl; la confesión como género literario, de la cual pone como ejemplos dos casi contrapuestos: San Agustín y Rousseau, así como “los hombres subterráneos” (Lautréamont, Baudelaire, Rimbaud) o los surrealistas; los sueños como paradigma de eso irracional que ella usa para completar el conocimiento de lo humano; la música, de la que dirá ya en De la Aurora que “sostiene sobre el abismo a la palabra”; el umbral como idea de ese “asomarse al pozo” que caracteriza a la buena poesía, indispensable para volver a “enquiciar” a la propia razón en sus fuentes originarias, yendo hacia ese “más allá” de los ínferos, hasta el quicio donde cerebro y corazón se unen, como vimos, para “repartir bien el logos por las entrañas”; las islas, en concreto Cuba y Puerto Rico, donde vivió parte de su exilio; la pintura, sobre la que se extendió en torno a la obra de pintores contemporáneos y amigos, pero también sobre Velázquez, Goya, o sobre todo Zurbarán, sus amores pictóricos, de lo que es muestra su gran libro Algunos lugares de la pintura (vol. IV, tomo II); y muy amiga de sus amigos, a quienes dedica textos de homenaje, y a algunos de los cuales (como Machado, Miguel Hernández, Rafael Dieste o Lezama Lima) no teme incluir entre la nómina de los seres de la aurora, de los hombres verdaderos, los bienaventurados de su libro homónimo, y a quienes define como “los exiliados del poder”.

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Así es como Zambrano llega, con gran coherencia y fidelidad a su impulso originario en su camino del pensar, al culmen en sus últimos 4 libros publicados: Claros del bosque, Notas de un método, De la aurora y Los bienaventurados. Y para aclarar el modo en que llegó a discernir esos cuatro libros, desde una raíz y tronco común desde el año 1954, enuncia Zambrano su teoría de sus dos vías: la positiva y la negativa, que vendrían a ser, según ella misma las define en el texto de 1974 “La Ordenación” (que se ofrece en el vol. IV de estas OOCC), como la teoría del conocimiento la primera, teoría que incluye también a la reflexión sobre el sentido de la mística, y el núcleo más abisal, plenamente místico y simbólico la segunda, en cuya imbricación o amalgama reside la razón poética, de modo que así irá exponiendo Claros del bosque y Notas de un método como pertenecientes a la vía positiva, y De la Aurora y Los bienaventurados a la vía negativa. Así es cómo, en ese cruce de tiempo y eternidad, en la sabiduría que trasciende al conocimiento solar, rígidamente racional y sometido al puro poder, se insertan los cuatro libros finales que tienen como base los anteriores, siempre con esa costumbre de elaborar pares de textos, pas de deux como en el ballet clásico, según lo señalado por Jesús Moreno Sanz, que danzan uno alrededor del otro como serpientes enlazadas. Esto es lo que, por vez primera, se clarifica de maravilla en estas Obras Completas tan bien preparadas.

En cierta forma, este modo de pensar más allá de la filosofía, habla de un renacer continuo, una aurora (la clave de toda su obra desde su artículo de 1928 “Ciudad ausente”) que reitera como un eterno retorno del “no-poder”, siempre en el umbral que nos permite atisbar ese “más allá” de la historia, del crimen y de la violencia en que consiste, según Zambrano, la historia trágica. Dicho renacer incesante del “núcleo invulnerable” del alma humana no es solo un ascenso sino un extenderse, tanto hacia ese “arriba” de luminosidad como hacia la oscuridad de los “ínferos”, los abismos o entrañas, el corazón y el alma. Es decir, la figura de la espiral. Continuamente interrumpida y renacida para alcanzar el “más lejos” y “más dentro” de los anhelos humanos.

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Sería una lástima que no se pudiera continuar la publicación del resto de volúmenes proyectados, los V, VII y VIII, que deberían contener todos los artículos no específicamente autobiográficos y sus grandes inéditos. Pero lo cierto es que, en los volúmenes ya editados, esos artículos e inéditos están ya, en su gran mayoría, señalados y comentados en el aparato crítico, al compás de las soberbias ediciones de los 23 libros preparados y acabados como tales por Zambrano, los 23 que ya fueron publicados en otras ediciones, si bien sin el absoluto rigor de estas Obras Completas que las hace incomparables en su formidable fidelidad.

Por todo eso, son lectura imprescindible y grata, difícil pero remuneradora como la montaña fatigosa lo es para el buen escalador. Lectura que se convierte en fragante y bella.


CITA BIBLIOGRÁFICA: M. Arnas Coronado, “Las Obras Completas de María Zambrano», Recensión, vol. 6, Madrid, Recensión, 2021 [Enlace: https://revistarecension.com/2021/08/30/las-obras-completas-de-maria-zambrano/ ]