POSCOLONIALISMO IMPERIAL: ALEXANDER HUMBOLDT Y LA DECADENCIA DE LA NUEVA ESPAÑA

ARTÍCULO / ENSAYO. Autor: Sebastián Pineda Buitrago
Vol. 2 / julio 2019

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Resulta sospechosa la excesiva alabanza de Alexander von Humboldt basada en el presupuesto de que su Ensayo político sobre el reino de la Nueva España, cuya primera edición se publicó en francés en la imprenta parisina de Schoell entre 1808 y 1811, haya sido el comienzo de la universalización de México entre el mundo ilustrado de la época[1]. Pues, antes de publicar su Ensayo en París, Humboldt pasó la primavera de 1804 en Washington por invitación de Thomas Jefferson, en cuya hacienda de Monticello en Virginia el barón prusiano compartió con el presidente estadounidense la información que había atesorado a su paso por Nueva España a lo largo de 1803: mapas, relaciones de viajes, informes estadísticos, defensas en fronteras militares y otros documentos[2]. No es aventurado suponer que a partir de semejante transferencia de información, Jefferson anhelara la posterior expansión angloamericana hacia el oeste y la previa conflagración de las colonias contra la metrópoli hispana[3]. En la noción de ampliar los límites naturales, en reforzar el orgullo racial y organizar la esclavitud bajo un aspecto moral, en efecto, Humboldt y Jefferson simpatizaron bastante. De modo que, en la emergencia de la superpotencia estadounidense, el Ensayo político sobre el reino de la Nueva España debería estudiarse como la rendición de un informe sobre la riqueza del territorio vecino o contiguo, el novohispano, cuyas fronteras limitaban al norte con Alaska, entonces parte del imperio ruso. No en vano Humboldt apuntó en el prefacio a la primera edición de su Ensayo que “una temporada muy útil, aunque corta, que pasé el año de 1804 en Filadelfia y en Washington, me dio ocasión de hacer varios cotejos entre el estado actual de los Estados-Unidos y el del Perú y México”[4]. En 1804, además, el gobierno de Jefferson aseguró la navegación por el Mississippi al comprar el territorio de Luisiana (a los franceses, cuyo dinero Napoleón Bonaparte derrochó en sus campañas militares en Europa). México, decía también en 1804 el aventurero James Wilkinson, “centellea ante nuestros ojos: lo único que esperamos es ser dueños del mundo”[5].

Essai politique

…..No sólo en observaciones astronómicas y en mediciones barométricas –lo que llamamos ahora trabajo de campo– Humboldt sustentó buena parte de los datos que conforman su Ensayo, sino con base en la información que generosamente le proporcionó José de Iturrigaray, virrey de la Nueva España entre 1803 y 1808, quien le abrió archivos virreinales con toda clase de documentos oficiales, además de ponerlo en contacto con la crema y nata de la intelligentsia novohispana. El minucioso mapa de México, que Humboldt confeccionó con la ayuda de los geógrafos novohispanos Luis Martín, Juan José Rodríguez y Juan José de Oteiza, levantó de inmediato sospechas en el Consejo de Indias. El virrey Iturrigaray fue sometido a Juicio de Residencia, en cuyo 6to punto se le acusó de haber permitido la estancia de Humboldt, aún a pesar de que éste fue consideraro como un “mero literato” por los mediocres funcionarios peninsulares[6].  Las fuentes del naturalista alemán también incluyeron las de un jesuita novohispano exiliado en Italia, Francisco Javier Clavijero, cuyo libro Storia antica del Messico se publicó originalmente en italiano en 1780. Dicho libro, por consiguiente, ya había hecho carrera entre los círculos ilustrados europeos como aportación a la ciencia universal, tanto en el sentido propio de totalización de las disciplinas como en sentido geográfico-cultural, sobre el antiguo virreinato de Nueva España. Humboldt, sin embargo, apenas referenció vagamente el libro de Clavijero en la introducción de su Ensayo para sustentar cómo el ejército de Hernán Cortés, en compañía de seis mil tlaxcaltecas, atravesó desde Puebla el boquerón entre los dos volcanes para avanzar a la conquista de Tenochtitlán, es decir, de la antigua Ciudad de México: “Durante esta marcha, el valeroso Diego Ordaz, para dar a los naturales una prueba de su valor, intentó llegar a la cima del Popocatépetl; y aunque no logró conseguir su objetivo, el emperador Carlos V le permitió colocar un volcán en el escudo de sus armas”[7].

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…..Es de notar que el interés del naturalista alemán por la América hispana, cuyo viaje realizó en compañía del naturalista francés Aimé Bonpland entre 1799 y 1804, está antecedido de una fascinación romántica por el Oriente. Pues, seducido por los relatos de exploradores británicos, Humboldt estuvo a punto de remontar el río Nilo hasta sus cataratas, deseoso de toparse no sólo con una cultura refinada y diferente, sino también con una naturaleza extraña y desconocida. De su orientalismo empezó a desprenderse su imagen del mundo tropical. Incluso en la introducción a su Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, cuyo primer tomo salió en París en 1814, Humboldt confesó la superioridad de los viajeros que se aventuraban por Egipto, Arabia, Irán y las islas del Pacífico asiático. Si, según él, en el mundo antiguo los pueblos y los grados de perfección son los que proporcionan al cuadro descriptivo su carácter principal, en el nuevo mundo el hombre y sus producciones desaparecen, digámoslo así, en medio de una naturaleza salvaje y gigantesca:

…..El género humano no ofrece en América sino algunas reliquias de hordas indígenas poco adelantadas e instituciones que han sido trasplantadas a llanuras extrañas por colonos europeos. […] Si la América no ofrece un campo distinguido en la historia del género humano y de las antiguas revoluciones que la han agitado, ofrece al menos un vasto campo a los trabajos del físico[8].

Voyage

…..La observación empírica de Humboldt sobre América fue convertida por Hegel en una filosofía de la historia, pues en sus famosas Lecciones… el filósofo de Jena sentenció que América no tenía historia sino naturaleza y que incluso aquella civilización más avanzada, como la de Perú o la de México, “tenía que declinar tan pronto como el Espíritu [la razón en la terminología hegeliana] se acercara”[9]. Es cierto que Hegel legitimó el discurso de la inferioridad de la América hispana en el holandés Cornelio de Pauw y que éste, sin visitar América, publicó en Berlín entre 1768 y 1769 sus Recherches philosophiques sur les Américains ou mémoires intéressants pour servir à l’histoire de l’espèce humaine, parte de la cual ya había salido como la entrada sobre América en el Supplément à l’Encyclopedie (1751-1781) de Diderot y D’Alembert. Es cierto también que Humboldt, avisado por la indignación del jesuita Clavijero en contra de Pauw, evitó de manera tan explícita o cínica deslizar el discurso la superioridad eurocéntrica. Pero lo hizo a su manera en simpatía con las Reformas Borbónicas, cuyo régimen de intendencias creado en 1786 pretendió llenar el vacío documental y educativo dejado tras la expulsión de la Compañía de Jesús de todo el Imperio español en 1767.

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…..Por otra parte, el Ensayo de Humboldt no es el primero que un alemán dedicaba a describir el virreinato de la Nueva España. El jesuita tedesco Juan Jacobo Baegert, después de una larga estadía en San Luis Gonzaga Chiriyaqui, en la península de Baja California, publicó en 1771, en alemán, Nachirchten von der Amerikanischen Halbinsel Californien (Noticias de la península americana de California), cuya traducción al español no llegó a aparecer hasta 1942[10]. De modo que el rompimiento de las conexiones globales de la Compañía de Jesús en 1767, dejó al virreinato de la Nueva España prácticamente desconectado en el sentido de desintelectualizado[11]. A esto habría que sumar el declive comercial del Galeón de Manila o Nao de la China en virtud de la Real Compañía de Filipinas, cuya constitución no sólo acabó con el monopolio de la plata mexicana, sino con la centralidad de la que gozaba el virreinato en el comercio interoceánico[12]. La centralidad planetaria o interoceánica de la que gozó México como puente entre Asia y Europa en virtud del Galeón de Manila o Nao de la China, en efecto, está reflejada en la conciencia intelectual –en la superestructura según la terminología marxista– de la época. Pues fray Juan de Torquemada (1557-1624), en su Monarquía indiana, legitimó el pasado indígena de México como algo equivalente al grecorromano para Europa, y así lo asumieron Carlos de Sigüenza y Sor Juana Inés de la Cruz.[13] Esta última compuso villancicos en tocotín (la forma poética popular náhuatl), justamente para insistir en un barroquismo (¿o clasicismo?) hispano-mexicano. Sigüenza, aparte de dejar un tratado titulado Teatro de virtudes políticas advertidas en los monarcas del mexicano imperio, insistió en identificar, en su Fénix del Occidente, a Quetzalcóatl con Santo Tomás. Además, una vez que en 1672 obtuvo la cátedra de matemáticas. De ahí que Clavijero, en su Historia antigua de México (1780), se viera en la necesidad de politizar el pasado indígena de México no sólo en función de una reivindicación criolla frente a la metrópoli, sino en venganza por ésta haber despojado al virreinato de Nueva España de su antigua centralidad.

…..Ahora bien, la impresión de Humboldt sobre la atmósfera intelectual de la capital de la Nueva España desmiente, en parte, el resabio de una tradición contrarreformista de exhortación confesional según la cual, entre las colonias hispanas, persistía un desdén por el mundo exterior y por la investigación de los fenómenos naturales. Pues el naturalista prusiano observó cierta racionalización o concientización del gusto por el estudio y el necesario apoyo estatal:

…..Ninguna ciudad del Nuevo Continente, sin exceptuar las de los Estados Unidos, presenta establecimientos científicos tan grandes y sólidos como la capital de México. Citaré sólo la Escuela de Minas, dirigida por el sabio Elhuyar, y de la cual hablaré cuando trate del beneficio de los metales; el Jardín Botánico y la Academia de pintura y escultura conocida con el nombre de Academia de las Nobles Artes. Esta academia debe su existencia al patriotismo de varios particulares mexicanos y a la protección del ministro Gálvez. El gobierno le ha cedido una casa espaciosa, en la cual se halla una colección de yesos más bella y completa que ninguna de las de Alemania[14].

…..En realidad, el gusto por el estudio y la ciencia en la Nueva España no había sido necesariamente un correlato de la Ilustración. La Real y Pontificia Universidad de México se fundó en 1551 y abrió sus puertas al clero secular en junio de 1553. Desde la poesía culterana de Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695), pasando por los comentarios a la lógica aristotélica de Antonio Rubio de Rueda (1548-1615) hasta la matemática y astronomía de fray Juan Diego Rodríguez (1596-1668) resultan anteriores a la Ilustración y a la Revolución industrial. Este fraile Rodríguez, un ingeniero mecánico y preocupado por desaguar el valle de México, fue el primero en asimilar la teoría de Copérnico.[15] Las teorías de Newton, por otra parte, tuvieron diversas asimilaciones en Nueva España. La Principia newtoniana aparece comentada en la obra de un coronel italiano avecindado en Puebla, Pedro Moncada de Aragón Branciforte, Exposición de los elementos de Newton (1791), cuyo manuscrito éste dejó al cuidado de Fernández de Echevarría y Veytia, el historiador novohispano corresponsal y traductor de Clavijero.[16]

Real Pontificia Univerisdad México

La Real y Pontificia Universidad de México

…..Para concluir, conviene hacer notar la actualidad de Humboldt a la luz y como crítica de los estudios poscoloniales. Pues, por lo general, el discurso de la poscolonialidad, cae en una «dialéctica» cuya tesis (imperiofobia) y antítesis (imperiofilia) arroja como síntesis un neocolonialismo escindido entre una «derecha» católica y populista y una «izquierda» europea y socialdemócrata. En medio o in-between, como si todavía esperara silenciosa y palpitantemente lo que decidieran los tribunales de Castilla en tiempos de Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas, Latinoamérica parece silenciada o auto-silenciada. La Ilustración jesuita fundada en el antiguo universalismo católico (católico quiere decir universal desde Aristóteles), más que haber degenerado en un populismo nacionalista, ha caído en una suerte de integrismo o universalismo pobrista auspiciado por la teología de la liberalización y espoleada a su vez por la ideología poscolonial o anti-europeísta del nuevo orden surgido de la Segunda Guerra Mundial y del Segundo Concilio Vaticano. Ya en 1932, precisamente en su “Discurso por Virgilio”, Alfonso Reyes insistía en que el papel de la América Latina no debería estar puesto en un retorno romántico a la era prehispánica, sino en el ideal latino o virgiliano. “No queremos hacer de México un pueblo de esclavos. Hay que dar un ideal de victoria; no hay que acostumbrarse ni engreírse con las visiones del vencimiento”[17]. El México de la segunda mitad del siglo XX, sin embargo, se acostumbró a engreírse con las «visiones del vencimiento», puesto que uno de los ensayos más exitosos de la segunda mitad del siglo XX, además del de Octavio Paz, El laberinto de la soledad (1950), fue uno de Miguel León Portilla: Visión de los vencidos. Relaciones indígenas de la Conquista (1959).

…..Aun admitiendo graves supersticiones e idolatrías políticas y una ética económica poco racionalizada, Latinoamérica es quizás el continente más desoladoramente materialista del globo, esto es, el más crítico de sí mismo. Latinoamérica es un ensayo en su triple acepción de improvisación, género literario y Crítica[18]. La canción o el poema épico fundaron aquellas civilizaciones antiguas, encerradas en un orbe particular, como la Ilíada y la Odisea para el caso de Grecia, o el Popol Vuh para la antigua civilización maya. Pero el acontecimiento de la Conquista de América, que expandió la navegación de los mares a los océanos, hizo que América apareciera como un ruido inarmónico para los géneros líricos y aún para los épicos; un ruido que sustituyó la voz del poeta por la del crítico[19]. De ahí la importancia de Humboldt en cuanto voz de un crítico que, en consecuencia, debería ser criticado más que alabado.


NOTAS

[1] Cf. Labastida (2017), “Humboldt en la Nueva España”, en Raymond Erickson, Mauricio A. Font y Brian Schwartz (eds.), Alexander von Humboldt from the Americas to the Cosmos, Nueva York, Center for Western Hemisphere Studies, 2017, pp. 25-40.

[2] Cf. Sandra Rebok (2014), Humboldt and Jefferson: A Transatlantic Friendship of the Enlightenment, University of Virginia Press, pp. 32-45.

[3] Cf. Mª Elvira Roca Barea (2016), Imperiofobia y leyenda negra. Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio Español, Madrid, Siruela, pp. 325-327.

[4] Alejandro de Humboldt (2002), Ensayo Político sobre El Reino de la Nueva España. Ed. de Juan A. Ortega y Medina, México, Editorial Porrúa, p. 27.

[5] Citado por Gastón García Cantú (1974), Las invasiones norteamericanas en México, México, Era, p. 15.

[6] Cf. Ramón María Serrera (2017), “Alejandro de Humboldt y las fuentes escritas del ensayo político sobre el reino de la Nueva España”, en Chronica Nova, 27, 2000, pp. 217-238.

[7] Humboldt, op. cit., p. 251.

[8] Cito la edición de 1826: París, Casa de Rosa, Calle de Chartres, p. LVII. Disponible en http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080018319_C/1080018319_T1/1080018319_MA.PDF

[9] G. W. F. Hegel (1980), Lecciones de Filosofía de la Historia, trad. de José Gaos, Madrid, Alianza, p. 171.

[10] Cf. L. Lomelí (2018), Estética de la penuria. El colapso de la civilización occidental entre los guaycuras, Cuernavaca, Fondo Editorial del Estado de Morelos.

[11] Cf. Alfonso Alfaro (2010), “Los jesuitas y la construcción de la nación mexicana”, en Análisis Plural, Iteso, Guadalajara, pp. 142-152.

[12] Cf. Luis González Villanueva (2012), “México-Filipinas en el siglo XIX: el ocaso de una relación”, en Mª Cristina E. Barrón Soto (coord.), Urdaneta novohispano. La inserción del mundo hispano en Asia, México, Universidad Iberoamericana, pp. 281-292.

[13] Cf. Jorge Alberto Manrique (1976), “Del barroco a la Ilustración”, en Historia general de México, México, El Colegio de México, pp. 359-44

[14] Humboldt (2002), Ob. cit., p. 79.

[15] Cf. Elías Trabulse (1985), La ciencia perdida. Fray Diego Rodríguez, un sabio del siglo XVII, México, FCE.

[16] Cf. Marcelino Trigueros Martínez (2017), Persecución editorial del libro en el siglo XVIII novohispano: el caso del coronel Agustín Beven (1767-179), tesis doctoral, Universidad de Alicante, p.  255. Disponible https://rua.ua.es/dspace/bitstream/10045/64527/1/tesis_marcelino_trigueros_martinez.pdf [Consultado el 18 de junio de 2019].

[17] Alfonso Reyes (1997), Obras completas IX, México, FCE, p. 173.

[18] Cf. Germán Arciniegas, “Nuestra América es un ensayo” [1963], en Anthropos. Huellas del conocimiento: Germán Arciniegas. Ensayo, otredad, identidad de América Latina, coord. de Sebastián Pineda Buitrago, núm. 234 (2012), pp. 45-53.

[19] El género novelístico tampoco se escapa de su contaminación con el ensayístico si sigue la lógica de Jacques Leenhardt, “La estructura ensayística de la novela latinoamericana”, en Más allá del boom. Literatura y mercado, ed. de Ángel Rama, Montevideo, Marcha Editores, 1981, pp. 130-143.

 

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