LURI, LA ESCUELA NO ES UN PARQUE DE ATRACCIONES

Vol. 8 / julio 2022
RESEÑA. Autor: Davide Mombelli

Luri, Gregorio, La escuela no es un parque de atracciones. Una defensa del conocimiento poderoso, Barcelona, Ariel, 2020, 416 pp. (ISBN: 978-8434431836)

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Cubierta LuriNo se le puede achacar al autor de La escuela no es un parque de atracciones ser un “desertor de la tiza”, cáustico epíteto con el que se suele llamar a los pedagogos que construyen castillos ideológicos sobre un desconocimiento casi total de las dinámicas de la praxis docente. A menudo las ideas pedagógicas se convierten en algo totalmente irrealizable, y se genera una distancia significativa entre teoría y práctica, dejando a los profesores metodológica y teóricamente desamparados.

El filósofo y docente Gregorio Luri, autor de estudios brillantes como el recién publicado El eje del mundo. La conquista del yo en el Siglo de Oro español (2022), habla de pedagogía moderna y de sus deficiencias a partir de una experiencia que abarca todas las etapas educativas (primaria, secundaria y universitaria). El blanco de su inteligente crítica es la concepción de una educación que ya no se funda en el conocimiento y que ha perdido consecuentemente la función de enseñar contenidos. En una entrevista radiofónica, Luri declaró que la pedagogía en cuanto disciplina de fundación moderna tiene un pecado original: creer en que sin interés no hay conocimiento, y de ahí el esfuerzo de las más “innovadoras” teorías pedagógicas para hacer de la educación algo cada vez más “atractivo” o “divertido” para el joven discente. Sin embargo, es más bien lo contrario: sin conocimiento, según Luri, no hay interés, pues es imposible interesarse en algo que no conoces. En estos términos, entender la escuela como un “parque de atracciones” no fomenta las ganas de conocer, sino que aumenta simplemente el deseo de diversión en los más jóvenes. Y aprender, precisamente, no es tarea sencilla: se necesita esfuerzo, concentración, atención y disciplina, trabajar con un fin que es aumentar el conocimiento que se tiene del mundo; “divertirse”, en cambio, significa etimológicamente “extraviarse”, “desviarse”.

Luri defiende en su libro el “conocimiento poderoso”, así como la ética del esfuerzo, la memoria y el pleno dominio de las materias. Siguiendo a Michael Young, Luri define este tipo de conocimiento como la mejor opción que tiene un niño para comprender, dar sentido al mundo y promocionarse socialmente. “El papel de la escuela”, sostiene el autor “es conducir al niño desde la experiencia hasta la idea, o sea, de la lógica de su experiencia inmediata a la lógica del conocimiento poderoso”, siendo, por otra parte, función de la escuela “reducir en el mínimo tiempo posible y en el mayor número de alumnos, la distancia entre la ignorancia y el conocimiento poderoso”. El conocimiento es poderoso si capacita al alumno para descubrir alternativas que la experiencia cotidiana no le permitiría descubrir; y si le permite adquirir una visión sistemática del mundo y especializarse en alguna de las disciplinas que lo conforman. El conocimiento es poderoso porque se traduce, para el alumno con menos recursos económicos, en la única manera de emanciparse y mejorar sus condiciones de vida. El conocimiento es poderoso, en última instancia, porque es el que preserva la dignidad del hombre y su libertad de acción.

Luri, en el prólogo, manifiesta ir a contracorriente de la ideología de la ortodoxia pedagógica, pero a favor de la realidad. Y esta es una primera toma de posición que nos permite comprender el calado de su crítica hacia una pedagogía desnortada porque ha perdido el contacto con la realidad de las cosas. Esto es algo que saben muchos docentes, pero son pocos quienes tienen o están dispuestos a ofrecer una respuesta: y precisamente es muy grave que esto sea así.

El autor organiza su discurso en tres movimientos: un primer apartado que podría considerarse en tanto que “pars destruens” (“¿Existe la ‘racionalidad pedagógica’?”); una segunda sección, titulada “En defensa del conocimiento poderoso”, coincidente con la “pars construens” (reflexión sobre las alternativas pedagógicas más rentables y eficaces); y finalmente una tercera parte en la que se proporcionan modelos educativos realmente aplicables en las aulas (“Instrucción explícita y capitalismo cognitivo”).

Juego Escuela

Luri sostiene que hay una gran diferencia entre un concepto de studiositas y otro de curiositas: “la studiositas ama el objeto, la curiositas busca la foto turística ante un objeto llamativo con la ingenua sensación de que, así, de alguna manera lo posee”. Traducido al lenguaje “curricular”, si no se ofrece ninguna propuesta de contenido, todo se reduce a procedimientos. Pero ¿qué se procesa? Si no son conocimientos, el objeto pasa a ser la información, y es bien sabido que información no es conocimiento. Además, este asunto acarrea también un problema de carácter ético: en efecto, cuando la diferencia entre información y conocimiento pierde relevancia, se difuminan también las fronteras entre el original y el plagio.

Frente a teorías pedagógicas irrealizables, el autor aboga por centrar la experiencia educativa, espacio de encuentro entre la realidad y el laboratorio, y no de la idealidad con su imposibilidad. En lugar de pretensiones, hay que intentar alcanzar resultados. Paradigma de cierta pedagogía vacía es el gurú Paulo Freire, experto, según Luri, en transmitir la ideología de las culpas transferibles, no de las responsabilidades asumibles.

¿Existe la llamada “racionalidad pedagógica”? Este no es sino un concepto sui generis. A fin de comprender una escuela, hay que ir más allá de lo que ella piensa de sí misma: es necesario que sea evaluada con criterios objetivos que permitan deducir juicios críticos bien fundamentados.

Una “escuela honesta” debería hacer público si cree en el conocimiento, si adopta un método riguroso a la hora de analizar los resultados educativos, si emplea una metodología que no sea simplemente el uso acrítico de los medios tecnológicos… “Una escuela sin convicciones y sin trayectoria no es una escuela, aunque quizá pueda ser una entretenida guardería. Si en algún sitio han de poder verse con claridad esas convicciones es en el rigor con que se evalúa a sí misma”.

En la segunda parte de su libro, Luri realiza una apasionada “defensa del conocimiento poderoso”. Analiza conceptos fundamentales como los de “memoria” y “olvido”, y reflexiona acerca de la importancia de la “disciplina” (“La disciplina es tan importante en las instituciones como en las personas. Es el medio por el cual sabemos cómo orientarnos en cada momento”).

Interesante es el excurso sobre el asunto de la “atención”. Luri sostiene que con la atención está ocurriendo lo mismo que con el pensamiento crítico o la resolución de problemas: la consideramos categoría de competencia general y hemos dado por supuesto que se puede educar ignorando los objetos sobre los que recae.

Luri entiende la experiencia educativa como una actividad “ampliadora de contextos” que se despliega en varias dimensiones: el estímulo del saber por el saber, el fortalecimiento de la autodisciplina, la educación de la atención, la concepción diagnóstica del error y el valor moral del aprendizaje… El conocimiento, en definitiva, es crecimiento personal, y su fin un ensanchamiento de lo que somos.

En la tercera parte de La escuela no es un parque de atracciones se propone un modelo educativo alternativo a la “ortodoxia pedagógica” imperante. Luri opta por una “instrucción explícita”: ello implica una defensa del “conocimiento poderoso” y la definición de los requerimientos de la sociedad del capitalismo cognitivo. Es este un concepto muy interesante: en el capitalismo cognitivo el conocimiento constituye el principal objeto de acumulación; de esta manera, el conocimiento sería fuente de riqueza, tanto material como, sobre todo, humana.

El “pensamiento crítico”, mantra de los pedagogos ortodoxos, tiene sentido solo si se afirma la existencia de la verdad: siempre se piensa sobre algo. De ahí se puede asumir la enseñanza del discurso persuasivo y de la retórica solo si se acepta la existencia de la verdad: de lo contrario, la retórica se convierte en sofística.

Luri reivindica la importancia escolar del humanismo, de la educación liberal y en conjunto de la transmisión. “Debemos comenzar planteándonos”, afirma en la conclusión del tercer apartado, “en la escuela la posibilidad de una comprensión integral de la lectoescritura que entienda la importancia de dominar lo que a mí me gusta llamar ‘las tres lenguas básicas’: la natural, la musical y la matemática”.

Clausuran el volumen un breve epílogo y un alegato “por la escuela”. Es contraproducente andar enfrentando “métodos conservadores” y “progresistas”: existen, más bien, métodos buenos y malos. El profesional de la educación tiene que saber escoger de la tradición y de la innovación los conceptos y procedimientos más realistas y aplicables en las aulas.

Por supuesto, la función de la escuela ha de ser decisiva en la formación de personas responsables. A pesar de los diferentes espacios de diálogo creados en las últimas dos décadas, gracias sobre todo a las nuevas tecnologías de la comunicación, la función de una escuela “honesta”, que declare abiertamente unas ideas-guía y sepa hacia dónde conducir a su comunidad docente, es de vital importancia. “La libertad”, recuerda Luri, “es, sin duda, algo grande; pero si carece de conocimiento, nos puede conducir a cualquier parte. ¿Y qué padre quiere que su hijo acabe en cualquier parte?”.

Y una última reflexión acerca del concepto de “juego” asumido por Luri. Es sabido que el concepto de juego obtiene su relevancia y madurez teorética con Kant y Schiller, referido en particular a la esfera estética del conocimiento humano. Por otra parte, el docere et delectare es un par conceptual perteneciente a la más alta tradición pedagógica clásica. En tela de juicio no se pone aquí el juego entendido en estos términos filosóficos o poetológicos, sino que se critica, y Luri lo especifica muy bien tanto en el prólogo como en el epílogo de su estudio, la ludificación (o, como ahora se suele decir, la “gamificación”) de la educación. Claro está que el juego es fundamental para el crecimiento del niño. Sin embargo, sostiene Luri, el juego “limita también nuestro crecimiento porque hay posibilidades en nosotros que necesitan incitaciones diferentes para desarrollarse”. En el juego el hombre siente afirmada una parte de su esencia. Pero, matiza el autor, “el juego no nos permite desarrollar nuestras capacidades más altas, todo aquello que hemos de esforzarnos para llegar a ser, esas capacidades que con frecuencia nos oculta la ignorancia que suele parasitar al crecimiento libre”.

En definitiva, es preciso huir de una “alternativa infatilizadora de la humanidad”: “es el conocimiento inteligente el que ha de orientarnos sobre el momento de jugar, de reír, de llorar, de trabajar, de soñar, de esperar…”. Conocimiento que tiene que ser proporcionado y vehiculado por la escuela. Este es asunto muy serio, cuya solución implica un compromiso constante: porque con la escuela, lo deja muy claro Luri, no se juega.

Pero el hecho es que se está jugando con la escuela.


CITA BIBLIOGRÁFICA: D. Mombelli, “La escuela no es un parque de atracciones”, Revista Recensión, vol. 8 (julio-diciembre 2022) [Enlace: https://revistarecension.com/2022/09/07/la-escuela-no-es-un-parque-de-atracciones/ ]