Vol. 15 / enero-junio 2026
Serie METODOLOGÍAS HUMANÍSTICAS. Autor: Pedro Aullón de Haro
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Introducción
El ejercicio de traducir de una lengua a otra, referido a una esfera distinta a los usos de la común vida práctica, es un camino usualmente elegido como medio mental de lectura de textos imprescindible para el trabajo científico-humanístico. Todo humanista, filológico o filosófico, traduce de manera constante aun solo mental e informalmente a fin de hacerse con el significado de textos que le son necesarios en el desenvolvimiento del trabajo crítico e historiográfico. Diferente asunto, aunque como es evidente no disociable de tal práctica sino de una u otra forma convergente con ella, es la traducción formal y edición de textos dentro de esos ámbitos de conocimiento. No es, en este punto, más que la diferencia entre un ejercicio privado de oficina y sus posibles funcionalidades editoriales y de transmisión.
Dicho esto, procede preguntarse acerca de si la traducción es un mero utillaje, una suerte de metodología previa, un hábito generalizado sobre el entorno de los objetos de estudio, o si en un plano más autónomo la traducción presupone o exige lo que ya constituye propiamente un método, y una elección de método. Según es evidente, ambas cosas en todo caso forman parte de una continuidad, desenvolvimientos de un continuum. Y por último, cabe añadir la cuestión de si esa continuidad plantea en el tiempo presente alguna circunstancia o medio peculiar o novedoso a reseñar.
Referido a “traducción”, el completo término o proposición “Metodologías Humanísticas en la Era Digital”, exige la distinción nítida de sus dos miembros. El primero de ellos, “metodologías humanísticas”, requerirá a su vez la discriminación de dos planos, uno referente a la posible consideración de la entidad del objeto humanístico traducción o la acción de traducir, qué cosa sea traducir así como la naturaleza del consecuente o traducido, y un plano segundo operativo referente a los cursos metodológicos, a qué métodos particulares recorren o históricamente han recorrido ese ámbito de actividad y del conocimiento.
La entidad de la traducción diremos que establece por principio (1) un difícil problema ontológico, toda vez que ese objeto consiste en un fenómeno o proceso de transformación verbal, a mi juicio nunca propiamente explicado. Por su parte, la consideración del plano de la metodología conduce (2) a la contemplación de tanto (a) los principios y modos de traducción, como (b) los pensamientos y argumentos o caminos históricamente transitados por la actividad de traducir y declarados por la traductología literaria, así como finalmente (3) los campos disciplinares atingentes.
Por su parte, la localización histórica del presente, las circunstancias de nuestro tiempo conceptuadas en el segundo miembro de la proposición como “Era Digital”, fundamentalmente son referibles a la traducción automática y a aquellos actuales incrementos de la misma desarrollados en el campo de la llamada Inteligencia Artificial, lo cual conduce de hecho a una inserción en (2).
Procederemos en lo que sigue manteniendo ese orden de discriminación, el cual habrá de permitir una dilucidación comprehensiva del problema, y que en nuestro criterio, por lo demás, es formante de aquello que integradamente denominamos Estética, o su particular Estética literaria[1].
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1. Ontología transubstancial de la ‘traducción’
La insatisfacción ante las supuestas resoluciones acerca de qué sea traducir y en qué consista ese fenómeno como hecho u objeto dado, usualmente queda de forma harto imprecisa solventada mediante respuestas cruzadas, ya entre métodos o tendencias traductológicas y traductográficas, ya entre proposiciones interlingüísticas más o menos categorizadas que confunden el sentido, los medios o el objeto de una pregunta ontológica con una suma de diferentes aspectos y particularidades. En realidad sucede con ello algo análogo a la respuesta de carácter morfológico dada por las escuelas estructural-formalistas a las preguntas de tipo ontológico acerca de la naturaleza de su objeto, es decir una radical confusión epistemológica.
Esa insatisfacción teorética es comprensible que induzca a pensar en resoluciones filosóficas posibles y, consiguientemente, y con toda preferencia a nuestro juicio, en la filosofía de la transubstanciación. Una teoría de la traducción que tome por base la transubstanciación permitirá asumir un concepto teológico y filosófico del lenguaje como superación y posibilidad, a partir del trazado aristotélico y la subsiguiente escolástica de la substancia, argumento que, a nuestro modo de ver, obtiene su acabado sentido mediante el concepto de proceso, accediendo así a una plenitud efectiva conducente a la creación de un análogo. Traducir es transubstanciar, esto es, reconstruir un significado en otra lengua distinta a aquella en que originalmente ha sido producido. Y si ciertamente ese proyecto, como es inevitable, conduce a muchos vericuetos y problemas, siempre que se trate de la translación de un significado de alta elaboración, no por ello deja de ser esa su razón y ser esencial.
Ortega, que dijo unas cuantas cosas agudas acerca de la traducción, empezando por la más general de que: “En el orden intelectual no cabe faena más humilde. Sin embargo, resulta ser exorbitante”, se plantea muy a la ligera el problema cuando se pregunta acerca de si la traducción se entiende “como una manipulación mágica en virtud de la cual la obra escrita en un idioma surge súbitamente en otro”, pues “entonces estamos perdidos. Porque esa transustanciación es imposible. La traducción no es un doble del texto original; no es, no debe querer ser la obra misma con léxico distinto. Yo diría: la traducción ni siquiera pertenece al mismo género literario”[2]. Ahora bien, en términos específicos el asunto no es como tal el cambio de léxico sino el significado, aquello que esencialmente no debe cambiar. La traducción tiene su campo y sus reglas, y si bien puede lícitamente no solo alterar el léxico sino autodeclararse como adaptación, lo que de ninguna manera puede es implícitamente presentarse como magia sino como arduo “camino” (camino que asume Ortega) de la analogía y la interpretación; ni puede presentarse propiamente como traducción si, por ejemplo, cambia el género del original, cosa que solo muy excepcionalmente cabría aceptar y justificar, o si abandona la significación fundamental de los términos del original, que es la clave mediante la cual adquiere sentido en tanto que traducción, es decir reconstrucción de un significado en otra lengua. No es ahora momento de argumentar las relaciones de significado y forma, pero añadamos que el misterio del lenguaje no permite traslado simple a la figura de la traducción como “manipulación mágica”. Por lo demás, acaso Ortega estaba ahí, aun oblicuamente, influido por el intuicionismo expresivo de Benedetto Croce, refractario al argumento teórico del género literario y, sobre todo, en lo que ahora nos trae, por su criterio inicial refractario a la posibilidad de la traducción. Es un criterio que sin embargo Croce rectificaría en la edición definitiva de su Estética, donde la clave que se hace valer es la idea de “semejanza”, y esta de hecho actúa como transgresión o fuerte aminoración (casi contradicción diríamos) de su rígida y célebre crítica que en anterior capítulo efectúa a la teoría del género literario. Léase el texto croceano, pues además convendrá a nuestra teoría de “el análogo”, que se expondrá más adelante.
Parece que quiere negarse todo lazo de semejanza de las expresiones o de las obras artísticas entre sí. Las semejanzas existen, y en fuerza de ellas las obras de arte pueden ser incluidas en éste o en aquel grupo. Pero son semejanzas como las que se advierten en los individuos, y que no es dado fijar con determinaciones conceptuales, semejanzas a las cuales mal se aplica la identificación, la subordinación, la coordinación y otras relaciones de conceptos, pues consisten solamente en lo que se llama aire de familia, y que deriva de las condiciones históricas en que nacen las distintas obras o del parentesco espiritual de los artistas.
En tales semejanzas se funda la posibilidad relativa de las traducciones, no como reproducciones (que sería vano intentar) de las mismas expresiones originales, sino como producciones de expresiones semejantes y más o menos próximas a aquellas. La traducción que se llama buena, es una aproximación que tiene valor original de obra de arte y que puede subsistir por él.

En último término, nótese que Croce mantiene una tensión o casi contradicción al identificar positiva “aproximación” al original por parte de la traducción con propio “valor original” de ésta. Lo cual nótese que solo es factible sostener en el sentido de que con la obra traducida estamos ante un artefacto verbal diferente por ser de diferente lengua, aunque artefacto “semejante”[3].

La traducción, en virtud de su problemática y ejecución verbal esencialista, penetra en el umbral íntimo de la sustancialidad del lenguaje, y por ello se ha de empezar por el reconocimiento de su relación con el lugar último mistérico, que no es sino el del propio lenguaje, el original y el de traslado. Misterio que existe, no nos engañemos, en todo sencillo ser, pero mucho más en el lenguaje natural humano y aún con mayor intensidad manifiesta si altamente elaborado. El lenguaje verbal establece, digámoslo ahora en términos generales estéticos, una suerte de acoplamiento y continuidad de finitud o belleza de forma e infinitud o sublimidad de lo informe. Expondremos el problema desde su raíz teorética.
Existe un aspecto misterioso tanto en el ejercicio como en el hecho dado de la traducción entre lenguas. Ahora bien, en realidad se trata de un misterio aplicado sobre otro que le es anterior y necesario, pues el lenguaje verbal afronta de principio ese pertubador interrogante acerca de sí mismo, referido en ocasiones, pero comúnmente no planteado por la lingüística, esto es: qué hace que la materia, un medio físico y en actuación repentizada, conduzca y transmita significado. Dicho esto, veamos ahora el argumento propuesto de la transubstanciación teológica sobre la base previa de una interpretación de la filosofía tradicional de la substancia, que es inherente al caso, y nunca mejor dicho.
Mi argumento, a partir de un trazado aristotélico, pero por supuesto no sólo, tiene el propósito de superar la escolástica de la substancia y acceder a un concepto de transubstanciación como teoría traductológica penetrado por la idea de proceso. Mi punto de partida respecto del lenguaje se funda en que éste consiste en figura viva o, dicho de otro modo, encuentro de belleza (forma) y sublime (informe). Mi perspectiva es la de un humanista y, por ello, mantengo la apertura cognoscitiva atenta a diferentes argumentos y, asimismo por ello, espero que en modo alguno se pueda confundir mi indagación con un intento de implantación formalista o escolasticista, como sí es el caso de cierta filosofía del lenguaje (sólo en alguna medida el Husserl más lingüístico) y cierta semiótica que no es sino translación de una concepción esquemática o innecesariamente escolástica (Hjelmeslev).
Existe un problema general de principio, el de la relación lenguaje/realidad de intenso desarrollo contemporáneo pero que también atañe a la vieja cuestión del nominalismo y naturalmente se podría retrotraer a Platón, así como por otra parte referir a la idea dialectizable, que sostendremos, de continuidad. Este problema ya es relativo a la cuestión de las categorías y por tanto a la determinación de la substancia. Una historia de la teoría de las categorías parece indudable que habría de tener sus dos pivotes constitutivos en Aristóteles y Kant. En el de Könisberg precedido por la crisis del racionalismo provocada por Hume, quien se diría que disuelve el concepto de categoría arrojándolo a la irrealidad, cosa que sin embargo, como tantas otras, fue necesaria a fin de suscitar la reformulación kantiana. Lo que sucede es que en los asuntos de teoría del conocimiento, y esa es la base y sentido de todo su pensamiento crítico, cabe afirmar que el kantismo constituye en no despreciable medida un nuevo formalismo, de exigencia moderna, pero sujeto al fin y permanentemente a ese fundamento. De ahí la temprana objeción de Herder. También de quienes pensamos, quizás extralimitados por una consciencia estética, que la forma kantiana es neutra en el sentido de que no tiene alma, de que está vacía. Pero, por supuesto, desde el punto de vista de las categorías, no es éste el problema, pues ya Kant lo que entiende decididamente por éstas es una suerte de método gnoseológico, aunque bien es verdad que no deja de incluir esa ‘metafísica’ de la substancia.
La substancia, como se recordará, era la primera de las diez categorías aristotélicas, lo que se predica, y si hay una evidente y bien conocida dificultad terminológica que se suscita en la traducción latina de la ousía por esencia y a su vez por substancia, para nuestro argumento bastará en este sentido con considerar que la substancia en primer término no es sino esencia necesaria, aquello que no puede dejar de ser. No nos interesa aquí un desarrollo como el que Aristóteles discrimina y taxonomiza en la Metafísica acerca de substancia sensible y no sensible y demás, ni la idea de una esencia no sustancial. Lo que nos interesa es un argumento sobre la substancia en sí y como transformación posible, que según quedó dicho habilitaremos asociado a la idea de proceso.
Así nos limitaremos a determinar que la distinción de la substancia como materia, forma o compuesto de ambas es pertinente para una consideración del lenguaje, al igual que la distinción clásica de las categorías entre substancia primera referente al ser y lo individual y una substancia segunda que determina a la primera, a lo que está o es predicado. A esto sólo restaría por añadir que el accidente no es aristotélicamente una tercera substancia sino aquello que cambia por oposición a lo que permanece, a lo subsistente. Kant, al distinguir en la primera Crítica una suerte de modos del entendimiento sobre los que reformular las categorías a partir de cuatro términos: cantidad, cualidad, relación y modalidad, que son los que también conducirá a las analíticas de lo bello y lo sublime en la tercera Crítica, significativamente sitúa el par substancia/accidente en orden al término antedicho de relación y la dualización de éste como inherencia y subsistencia. Se puede comprobar que kantianamente se ha producido una, por así decir, vitalización de las categorías, las cuales han abandonado su sentido estático primigenio para entrar en el movimiento de una epistemología propiamente dicha que opera mediante el juicio. De hecho, se diría que el tercer término de adopción kantiana, es decir relación, traza específicamente ese sentido de movimiento y, a partir de él, añadiremos, una noción de existencia que le es necesaria. La existencia sería para la substancia un modo inherente del ser, al igual que el proceso, que en realidad es su base vital.
Críticamente cabría sostener que la substancia no tiene entidad real, que es un constructo ficticio el de las categorías sobre la base de una realidad que le es ajena. Croce, se recordará que, partiendo del concepto de expresión, pensaba que los géneros literarios no existen, que se trata de una falacia epistemológica consistente en crear la categoría para posteriormente querer dotarla de realidad[4]. Pero también cabría recordar la respuesta de Banfi en el sentido de que los géneros existen cuando menos como realidades del pensamiento que además impregnan la actividad y el juicio, o sea la producción y recepción, y permanecen. Diremos aquí, pues, que la substancia existe cuando menos como realidad teórica del pensamiento y que a tal punto funda un argumento categorial históricamente dado, reinterpretable y que en la medida en que se muestre capaz de arrojar luz sobre entidades o problemas ha de ser tomado en cuenta pues no es prescindible.
En el mundo de la relación existencial diremos que la traducción consiste en una transformación en la cual subsiste (se pretende que subsista) lo esencial de un texto: ha de subsistir, de manera aproximada determinable, la substancia esencial (a no ser que se trate de una mala traducción). Ahora bien, ¿qué se ha de entender aquí por substancia esencial o propiamente dicha?, ¿el lenguaje verbal por sí, una lengua determinada, su significado, ambas cosas? El significado es indiscutible que en razón de su natural esencialidad verbal, no puede ser mero accidente. En consecuencia, ha de entenderse que el significado es substancia segunda determinadora de la substancia primera, determinadora de las posibilidades del lenguaje verbal. Aquello que cambia del lenguaje objeto de traducción al objeto lenguaje traducido es el accidente, un lenguaje verbal particular con una significación, siendo aquello que subsiste una realización de lenguaje, ahora ejecutada como otro particular, y su significado, en proporción suficiente o aceptable. El llamado propio aristotélico (el relinchar respecto del caballo, que no es posible el uno sin el otro) sería inherente al objeto lenguaje verbal. Y las dos clases de accidente, separable e inseparable, este último como el ejemplo, al decir del aristotélico Porfirio, de ser negro en los casos del cuervo y el etíope, aunque bien pudiera imaginarse otro color sin destrucción del sujeto [5].
La actividad de traducir se hace comprensible como realización de un proceso de transubstanciación mediante el cual la materia y la forma, los significados y los términos, se rehacen convirtiendo el propio y ejecutando otros accidentes. Éstos, como la totalidad, dependen aquí, en tanto que proceso y resultado del mismo, de la distancia entre las dos lenguas objeto de la operación de traducir. Evidentemente, el accidente depende de la substancia y nunca a la inversa; a una substancia pueden corresponder o suceder distintos accidentes, pero un mismo accidente no podría permanecer si cambiase la substancia. Y no se ha de dejar de observar que existe finalmente respecto del texto traducido, y respecto del lugar previo posible a traducir, lo que podemos denominar, adoptando la tradición hermenéutica, una circularidad traductológica que reifica y cierra cada operación traductora ejercida, pues se trata de una fenomenología entitativa mediante la cual el accidente como forma dada de lenguaje deviene, mientras no es sujeto a proceso de traducción, una tercera substancia que, como el propio, por así decir, supera el ser accidental por un estar que con él, con lo substante, se confunde. El nuevo modo de existencia, como existente, puede presentarse, ofrecerse como si abandonada su genealogía, ahora, y sólo en este sentido, realidad propia de texto original.
El misterio de la traducción como transubstanciación no se reduce a la radical transformación sacramental absoluta y ascendente del pan y del vino como el cuerpo y la sangre, sino un modo del ser en tanto que posibilidad de existencia y un grado entre otros posibles, como de hecho se reconoce en cierta teología, un grado entre otros posibles que delinea el espacio que va desde el tomismo perfecto de la plena transformación de la substancia en permanencia de los accidentes, hasta la más leve consubstanciación luterana en tanto que traslado de valores espirituales y simbólicos, es decir eminentemente significados, sea cual fuere el traslado de las formas en el proceso de traducción. Y existen, por tanto, diferentes grados de transubstanciación o de configuración procesual.
Nuestro argumento y las distinciones del pensamiento tradicional aquí son fundamentadas en el ámbito de una teoría general, pero subsiguientemente habrán de ser consideradas en lo relativo, como no podría ser de otro modo, a lenguaje literario y traductología literaria, esto es a lenguaje altamente elaborado no científico o inclusivo de códigos y signografía artificial. Esta es la esfera disciplinar en la cual se despliega y adquiere razón literaria el objeto.
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2. Los modos y conceptos de la traducción
Tradicionalmente se considera que toda traducción posee un autor, análogamente a como todo texto posee una autoría, en el peor de los casos no documentada y por ello anónima, y excepcional u ocasionalmente una autoría compartida o pluralidad de autores. En nuestro tiempo, a estos dos modos se añade una tercera posibilidad, la que resume el término traducción automática, modo que finalmente obedece a la ejecución a través de un medio o una entidad electrónica o empresarial que lo sostiene. De lo que se siguen tres modos de traducción:
1. Traducción de autor
2. Traducción de autoría compartida (o colectiva, o múltiple)
3. Traducción automática
La traducción de autoría compartida o múltiple presenta un interesante y a veces sin duda utilísimo enriquecimiento procedimental con resultados de gran eficiencia, si bien de otra parte puede diluir el carácter fuerte o el especial perfil que procura la traducción autor. En tercer lugar, habida cuenta de nuestra restricción teórica limitada al objeto traducción respecto del lenguaje altamente elaborado o literario, excluida pues la lengua común, la opción de traducción automática, en virtud de los medios electrónicos o de inteligencia artificial que utiliza, queda al margen de nuestros intereses actuales. Como es evidente, entendemos que específicamente el automatismo no es aplicable a textos artísticos y de pensamiento, a textos de alta elaboración.
Establecidos los tres modos de traducción procederá discriminar tres principios de traducción, siendo, de forma inversa, que si en los modos el tercero significa la ineficacia literaria por disolución, en los principios el tercero significa, por el contrario, la más convincente resolución literaria. De ello se sigue una doble dialéctica que, en el caso de los principios, se resuelve crecientemente en adecuación literaria y por ello en categorización acorde a la serie disciplinar de la Ciencia literaria, que en el final epígrafe teórico se describirá.
a) Equivalencia
b) Adaptación
c) Teoría de El Análogo
El concepto fundamental de equivalencia, uno de los de mayor extensión traductológica, puede remitir tanto a aspectos morfológicos y categoriales como puramente de significado, que es su sentido preferente. Y no solo posee un nutrido elenco bibliográfico sino que define el eje y los mecanismos del tratamiento y selección de palabras y aspectos que definen el centro del trabajo o la práctica traductográfica. Como es evidente, equivalencia conlleva un notable arrastre de matizaciones y, por así decir, hilachados relativos a todas y cada una de las circunstancias de traducción.
El concepto de adaptación posee notable polivalencia. En primer lugar es de notar que refiere operaciones que pueden presuponer o no traducción, indica grados de modificación por abreviación o resumen, por supresión o aligeramiento, ya de frases, párrafos o incluso partes de una obra determinando un modo especial de translación. Frecuentemente la adaptación suele presuponer abreviación, por lo común con el criterio de conseguir mayor inteligibilidad por simplificación, sea desde el criterio de orientación hacia un tipo de público (joven, infantil: el Quijote para niños) o por orientación práctica destinada a reducir, por ejemplo, el tiempo de una representación dramática. La adaptación constituye por tanto un punto de vista filológicamente problemático. Si por lo común consiste en una modalidad de la abreviación, en otro caso sin embargo refiere el traslado entre géneros, el traspaso de uno a otro género literario (v. gr. novela → teatro) y asimismo entre artes (v. gr. novela → cine). Por lo demás, cabría incluir la modernización como modalidad de entre las adaptaciones, observando que atañe sobre todo a las lenguas antiguas y a las obras antiguas o clásicas, consistiendo no tanto en translación mediante traducción como en mera modernización idiomática. En conclusión, adaptación es concepto, por así decir, entitativamente semitraductológico.
En diferentes ocasiones se ha utilizado la idea de analogía en teoría de la traducción. Por nuestra parte, empleamos en este punto el concepto de el análogo como concreción metodológica consistente en la búsqueda de una correspondencia técnica muy relevante por vía comparatística (no abstractamente simbolizadora): la efectiva localización de un análogo en tanto texto fraterno, pues dificilísimamente se podrá tener por gemelo. Esto es, la búsqueda de una serie o pieza precedente, sobre todo por correspondencias de tipo léxico o estilístico en la propia lengua de llegada, utilizable de algún modo como modelo o aportación a la operación traductográfica a realizar. El análogo u obra análoga viene determinado no ya por la historia de la lengua sino por el grado superior de ésta como historia de la lengua literaria en orden a la historia de la literatura, relaciones de influencia, convergencia artística o filosófica, etc. Valdrá como económico ejemplo el siguiente para lengua española: ¿es establecible respecto de ciertos textos de Byron el análogo de ciertos textos de Espronceda? Parece evidente que sí. El resto va de suyo en buena lógica de relación literaria, pero no convendrá omitir que la complejidad del análogo ha de atravesar artística y/o culturalmente los fenómenos de homogeneización o de estandarización tópica así como dirimir la tendencia hacia el original (exotismo) y la tendencia hacia la lengua de llegada (anulación del original). Esto es relativo asimismo a complejidades de la mímesis no ajenas a problemas centrales de la traducción, pero acerca de lo cual no será necesario extenderse aquí.
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3. Los cuatro argumentos traductológicos
Los principales argumentos traductológicos que tradicionalmente han regido la metodología de la traducción cabe reducirlos a tres, pero más un cuarto transcendental que añadiremos, los cuales, en razón de su dilatado desarrollo histórico y teórico pueden entenderse, cuando menos en la cultura occidental, como tópica teórica de carácter poetológico, una tópica de pares conceptuales, en cierto modo semejante a la horaciana formada sobre la teoría aristotélica de las causas. Es decir, una suerte de techne o Poética de la traducción paralela pues a la Poética propiamente dicha, al modo de teoría constructiva explícita u orientación prescriptiva de la creación literaria, o de las artes. Es materia en gran medida muy bien conocida a través de múltiples escritos[6], aunque apenas advertida y sistematizada por los estudiosos de la traducción:
a) Imposibilidad de la traducción / Posibilidad
b) Traducción palabra por palabra / Traducción por el sentido
c) Traducción literal / Traducción libre
d) Traducción teológica / Pérdida de la fuente original
El primero de estos pares traductológicos, relativo a posibilidad, ha sido comúnmente referido a la poesía, a su dificultad formal y semántica, y por tanto al menos en parte indirectamente dirigida al problema del lenguaje figurado y la simbolización. Es por tanto cuestión relativa a los llamados “textos difíciles”, sobre todo a los textos poéticos, filosóficos y religiosos, piezas verbales cuyo ontologismo por principio no facilita en mucho la incursión interpretativa y en consecuencia la traducción. Ahora bien, esta gran dificultad no solo es concebible como desafío sino que todo texto, aun los más difíciles, con mayor o menor fortuna, siempre es o puede ser traducido y, en cualquier caso, la traducción en si nunca podrá ser perfecta puesto que la perfección propiamente dicha significaría una identificación integral y de confín inviable entre lenguas distintas, especialmente a mayor distancia entre estas, y de ahí la importancia metodológica de “el análogo” ya referido. Sea de recordar que este par de la traductología obtuvo su mejor elaboración poetológica en el marco de la Vanguardia histórica, en la teoría poética del Creacionismo de Vicente Huidobro, quien proponiéndose superar la poética modernista/simbolista hacía recaer la especificidad del lenguaje poético en -por así decir brevemente- una semántica conceptual al margen de los elementos suprasegmentales y melódicos característicos del lenguaje poético heredado, en razón de lo cual se proclamaba la traducibilidad del verso creacionista[7].

El par palabra por palabra o por el sentido, que como es sabido remite especialmente a la cuestión de origen ciceroniano fundamentada por san Jerónimo particularmente en su Carta a Panmaquio, constituye a no dudarlo el centro del problema teorético de la traducción. Dejando al margen los estrictos límites de la tradición jeronimiana, excepcional para Occidente, tanto desde el punto de vista traductológico, de la Patrística y bíblico como de las artes plásticas, lo cierto es que el problema ahí suscitado posee una fórmula de síntesis por desplazamiento, que en último lugar presentaremos.
El par literal o libre, que posee un difundido entorno semimetafórico amoroso y más o menos culturalista relativo a fidelidad/infidelidad y un carácter igualmente dialéctico, aparte de, frecuentemente, ya sentido taxativo o ya un sentido laxo, es ciertamente el menos teorético de los tres, si bien su primer término concierne parcialmente al también primero del par anterior así como a la corriente teologista, mientras que el segundo término conecta con el amplio espacio de realizaciones traductográficas que las fórmulas y usos literarios desempeñan más allá del mantenimiento estricto del texto original. Es decir, toma el original como modelo de ejercicios de trasposición literaria. Con relación a todo lo cual, y más allá del término versión, que puede remitir meramente a idea de traducción o de otro lado a traslación libre, se hace preciso tener en consideración tres términos o conceptos de muy amplio alcance traductológico y traductográfico: equivalencia, adaptación y análogo.
El par que podemos denominar traducción teológica o pérdida de la fuente presenta un argumento relacionable con la doctrina lingüística que sintéticamente denominamos “tesis idealista sobre el origen del lenguaje”, teoría esta que arraigada en cierto neoplatonismo encuentra a nuestro juicio en el pietista Johann Georg Hamann, el autor de Aesthetica in nuce, una decisiva reconstitución moderna que intervendrá sobre los aspectos antikantianos de la crítica de Herder, algunos aspectos románticos y otros. La “tesis idealista” acerca del origen del lenguaje en el caso de Hamann es en realidad una “tesis teológica” antirracionalista por cuanto entiende el lenguaje y la poesía de origen divino y, en este sentido, conecta de forma muy dispar, directamente con la precedente idea de traducción de Fray Luis de León, e indirectamente con el subsiguiente idealismo lingüístico de Benedetto Croce y, de modo nuevamente directo con la teológica además de cabalística traductología de Walter Benjamin (en La tarea del traductor), que sin duda debió conocer los escritos del llamado “Mago del Norte” convergentes con su idea del necesario mantenimiento sustancialmente invariable de la palabra, pues la sustitución o alteración de la unidad de esta presupondría la pérdida de la transmisión o conexión del ser humano con la divinidad.
La traducción teológica, que a nuestro juicio ha de ser contrastada con la antigua hermenéutica neoplatónica a partir de Filón de Alejandría, tiene su enclave moderno, en el sentido de renacentista, en el prólogo de Fray Luis de León al Cantar de los Cantares, donde ante la dificultad de las “grandes pasiones o afectos, mayormente de amor”, así como de la lengua hebrea, “de pocas palabras y de cortas razones” y a su vez “llenas de diversidad de sentidos”, declara proceder “palabra por palabra”, aparte de señalar previamente, en un principio, “los pasos donde se ofrece la oscuridad en la letra”. En todo caso, “el que traslada ha de ser fiel y cabal y, si fuere posible, contar las palabras para dar otras tantas, y no más ni menos, de la misma cualidad y condición y variedad de significaciones que las originales que son y tienen los originales, sin limitarlas a su propio sentido y parecer, para que los que leyeren la translación puedan entender toda la variedad de sentidos a que da ocasión el original, si se leyese, y queden libres para escoger de ellos el que mejor les pareciere”. Y añade que si en ciertas ocasiones no se puede ir al paso con el original y la necesaria aclaración del sentido requiere de añadir “alguna palabrilla”, estas son “pocas” y van encerradas entre corchetes[8]. Diremos así, que la traducción teológica, según los criterios de Fray Luis, constituye una síntesis que se sobrepone al par palabra por palabra o por el sentido y al concepto de San Jerónimo.

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4. La traducción y los campos disciplinares: la ciencia literaria
Existe, como no podía ser de otro modo, una vinculación epistemológica de la traducción literaria y traductología-traductografía literarias con los campos de la Hermenéutica, la Comparatística y, en particular, de las series filológicas de la Ciencia lingüística y la ciencia literaria, es decir una asunción de métodos generales así como de los puntos de vista o criterios histórico, teórico y aplicativo. Esto es, los criterios de la Ciencia literaria que en forma de Historia, Teoría y Crítica atañen por igual a la literatura y la traducción de la misma, actividad esta última, y su entorno de pensamiento, que por principio ha de ser formante de esa serie disciplinar. De no ejercerse esta asociación epistemológica y disciplinar la consecuencia, por ambas partes, no podrá ser otra, como de hecho es comprobable ha acontecido durante largas décadas, que la depauperación.
Si inevitablemente traducción y traductología son allegables a la interpretación hermenéutica y a la Poética al igual que, inversamente a posteriori, a la Crítica de la obra literaria, y si la Literatura comparada encuentra su momento más estrecho o esencial en la traducción literaria, que podríase nombrar interpenetración traductográfica, lo cierto es que la omisión de la traducción, de las obras traducidas como tales, ha constituido uno de los factores fundamentales de la decadencia de la Historia de la Literatura y, por extensión, de parte del resto de la ciencia literaria durante el siglo XX.
El progresivo deterioro de la Historia literaria responde a un proceso aislacionista del objeto: reducción del mismo a conjunto de obras estrictamente artísticas como disociable de las obras ensayísticas y tanto omisión del lector y la historia de la lectura de las obras como de la traducción, de las obras traducidas, su historia y correspondientes factores, junto a traducción, de traductor y lectura. Si Juan Andrés en los albores y en la mayor magnitud de su operación historiográfica universalista a fines del siglo XVIII en todo momento posible o necesario se hacía cargo del fenómeno de las traducciones, esta manera ejemplar de proceder, lejos de avanzar adecuándose a los sucesivos regímenes del discurso historiográfico literario, se fue desvaneciendo hasta desaparecer como procedimiento estable. Pero lo cierto es que no cabe concebir la historia literaria en ausencia de la historia de la traducción literaria, pues significaría omitir la incidencia de las traducciones en las nuevas producciones, la presencia de los traductores, que en buena medida son los mismos escritores, en fin que la literatura traducida no constituye un simple juego de relaciones culturales internacionales al abrigo de una industria editorial que cubre las necesidades de entretenimiento de algunos grupos de lectores[9].
Por principio ha de hacerse valer la lógica de los conceptos de la serie disciplinaria, posea mayor o menor desarrollo en la ciencia real. No se trata de que espontáneamente se alcance una interna disposición adecuada y simétrica, que actualmente en ocasiones incluso ha sido impuesta por desbordamiento descentrado, creyendo que la traductología es una disciplina autónoma al margen de la doble estructura tripartita de la Filología como ciencia lingüística y literaria; se trata más bien de alcanzar una clara consciencia epistemológica al respecto. Por lo demás, y como es obvio, será preciso determinar y poner en uso estable cierta terminología, junto a los conceptos generales de traductología y traductografía y los particulares de texto traducido y texto objeto de traducción, sujeto traductor y lector de traducciones, los cuales, traductológica y traductográficamente constituyen objetos, explícitos o tácitos, constantes e indispensables de la serie de la Ciencia literaria.
NOTAS:
[1] En varias ocasiones he presentado, en sus distintos momentos de desarrollo, mi teoría de la traducción, probablemente aquí concluida. Su anterior versión, de 2015, en Translatio y cultura (Madrid, Dykinson), pp. 23-30.
[2] Cf. José Ortega y Gasset, “Miseria y esplendor de la traducción”, en Id., Ideas y creencias y otros ensayos, Madrid, Alianza, 2018, p. 121.
[3] B. Croce, Estética como ciencia de la expresión y Lingüística general, ed. de P. Aullón de Haro y J. García Gabaldón, Madrid, Instituto Juan Andrés, 2021, p. 91.
[4] Cf. B. Croce, Estética como ciencia de la expresión y Lingüística general, cit., pp. 61 ss.
[5] Aristóteles / Porfirio, Categorías. De Interpretatione / Isagoge, ed. de A. García Suárez, L.M. Valdés Villanueva y J. Velarde Lombraña, Madrid, Tecnos, 1999.
[6] Pueden consultarse las diversas compilaciones de escritos relativos a teoría o ideas teóricas acerca de la traducción. En español especialmente las muy conocidas ediciones de Francisco Lafarga, Dámaso López García y Miguel Ángel Vega.
[7] De forma concreta puede verse el argumento en P. Aullón de Haro, La concepción de la Modernidad en la Poesía española, Madrid, Verbum, 2010, pp. 247-249.
[8] Cf. el texto de “Luis de León”, en Lafarga (ed.), El discurso sobre la traducción en la Historia, Barcelona, EUB, 1996, pp. 164-167.
[9] Véase nuestra Escatología de la Crítica, Madrid, Dykinson, 2013, pp. 71-96.
CITA BIBLIOGRÁFICA: P. Aullón de Haro, «Traductología y método: estética de la traducción», Recensión, vol. 15 (enero-junio 2026) [Enlace: https://revistarecension.com/2026/01/31/traductologia-y-metodo-estetica-de-la-traduccion/ ]