VASCONCELOS Y LA RAZA CÓSMICA

Vol. 6 / julio 2021
RESEÑA. Autor: Yannelys Aparicio Molina y David Grande

Vasconcelos, José, La raza cósmica. Misión de la raza iberoamericana. Argentina y Brasil, ed. de Y. Aparicio Molina, Madrid, Verbum, 2021, 248 págs. (ISBN: 978-84-133763-2-5)

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4_VasconcelosJosé Vasconcelos es uno de los grandes humanistas de América. Su personalidad intelectual, para muchos controvertida, supera en profundidad ética la de sus censores. Su obra La raza cósmica es un ensayo, pero también un libro de viajes. Es una reflexión sobre la condición humana y el debate sobre las razas, culturas, civilizaciones, pero asimismo una constatación de la necesidad del placer de encontrarse con el otro para reencontrase con uno mismo. José Vasconcelos fue un filósofo, un sociólogo, un escritor y, al mismo tiempo un hombre corriente con una curiosidad insaciable y una absoluta necesidad de relaciones humanas que corroboraran o matizaran sus teorías. Este libro, La raza cósmica, es un ejemplo claro de las dos caras de una misma moneda, pues revela interés por el hombre y sus circunstancias.

La obra está formada en dos partes, una primera teórica, en la que se desarrolla una concepción antropológica sobre la humanidad, y una segunda que reúne la experiencia acumulada en viajes de la primera mitad de los años veinte por Brasil, Chile, Argentina y Uruguay, donde demuestra Vasconcelos aplicar a todas las aristas de su pensamiento, que fueron muchas, un inocultable sentido práctico. Es decir, no cabe considerar la amplia sección sobre los viajes a América del Sur como un añadido o un pesado apéndice a sus relativamente escuetas reflexiones sobre las razas y el comportamiento humano en sociedad, sino como parte de un todo orgánico que se retroalimenta: lo anecdótico sirve a lo abstracto y lo teórico queda corroborado por los ejemplos de vida.

Vasconcelos fue un pensador, un orador excepcional y un escritor literario, pero también fue viajero por vocación, acostumbrado a cambiar de ambiente desde pequeño y a mezclarse con toda la diversidad mexicana e hispanoamericana. De hecho, el primer volumen de su autobiografía novelada, de 1935, se tituló Ulises criollo, que lo acredita como un trotamundos al estilo de los grandes migrantes épicos desde la tradición grecolatina, pero con un componente americano. En ese particular relato, Vasconcelos aseguraba que el asunto de los viajes fue, en su infancia, un “leit motiv familiar”. Relata en primera persona, en 1935: “No tenía yo dos años cuando salimos de Oaxaca en caballos hasta el tren de Tehuacán. Fueron duras las jornadas del Cañón de Tomellín, entre las cuestas y el río. En la capital, mi padre obtuvo un puesto en la Aduana del Soconusco. Lo que nos obligó a un viaje increíble, creo hasta Puerto Ángel, donde tomamos un barco. Un temporal nos llevó de arribada forzosa a Champerico, de Guatemala. Allí encontraron mulas para atravesar la frontera por Tapachula […]. ´Tú ibas –recordaba mi abuela, mirándome– dentro de un cesto atado al costado de la mula […]. Estabas tan flaquito y amarillo, que llegamos a darte por perdido’. Para huir del paludismo, mi padre aceptó el cargo aquel de Sásabe, en el otro extremo del sistema aduanal mexicano. Los relatos de mi hogar empezaban, pues, con una advertencia geográfica: ‘Cuando estábamos en Chiapas’, ‘cuando pasamos por México’, ‘una vez en Oaxaca’…”.

Como su padre trabajaba en aduanas, los destinos profesionales llevaban a Vasconcelos de un extremo a otro del país, aunque también residió la familia Vasconcelos en la capital por algún tiempo. En el último año del siglo XIX, cuando solo contaba con diecisiete años, decidió permanecer en Ciudad de México, a fin de estudiar los últimos cursos del bachillerato (1899-1901) y la carrera de Derecho (1901-1905). Desde allí acudía a veces al domicilio paterno, en Ciudad Juárez. Al terminar sus estudios trabajó un tiempo en Durango como fiscal, para volver a la capital del país y establecerse durante unos años. Algunos críticos han señalado que esa variedad de lugares fue decisiva para consolidar el espíritu viajero, el afán escrutador y su gran conocimiento de diferentes variedades diatópicas, diastráticas y diafásicas aplicadas a los hablantes y habitantes de regiones dispares, algo fundamental para elaborar, años más tarde, su original “mesianismo mestizo”, que culminaría en la década de los veinte con La raza cósmica (1925) e Indología (1926). En aquella época, además de conocer diversos lugares, se completó su formación con lecturas filosóficas y literarias. Fue uno de los fundadores del Ateneo de México, institución que se preocupó por esparcir la cultura de alto vuelo y difundir la sabiduría histórica, científica, teórica y estética, junto con otros grandes pensadores y músicos, ingenieros y pintores, abogados, médicos y escritores del siglo XX mexicano: Pedro Henríquez Ureña, Antonio Caso, Alfonso Reyes, Diego Rivera, Martín Luis Guzmán, Enrique González Martínez, Julio Torri y una larga lista de eminentes figuras de la cultura mexicana contemporánea. Leyó a Humboldt, Schopenhauer, Shakespeare, Buffon, Dante, a los clásicos de las literaturas europeas y americanas y a los filósofos y científicos modernos, y comenzó a elaborar algunos presupuestos de una filosofía propia, que en la siguiente década cristalizaría en La raza cósmica.

Vasconelos

Muy bien informado sobre algunas de las teorías filosóficas y científicas en boga durante las décadas finales del siglo XIX y primeras del XX, elaboró una ley de “tres ciclos de la energía”, que aplicó a la evolución histórica de las sociedades, al estilo de Comte, pero en un sentido diferente. Mientras el creador del positivismo pensaba en tres estados: el mítico, el metafísico y el científico o positivo para describir el acercamiento del hombre a la realidad, al desarrollo y a la explicación de los fenómenos naturales, según el criterio de mayor o menor acercamiento al espíritu científico y experimental, Vasconcelos aludía a una tríada diferente pero también gradual, en cuanto a la perfección que se habría de alcanzar, basada en la aplicación de un principio: la diacronía material, la intelectual y, finalmente, la estética. Piensa el mexicano que en esas primeras décadas del siglo XX, los países más desarrollados experimentan el fenómeno adjunto al segundo período, el intelectual, que es superior al primero, pero depende de la “utilidad” y el interés. En él, los problemas se resuelven racionalmente, pero ese criterio no es el más elevado. Ciertamente estaba influido por la educación estética de Friedrich Schiller. Piensa Vasconcelos que “por encima de las fatalidades de la lógica y más allá de todo interés material o moral, está en nuestras conciencias el anhelo de obrar con libertad y de acuerdo con nuestras simpatías. El día que así se proceda en lo individual y lo colectivo, habremos alcanzado el tercer periodo de las sociedades, el periodo estético. La mayor suma de dicha será entonces la norma del orden público y de las relaciones de los estados” (p. 18).


CITA BIBLIOGRÁFICA: Y. Aparicio Molina y D. Grande, “Vasconcelos y la raza cósmica”, Recensión, vol. 6, Madrid, Recensión, 2021 [Enlace: https://revistarecension.com/2021/08/30/vasconcelos-y-la-raza-cosmica/ ]