LOS PERSEGUIDOS: EL POETA HUMANISTA

Vols. 4 y 5 / julio-diciembre 2020 / enero-junio 2021 (Número doble)
RESEÑA. Autora: Natalia Timoshenko.

Ósip Mandelstam, Antología poética, ed. y trad. de J. García Gabaldón, Madrid, Alianza, 2020,  360 pp. (ISBN: 978-84-9181-832-8)

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Hay en la poesía rusa una época única, de gran esplendor, a la que se ha denominado Edad de Plata. En realidad, es la época del modernismo y de las vanguardias. Comprende desde 1890 hasta 1917. Aunque su final bien podría extenderse hasta los años de las muertes trágicas de sus grandes poetas: Blok, Gumiliov y Esenin (1921), Jlébnikov (1922), Maiakovski (1930), Mandelstam (1938) y Tsvietáieva (1941). Esta última fecha, se corresponde con el inicio de la participación de la Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial, y marcaría el final de la modernidad literaria rusa. A ella sólo sobrevivirían otros dos grandes poetas: Pasternak y Ajmátova, que morirían en 1960 y 1966, respectivamente. Todos los poetas de esa generación truncada son a la vez grandes prosistas y ensayistas crítico-literarios. Es una época de gran eclosión de grupos y corrientes literarias que convergen en el año nodal de 1913. El simbolismo entona su canto de cisne con la segunda ola de poetas y prosistas, encabezada por Alexánder Blok, que en ese año culmina el drama lírico La rosa y la cruz, y por Andréi Bieli, que publica la novela Petersburgo. El futurismo está en plena efervescencia y dispersión: el egofuturista Ígor Severianin da a la estampa La copa bullente de truenos, se estrena la ópera futurista Victoria sobre el sol, de Alexéi Kruchónij, los cubofuturistas, tras presentar el manifiesto “Bofetada al gusto del público”, emprenden una gira por toda Rusia. Maiakovski publica Yo, su primer poemario, y la tragedia Vladímir Maiakovski. 1913 es también el año de eclosión del acmeísmo (vocablo del griego akme, “cima o cumbre”), movimiento poético continuador de la tradición clásica y modernista, “nostálgico de la cultura universal”. Se crea el Taller de los Poetas. Jesús García Gabaldón sintetiza así la poética acmeísta: “el nuevo movimiento poético parecía en sus comienzos una renovación del simbolismo ruso, del que tomaron prestado su gusto por la cultura europea y la mitología occidental, una conciencia histórica, la dimensión ética y epistemológica de la sensibilidad poética y una estética organicista, fundada en la forma interna del verso. Sin embargo, los acmeístas se alejaban del simbolismo en su rechazo de la metafísica, del misticismo, de la vaguedad, de lo ambiguo, como evidencia su primer lema poético: “¡Al diablo el simbolismo! ¡Viva la rosa viva!”. Al creer en las propiedades orgánicas del lenguaje, los acmeístas propugnaban un regreso a los orígenes, a la noche etimológica de la palabra” (p. 16). Del acmeísmo formaban parte destacada Nikolái Gumiliov, Anna Ajmátova y Ósip Mandelstam. Mientras Gumiliov pasa todo el año en África, Ajmátova y Mandelstam publican su primer poemario, La tarde y La piedra, respectivamente. La piedra es considerada por Mandelstam símbolo arquitectónico de la palabra poética y de la permanencia de la cultura. Tristia (1922), titulado inicialmente Nueva Piedra, constituye el segundo y central libro de poemas de Mandelstam. El título remite al poemario homólogo de Ovidio, ambientado en su destierro en el Ponto Euxino (la actual Crimea), y escrito en el contexto de la primera guerra mundial, la revolución y la guerra civil rusa.

Entre todos los poetas de la Edad de Plata rusa, Ósip Mandelstam se distingue por su gran cultura clásica y moderna, continuadora de la tradición humanística. Mandelstam es el poeta humanista por excelencia. Como explica Gabaldón, “frente a la destrucción del pasado, Mandelstam se esfuerza justamente en efectuar una operación cultural restitutoria, consistente en interpretar el presente a través de la continuidad de la cultura occidental: Europa es una nueva Hélade, Rusia es Fedra, San Petersburgo es Venecia, Moscú es Florencia… Los paisajes y ciudades del mar Negro (Feodosia, Táuride, Tiflis) son vistos como espacios de síntesis entre la cultura clásica y la cultura rusa. Espacios en penumbra, que iluminan, en un tono crepuscular y apocalíptico, la nueva era, sentida como ocaso de la libertad, muerte del hombre civilizado y agonía de la cultura, simbolizada en San Petersburgo (helenizado en Petrópolis) y en la poesía (p.21). “Todo se lee a la luz de la cultura, habitada, vivida, revivida por el poeta. En ese proceso vertiginoso se alza la creciente sombra del yo del poeta, que llegará, en sus máximas creaciones, a identificarse con la totalidad de la cultura humana, interpretando a través de ella su propia vida. Pero esa interpretación se plasma en sus poemas de madurez como una fuga de sentidos, una incesante orquestación de palabras e imágenes en constante metamorfosis. En ese reino -el reino de la alta poesía- la mariposa deviene crisálida” (p. 18).

Mediante su escritura Mandelstam realiza una síntesis tanto del cristianismo en sus  tres vertientes principales como del judaísmo y hace resurgir la cultura filológica y el poder de la palabra entendida por el autor, en estrecha vinculación con los conceptos platónicos y en cierta medida con la onomatodoxia o la “glorificación del nombre” (movimiento religioso de principios del siglo XX de mucha resonancia en Rusia, y a la que Mandelstam incluso dedica un breve poema en 1915). En este sentido, Jesús García Gabaldón trata muy acertadamente en el Prólogo la magia del lenguaje y el concepto de la palabra según Mandelstam como una imagen impresa, como un organismo vivo, en fin, como memoria de la cultura. A diferencia de algunos autores rusos (véanse el poema de Blok Los Escitas) que alardearon de distanciarse de Europa y llegaron a dar a entender que Rusia culturalmente estaba más cercana a Asia (tendencia que hoy se conoce como eurasianismo), Mandelstam asume y cultiva con firmeza las raíces helénicas y, por ende, europeas y mediterráneas, que están en los orígenes de la cultura rusa. Incorpora a su poética y reinterpreta magistralmente a los clásicos grecorromanos, acuñando una impronta típicamente rusa a su escritura que, a su vez, se deviene clásica y universal.

Las 359 páginas de la Antología poética, traducida y editada por Jesús García Gabaldón, y publicada en la colección Libro de Bolsillo de Alianza Editorial, constituye la más amplia selección de la poesía de Mandelstam publicada en lengua española. Comprende los libros completos Tristia y Cuadernos de Vorónezh, los ciclos Armenia y Octavas, los importantes poemas largos “Quien encuentra una herradura” y “Oda a la pizarra”, así como una amplísima muestra de toda su poesía. Incluye también, a modo de apéndice, los poemas sobre Stalin, que tan decisivos fueron en el destino trágico del poeta ruso; además, una cronología, un amplio apartado de notas y una bibliografía selecta.

Jesús García Gabaldón ha hecho en lengua española una gran labor, fundamentalmente la de traducir y editar con responsabilidad y brillantez a los grandes poetas rusos perseguidos, lo cual constituye, entre otras cosas importantes, una gran aportación moral. Evidentemente, como en cualquier traducción de textos poéticos, y con más razón, tratándose de un poeta excepcionalmente complejo, hay giros verbales, el léxico o determinados aspectos de la métrica, que por su libre adaptación y con el fin de plasmar en español una versión fluida y natural pueden en cierta medida distanciarse de la literalidad y de las formas del original ruso …. Tras una aceptación inicial de la Revolución de Octubre, Mandelstam prácticamente enseguida se aleja de ella y, defraudado, denuncia el totalitarismo y el terror rojo que se instauró a partir de 1918. Eso le llevaría, en la tercera época de su trayectoria literaria, desde 1930 hasta 1938, tras un silencio poético de cinco años (1925-1930), a una poesía cívica, de gran valor ético y social, que aparece en los Cuadernos de Moscú y en Cuadernos de Vorónezh, sus poemarios de madurez, que verían la luz de manera póstuma. El coraje cívico de Mandelstam le llevó a componer un epigrama sobre Stalin en noviembre de 1933, por el que tras una delación, sería condenado a cinco años de destierro, que cumplió en Cherdin y en Vorónezh, y luego a ser detenido una segunda vez, en mayo de 1938, y a morir en un campo de tránsito cercano a Vladivostok a finales de ese mismo año.  Como afirma, a modo de epitafio, el propio Mandelstam al final de Versos del soldado desconocido, considerado por muchos críticos y por el propio Gabaldón, como su mejor poema:

y apretando en el puño el triturado
año de nacimiento, en tropel, con la manada,
cubierta la boca de sangre, susurro:
-Yo nací en la noche del dos al tres
de enero del noventa y uno,
año sin esperanza, y los siglos
me rodean con el fuego.


CITA BIBLIOGRÁFICA: N. Timoshenko, “El poeta humanista”, Recensión (Número doble), vols. 4-5, Madrid, Recensión, 2021 [Enlace: https://revistarecension.com/2021/01/17/los-perseguidos-el-poeta-humanista/ ]