Vol. 13 / enero 2025
RESEÑA. Autor: Ivan López Martín
David Hernández de la Fuente, 100 fragmentos del mundo clásico. Del mito a la historia, Barcelona, Ariel, 2024, 240 pp. (ISBN: 978-84-344-3809-5).
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La divulgación, y sus muy en boga relaciones actualistas, son poco frecuentes en lengua española, donde su producción es desgraciadamente muy inferior a la de la llamada subliteratura, pero existe. El género divulgativo es tan útil como evidentemente expansivo por su influencia cultural sobre públicos muy amplios o dispares. Lo cierto es que el ser humano, desde antiguo, intentó dar explicación del mundo que le rodea, la razón de todas las cosas, ya sean fenómenos meteorológicos o motivos de la propia existencia. Si en un primer momento el hombre clásico se apoyó en divinidades y otros seres supraterrenales, con poderes, tamaño y fuerza extraordinarios, como la causa fundamental de su realidad circundante, sin embargo cuando pudo detenerse y volver la mirada sobre las entidades que lo rodean, intentó explicar su mundo desde la razón. Más allá de los sistemas filosóficos presocráticos y platónicos, cabe destacar la figura de Heródoto como el primer autor clásico que buscó exponer las razones de su mundo a partir de sucesos históricos precedentes. Sin desmerecerlo, fue después Tucídides quien tiñó de ciencia la historiografía como aquella que busca las causas razonadas de la realidad del momento.
Contamos, pues, con los relatos historiográficos de los autores clásicos: los mencionados Heródoto y Tucídides, pero también los latinos César, Salustio, Livio o Amiano Marcelino… Son los testimonios a los que hoy, duchos y legos en el mundo clásico, nos aferramos para conocer los sucesos históricos de dos de las grandes civilizaciones de la Antigüedad. Con todo, por supuesto, además de los relatos referidos contamos también con restos arqueológicos que permiten avances del conocimiento. Estos hallazgos, en ocasiones, desmienten el relato tradicional legado por los autores grecorromanos y ofrecen una nueva imagen, quizá más bien colorida. El ensamblaje de todo ello es imprescindible para una adecuada divulgación de la cultura clásica, acaso aún más necesaria en tiempos como los actuales de decadencia de las grandes colecciones de la literatura clásica.
David Hernández de la Fuente subraya en El hilo de oro, desde las primeras páginas, la importancia de Heródoto, a pesar de algunas críticas por su en ocasiones recreación fantasiosa y ánimo filobárbaro, para conocer de primera mano qué sucedió antes de su tiempo. Ese hilo que conecta a los seres humanos con la divinidad, donde son tan importantes, claro está, los mitos, los hallazgos arqueológicos serán fundamentales para el tránsito que tejen los 100 fragmentos del mundo clásico.

Tras indicar el autor cómo se organizan estos 100 fragmentos del mundo clásico, nos explica que, movido por un afán divulgativo, su libro “quiere resultar sugerente y recrear la atmósfera casi legendaria que rodea estos ejemplos y su perenne actualidad” (p. 16). Enumeraremos esos fragmentos o lugares.
Comienza la revisión de la serie mediante el epígrafe “55 mitos de la historia” (pp. 17-75). De manera, quizá, algo deslavazada, sin hilo conductor claro, ni cronológico ni temático, los personajes descritos se suceden en extensión de una página aproximadamente. En algunos casos, como el de la Pitia de Delfos, se les acompaña de ilustración gráfica. Cada personaje sigue un mismo esquema: breve contexto explicativo y la indicación de los debates e, incluso, de algunas obras modernas interesantes que lo estudian. Así, comienza con Akenatón y los debates sobre la creación de la religión monoteísta al nombrar a Atón como dios único. Sigue Zoroastro y la historicidad del personaje, pues son pocos los datos y parecen, más bien, añadidos posteriores. Después, Mitra y su expansión por el mundo romano como religión oriental. Asimismo, Pitágoras y Solón documentan también anécdotas históricas y otros rasgos que los aproximan más a la naturaleza divina. Para la Pitia de Delfos, se destacan los estudios llevados a cabo sobre la manera en la que entraba en trance para proporcionar sus vaticinios. En esta línea, en el siguiente epígrafe, titulado “falsos oráculos”, se rescata la figura de Onomácrito, un recopilador de oráculos de la época de Pisístrato, el tirano ateniense, que incorporó versos y otras falsificaciones con fines políticos. Dentro de este mundo mítico-histórico, los siguientes dos epígrafes se centran en el ámbito médico, primero para destacar la figura de Asclepio y los honores tributados (y que demuestran la relevancia del personaje) en algunas polis griegas como Epidauro, y de quien sí fue un personaje histórico, Hipócrates de Cos, cuya figura, con el paso del tiempo, se fue recubriendo de una capa de leyendas hasta el punto de que se llegó a decir que era hijo de Asclepio y la viva imagen de Apolo.

Algunas líneas más dedica el autor a Heródoto de Halicarnaso para señalar la colección de anécdotas que muchos han criticado, desde el mismo Tucídides, por su fantasía recreativa; no obstante lo dicho, el autor quiere enfatizar la validez de sus narraciones y el favor del público desde el Renacimiento. Tucídides resulta la cara opuesta de esta primitiva historiografía y se le considera el primero que establece sus bases científicas; le sigue Polibio, a quien se le acusa de parcialidad por su benévola mirada de Roma, la joven potencia que acabará por convertirse en dueña del Mediterráneo. Tácito es el siguiente historiador –el único romano– que merece la atención del autor, con aquella visión tan particular de encontrar un equilibrio entre la autoridad unipersonal en el gobierno y la libertad del Senado. Por otro lado, Pausanias, el gran historiador helenístico, fue acusado de colaboración con el Imperio persa debido a las simpatías mostradas hacia el emperador Jerjes (pretendía una boda real con una de sus hijas). La figura de Hércules merece también atención en este primer bloque del volumen, especialmente en su relación con la península ibérica, pues son tres los trabajos que el héroe habría realizado en territorio íbero; no en vano, gran parte de la simbología de la monarquía está bañada de referencias al gran héroe mitológico. Tras señalar las virtudes de la llamada Edad de Oro, presentes ya en Hesíodo y sus Trabajos y días, época en la que los dioses convivían con los seres humanos, continúa Hernández de la Fuente con el recorrido de personajes históricos como Marco Antonio y César. Del primero cuenta la leyenda de que, según Pausanias, el dios Dioniso, de quien Marco Antonio era ferviente seguidor, salió de Alejandría la noche del 31 de julio en señal de abandono hacia el general romano, que acabó por suicidarse la mañana del 1 de agosto del año 30. Sobre el segundo, rescata el archiconocido asesinato de César en el Senado y las últimas palabras del general que tanto popularizó Shakespeare en su Julio César. Cambiando de tercio se señalan las figuras divinas de Hermes, el dios mensajero que recorre los confines del mundo, y la creación del hombre a partir del barro y las manos de Prometeo. Filipo II es tomado para indicar la paulatina pérdida de influencia del oráculo de Delfos en el mundo griego helenístico; y, en un salto de cinco siglos, se pasa a la figura de Zenobia, una imponente mujer procedente de Oriente que puso en jaque el poder de Roma en la región y fue derrotada por el emperador Aureliano. La imagen de Grecia marmolada por completo de blanco, impulsada desde el siglo XVIII, es falsa, pues los griegos concebían todos sus edificios y estatuas policromados, una imagen que se ha impulsado tras los hallazgos realizados en 2003 y determinadas exposiciones. Después de explicar la recuperación del cadáver de Teseo, Hernández de la Fuente se detiene ahora en la novela de Pseudo-Calístenes titulada Vida de Alejandro, que ayudó a promover la imagen mitificada del gran general macedonio. Recoge a continuación la presencia de las mujeres en la escuela pitagórica, y más concretamente de Téano, considerada la primera mujer filósofa y que posteriormente se asocia como la mujer de Pitágoras. En esta línea de las mujeres filósofas, se menciona a Hiparca la cínica, y a Leontio la epicúrea, de cuyas obras no se conserva nada. Volviendo sobre las figuras mitológicas, se describe el origen de los centauros, mitad caballo mitad figura humana, nacidos, según cuenta la tradición más famosa, de Ixión, y se apunta a Quirón, el sabio y apacible centauro que fue maestro de los grandes héroes helénicos. En muchas sociedades occidentales se conserva el mito del hombre salvaje, y también la cultura griega lo documenta; asimismo, se continúa ahora sobre el concepto de tiempo libre que tenían los griegos y la diferencia con los romanos, aunque en el ámbito intelectual eran semejantes. Como parte del negotium latino, esto es, del tiempo de trabajo, se explica en qué consistían los tribunales judiciales atenienses, tan lejos de los actuales. Después hay una vuelta a las mujeres en la Antigüedad para hablar de las Vestales, las sacerdotisas romanas encargadas de conservar la llama que mantenía en pie Roma. Previo a continuar hablando sobre los libros y los oráculos sibilinos, que guardan relación con la figura de la mujer dentro de la religión romana, se presentan los ritos mistéricos practicados en Eleusis, cuya visión sobre la vida después de la muerte era diferente a la de la religión tradicional griega. Dentro del ámbito religioso, se menciona el caso de Prisciliano, considerado uno de los primeros herejes, y la mitificación de su historia. Asimismo, se produce ahora otro salto, a la Theosophia, un enigmático texto de época tardía que recoge una serie de citas del mundo pagano; y, volviendo a la religión, se menciona en qué consiste la teúrgia y las capacidades meteorológicas a ella asociadas, así como la relación entre los oráculos de Apolo y el cristianismo. Tras la alquimia, ocupan los dos siguientes epígrafes Constantinopla, su fundación y hegemonía geográfica, y la caída de Roma, fechada en el 476 de forma simbólica cuando, en realidad, hizo más daño a la sociedad romana la muerte del emperador Valente en el 378, o los saqueos de la ciudad del 410 y 455. Después de tratar de la importancia de la vía Egnatia, se avanza unos siglos más adelante y se nos refieren las singularidades estatales del monte Atos, que aún hoy requiere de autorizaciones eclesiásticas para poder acceder a su territorio. Posteriormente, se cuenta en qué consistía la Donación de Constantino y el descubrimiento posterior de Lorenzo Valla, así como la importancia de Basilio II y la guardia varega, esta última fundamental en la cristianización del mundo eslavo y nórdico del Medievo. Cierran este primer gran bloque de la obra las bases del cesaropapismo y las nuevas corrientes que pretendían ver a Jesucristo y su primitiva comunidad como feminista, desmitificado con la lectura, según confiesa el autor, de Antonio Piñero (Jesús y las mujeres) en una reciente obra, y los distintos tipos de sectas restauracionistas, con mitos tales como la llegada de Jesucristo a Norteamérica. Como puede el lector intuir, la sucesión de personajes, temas o mitos sigue, a veces, un pequeño hilo conductor, pero se desvirtúa en la mirada global de este primer bloque.
El segundo gran bloque se titula “4 septenarios míticos” (pp. 77-152) y está compuesto por cuatro capítulos en los que se detallan siete cuestiones referidas al mundo clásico; el primero de ellos está dedicado a siete ciudades, por medio de las cuales se pretende contar su historia y cómo la arqueología les ha devuelto su importancia en nuestros días. Se inicia este recorrido con la ciudad de Cnoso, la civilización descubierta a principios del siglo XX gracias a Arthur Evans. Aprovecha también el autor para relatar la historia de la civilización minoica y su invasión por la cultura micénica en torno al año 1400 a.C. La segunda gran ciudad mítica es Micenas, que estuvo también cubierta y llena de oscuridad hasta mediados del siglo XIX cuando el gran apasionado del mundo clásico, Heinrich Schliemann, dijo haber encontrado, tras haber descubierto Troya, los grandes tesoros que pertenecieron al más importante de los reyes de Micenas, Agamenón, pastor de pueblos. Fue, sin duda, el hallazgo de Troya el gran baluarte y terremoto cultural de finales del siglo XIX, cuando Schliemann, fiándose de su intuición y de su pasión por los poemas homéricos, descubrió el emplazamiento de la antigua Troya. Es la gran ciudad fundada por Alejandro Magno en Egipto la cuarta de las ciudades míticas aquí estudiadas. Nos explica el autor la historia de su fundación, así como la importancia que tuvo hasta el siglo VII y cómo la moderna ciudad egipcia ha sepultado toda la fastuosidad de la ciudad antigua. Con todo, la arqueología submarina está descubriendo en la actualidad importantes piezas de sus riquezas y del antiguo faro. Cartago es la quinta ciudad: ahora se narra cómo se iniciaron los choques contra la otra gran potencia del Mediterráneo, Roma, y algunos de sus episodios fundamentales. Tras la total destrucción de la Cartago púnica, floreció una romana que se convirtió en un importante centro para la propagación del cristianismo, con figuras tan relevantes como Tertuliano, Cipriano o san Agustín. El Vesubio fosilizó la ciudad de Pompeya, la penúltima en ser analizada, de forma tal que tras las excavaciones arqueológicas podemos hoy dar un paseo por la ciudad que tuvo su época de máximo apogeo entre los siglos I a.C.-I d.C. Aquí el autor recomienda (lo hace a lo largo de muchos episodios, pero aquí especialmente) algunas lecturas divulgativas que permiten recrear un día normal en la Pompeya del momento. La última de las ciudades míticas es Palmira, destacada y floreciente ciudad que tuvo en Zenobia, la esposa de Odenato que puso en jaque el poder de Roma en Oriente hasta la llegada del emperador Aureliano, su gran reina. Posteriormente, desde mediados del siglo XVIII fue objeto de diversas excavaciones hasta el siglo XIX, momento en el que se llevaron a cabo de forma más exhaustiva.
El siguiente epígrafe, “7 avances míticos de la arqueología”, comienza con el redescubrimiento de Pompeya, desde Carlos III con el arqueólogo aragonés Alcubierre hasta el italiano Fiorelli. Fue el imperialismo británico el que impulsó el redescubrimiento de Oriente, y aquí se detiene David Hernández de la Fuente en mencionar a William Jones, quien comparó el sánscrito con las lenguas griega y latina. Esa mirada inglesa a Oriente permite que en Occidente disfrutemos de grandes piezas arqueológicas en el Museo Británico de Londres. El siguiente y breve capítulo retoma los descubrimientos de Schliemann, su importancia para la arqueología moderna, y las investigaciones del arquitecto Ventris, quien fascinado por una conferencia de Evans, el descubridor de Cnoso y la cultura minoica, consiguió descifrar el Lineal B micénico gracias a la ayuda de Chadwick. Tras la cultura micénica, es presentada la otra gran potencia arqueológica antigua, Egipto. Se centra el relato en Napoleón y su caterva de hombres de ciencia, como Champollion, el descubridor de la piedra de Rosetta, actualmente en el Museo Británico (los ingleses fueron los vencedores de esos combates contra las tropas napoleónicas). Egipto fue venerada por el mundo griego y romano como deudores de esa gran civilización: muchos son los obeliscos que trajeron grandes generales (Augusto entre ellos) a sus ciudades. Se retoma ahora la figura de Evans para señalar la evolución de la metodología de la arqueología moderna, notando especialmente los descubrimientos de Oriente, donde destaca el hallazgo de las tablillas de Ugarit y del mundo hitita, y la arqueóloga inglesa Kathleen Kenyon. En este gran apartado se destacan las grandes figuras de los investigadores en arqueología que han desvelado (y en ocasiones resuelto) los misterios de la Antigüedad. Ahora cobra especial relevancia la arqueoantropología para los estudios del Paleolítico y de la Edad del Hielo, además de los estudios de los grandes testimonios de la pintura rupestre. Por último, se subrayan los hallazgos arqueológicos realizados en el continente americano, que han descubierto al gran público inmensos yacimientos como la avenida de los muertos en Teotihuacán o el Machu Picchu.
De las grandes civilizaciones descubiertas pasa ahora David Hernández de la Fuente a describir siete gobernantes históricos mitificados. El primero, Ciro II el Grande: se resaltan los sueños proféticos que tuvo su abuelo y lo llevaron a abandonar la casa imperial y a ser criado por un pastor. Ciro II amplió sobremanera el Imperio persa con todas las conquistas obtenidas y murió en combate contra los masagetas. Será motivo de inspiración para Jenofonte en su Ciropedia y será también referente de gobernantes como el rey sueco Gustavo Adolfo II o Thomas Jefferson. Siguiendo un esquema similar en todos, comienza el segundo capítulo, dedicado a Alejandro Magno, con su ascenso al trono tras el sospechoso magnicidio de Filipo II y su fulgurante carrera militar. La pronta muerte a los treinta y dos años rodeó de mito esta figura, el primer griego en alcanzar los confines del Imperio persa y que, como Ciro II el Grande, se erigió en motivo de inspiración para los generales romanos como Julio César y para la tradición literaria moderna. Hijo adoptivo de Julio César, Augusto encarna el hombre de Estado ideal. Tras sobreponerse a todos sus rivales y quedar como única cabeza visible autoritaria tras la muerte de Antonio, Augusto supo de forma “silenciosa y bajo la apariencia de que nada cambiaba” (p. 123) adaptarse a las nuevas necesidades de la Vrbs e instauró un modelo de gobierno muy duradero tras los constantes conflictos civiles que provenían de la época de Mario y Sila, un siglo antes. El lugar central de los grandes gobernantes lo ocupa Gengis Kan, cuyo nombre significa “soberano universal”. Este personaje, mitificado por la crueldad con que llevó a cabo diversas medidas, supo alzarse entre las diversas familias reales y tuvo el valor de escindir el sometimiento del Imperio chino hasta alcanzar la costa de Anatolia. Señala el autor, además, la huella genética, pues las más de cuarenta esposas que tuvo Gengis Kan dieron lugar a una numerosa estirpe dominante en Asia que se prolonga hasta la actualidad. Más líneas merece la figura de Felipe II, pues encarnó “como pocos otros a una época, en este caso el Renacimiento” (p. 130). Heredero del reino español, sucesor de Carlos I, fue educado por las principales personalidades del momento y se erigió como uno de los hombres de Estado más capaces de su tiempo. Tuvo que lidiar con fuertes conflictos militares y diplomáticos, como la anexión del reino de Portugal, y fomentó sobremanera las artes y las ciencias del momento. Hay igual número de detractores y elogiadores de su reinado, pero, sin duda, despierta una fascinación enorme en todo aquel que se acerca a conocer su figura y su obra. Catalina II la Grande es la penúltima figura aquí abordada, una mujer de origen alemán que se esforzó mucho en aprender la lengua rusa y convertirse en la “Semíramis del Norte”, como llegó a llamarla Voltaire. Mujer ilustrada, capaz de reinar en Rusia en el siglo XVIII durante casi treinta y cinco años movida por su intención de abrir el país al mar por Occidente y por Oriente con sus contactos con Japón. Cierra este epígrafe la figura de Napoleón, el corso que supo reinventarse según los momentos históricos lo requerían. Fijándose sobre todo en el Imperio romano a la hora de establecer las bases de su proyecto imperial, este Augusto moderno supo lidiar con todos los reveses y se alzó como emperador cinco años después de haber sido nombrado cónsul único. Su figura es clave en la historia moderna y no en vano la Tercera Sinfonía de Beethoven, la denominada Heroica, iba dedicada a Napoleón, aunque el giro absolutista del emperador francés hiciera arrepentirse al compositor alemán.
El cuarto y último “septenario mítico” lleva por título “7 filosofías clásicas para el mundo de hoy” y se abre con una sección dedicada a Pitágoras, quien promovió un estilo de vida propio y enseñanzas aplicables aun hoy. Siguen siendo imprescindibles, claro es, los diálogos platónicos, en un mundo, el moderno, donde la demagogia y la democracia ocupan un lugar fundamental. El eterno debate entre los sofistas, aquellos maestros de la palabra, y los defensores de otro tipo de razonamiento público, como Sócrates y sus discípulos, continúa atrayendo las miradas de grandes pensadores modernos. El mejor discípulo de Platón, Aristóteles, es el siguiente abordado por David Hernández de la Fuente. No solamente resulta imponente su figura por oponer su sistema al de su maestro, sino que resulta en la actualidad de gran relevancia por su ética y la búsqueda de la felicidad del ser humano. La preeminencia de la escuela de Epicuro, el sabio de Samos, bien merece una explicación como la que aquí acomete el autor; señalando la importancia de revisitar la famosa carta a Meneceo a fin de conocer de primera mano sus enseñanzas sobre el recto camino para encontrar la felicidad y perder el miedo a la muerte, tan actual tras la pandemia del COVID-19. Con todo, si hay una filosofía clásica que está en boga en la actualidad es el estoicismo, la que tuvo a Zenón como fundador y cuyos seguidores más famosos fueron los romanos Séneca y el emperador Marco Aurelio. Frente al mundo moderno de la instantaneidad, de los mensajes y alertas, esta escuela filosófica clásica propone, por oposición, la calma, la serenidad y la imperturbabilidad del ser humano frente a las fuerzas externas. Entre las corrientes filosóficas más actuales está también la de Diógenes Laercio y sus seguidores cínicos. En su momento pusieron a las grandes corrientes ante sus propias contradicciones y promulgaron una vuelta a la naturaleza. Por último, merece la atención del autor la corriente señalada modernamente como neoplatónica, que revisitó, entre los siglos III y VI, hasta el cierre de la Academia en el 529, los textos de Platón y los reinterpretó de diversas maneras, dando lugar a nuevas variantes.
El bloque que cierra este volumen se titula “17 miradas contemporáneas al mito y al mundo clásico” (pp. 153-221). El primer epígrafe indaga en las relaciones entre el pensamiento y los mitos de la Grecia antigua y la India. Son muchos los estudiosos que se atreven no solo a comparar las similitudes probadas entre ambas culturas, sino a interpretar de qué manera fluyeron las ideas entre ambas, en las que tuvo una mediación fundamental el Imperio persa. Asimismo, la Ruta de la Seda cobra un papel fundamental, pues supuso un flujo continuo de ideas desde Oriente hacia Occidente. Continúa la mirada al mundo clásico con la importancia de conocer debidamente los vericuetos de la vida pública y privada de Platón. Además de dar noticias fundamentales sobre su vida privada, destaca sus viajes a Siracusa y sus intentos de implantación del Estado ideal. Son muchos los investigadores que continúan relacionando sus textos y su biografía. En esa re-actualidad de la filosofía antigua, que tan presente está en estas páginas finales, el autor incide ahora en la filosofía estoica y en dos figuras clave: Epicteto y Marco Aurelio. Uno esclavo, el otro emperador romano: ambos lucharon contra las fuerzas ajenas e intentaron ocuparse de los asuntos que dependían directamente de ellos, en un combate constante que tan vivo puede ser para nuestro tiempo. Prosigue el hilo estoico con dos reflexiones muy actuales extraídas de las Meditaciones de Marco Aurelio. La primera nota la importancia de volver sobre uno mismo sin necesidad de alejarse a lugares remotos para “desconectar”; en el segundo pasaje, aconseja levantarse con fuerza para acometer con excelencia la misión que se nos ha encomendado: no hemos nacido para lo placentero, sino para cumplir nuestra misión particular dentro de la sociedad. Unos años antes de las Meditaciones, rescata ahora David Hernández de la Fuente la conocida historia del amor entre el emperador Adriano y su erómenos Antínoo, que se precipitó al Nilo a sus diecinueve años cuando viajaba entre el séquito del emperador. Esta muerte provocó tal impacto en Adriano que decidió divinizarlo resultando la tercera persona más representada en el arte romano, por delante incluso de los optimi príncipes, como Trajano. La historia de pasión sexual entre Adriano y Antínoo lleva al autor a referir la relación de sexo y poder en el mundo romano y todos los estudios que se han llevado a cabo desde la segunda mitad del siglo pasado, en distintas escuelas académicas, incluso indagación para los estudios de género o feministas sobre fuentes históricas y literarias romanas. En la siguiente mirada contemporánea, se realiza un recorrido histórico y cultural sobre el ser humano en su relación con el alcohol. Desde los estudios genéticos de la búsqueda de la ebriedad por parte del homo sapiens, se describen con detalle los cultos dionisíacos y su polémica llegada a Roma y posterior regulación; asimismo, se hace relación de estudios modernos sobre lo positivo y negativo de la ingesta alcohólica, destacando al final el establecimiento de la civilización, desde antiguo, en tres pilares fundamentales: la amistad, el amor y el vino. La historia de Plinio el Viejo sobre la creación de la pintura por parte de una mujer, guía este nuevo apartado en el que se debate sobre las pintoras y artistas del mundo antiguo, destacando los dibujos de tapices, por ejemplo, de la anhelante y paciente Penélope. Uno de los grandes temas de actualidad es el establecimiento de fronteras y las continuas luchas por recuperar, aumentar o mantener el territorio. En este sentido, resulta de gran relevancia el concepto del limes romano: cómo a lo largo de la historia los distintos emperadores romanos quisieron conservar su territorio por medio de grandes construcciones defensivas, entre las que destaca –y en ella se detiene el autor– el famoso muro de Adriano, que dividía el territorio romano de Britania frente a los bárbaros del norte. La violencia en las distintas civilizaciones está muy presente en sus orígenes; si bien es cierto que poetas como Hesíodo hablaban de una Edad de Oro en que los humanos vivían libres de conflictos armados, no parece que existiera tal momento. A partir de esa violencia fundacional, se recupera uno de los valores cívicos clásicos que correspondía a todo varón libre: morir por su patria. Con los conflictos bélicos actuales, en los que muchas potencias europeas se plantean la reinstauración del servicio militar obligatorio, David Hernández de la Fuente narra cómo en las civilizaciones espartanas y atenienses, y por supuesto romanas, una de las más bellas muertes era morir defendiendo la ciudad del ataque de los enemigos. Los personajes clásicos han fijado modelos de conducta, arquetipos que se nos vienen a la cabeza ante determinadas situaciones actuales: así sucedió, con motivo de la guerra entre Ucrania y Rusia, cuando el político español Josep Borrell habló del “momento Demóstenes” para referirse a la llegada del personaje totalitario, o a la mujer de Navalni intentando recuperar el cadáver de su marido para enterrarlo, encarnando a una suerte de Antígona en la actualidad. Un patrón mítico, y que se repite en el mundo moderno, es el entierro, con los honores debidos, del cadáver del héroe fundador. Así sucedió en Atenas cuando Cimón viajó a Esciros para recuperar los huesos de Teseo, y ha sucedido en otras ocasiones como, en nuestro territorio, con el entierro de los reyes godos Wamba y Recesvinto. Se detiene ahora el autor a analizar, en primer lugar, los distintos tópicos o frases, entre poesía y filosofía, referidas a la fugacidad del tiempo y la necesidad de vivir el momento presente para, después, mencionar el paso de lo cotidiano y del mundo ordinario a lo extraordinario, a aquello que da sentido a la vida, lo fantástico, lo único. A continuación, se explica el enigmático poder que tiene la luna en los relatos populares y en la expresión “pedir la luna” (lunam petere) como desiderátum actual. En esta actualidad del mito clásico está la figura de David Bowie, que supo encarnar en sus letras lo que el autor denomina “la triple ómicron”, que son los personajes de Edipo (Oedipus), Orfeo y Odiseo (los tres empiezan por esta letra griega), y otros autores modernos. La última de las miradas contemporáneas se centra en la conexión entre mito y cómic: de qué manera los grandes superhéroes, como Supermán o Batman, hunden sus raíces en las mitologías griega y nórdica.
En “Un final abierto” (pp. 223-225), el autor reflexiona sobre la gran cantidad de decisiones que debemos tomar en la vida, siendo en muchas ocasiones mejor volver sobre uno mismo o sobre lo que vivieron los antiguos para decidir el camino a tomar. Repasa cuáles han sido sus intenciones en este pequeño volumen y qué ha acometido a lo largo de estos cuatro grandes bloques, dejando, cómo no, el sendero abierto para nuevas interpretaciones de la Antigüedad clásica. Por último, una “Bibliografía citada y general” (p. 227-237) contiene no solamente las obras citadas en este ensayo, sino también recomendaciones de lectura para saber más acerca de los diversos temas tratados.
Hernández de la Fuente realiza un buen ejercicio de divulgación; acerca a los legos en el mundo clásico a un sinfín de personajes, ciudades, corrientes filosóficas, mitos e historias no solamente circunscritas al ámbito grecorromano, recuperando asimismo anécdotas y curiosidades tan actualizables que ayudan, como siempre hacen los clásicos, a comprender mejor el mundo que nos rodea. La obra sin duda reactualiza la posible polémica acerca de la función de los géneros divulgativos.
CITA BIBLIOGRÁFICA: I. López Martín, «Del hilo de oro al mito y la historia», Recensión, vol. 13 (enero-junio 2025) [Enlace: https://revistarecension.com/2025/01/01/del-hilo-de-oro-al-mito-y-la-historia/ ]