MIGUEL CATALÁN ANTE EL “COMITÉ DE EXPERTOS”

Vols. 4 y 5 / julio-diciembre 2020 / enero-junio 2021 (Número doble) – ÍNDICE

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COMENTARIO BIBLIOGRÁFICO. Autor: Pedro Aullón de Haro

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La desaparición de Miguel Catalán ha puesto fin a Seudología, la más importante reflexión que se ha elaborado sobre la mentira, aportación no solo singular sino indispensable tanto para la Historia de las Ideas como para la concreta circunstancia de nuestro tiempo.

Miguel Catalán, nuestro autor y amigo, persona a la que en verdad identificaba la cualidad de bonhomía, se ha marchado silenciosamente, como sin querer molestar, como si atareado en algún paréntesis de asuntos valencianos que le entretenían y a la distancia no comprendíamos. Porque Miguel Catalán, que se ha marchado prematuramente, tenía una vida y tarea de autor local, y se ha marchado con su verdad.

El pensador por antonomasia de la teoría de la mentira, que tuvo tiempo sobrado de publicar el libro correspondiente a la Mentira política, sin embargo ha hurtado su presencia ante el desgraciado momento estelar que ha constituido en España para la política la acuciante pandemia que nos invade. El hecho es que Miguel Catalán no ha podido asistir e incluir en su obra ese ejemplo extremadísimo, no se sabría decir si perverso o pueril, constituido por un fabuloso “Comité de Expertos” inventado por un gobierno y al cual remitir como sancionador de toda decisión política, arbitraria o simplemente del orden que fuere, en tanto que científica. Y ello nada menos que en una situación de emergencia nacional. ¿Pudo haber imaginado Miguel Catalán un tal “Comité de Expertos”?

Se diría, a primera vista, que esta operación del comité venía a formular una suerte de fantasía adoptada a partir del género del cuento tradicional, o por desgajamiento de ciertos relatos mitológicos novelados y ahora traspuestos a función política inmediata y efectiva. Tal es lo extremado del caso. Pero, aún más, acontece que el modelo de invención del alto comité recontinúa mediante nuevos proyectos y se prolonga asombrosamente en una nueva entidad que completa de manera portentosa el bucle imaginario mediante un nuevo comité, supuestamente real y con pie en tierra y coactivo, el “Comité de la Verdad”; comité éste no sabría decir el ciudadano si formado por doctores en Ética o en alguna rama epistemológica o en teoría del conocimiento, o si la nación en que habita ha adoptado una orientación teológica o totalitaria. Sin embargo, los politólogos profesionales, al parecer, nada explican de estos asuntos. Sea como fuere, hemos podido constatar que no pocas personas serias aducen cómo en realidad no se trata más que de un modo de pervivencia de dogmas establecidos a partir de ciertas doctrinas políticas, doctrinas totalitarias de fortísima finalidad práctica por nacidas casi al tiempo que se ejercían durante las primeras terribles décadas del siglo XX.

La mentira política, como es sabido, ha ocupado la reflexión de algunos escritores y pensadores eminentes como Jonathan Swift y Hannah Arendt, por señalar dos nombres verdaderamente dispares. Ahora bien, la gran cuestión original y moderna fue práctica, y a su vez puramente de finalidad estratégica, por ser la mentira sobre todo una potente invención política durante el temprano siglo XX acuñada por teóricos y activistas de orientación comunista. Y corresponde en esto la mayor distinción, por supuesto, a Vladimir Lenin, a quien se atribuye la celebérrima máxima: “La mentira es un arma política revolucionaria”. Esta intención se ejecutaba en el marco de un proyecto de prometer libertad para aplastar toda libertad y de exigir la verdad como método encubierto de establecer la propaganda de partido como verdad alternativa o mentira impuesta. Con todo, es de recordar que no solo corresponde a los límites doctrinales del comunismo el desarrollo de ideaciones en esta línea de pensamiento, aunque sí por lo común su invención originaria. La aportación nacionalsocialista fue asimismo importante, y más científica, es decir de una práctica sustentada en teoría técnica y, por ello, específicamente formulada, razón por la cual, pasado el tiempo, pudo contribuir de forma decisiva a la posterior teoría de la información, a la utilización de estereotipos, al cálculo de los umbrales de aceptación de mensajes por parte del receptor, etc. Es materia bien conocida, aunque en lo principal, a lo que parece, las sociedades no han tomado conciencia plena de ello y el hecho es que en la actualidad la manipulación política radicalmente sustentada en la mentira ha alcanzado a renovar sus proyectos y usos o campos de acción, permaneciendo tan viva o, cuando menos, tan extendida como en los más horribles momentos de la época contemporánea y, es curioso, sin ser sometida a riguroso examen por parte de las disciplinas concernidas, ya sean psicológicas, sociológicas y, sobre todo, filosóficas.

La filosofía profesional, que a mi juicio ha cometido en nuestro tiempo dos dejaciones imperdonables: el no haberse confrontado, ya por ignorancia o por soberbia, con el pensamiento de Asia, con todo lo que esto significa en el contexto de la globalización, y, de otra parte, el no haber asumido y examinado de la forma requerida el problema del ‘a priori cultural’ e ideológico; la filosofía profesional, decíamos, ahora parece deslizarse mirando a otro lado ante el problema de la generalización de la mentira política. El ejercicio de la mentira como método y al amparo de que un cierto escándalo como resultado es sucesivamente neutralizable por otro subsiguiente, y así de manera sucesiva, alcanzando la formalidad de mentira continuada, presenta problemas de fondo muy graves más allá de la esfera de la inmediatez práctica.

El ejercicio del simulacro como formulación analógica en su tradición barroca y alegórica, que alcanzaba la fórmula del continuado y empapaba la vida social y política, poseía una dimensión tanto moral como fáctica que, de abreviar, podría quedar perfectamente simbolizada mediante el ejemplo del trampantojo, de la arquitectura efímera o de los fuegos artificiales, por ejemplo en el parque madrileño del Retiro en tiempos de Felipe IV y acaso sobre todo gracias a un escenógrafo florentino (Cosme Lotti). (Me permitiré añadir: una sutilización extraordinaria de este proceder es la que, a mi juicio, ejerció Goya en los frescos de San Antonio de la Florida, penetrados por la más profunda verdad del arte). Se trataba de un recreo del ingenio, de las relaciones entre apariencia y realidad, ello al amparo de una doctrina para la cual era inconcebible la verdad sin belleza, y a la inversa (Gracián). Pero en nuestro tiempo no se trata, desde luego, del brillante alegorismo de la “metáfora continuada”, de un arte manierista que al decir de algún crítico importante (Hauser) conducía el metaforismo de Góngora a metamorfismo constituyente de una realidad paralela.

Pero el arte, que tiene todas las ventajas de la realidad común al tiempo que ninguno de sus inconvenientes (Schiller), no es la política. La gravedad intelectual y moral de la mentira política como ejercicio práctico continuado consiste, en gran medida, no solo en que se propone la exclusión de la capacidad de juicio, al cual no deja espacio de intervención natural breve y directa relegándolo a una posición digamos metacrítica o alegórica, sino que, como causa tanto agente como consecuente, arrastra en su ideologismo rector al envilecimiento tanto de quienes la ejecutan como de quienes la padecen. Esto, claro, requiere distingos. El envilecimiento moral del ejecutor es de principio, y por supuesto el más culposo y evidente, y aun cabría añadir que suma agravantes en la medida en que apela, según con frecuencia ocurre, al oponente achacándole el delictum propio. Ahora bien, el tremendo envilecimiento consecuente, por arrastre es sin duda el que produce en quienes asienten, a veces simples ciudadanos intelectualmente envenenados, o poco perspicaces, o simplemente desbordados por una situación que les anula. Este envilecimiento puede ser extensivo y existen de él muestras apabullantes durante todo el siglo XX y de todos conocidas, y a veces concernientes a comunidades completas, pudiendo abrazar incluso a enteras sociedades y por esto únicamente definibles como enfermas. Dicho lo cual es de reconocer que el envilecimiento padecido y no aceptado, aun si se tratase de individuos por completo sojuzgados, nunca anularía una libertad interior o sustentada en la autonomía moral (Kant, Schiller), aun siendo víctimas de aplastamiento, al tiempo que exige de quienes mantienen su capacidad activa, una respuesta adecuada y acorde a sus posibilidades. Sea como fuere, nunca cabe olvidar que el correlato de la mentira continuada es el envilecimiento continuado, y en múltiples direcciones, en racimo. Por más que algunos ideólogos actuales quieran hablar en nombre de una nueva “convivencia”, invocando este bien superador. No hay convivencia en el envilecimiento sino degradación.

Lo cierto, por otra parte, es que la elaboración de la mentira política, recreada principalmente por los seguidores de aquellos criterios políticos de la primera mitad del siglo XX ahora de nuevo heredados, ha accedido en la actualidad, como un dechado de extremismo español de catacumba, a una dimensión, una persistencia y una naturalidad de uso extraordinarias. Lo cual significa, conocidas las circunstancias que nos rigen, una interiorización de la impunidad hasta ahora verdaderamente insospechada. Fenómeno muy importante es el de la sobrecarga y cambio de referencia de las palabras, mediante superación de los límites aceptables de la tropología. De hecho, es factible determinar en el uso lingüístico actual, especialmente en los medios de comunicación escrita y audiovisual, el término ‘política’ en su sentido de actividad, esto es ‘hacer política’, como sinónimo de ‘mentira’, ‘hacer mentiras’, o, definámoslo así, ‘tipo de actividad del cual se presupone habitual fundamentación en la falsedad’. O bien que es el campo más característico y propio de la mentira, hasta el punto de ser referible a una dimensión propia y de densidad espasmódica. Participa de ello un entorno configurado sobre todo por las denominadas “falsas noticias” (fake news), los “bulos”, ya como parte de escaramuzas, ya de una guerra mediática cuya persistente agresividad, a diferencia de la de antaño, no es sanguinaria, o en principio no lo es, aunque sí a veces acompañada de actividad físicamente violenta. Es el gran espacio actual de la posverdad y la realidad virtual acordes a una cultura poshumanista. Aquí se penetra tanto en una problemática teórica como en una descarnada práctica política tanto nacionalista como internacional en la cual no podemos entrar ahora.

La Seudología de Miguel Catalán es un gran tratado disposicional y discursivamente ensayístico que tuvo su inicio en 2004 mediante El prestigio de la lejanía. Ilusión, autoengaño y utopía (primeramente publicado en Barcelona y con posterioridad incorporado a la edición completa de la obra sucesivamente editada en Madrid por Editorial Verbum en su colección humanística). No es una obra de sistema, ni contiene doctrina politológica alguna ni trabaja a partir de filosofemas. Catalán quiso mantener en todo momento a lo largo de su reflexión, una perspectiva prudente y por supuesto alejada de todo ideologismo.

De los trece volúmenes que componen Seudología, el VII, titulado Mentira y poder político, precedido por Ética de la verdad y de la mentira (VI), abre “el arcoiris de las prácticas engañosas que nos llevará hasta el final de nuestro largo viaje por el reino de la falsía”. La materia política es en realidad la más extensamente tratada en Seudología, pues se extiende ya desde La alianza del trono y la religión hasta, especialmente, Poder y caos. La política del miedo.

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El criterio moral aplicado por Catalán consiste en asumir como buenas aquellas acciones políticas cuyas intenciones y consecuencias tienden a aumentar el bienestar y la felicidad, y malas aquellas otras que tienden a aumentar el sufrimiento y la desgracia. Entiende que “la falsedad interesada es inherente al poder político”.

En el número de las mentiras detestables emplazo en primer lugar la del poder político, que es el poder en su máxima expresión. Sostendré que ésta es la peor de todas las formas de engaño. Aunque también sirve para mantener la paz social, cumpliendo con ello una tarea de indudable importancia práctica, el ínfimo puesto del engaño político en el conjunto arquitectónico de este tratado se debe a que agrega al uso de la fuerza que funda todo dominio la superchería legitimadora que permite a los fuertes ahondar la explotación secular sobre los débiles (Mentira y poder político, Prefacio, p. 11).

Miguel Catalán, que también es autor de algunas novelas, ensayos y varios libros del género proverbial (aforismos, paradojas…), pensaba en 20 volúmenes para el despliegue completo de Seudología. Así nos lo hizo saber a requerimiento nuestro hace algunos años. La circunstancia de la enfermedad le condujo a la abreviación y concluir con un decimotercer volumen, el más reducido, La mentira benéfica (2020), dedicado a la mentira altruista, afectuosa, por amor, mentiras piadosas, en fin todo aquello que cabe bajo el manto del concepto de la charitas griega, junto al “tacto social” y el ”espíritu sanador de las artes y las letras”. Pero Catalán no dejó zonas de su materia sin tratar sino que restringió a solo capítulos varios asuntos a los que es seguro hubiese dedicado un completo volumen, así el referido “espíritu sanador de las artes y las letras”.

…han quedado apenas entrevistos por mis ojos algunos amenos paisajes de la comunicación humana en los que me habría gustado demorarme. A ello se debe quizá que en esta hora no me invada tanto la emoción extática o deportiva de haber alcanzado una cumbre virgen cuanto la más apacible y filosófica de haber consumado un viaje vitalicio. Aun así, el gobelino de estampas sucesivas que soñé a finales del siglo pasado ha cubierto todas las estaciones de la vida y todos los temas de la obra, de los dioses a los mortales, y del autoengaño a la traición… (La mentira benéfica, Seudología XIII, Prefacio, pp. 11-12)

La concepción epistemológica, por así decir, de Miguel Catalán, mucho más próxima a la madura reflexión de la tradición anglosajona que no al racionalismo germano ni aun alternativamente hispano, tiene una de sus referencias fundamentales en John Dewey, de quien al cabo de los años, tras Pensamiento y Acción (que fue su tesis de doctorado), se volvió a ocupar, ahora sintética y depuradamente, en La ética de la democracia. Sobre la política de John Dewey (Madrid, Verbum, 2013).

Seudología, rara obra por la dimensión tematológica de su proyecto y la intensa antropología de su recorrido, funciona, digámoslo así, como un tratado-río y constituye uno de los momentos más sobresalientes y singulares del género de la Historia de las Ideas en lengua española. En este sentido es de señalar que abre pletóricamente este género intelectual para el siglo XXI.


CITA BIBLIOGRÁFICA: P. Aullón de Haro, “Miguel Catalán ante el ‘comité de expertos'”, Recensión (Número doble), vols. 4-5, Madrid, Recensión, 2021 [Enlace: https://revistarecension.com/2021/01/17/miguel-catalan-ante-el-comite-de-expertos/ ]