IDEA DE KIEV

Vol. 7 / enero 2022 (Núm. monográfico 120 años de la Estética de Croce)
ARTÍCULO / ENSAYO. Autor: Gueorgui Fedótov (Ed. y trad. de Natalia Timoshenko)*

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[…] La tentación occidentalista de San Petersburgo y la fascinación asiática de Moscú son dos fracasos inevitables de Rusia, superables solo mediante un vivo espíritu nacional. La fuerza surge venciendo las tentaciones. La riqueza nace superando los achaques. Basta que exista un tercer elemento que esté por encima de la rivalidad entre estos dos: un polo magnético hacia el que se dirige la flecha del espíritu en sus vacilaciones. Este polo, este hito inamovible de la ortodoxia en el destino de Rusia es Kiev. Es decir, la idea de Kiev.

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Retrato de G. Fedótov

Resulta extraño hablar de Kiev en nuestros tiempos. Nosotros mismos, hace muy poco, renunciamos con futilidad a la gloria y la infamia de Kiev al situar el origen  de nuestra estirpe en las orillas del Oká y del Volga. Nosotros mismos hemos entregado Ucrania a Grushevski y hemos formado a los independentistas. ¿Acaso ha estado Kiev alguna vez en el centro de nuestro pensamiento y de nuestro amor? Existe un hecho sorprendente: la literatura rusa moderna ha ignorado completamente a Kiev. No hay nada, excepto las Antigüedades del barrio de Pechersk y un flojo poema de Jomiakov. Sin embargo, el pueblo ruso durante todos los siglos de su existencia consideró a Kiev como su mayor sanctasanctórum, nunca se cansó de peregrinar a ella y glorificó a la ciudad maravillosa y a su preclaro príncipe en los cantos épicos, muy tardíos, según dicen.

Para un norteño, Kiev no sólo es el sanctasanctórum, sino también la más bella de todas las ciudades rusas. Y lo es no en razón de las torres de sus templos ni por el oro de sus cúpulas, sino por la belleza del mundo recién creado por Dios, que se revela aquí mejor que en ningún otro monumento humano. Desde las colinas de la vieja Kiev, desde Pechersk, desde Schekovitsa, por doquier, se asoma entre el verde espesor una infinita dimensión azul que te deja sin aliento. Parece que el hombre no es digno de semejante belleza y que no podrá soportar tal hermosura durante mucho tiempo. Y resulta comprensible que los monjes se guareciesen de ella en las grutas, guiados por un simple deseo de autoconservación. ¿O acaso tan sólo a la atormentada alma rusa le resulta insoportable el deslumbrante hosanna del paraíso terrenal? Quizás por esa razón ésta pasó desapercibida para los poetas norteños, que sólo eran capaces de aceptar la belleza en su austeridad ascética.

Sin embargo, ¿qué podría añadir una palabra humana allí donde la tierra ya lo ha dicho todo? Una peculiaridad sorprendente del paisaje urbano de Kiev es la invasión de una naturaleza apenas alterada por el hombre. Por encima del concurrido barrio de Podol, por encima de los antiguos barrios de los Alfareros y los Curtidores, surgidos en los tiempos de Yaroslav, se elevan las colinas escarpadas y deshabitadas por las que escalan las cabras. El monasterio situado en la colina de  Kiseliovka y el cementerio de Schekovitsa no perturban el apacible carácter rural de estos parajes. Estos espacios abiertos incitan a uno a perderse en la lejanía, a viajar a todas las partes del mundo, ya que resulta difícil quedarse quieto durante largo tiempo en estas colinas: emprender el viaje a Occidente, a los Cárpatos y a Polonia, que de aquí no está lejos, o viajar al este, a través de los bosques de Chernígov, hacia Moscú y, sobre todo, por supuesto, encaminarse hacia el sur, donde serpentea la cinta plateada del Dniéper, viajar más allá de los rápidos, hacia las estepas de los cumanos, hacia el mar Negro, antaño denominado “Ruso”, y de ahí dirigirse hacia la santa Grecia.

¡Cuántos pueblos pasaron por estas colinas, cuántas culturas se asentaron en ellas! En ningún otro lugar de Rusia se puede pisar un suelo tan repleto de vestigios de la antigüedad. El hombre de la Edad de Piedra ya se sentía a gusto en estas colinas, convirtiendo en su hogar las cuevas de sus laderas. Si usted posee el sentido del tiempo, que en Kiev conmociona no menos que el del espacio, visite el rico Museo Arqueológico para admirar las huellas de nuestros antepasados, los numerosos pueblos que habitaron las tierras de Kiev antes que nosotros. Cimerios, escitas, y otras tribus cuyo nombre desconocemos… Y entre ellos, incluso más antiguos que los escitas, se encuentran los misteriosos “tripilianos” que cocieron las piezas de cerámica aquí, en sus “asentamientos”, antes de descender a los Balcanes para erigir la cultura egea en el conjunto de sus islas. Ya nos es lícito concebir que las colinas de Kiev fueran la patria de los futuros helenos. Desde estas colinas, sosteniendo los fragmentos de cerámica en las manos, es quizás más fácil que en cualquier otro lugar contemplar la historia más antigua de Europa. Al igual que en Roma, aquí uno siente la esencia sagrada del terreno, pero ¡hasta qué punto en este lugar los recuerdos nos conducen a una antigüedad mucho más remota!

Vista de Kiev

Dmitri Shkliar, Monasterio de las Cuevas (Kiev), acuarela, principios del s. XXI.

No me he equivocado al afirmar que son nuestros antepasados, no unos forasteros errantes. Llevamos su memoria en nuestra sangre, en nuestra lengua y en los hábitos de nuestra cotidiana vida. Recordemos la aportación de los escitas a nuestro vocabulario, las formas griegas de la cerámica pequeño-rusa, los adornos asiáticos de las alfombras ucranianas. Recientemente, Nikolái Marr ha descubierto en el folclore armenio una leyenda sobre Kiy, Schek, Joriv y su hermana Lébed, cuyos nombres son idénticos a los legendarios fundadores de Kiev, de modo que resulta probable atribuirle el origen “jafético”, antiguo e inmemorial, de dicha leyenda.

No obstante, todo esto yace bajo la tierra, mientras que sobre su faz perdura la lucha de dos culturas: la bizantino-rusa y la polaco-ucraniana. En las fachadas de las antiguas iglesias, el arqueólogo puede leer la crónica de esa lucha, pero también se aprecian de forma muy nítida los núcleos de ambas culturas. Kiev abandonaba sus antiguas moradas con extrema facilidad cada vez que acaecía un cambio en su turbulenta historia. La ciudad que albergaba la residencia de los príncipes rusos en la colina más antigua (de Kiy), el barrio ucraniano de Podol con su fortaleza polaca (en ruinas) en Kiselevka, el centro gubernamental ruso en Pechersk, y la ciudad moderna de Kiev, al mismo tiempo que la más judía desde la decadencia de Odesa, la capital de la judería rusa, fusionó las antiguas islas y se expandió por toda la meseta.

La Kiev ucraniana es pintoresca, su barroco provinciano es emperifollado y encantador, mientras que en la catedral de San Nicolás, construida por iniciativa de Mazepa (por desgracia, perforada despiadadamente por las balas de la guerra civil) su barroco no carece de cierta nobleza. En el barrio de Podol, uno se siente envuelto por todo un enjambre de venerables recuerdos: el Magistrado y libertades de Magdeburgo, la Academia de Petró Moguila y los seminaristas con sus versos, su latín y su dudosa “filosofía”. Sin embargo, un monasterio dominico abolido nos recuerda que nos encontramos en una provincia de Polonia: como en un remoto rincón de Galitzia llegan a través del espesor de la Europa oriental los ecos del Renacimiento italiano y alemán. Se lucha obstinadamente contra la polonización, pero sin conseguir librarse de los polonismos en la arquitectura, la lengua y la teología. Todos los virajes del moderno renacimiento ucraniano ya están presentes en este Renacimiento del siglo XVII: la Pequeña Rusia concibe a sí misma como una Ucrania rebelde, la periferia de Polonia.

Admirando las abundantes extravagancias del barroco de Kiev, ¿cómo no sentirnos decepcionados, por cubrir éste, como si de una capa de grasa se tratase, las esbeltas y sobrias paredes de los antiguos templos de los príncipes? Por muy valiosos que puedan ser los recuerdos del despertar nacional de Ucrania-Malorrusia, éstos desaparecen ante la memoria de la única época grandiosa de la gloria de Kiev. Todo  desaparece ante esta gloria. Los incontables pueblos que recorrieron estas colinas, la sucesión de distintas culturas tenían un sentido y un propósito: aquí brilló la cruz de san Andrés el Protocletos, aquí se posó sobre los palacios eslavo-vikingos el cielo dorado de Santa Sofía. Y no lo olvidaremos mientras exista Rus. No obstante, en Kiev es imposible olvidarse de ello. El ruso del norte, acostumbrado a envergaduras históricas más modestas, no da crédito a sus ojos al ver en qué estado de conservación y esplendor lo recibe la Kiev bizantina y la de los príncipes. La iglesia del Salvador en Berestovo, los monasterios de San Cirilo, de Výdubichi y de San Miguel de las Cúpulas Doradas permanecen indemnes, desde sus cimientos hasta sus cúpulas, desde el siglo XI o XII y tan sólo su exterior ha sido embellecido por la mano excesivamente celosa de los contemporáneos de Moguila y Mazepa. Y todo lo corona la prístina Santa Sofía, intacta en su interior.

Tal vez el templo de la Rusia meridional de la época premongol, aun siendo armonioso y esbelto, no se considere un modelo perfecto de la idea rusa del templo, que más adelante se logró en el norte, en Vladímir y Nóvgorod. Pero en Santa Sofía, quizás por una sola vez en tierra rusa, se encarnó la idea griega. No me refiero a sus famosos mosaicos ni a su simbolismo religioso, sino al propio espacio. Aquí la tierra simplemente se eleva con júbilo hacia el cielo en el movimiento de los cuatro pilares, y la bóveda celeste desciende a su encuentro, ciñéndola amorosamente con su alado velaje. Aquí todo rebosa paz absoluta, un sentido de la medida alcanzado, de libertad encajada en la ley, el infinito encerrado en un círculo. A las personas que no han visto la otra, la gran Santa Sofía, les parecerá imposible expresar mejor en piedra la idea misma de la ortodoxia.

La mayoría de los mosaicos de Kiev, al igual que los romanos, no representan los ejemplos más perfectos del arte bizantino, aunque por su riqueza y conservación convierten a  Kiev en uno de los principales centros para su estudio. Sin embargo, en los últimos años han sido descubiertos en la catedral de Santa Sofía y en la iglesia del Salvador en Berestovo, bajo una capa de cal, una serie de iconos al fresco, realizados con un sorprendente espíritu de arcaísmo. Éstos hacen que uno se sienta en Kiev como si estuviera en los lugares del arte cristiano antiguo, como en Santa María la Antigua o ante los iconos encáusticos, que no en vano trajo desde el Sinaí a Kiev el obispo Porfirio como una de las joyas más raras. Aquí el amanecer del cristianismo ruso se encuentra con el amanecer del cristianismo oriental, el cual combina en su arte los legados del helenismo y de Asia.

Sabemos que la Kiev rusa aprovechó muy poco las posibilidades culturales que le brindó la relación filial con la madre Grecia. Dicen que incluso se apresuró a cortar también sus vínculos eclesiásticos, afirmando desde muy pronto su identidad eslavo-rusa. Anegada por la oleada turania, no fue capaz de salvar en el próspero sur los indicios, asimismo, de la cultura rusa en toda su pureza. Pero en la cúpula de Santa Sofía recibió el símbolo eterno, y no sólo para ella, sino para toda la Rusia venidera.

¿De qué habla este símbolo?

No sólo de la verdad eterna de la ortodoxia, de la esfera perfecta que abarca la diversidad de los particulares mundos nacionales. En él también se señala nuestro camino singular entre los pueblos cristianos del mundo.

En la vida rusa ha habido muchos desvíos dolorosos. En Moscú nos amenazó el peligro de desvincularnos de la vida universal debido a nuestra soberbia de autosuficiencia; en San Petersburgo corrimos el riesgo de disolvernos en la civilización germano-romana, es decir, en su raíz de origen latina. Ahora se nos señala a Asia y se nos predica el odio a la latinidad. Pero nuestro camino verdadero nos ha sido otorgado en Kiev: no es ni la latinidad ni el islamismo, sino el helenismo. Nuestro esqueje salvaje ha sido injertado en el tronco de la humanidad cristiana precisamente en su rama griega, y este hecho no puede ser una casualidad insignificante. La cultura de un pueblo crece a partir de sus raíces religiosas y, por muy exuberantes que sean los brotes y los frutos que aporte el árbol eslavo-ruso o turano-ruso, se sustenta de los jugos de la tierra cristiana, a través de sus raíces greco-orientales. Sin embargo, la religión no puede subsistir al margen de su encarnación concreta en el culto, y la cultura, y junto al cristianismo griego nos adherimos también a la cultura griega. Del mismo modo que el germanismo, lo quiera o no, es incapaz, sin suicidarse, de romper los lazos con el genio latino, la Rusia ortodoxa no puede renunciar a Grecia. En la base de la Grecia bizantino-cristiana vive la Grecia clásica, encaminada para aceptar a Cristo, y su precioso don nos pertenece por derecho, como primogénitos y herederos legítimos.

El camino, de otro lado inevitable, por el que Rusia se adhirió al Renacimiento no habría sido tan doloroso para nosotros si hubiéramos bebido sus aguas en las fuentes puras de Grecia. La mediación romano-germánica, es decir, latina, determinó la escisión de nuestra vida nacional, que afortunadamente ya estamos superando. Pero sería una locura pensar que la vida espiritual de Rusia podría crecer a partir de la “raíz salvaje” de una exclusividad eslava o turana.

Nuestra gran fortuna, y el inmerecido don divino, radican en el hecho de que hemos aceptado la verdad en su centro ecuménico, dado que precisamente en Grecia, como en ningún otro lugar, todos los caminos del mundo se atan en un nudo. Roma es su hermana pequeña e hija espiritual, la cual le debe lo mejor que tiene. Oriente, tanto en el amanecer como en el ocaso de su historia, en Micenas y en Bizancio, enriquece con su profundidad y agudeza el sentido perfecto de la medida, garantía de la ortodoxia. Cuanto más avanzamos, más descubrimos en el helenismo los dones de Oriente. No nos asustan ni Oriente ni Occidente. El mundo entero nos ha sido prometido por derecho propio; no hay verdad ni belleza que no tengan cabida en el templo ecuménico. Pero el arquitecto que colgó en el cielo “sobre las cadenas de oro” la cúpula de Santa Sofía será quien asigne a cada piedra su lugar y su medida.


* El ensayo Tres capitales fue publicado por primera vez en París, en 1926. Traducimos este fragmento, correspondiente al tercer capítulo, según la siguiente fuente: G.P. Fedótov, “Три столицы” (Tri stolitsy, Tres capitales), en Id., Лицо России. Статьи 1918 – 1930 (Litsó Rossii. Statií 1918-1930, Semblante de Rusia. Ensayos de 1918-1930), Paris, YMCA-PRESS, 1988, 2ª ed., pp. 64-70, [http://www.odinblago.ru/filosofiya/fedotov/fedotov_gp_tri_stolici/]. Existe edición española de la obra publicada por Editorial Tecnos.


CITA BIBLIOGRÁFICA: G. Fedótov, “Idea de Kiev», ed. y trad. de N. Timoshenko, en D. Mombelli (ed.), 120 años de la Estética de Croce, Madrid, Recensión, vol. 7 (enero), 2022 [Enlace: https://revistarecension.com/2022/02/06/idea-de-kiev/ ]

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