Vol. 12 / julio 2024
SERIE METODOLOGÍAS. Autora: Araceli García Martín
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El presente texto es continuación de uno previo (Recensión, 11)[1] que se aplica a la temática del manuscrito medieval desde su identificación y descripción a fin de hacerlo más fácilmente accesible al investigador. Para llegar a la identificación y descripción, tareas propias del método bibliográfico, es necesario realizar una serie de averiguaciones más especializadas sin las cuales estos documentos no son abordables. En lo que sigue mostraremos que las características propias de estos libros exigen una continua revisión por parte del ámbito académico e investigador, y ello se ha de reflejar en el método bibliográfico que los describe. Recoger reinterpretaciones y cambios en el modo de examinar documentos tan antiguos y de tanto recorrido cultural y de pensamiento presupone un trabajo desde la consciencia de que nada es definitivo, pero que la información de contexto de la pieza concreta que en su caso se esté catalogando debe ser lo más rigurosa posible. El investigador que consulta los catálogos bibliográficos debe ser consciente de esta dificultad, la cual se incrementa en virtud de la necesidad de síntesis en la expresión y de rigor en la aplicación de la normativa compartida por los catálogos internacionales. El consultante debe tener conocimiento de las claves principales vigentes que se aplican en la metodología bibliográfica para acceder de forma adecuada a aquello que realmente se le ofrece. No es lo mismo la edición crítica de una copia concreta de una parte de la Biblia, por ejemplo, que otra. La materia de base es la misma, pero la versión no, razón por la cual es imprescindible la identificación rigurosa.
El bibliotecario, como intermediario entre el libro y el lector, es plenamente consciente de su papel en la transmisión del documento. Debe trabajar con codificaciones ampliamente utilizadas y lo más normalizadas posible dentro del plural mundo del libro, con el fin de que sus catalogaciones puedan ser entendidas tanto por los investigadores que manejan los libros como por los sistemas informáticos que permiten la interconexión de datos con destino a la creación de catálogos colectivos de ámbito internacional. Un error de catalogación en la época de la superabundancia de catálogos compartidos supone la invisibilidad del libro para siempre. Un concepto mal entendido puede hacer creer al investigador que un libro que podría resultarle esencial carece de interés. Si a estas dificultades se añaden las propias de libros muy antiguos, como son los códices medievales, de escritura manuscrita y en lenguas clásicas de conocimiento cada vez más restringido o minoritario, se entenderá la importancia de conocer y aplicar un método profesional que garantice la correcta descripción, así como la recuperación de la información para el usuario final que necesite obtener el libro.
Se puede decir que el gran reto del manuscrito a la hora de su análisis, y del que se derivan los demás, es su gran antigüedad. Escritos en unas lenguas clásicas que ya solo entienden investigadores de alta especialización, y la dificultad añadida que significa no contar al momento de escritura con una lengua totalmente fijada, en la que además pudiera haber variedades locales o dialectales. Además de la falta de normalización de la propia lengua, está de otra parte el problema de su forma de escritura. Los conocimientos sólidos de paleografía son imprescindibles, pero también aquí se ha de atender a normas diversas, a veces con variedades locales, y muy indicativas de los modos propios del copista o de la entidad en que trabaja. El hecho de reproducir los documentos por procedimiento de copia manual, una y otra vez, supone asimismo una entrada inevitable de variaciones que solo la invención de la imprenta será capaz de eliminar. Por último, son de mencionar los estragos del tiempo en la materia rescriptoria. Ciertamente, se podrá encontrar pergamino, papiro o papel con desgarros, ausencias, tintas casi ilegibles, manchas de humedad, corrosión, humo,…
El bibliotecario actual no conoce las lenguas clásicas con suficiente profundidad y, mucho menos, su evolución. En nuestro entorno cultural occidental se trata del hebreo, griego, árabe y latín. Tampoco conoce ya el bibliotecario la paleografía en un grado que le permita, no solo entender el texto, sino además datarlo y asignarle una procedencia geográfica bien documentada mediante conocimiento de las diferentes escrituras regionales. La colaboración entre investigador y bibliotecario a fin de identificar bibliográficamente estos documentos es, pues, imprescindible.
Podemos pensar que, tras siglos de cultura académica, se trataría de documentos ya recogidos y estudiados en su práctica totalidad. Esto podría ser aceptable como premisa de trabajo en el caso de los códices, pero no desde luego en los documentos de archivo. Además, la investigación, en su tarea de revisión, debe volver a estudiar las fuentes desde perspectivas nuevas, o bien con el propósito de eliminar errores. La complejidad inherente hace que las rectificaciones de autoría, fecha, lugar, contenido, etc…, sean inevitables.
En virtud de la fragilidad y valor patrimonial de los códices, el investigador solo podrá acceder a los mismos si justifica muy convincentemente la absoluta necesidad de su consulta directa. Por lo común la investigación se basa en la consulta del ejemplar digitalizado. No entraremos en la importancia de ofrecer digitalizaciones de alta calidad, tanta como para hacer innecesaria la consulta del original. Y por supuesto, la aportación de metadatos que identifiquen sin ninguna duda al documento.
El acercamiento a los libros pasa ciertamente por su localización en los catálogos de las bibliotecas, siendo por ello necesaria la familiaridad con las técnicas y lenguajes correspondientes. Los catálogos universales reúnen información abundantísima de lugares muy distantes, pero constituyen una selva bibliográfica en la que hay que saber orientarse.
A continuación veremos cómo la personalidad y características de estos documentos complica su transmisión. Para que el usuario de catálogos bibliográficos pueda detectar posibles errores, es imprescindible conocer cómo se reflejan en las descripciones las peculiaridades del documento catalogado, para así ayudar a que la transmisión de estos sea más fácil.
Por motivos prácticos, en muchas ocasiones nos referiremos a ejemplos concretos para así apreciar los condicionantes y dificultades de transmisión de este tipo de materiales. Esos ejemplos deben versar, dada la abundancia de sus ejemplares en las bibliotecas de España, sobre los diferentes libros de la Biblia, desde los escritos en lenguas clásicas y hasta llegar a la Vulgata. Esto permitirá entender la obra a través de una prolongada línea de tiempo, a lo largo de la cual tienen presencia las distintas lenguas, la escritura paleográfica, las diferentes dificultades de transmisión, así como la revisión continua de los especialistas y comparatistas.
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El reto de la lengua
La riqueza y pluralidad lingüística presupone un patrimonio cultural de valor indudable, pero presenta el gran reto de la dificultad de comprensión entre hablantes. La solución pasa por la traducción, ya compleja también en sí misma.
La dificultad se incrementa si hablamos de las lenguas en que están escritos la mayoría de los códices medievales: hebreo, arameo, griego, árabe y latín, y de la antigüedad de estos documentos, pues todavía las lenguas romances no se hallaban suficientemente normalizadas, no ya para su transmisión escrita, sino incluso para homogeneizar diversas variantes regionales posibles.

Ya en época prealfonsí tuvieron lugar los primeros intentos, pero fue la administración de Alfonso X El Sabio, en el siglo XIII, la que llevó a cabo un intento sistemático de regularización de la lengua castellana. Había otras lenguas igualmente valiosas, pero fue el empeño de sometimiento a una normativa lo que facilitó la más amplia implantación de esta. Sin una lengua regularizada, la traducción es muy inconsistente. La Escuela de Traductores de Toledo utilizaba el castellano como lengua de trabajo en una etapa intermedia. Los textos en lengua árabe clásica eran traducidos por los árabes al castellano y los traductores con conocimiento del latín los plasmaban en dicha lengua. En algunos casos la coincidencia del conocimiento en un mismo erudito de árabe y latín permitía la traducción directa, pero no era lo habitual. El producto final que se buscaba no era en castellano, pero solo un castellano bien fijado en términos lingüísticos podía permitir la gran cadena de montaje a que eran sometidos los textos. Gracias a la traducción, los árabes pudieron actuar como transmisores de la cultura griega en Occidente, tras la asimilación de la Grecia clásica por la Roma imperial, y la posterior escisión de esta última entre el imperio de oriente y el de occidente. Un castellano ya bien estructurado gramaticalmente y preparado para ser depositario del conocimiento, pasó de lengua intermedia de trabajo a lengua predominante. El triunfo progresivo de una lengua vulgar sobre las lenguas clásicas en los textos supuso el triunfo de lo que suele llamarse la comunicación democrática, también de la transmisión del conocimiento, frente al exclusivismo de unas lenguas clásicas que solo accesibles a los eruditos.
El criterio filológico, a la hora de analizar fuentes bibliográficas complejas siempre ha sido el método más fiable, lo que no quiere decir que siempre fuera el elegido. Por poner un ejemplo de gran trascendencia (aunque estemos haciendo referencia a un periodo histórico que ya supera la fase manuscrita del documento por referir un texto impreso): en el siglo XVI Antonio de Nebrija colaboró en la edición de la Biblia Políglota Complutense auspiciada por el cardenal Cisneros. Aquello que Nebrija proponía era traducir e interpretar la Biblia desde los originales hebreos y griegos y no del latín. Al final, en lugar de utilizar el criterio filológico, el cardenal Cisneros deja la interpretación a los teólogos, aunque casi ninguno supiera hebreo, lo cual significó la desvinculación de Nebrija de la Biblia. A pesar de ello, el haber contado con la colaboración de hebraístas de origen judío granjeó problemas con las autoridades eclesiásticas y académicas de Salamanca y Alcalá. Nebrija fue procesado, aunque gracias al apoyo de Cisneros se libró de la cárcel.
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El reto de la codificación catalográfica: funcionalidad, evolución y permanencia
Como quedó indicado al comienzo, los principales problemas que afectan a la catalogación de manuscritos antiguos es consecuencia de la escasez o la falta de personal preparado en las bibliotecas para el tratamiento de este tipo de material, el cual requiere conocimientos especiales que no se imparten con la suficiente profundidad en los estudios universitarios de biblioteconomía y documentación. Se desconocen incluso las técnicas paleográficas que permiten la lectura del documento, por no decir que no se enseña latín ni otras lenguas clásicas, a pesar de que la mayor parte de los manuscritos más antiguos están escritos en ellas. En un intento por solucionar en parte estas deficiencias, desde la misma Subdirección General de Coordinación Bibliotecaria, dependiente del Ministerio de Cultura de España, se presentó en las Terceras Jornadas de Cooperación Bibliotecaria, celebradas en 2001, una actualización de las Normas de Transcripción Paleográfica, trabajo desarrollado por el Grupo de Trabajo de Catalogación de Manuscritos y que constituye una serie de recomendaciones[2]. Fue un intento de poner al día las reglas existentes de catalogación de manuscritos, pero no se ha llegado a afrontar más allá de las normas de transcripción paleográfica, sin entrar a proponer en los estudios especializados una formación completa en Paleografía y Diplomática que haga del bibliotecario especialista en este tipo de documentos un profesional autónomo a la hora de enfrentarse no solo al aspecto formal sino al contenido de la fuente.
Las normas de transcripción paleográfica establecen recomendaciones para la transcripción de títulos, “incipit”, colofón, etc., aunque, como hemos dicho, no entran en la previa preparación paleográfica del catalogador. Entre las valiosas recomendaciones está el hecho de que se debe informar de las normas de transcripción que se han utilizado; debe ser respetada la grafía del texto, aunque se aprecien errores o se utilicen grafías actualmente inexistentes.
Dado que en los antiguos manuscritos podemos encontrar textos en los que no se realice la separación de palabras, sino que se deje esa tarea para el lector en voz alta, el catalogador sí deberá intervenir realizando modificaciones, las cuales evidentemente requieren el necesario conocimiento a fin de no incurrir en errores lingüísticos conducentes a falsas interpretaciones: en la separación de palabras se sigue el sistema actual, uniendo las letras o sílabas de una palabra que aparezcan escritas por separado y separando las que vayan unidas incorrectamente (est etiam por estetiam, que los por quelos, videlicet por vide licet, etc. Las contracciones en desuso de palabras, como deste (de este), quel (que el), despaña (de España), etc., se respetarán si no ofrecen dificultades de interpretación. Si ofrecen dificultades de interpretación, o lo aconseja el uso de la lengua del manuscrito, puede sustituirse lo suprimido mediante un apóstrofo (d’España, qu’el), o añadiendo la vocal que falte (de España, que el). En el uso de mayúsculas y minúsculas, la acentuación de las palabras y la puntuación del texto se sigue el sistema vigente en la actualidad. Los nombres de lugar adjetivados se escribirán con mayúscula cuando estén en latín (Pampilonesium, Aragonensium), y con minúscula si encuentran en romance (castellano, leonés…); los títulos, dignidades y atributos de las personas, siempre con minúscula (beatus, sanctus, rex; arcediano). Los números se reproducirán en cifras romanas (siempre en mayúsculas) o arábigas, según estén en el original. El X con vírgula se transcribirá siempre XL. Se suprimirán los puntos que preceden o siguen en el manuscrito a las cifras romanas, salvo cuando puedan dar lugar a confusión, como ocurre en las fechas. Se desarrollarán, escribiéndose con todas sus letras, sin corchetes, las palabras abreviadas. Algunas abreviaturas de uso muy frecuente, de títulos honoríficos especialmente, se podrán conservar siempre que no den lugar a confusión (S. Petrus, D. Alfonso, Fr. Domingo). Las abreviaturas Xpstus, Xpo y sus derivados como Xpianus, Xpoual, etc. se transcribirán siempre por Christus, Christo, Christóval, etc., es decir transcribiendo el grupo xp por el chr. Si se pudiera conjeturar la lectura de una palabra o letra, desaparecidas por rotura de la materia, humedad, etc., se situarán entre corchetes [ ]. Las lagunas producidas en el texto por rotura de la materia escriptoria se indicarán mediante tres puntos suspensivos entre corchetes […]. Las repeticiones inútiles de palabras en un texto, producto de la distracción del escriba, se transcribirán tal como aparezcan, pero poniendo [sic] al final de lo que se considere erróneo.
La ficha catalográfica incluye abreviaturas y codificaciones normalizadas que son una evolución de los sistemas de abreviación empleados en las más tempranas manifestaciones de la lengua escrita. La relación de las abreviaturas autorizadas figuran en los manuales de catalogación y se emplean de la misma manera en todas las bibliotecas[3].
Las abreviaturas prescritas aumentan considerablemente con el libro impreso, pues este ya cuenta con un lugar de edición, impresor, y otros datos que es preciso aportar para identificar una obra de la que han salido bastantes copias idénticas.
En el caso del manuscrito, hay muchos menos datos que normalizar, por eso lo que encontramos más habitualmente en las fichas catalográficas son las abreviaturas que indican aspectos fundamentales para su correcta identificación:
-En primer lugar, lo refrente a la tipología del libro en sí mismo: ms., manuscrito, en plural mss.; en contraposición al impreso, que no se indica, por considerarse lo habitual si no se dice lo contrario.
-La autoría múltiple del texto: et al. o et alii, esto es, y otros, para referirse a otros responsables de la obra.
-Las dimensiones, indicadas en centímetros con milímetros, para una perfecta identificación del documento: cm = centímetros; mm = milímetros.
-La extensión del libro se indica normalmente en folios o en páginas si va escrito por ambos lados: f. para indicar tanto folio como folios; p. para indicar página o páginas. En caso de que el libro vaya paginado, se indicará con la abreviatura pág., por paginación. Y h. hoja u hojas. Cuando hay páginas en blanco se indica tal hecho como bl., por blanco. Si el documento está incompleto, incomp. Si la obra se extiende por varias unidades, se indicará t. para el tomo y v. para el volumen. Cuando se quiere hacer referencia a la obra completa, o.c.
-El formato del libro, que surge tras someter al pliego a un número de plegados[4].
-Otros datos que por muy frecuentes se presentan abreviados, son: anot. para anotación o anotaciones; ant. para anterior; ant. pos. antiguo antiguos poseedor o poseedores; ca. por circa para fechar aproximadamente el libro por no estar presente el dato; col. para hacer referencia a la columna o columnas; enc. para referirnos a la encuadernación; i.e. id est, para subsanar algún error presente en el libro[5].
-La disposición del texto también es asunto que debe indicarse. Cuando está escrito a línea continua no se suele indicar, por ser lo más corriente en la época actual. Es el sistema más apropiado para el máximo aprovechamiento del papel en un texto literario narrativo (no así en la poesía), o en documentos jurídicos y científicos.
Cuando el documento está escrito en columnas se ha de especificar su número, las líneas que contienen y si están en distintas lenguas. El libro en el que mejor pueden verse los distintos usos de columnas es la Biblia.
El estilo sintético y sentencioso de los textos religiosos se materializa en frases cortas. Las columnas aprovechan el papel sin dar sensación de texto comprimido. Además, se puede componer la página en columnas para presentar la traducción en más de una lengua. Aquí se ve claramente cómo la longitud no coincide entre todas ellas, por haber lenguas de léxico y estilo expositivo más breves y directos que otras. La disposición en columnas permitirá la posterior incorporación de signos diacríticos que hará posible localizar versículos y otras partes fundamentales.
Pero el texto de la Biblia presentado en columnas no se explica solo por su idoneidad, sino que se ha de atender a la tradición. Los primeros libros, antes de llegar al códice del que nos estamos ocupando, se escribían en rollos de papiro. Estos se manejaban con el texto horizontal, desenrollándolo con una mano y enrollándolo con la otra. El texto se presentaba en columnas. Los actuales rollos de La Torá todavía mantienen la tradición.

Pergamino manuscrito en hebreo de la Torá, de la Universidad de Bolonia. Posiblemente la copia más antigua del mundo. Había sido fechado en el siglo XVII, pero revisiones posteriores vieron que el texto utilizado procedía de tradición babilónica oriental, lo que indica su gran antigüedad. Además, el texto contiene muchas características prohibidas en copias posteriores, tras las restricciones establecidas por el erudito Maimónides en el siglo XII. Fuente: https://alantansi.wordpress.com/2013/05/28/hallada-la-tora-manuscrita-mas-antigua-del-mundo-en-bolonia/
El trabajo de los cristianos fue fundamental para implantar la divulgación del códice, mucho más fácil de transportar y más cómodo para localizar pasajes concretos, pero no queriendo variar el modo de presentación de unas escrituras que consideraban sagradas. Continuar la tradición de presentarlo en columnas ayudaba a su identificación con otros textos revelados y transmitidos desde la antigüedad.
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El reto de la escritura y de su transcripción
La escritura es un reto para el propio copista, pero lo es también para el lector, que al cabo de los años no domina los rasgos de escritura en que fue compuesto el manuscrito. Para su correcta interpretación es preciso conjugar la paleografía, que estudia la escritura antigua, y la crítica textual, esto es el estudio de los manuscritos con el fin de reconstruir el texto original probable.
Por ser previos a la invención de la imprenta, la elaboración de los códices medievales era manuscrita. Gran parte de ellos son de contenido religioso y ya desde el siglo VI se producían en los scriptoria de los monasterios. Era una floreciente industria en la antigüedad, pues la demanda era alta. El mismo texto se podía copiar muchas veces si había compradores, y por ello es frecuente encontrar un mismo texto en diferentes versiones. De hecho, se solía trabajar por encargo, con el producto ya destinado a un cliente concreto que establecía los requisitos del trabajo. Muchos ejemplares nos han llegado con ausencia de ilustraciones, letras capitales y otros elementos componentes. Se podían copiar de modo individual, aunque en copias sucesivas, o de modo simultáneo, al dictado en voz alta. Los errores, lógicamente, son frecuentes.
El estilo de escritura podía contener separación entre palabras y signos diacríticos, o ser de Scriptio continua o escritura continua, estilo de escritura que no utiliza espacios para separar las palabras. También en los primeros tiempos presentaban todo el texto en mayúsculas y sin signos de puntuación. Aunque la separación sistemática de palabras en un texto fue introducida por copistas irlandeses alrededor del siglo VIII, en occidente ya desde los primeros textos griegos hasta alrededor del 1000 d. C., los textos alfabéticos fueron escritos sin separación entre palabras, y en los primeros años en mayúsculas. Como es sabido, en la Roma clásica la lectura era en voz alta. El lector ya conocía el texto y solo debía transmitirlo desde su previa asimilación del contenido, por lo que no necesitaba signos que le ayudaran a interpretarlo en el preciso momento de la lectura pública. El sistema de lectura silenciosa se fue imponiendo progresivamente, al igual que la utilización de los signos de puntuación, esenciales para una mejor comprensión individual del contenido, pero fue necesario realizar un largo recorrido de siglos de continua revisión de la metodología de marcación.

Vista general del Codex Sinaiticus, escrito en columnas. Fuente: http://static.neatorama.com/images/2009-07/codex-sinaiticus.jpg
El iniciador fue el griego Aristófanes, quien sugirió a los lectores que leían en voz alta hiciesen anotaciones que facilitaran la interpretación del texto. Ideó puntos de tinta arriba, en medio o abajo de cada línea (comma, colon y periodus) que indicaran la entonación.
Los romanos abandonaron el sistema de puntos de Aristófanes y no se implantó, ya de un modo generalizado, hasta la aparición de los cristianos, quienes hicieron de los libros su principal seña de identidad y los expandieron, a la vez que su fe, por toda Europa.
El cristianismo no solo eligió la forma de códice en lugar del rollo por las ventajas de transporte y sencillez a la hora de localizar pasajes concretos, sino porque los copistas empezaron a utilizar, en el siglo VI, signos de puntuación básicos, meras indicaciones, y a destacar letras identificativas de comienzos de párrafo, lo que suponía dotar al texto de unos rotulados que estructuraban el contenido, ayudaban al lector y protegían el significado de interpretaciones erróneas.
En el siglo VII San Isidoro de Sevilla actualizó el sistema de Aristófanes para, en principio, guiar en el ritmo de lectura: el punto bajo para indicar una pausa breve, el punto medio para una pausa media y el punto alto para larga. El significado de esto va más allá de una ayuda de lectura, pues establece por primera vez una relación entre puntuación y significado.
Ya reconocida la importancia de dotar a los textos de signos de puntuación que ayudaran a la interpretación del contenido, el paso siguiente no podía ser otro que la separación de las palabras. Parece que los primeros en aplicarlo fueron monjes irlandeses o escoceses que advertían la dificultad de separar o no palabras en latín y la diferencia de significado que ello podía suponer.
La evolución lógica era la búsqueda de un alfabeto unificado para un territorio lo más amplio posible. Carlomagno, emperador del imperio carolingio, encargó a Alcuino de York en el siglo VIII la creación de un alfabeto común que pudiera ser leído en todo su vasto territorio. Este trabajo constituyó una normalización, pero también la creación de la escritura minúscula.
Como es bien sabido, la imprenta creada por Gutenberg a mediados del siglo XV supuso la fijación y norma de los signos de puntuación.
Junto a la norma de los signos de puntuación hubo que afrontar la normalización de las distintas lenguas vernáculas y vulgares. En el caso del castellano, es preciso hacer referencia a la gran obra normalizadora de Alfonso X el Sabio, en el siglo XIII. Ello supuso normalizar la redacción de la documentación administrativa y jurídica cancilleresca, hecho que contribuyó en gran medida a la identificación del reino como unidad territorial[6]. La lengua de los escritos científicos continuó siendo en gran medida el latín, que se mantuvo incluso durante el siglo XVIII aunque de manera parcial, pues se dedicaba a campos limitados al mundo de la alta cultura. En los temas que condicionaban y ordenaban las vidas de las personas, se fueron abandonando lenta y progresivamente el latín y el árabe.
La normalización del castellano hizo que se viera como posible la normalización de otros aspectos de la vida civil, como la ordenación de impuestos y tributos o la incipiente unificación legislativa y jurídica frente a los fueros municipales. A la vez, contribuyó a establecer una superior jerarquía para el poder político representado por el rey, frente al medieval de la nobleza o la iglesia, cosa que facilitó sentar las bases del posterior estado moderno.
Se han perdido muchos códices alfonsíes, pero los que se conservan cuentan en los catálogos de bibliotecas con descripciones que indican en muchos de ellos una letra gótica de tipo francés muy cuidada; presencia de bien trabajadas y ricas miniaturas, y un texto que intenta la máxima claridad mediante divisiones en párrafos destacados con cabeceras y otros sistemas de división, además de emplear capitales coloreadas que rompen la monotonía del texto y son una llamada de atención que anuncia una parte nueva dentro del contenido de la página.
Los textos normativos y jurídicos en castellano fueron copiados frecuentemente, pues tenían fuerza de ley en todo el ámbito geográfico del reino, por lo que los errores en ellos son frecuentes y es necesario especificar las variantes respecto del texto original.
En cuanto a la propia transcripción de los textos escritos, es preciso obsevar que una misma obra puede haber sido copiada y presentarse en códices de fechas muy diferentes. No es lo mismo estudiar el contenido de un texto, que un documento determinado que reproduce, junto a muchas otras, una copia de uno original. La datación catalográfica siempre se refiere al documento, al item con el que cuenta la biblioteca. Lo describirá en forma de códice en pergamino o papel si así es su presentación, sin hacer referencia a que en origen pudo ser un rollo de papiro. Muchos libros de la Biblia cuentan con cientos de versiones y traducciones sujetas a continua revisión sin que ninguna pretenda hacerse pasar por la versión primigenia. La propia evolución de los grandes textos de la humanidad, si son actualizados por personas realmente expertas en la materia, aportan en cada versión un añadido en cuanto a valor científico y para la historia de las ideas. Serán los encargados de estudiar el canos bíblico, por ejemplo, quienes den al libro el lugar que le corresponde, no la biblioteca que lo posee.
La transcripción paleográfica aplicada de un modo estricto será la que aporte al lector actual textos fieles al original y garantizará una correcta transmisión del contenido y del periodo de la historia de la lengua en que está escrito. En cada documento deberá figurar el modelo de transcripción paleográfica seguido, desde el más literal, al adaptado, como veremos.
Gran parte de la codificación presente en los asientos bibliográficas se encuentra también en la propia transcripción de los documentos. El especialista muchas veces necesita transcribir el manuscrito para hacer referencia al mismo en sus investigaciones. Cuando se transcribe un documento que tiene varios folios se indicará el número de folio y la letra r (recto, anverso) o v (verso, vuelto, reverso). Si está escrito en columnas, se hará la indicación de la que corresponda.
Dado el desarrollo actual de los medios fotográficos y visuales, es posible que esta situación pueda cambiar y se aporte al lector una copia propiamente dicha del manuscrito (como si se tratara de una edición facsimilar) para que la interprete personalmente, pero en razón de que no todo el mundo puede leer un texto paleográfico, posiblemente siga siendo útil conocer los modos de transcripción disponibles.
El primer modelo se propone transcribir de modo paleográfico fiel y se conoce como transcripción literal. El segundo facilita la lectura lo máximo posible, para que el lector no encuentre dificultades. Es la transcripción modernizada. Un tercer modelo es el que está entre los dos anteriores: busca la máxima fidelidad al texto, pero si detecta dificultades de comprensión en el posible lector, incorpora elementos facilitadores ajenos al documento. Es la transcripción literal modernizada.
La transcripción literal respeta el texto hasta en sus más mínimos detalles, incluidas la ortografía, tipo de letra (cursiva, capitales,…) y las abreviaturas, por lo que el lector debe saber interpretar el valor de cada convención empleada. Así, por ejemplo, se mantiene la u aunque tenga el valor consonántico de v, y la v con valor vocálico de u, o la y con valor de i (habya, por había) cosa que no sucede en transcripciones modernizadas.
La transcripción modernizada facilita la lectura, llegando a actualizar la ortografía, la contracción de preposiciones con las palabras que siguen (deste muta a de este,…) y si es preciso, incluso la sintaxis y los signos de puntuación. Cuando el texto original presenta variedades en el uso de algunas letras, se corrige hacia un modelo de empleo uniforme. Al igual que se hace al redactar la descripción bibliográfica, los nombres de lugar adjetivados deben transcribirse con mayúscula en documentos o frases latinas y en minúscula cuando aparecen en castellano: Cordobensis frente a cordobés. Los títulos y cargos se transcriben en minúscula o mayúscula, pero de la misma forma en todo el documento. Las abreviaturas se desarrollan. Cuando se incorpora texto no presente en el documento, se debe incluir entre corchetes (misma técnica empleada en la catalogación) o emplear otra letra. Cuando la letra presenta dudas de lectura, se debe indicar poniendo un interrogante entre corchetes: Grabiel [?]. Si se detecta un error, se respeta, pero añadiendo sic. para indicar que el error no es del transcriptor. Las pérdidas de texto no deben suplirse, sino indicarse de modo que no haya dudas de que hay un blanco: [ … ].
Al igual que se hace en la catalogación, la transcripción de un documento debe ir precedida de su descripción: materia escriptoria; tamaño del folio y de la caja de escritura; número de folios; descripción de la foliación o paginación empleada y de sus alteraciones si las hay; estado de conservación del manuscrito; variaciones en los tipos de letra; encuadernación, si la tiene; localización del archivo o biblioteca en que se encuentra; procedencia; signatura topográfica,… Debe consignarse si es un original manuscrito o copia, y determinar con el mayor rigor posible su fecha y lugar de procedencia.
De gran importancia es indicar las bibliografías y repertorios que recogen el documento o estudios que se ocupan de él, asuntos que requieren detenida investigación previa.
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La Biblia, una larga y plural historia documental
Un gran porcentaje de los manuscritos de las bibliotecas patrimoniales y de fondo antiguo españolas están relacionadas con las Sagradas Escrituras, siendo pues un tipo de material que es necesario conocer.
Para acercarse a los primeros escritos cristianos sobre las Sagradas Escrituras y conocer sus aspectos formales podemos examinar la obra de Orígenes, y sobre todo, la Hexapla, que sirvió de modelo al principal estudioso de la Biblia, San Jerónimo. Aunque la obra de Orígenes le sirvió de modelo, e incluso de precedente, eso no significa aceptación plena de cada una de sus propuestas por parte de este último.
Orígenes escribió hacia el año 212 la Hexapla o Hexaplar, una edición crítica del Antiguo Testamento en el que el autor, en seis columnas, transcribió el texto hebreo y lo comparó con las versiones griegas. Las columnas corresponden a: 1. versión en hebreo; 2. versión en hebreo pero con caracteres griegos; 3. versión griega de Aquila de Sinope; 4. versión griega de Siro[7]; 5. La Septuaginta[8]; 6. Versión griega de Teodoción.
Orígenes se proponía establecer la relación exacta entre el texto hebreo y las otras versiones griegas. Se centró en la quinta columna de las seis que contenía el documento, copiándola por separado junto con sus signos diacríticos, aunque estos últimos fueron omitidos en la mayoría de los manuscritos griegos.
Del extenso texto de la Hexapla solo quedaron algunos folios de 5 columnas de salmos en palimpsestos de los siglos IX-X, descubiertos entre 1896 y 1900[9].
Se recordará que el papa Dámaso I encargó a San Jerónimo hacer la recopilación del canon de la Biblia y traducirla. La traducción de la Biblia que circulaba en ese tiempo en Occidente (llamada actualmente Vetus Latina) tenía muchas variantes, imperfecciones de lenguaje e imprecisiones o traducciones no muy exactas. San Jerónimo tradujo al latín toda la Biblia, la célebre traducción llamada Vulgata (lit. «la de uso común»).
De 389 a 392, San Jerónimo trabajó en la traducción al latín de la Biblia Septuaginta, utilizando la técnica de la Hexapla de Orígenes. Tradujo las 39 homilías de Orígenes y criticó los escritos de Ambrosio de Milán, quien utilizó los escritos de Orígenes en malas traducciones. Su investigación bíblica le condujo a elaborar un Índice onomástico u Onomasticon de nombres hebreos de persona y un Índice toponímico hebreo de nombres de lugar. Su estudio recurría, entre otros recursos, al hebreo para comprender mejor el sentido de algunos pasajes de la Biblia, en lugar de seguir la tradición de manejar la versión griega de la Biblia, la Septuaginta, en la exégesis.
El estudio de los manuscritos bíblicos es importante porque las copias de los libros pueden contener errores. Los escribas de los monasterios probablemente los compararan a lo que se consideraba el texto maestro o canónico. La crítica textual naturalmente intenta reconstruir el texto original de los libros, especialmente de aquellos publicados antes de la invención de la imprenta. De hecho, la primera gran obra que salió de la imprenta en Alemania fue la Biblia.
Aunque más modernos que los primeros libros de la Biblia, los libros del Nuevo Testamento también cuentan con las suficientes antigüedad y revisiones como para apreciar en ellos variantes muy significativas.


Imágenes del Libro de Dimma (Dublin, Trinity College, evangeliario irlandés del siglo VIII. Fuente: https://en.wikipedia.org/wiki/Book_of_Dimma
La mayoría de los especialistas considera que los libros originales del Nuevo Testamento fueron escritos en griego, pero como también existen versiones en otras lenguas, hay que indicar la lengua del texto sobre el que se está actuando[10].
Los libros originales del Nuevo Testamento no contaban con títulos ni divisiones en capítulos y versículos. Esto fue creación posterior para guiar al lector y ayudarle en la localización de los pasajes de interés. Su precedente está en las Secciones Amonianas, sistema antiguo de división escrito al margen de los manuscritos.
Erasmo de Rotterdam elaboró en 1516 la primera edición impresa del Nuevo Testamento en griego. Utilizó distintos manuscritos para poder elegir de cada uno de ellos el contenido que consideraba correcto.
La abundancia de versiones llevó a deducir la necesidad de su catalogación. Johann Jakob Wettstein fue uno de los primeros eruditos bíblicos en iniciar esa práctica en el siglo XVII. Dividió los manuscritos según tres premisas: la escritura utilizada: uncial, o minúscula; el tipo de leccionario o epistolario con las lecturas de las ceremonias religiosas, tanto de occidente como de oriente; y el contenido o tipología documental de los escritos: Evangelios, Cartas de Pablo, Hechos y Epístolas generales, y el Apocalipsis). El modo gráfico de clasificación de los manuscritos consistió en asignar letras unciales y minúsculas y números a cada grupo de contenido. La propia clasificación, muy compleja, no recabó la aceptación unánime y existen numerosas variantes según versiones de los sucesivos eruditos. Constantin von Tischendorf aplicó un siglo después el sistema clasificatorio de Wettstein al Códice Sinaítico, una de las copias completas más antiguas de la Biblia, pero utilizando, además de las convenciones de Wettstein, parte del alfabeto hebreo. Otros especialistas fueron introduciendo sus propias innovaciones clasificatorias, utilizando el alfabeto griego entre otras soluciones diversas, y dejando el campo abonado para las múltiples revisiones que generan este tipo de textos. Por ser un ejemplo más próximo a nuestra época, es conveniente citar la innovación, no exenta de polémica, de Freiherr von Soden, quien ya a comienzos del siglo XX publicó un sistema de catalogación que después del prefijo griego añadía un numeral que indicaba el siglo de elaboración. Lógicamente, cualquier corrección en la datación invalida en gran parte la clasificación.
Para minimizar los errores en la datación, el sistema más seguro es aplicar la técnica de la paleografía, esto es, analizar la propia escritura.
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La Vulgata
La Vulgata, la traducción de la Biblia al latín realizada a finales del siglo IV por San Jerónimo de Estridón por encargo del papa Dámaso I, toma su nombre, como dijimos, de la frase vulgata editio (edición divulgada) y fue escrita en un latín corriente en contraposición con el latín clásico de Cicerón, que San Jerónimo de Estridón dominaba. El objetivo de la Vulgata era ser más fácil de entender y más exacta que sus predecesoras. Los textos bíblicos en latín que se usaban antes de la Vulgata se denominan Vetus Latina, o Biblia latina antigua. El Codex Amiatinus Maiestas Domini, del siglo VIII, es el manuscrito completo más antiguo de la Vulgata. El primer uso conocido del término Vulgata para describir la «nueva» traducción latina fue de Roger Bacon en el siglo XIII.
Las versiones en latín antiguo continuaron siendo copiadas y utilizadas junto con las versiones de la Vulgata. Los comentaristas como Isidoro de Sevilla y el papa Gregorio el Grande reconocieron la superioridad de la nueva versión y la promovieron en sus obras; pero las antiguas tendían a continuar en uso litúrgico, especialmente el Salterio y los Cánticos bíblicos.
En la Edad Media, debido a las continuas copias en los monasterios europeos, se fueron incrementando las versiones de la Vulgata con múltiples errores añadidos, hasta el punto de incluir en el texto las notas marginales. Es necesario recordar que hacia el año 550, Casiodoro hizo el primer intento de restaurar la Vulgata a su versión original.
Durante más de mil años (c. 400 a 1530), la Vulgata fue la edición definitiva del texto más influyente en la sociedad de Europa occidental. Estaba presente no solo en la oración, la liturgia y el estudio, sino en todas las áreas de la cultura y el arte: arquitectura religiosa, música, escultura, pintura y literatura.
La Reforma protestante de Calvino apreció la traducción de San Jerónimo por su estilo digno, prosa fluida y ritmo poético. El Concilio de Trento (1545-1563) estableció en la Vulgata el canon bíblico. Se utilizó como fuente para la traducción de la Biblia a las lenguas vernáculas.
De las múltiples variantes y versiones que siglos de copia habían introducido en la Vulgata, el manuscrito utilizado por Johann Gutenberg en 1455 para la edición impresa de su Biblia fue el de Mazarin, de gran belleza y antigüedad.


Página completa y detalle de letra capital de la Biblia Sacra Vulgata Latina de la Biblioteca Universitaria de Sevilla. Fuente: https://expobus.us.es/omeka/exhibits/show/codices-miniados/biblia-332-150
A partir de la invención de la imprenta los errores humanos se minimizan, pero eso no quiere decir que no haya versiones diferentes de la Biblia. Distintos eruditos buscaron crear la mejor versión, muchas veces mediante ediciones críticas de la Vulgata que revisan el canon y los distintos textos sagrados,
La Biblia Políglota Complutense es una edición impresa de la Vulgata que incluyó modificaciones en algunos manuscritos antiguos para que fueran coherentes con la versión en griego.
Muchos de los cambios que se proponen en las distintas ediciones impresas de la Vulgata son causados por la revisión y cotejo de la traducción, pues no siempre se trata de diferentes formas de decir lo mismo, sino que se pueden incluir diferencias de significado[11].
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Representación de las convenciones expuestas en los catálogos de bibliotecas
Como ejemplo del modo de plasmación en un catálogo bibliográfico del método expuesto en este artículo, se presenta en lo que sigue la catalogación de una Biblia de la Universidad Complutense de Madrid:
[Biblia visigótica]
AutoresColegio Mayor de San Ildefonso (Alcalá de Henares) ant. pos.
Manuscrito[S. 9-10]
[S. 9-10]
Detalle del material
Título uniforme:
Biblia Latín Vulgata y Vetus Latina
Manuscritos medievales (s. IX-XV)
Biblioteca digital Dioscórides. Manuscritos
Manuscritos (Biblioteca Histórica UCM)
Idioma: Latín
Notas:
Códice unitario
Códice incompleto
Origen del manuscrito: hispano, probablemente sur de la Península o Toledo (mozárabe).
Este códice fue usado en la preparación de la Biblia Políglota Complutense y se le conoce habitualmente como «Primera Biblia visigótica de Alcalá».
Según los testimonios existentes la Biblia iba precedida de un prefacio de Isidoro de Sevilla. De los textos conservados, casi todos los libros tienen prólogo de Jerónimo y alguno de Isidoro.
Escritura visigótica redonda o libraria en tres columnas. Iniciales adornadas y títulos rubricados en rojo y verde. Está escrita con tinta negra, pero en muchos folios aparece de forma muy desvaída y en otros parece que la tinta era originariamente más clara o incluso marrón. Escrito por dos manos, la segunda interviene escasamente, en ff. 208-216, siendo ambas muy similares. Hay abundantes glosas marginales, algunas en letra gótica y numerosas en árabe.
Muy dañada en la guerra civil española de 1936. Restaurada. Solo los folios centrales tienen texto abundante, aunque tienen pérdidas de algunas zonas, pero los folios iniciales y finales son fragmentos muy escasos en relación con el tamaño originario de los folios, algunos con muy poco texto legible.
Publicación:
[S. 9-10]
Descripción física:
331 h. : perg. ; 495 x 360 mm
Notas Universidad Complutense de Madrid:
Domínguez Bordona, 1166.
Eguren. Biblia 8ª de la Universidad Central.
Millares Carlo, 214.
Ruiz y Carvajal, p. 112-115, 363, 583.
Villa-Amil y Castro, 31.
También disponible la reproducción digital.
Otro formato:
Disponible en otro formato: Biblia visigótica (BH MSS 31) [Recurso electrónico]
Fuente:
WorldCat
Número OCLC/Identificador único:
1025166012
Registro MARC
Manuscritos-Préstamo protegido especial
BH MSS 31
Nota: Se recogen referencias a esta Biblia en los índices antiguos de la Biblioteca de la Universidad Complutense de 1512, 1523, 1526, y del Colegio mayor de San Ildefonso de 1565. – Encuadernación en becerro gofrado con broches y bisagras de cierres metálicos, y con rayas incisas que atraviesan la superficie como motivo decorativo. – Estado de conservación deficiente. En la actualidad, una vez restaurado, ha podido ser encuadernado, con mantenimiento de la estructura original y formación de los cuadernos.
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NOTAS:
[1] “El método bibliográfico (2). El manuscrito. La codicología como técnica de identificación y descripción del manuscrito antiguo. (Primera parte)”, en: Revista Recensión, Vol. 11 / enero 2024. Serie Metodologías. Autora: Araceli García Martín https://revistarecension.com/2024/01/07/el-metodo-bibliografico-2-el-manuscrito-la-codicologia-como-tecnica-de-identificacion-y-descripcion-del-manuscrito-antiguo-primera-parte/
[2] Entre las principales recomendaciones referidas a la transcripción de letras, están: se mantendrá la ç y se respetará el uso de b por v o a la inversa, b por p, d por t, v por f, e por ae, i por ii o iis, c por s o z o viceversa, etc., y cualquier otro caso, así como la omisión o inclusión de letras y cuantas alteraciones se encuentren. Las letras dobles en principio de palabra se transcribirán como simples (fijodalgo por ffijodalgo, rey por rrey). Las letras dobles en medio de palabra se respetarán siempre. La s cursiva castellana de albalaes del siglo XIII , se transcribe por s sencilla; la s del siglo XIV por dos ss. La R mayúscula en medio de palabra se transcribirá rr, por ejemplo, carrera por caRera, torre por toRe. En los textos latinos la e caudada (ę) se transcribirá por ae. Los distintos tipos de i (alta, normal o caída) se transcriben como i cuando tiene valor de vocal y como j cuando tiene valor de consonante. En los textos latinos se pondrá i en lugar de j. La y cuando aparezca con valor vocálico podrá transcribirse como i (infançon por ynfançon, había por habya). La s alta se transcribe por s normal. En la escritura redonda de los s. XIV y XV se pueden encontrar dos formas de z: la primera asemeja una s con un trazo horizontal tangente a su cara superior; la segunda, más cursiva, sólo se distingue de la s en tener una prolongación recta en su curva superior. Ambas formas se transcribirán por z. La u y v empleadas indistintamente como vocales o consonantes podrán transcribirse conforme a su valor fonético, prescindiendo de la forma en que aparezcan en el manuscrito (unctio por vnctio, unicus por vnicus, usura por vsura, varius por uarius, vel por uel). La nota tironiana (τ) y otros signos especiales de la conjunción copulativa (& …) se transcriben por et en los textos latinos y por e , y , ye, et , i , en los romances de acuerdo con la lengua del manuscrito o el uso en otros lugares del mismo texto. En los textos en castellano, si no hubiera un uso sistemático de una de estas dos transcripciones, e o y, se seguirá la norma de transcribir la nota tironiana por e hasta 1500 y por y del 1501 en adelante.
[3] En España se siguen las Reglas de Catalogación, editadas en Madrid por el Ministerio de Cultura, en 1988. Para otro tipo de abreviaturas o la relación completa de las mismas, véase Vol. I, Apéndice VIII de dichas Reglas…
[4] En El manuscrito… (Primera parte), ya se trata este asunto, pero dado el extenso uso que identifica formatos con tamaños, se debe recordar la importancia de facilitar las medidas de modo preciso, en centímetros con milímetros, y deducir el formato tras el examen del libro y sus signos identificativos, especialmente las signaturas. Los plegados pueden ser muchísimos, pero los más frecuentes, son: 12º, esto es, dozavo; 16º, esto es, dieciseisavo; 4º esto es, cuarto; 8º, esto es, octavo, y Fol. cuando se describe el infolio.
[5] Con el libro impreso, además de la autoría es frecuente encontrar abreviaturas que se refieren al lugar de edición o impresión: –s.l. esto es, sine loco, cuando en la fuente no aparece el lugar de elaboración del libro,o el responsable (personal o nombre de empresa) de la edición o impresión:
s.n. esto es, sine nomine, para indicar que el nombre del editor o impresor son desconocidos.
Los aspectos formales del libro impreso, recogen aspectos como:
adorno tipgr. adorno tipográfico; antep. anteportada; apost. apostilla o apostillas; calc. Calcográfico; ed. editor y edición; ejemp. Ejemplar; etc. Etcétera; fig. figura; front. Frontispicio; grab. grabador, grabado; grab. calc. grabado calcográfico ; grab. xil. grabado xilográfico; impr. Impreso e impresor; lám. Lámina o láminas; l. gót. letra gótica; l. red. letra redonda; l. curs. letra cursiva; lib. libro; lín. Línea; litog. Litografía o litógrafo; marca tipgr. marca tipográfica; marg. Marginal y marginales; perg. Pergamino; pleg. Plegado; port. grab. portada grabada; prelim. preliminares ; pt. Parte; r recto; sign. Signatura o signaturas; tipgr. tipografía, tipográfico; tít. título ; v verso, vuelto; v. volumen en el campo de descripción física y vol. En las notas de redacción libre; xil. Xilografía y xilográfico.
[6]En los documentos que expide se intitula como «rey de Castiella, de Toledo, de León, de Gallizia, de Sevilla, de Córdova, de Murcia, de Jaén e dell Algarbe»
[7] El obispo ortodoxo Pablo de Tella, quien falleció hacia el año 617, realizó la traducción de la 5ª columna de la Hexapla al arameo, y se denomina la Siro-Hexapla.
[8] La Biblia griega se denomina comúnmente Biblia Septuaginta o Biblia de los Setenta o LXX. Es una antigua recopilación en griego de los libros hebreos y arameos del Tanaj o Biblia hebrea y otros libros, incluidos algunos escritos originalmente en griego.
[9] Se conservan en la Biblioteca Ambrosiana de Milán: Ambrosiano O 39 sup.
[10]Entre los códigos de lenguas más frecuentes en los catálogos de bibliotecas, están: vt para la Vulgata; lat para latín; sys para Palimpsesto sinaítico; syc para los evangelios curetonianos; syp para la Peshitta; co para Copto: ac para Akhmimic (Panápolis); bo para Bohairic; sa para Sahidic; arm para Armenio; geo para Georgiano; got para Gótico; aeth para Etíope; slav para el Eslavo Eclesiástico antiguo.
[11] Por superar el objetivo de este artículo, que se limita al libro manuscrito, se dan únicamente algunos ejemplos de impresos que indican la revisión de la traducción: Erasmo de Róterdam publicó una edición corregida y cotejada con el griego y el hebreo en 1519. En 1528 Santes Pagnino, por encargo de León X, publicó la Veteris et Novi Testamenti nova translatio donde se realiza una excelente traducción del hebreo. La Nova Vulgata, edición latina oficial de la Santa Sede, es una revisión de los textos hebreo y griego para producir un estilo más cercano al latín clásico. La Biblia Sacra Vulgata, de la Sociedad Bíblica de Stuttgart, es edición crítica que busca reconstruir la original de San Jerónimo.
CITA BIBLIOGRÁFICA: A. García Martín, «El método bibliográfico (2). El manuscrito. La adaptación de la descripción bibliográfica a la revisión científica de los textos antiguos (segunda parte)», Recensión, vol. 12 (julio-diciembre 2024) [Enlace: https://revistarecension.com/2024/09/08/el-metodo-bibliografico-2-el-manuscrito-la-adaptacion-de-la-descripcion-bibliografica-a-la-revision-cientifica-de-los-textos-antiguos-segunda-parte/ %5D