Vol. 15 / enero-junio 2026
ARTÍCULO / INFORME. Autor: Antonio López Fonseca, José Manuel Ruiz Vila & Iván López Martín
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1. Una isla en medio del océano de la producción científica
El análisis de las tendencias que se observan en la investigación sobre el Mundo Clásico en España, y en concreto en la traducción de los clásicos como parte de ella, precisa de una reflexión previa, siquiera somera, sobre el propio concepto de “bibliografía”. ¿Por qué? Porque las traducciones no dejan de ser “bibliografía” para los estudiantes de lenguas clásicas, sus principales “consumidores”. Porque ¿cuántos lectores compran, motu proprio y por poner un ejemplo, el Satiricón de Petronio? Pues bien, esa circunstancia precisamente, en nuestra opinión al menos y como intentaremos explicar, ha sido, y sigue siendo, una auténtica rémora para la difusión de la literatura clásica entre los lectores “curiosos”[1]. ¿Por qué tantos lectores piensan que la literatura clásica es una literatura para ser estudiada? ¿Por qué no piensan que es una literatura para ser leída, paladeada, disfrutada? ¿Tal vez las ediciones de estas traducciones, precedidas de amplias y sesudas introducciones, plagadas de monumentales notas eruditas, hacen que estos libros se caigan de las manos de quienes osan hojearlos en una librería? ¿Por qué no editar las traducciones de la literatura clásica de la misma manera que la literatura contemporánea? ¿Por qué están en secciones aparte en los anaqueles y no están, ordenadas alfabéticamente, con las del resto de los autores literarios? ¿Tan raro sería encontrar en una misma sección de teatro a Sófocles y a Plauto junto a Ernesto Caballero y Juan Mayorga, o Chéjov e Ibsen? ¿Por qué no Horacio y Safo junto a Eloy Sánchez Rosillo y Elvira Sastre, o T. S. Eliot? Estas son algunas preguntas que nos hacemos quienes, como nosotros, somos traductores “habituales” de textos latinos y nos hemos arrojado a participar en un proyecto arriesgado, ilusionante, apasionante que ofrece al lector, en ediciones de bolsillo y a un precio asumible, traducciones desnudas de introducción y notas. Solo eso. Literatura. De primer nivel.
Pero volvamos un momento al concepto de bibliografía, porque ahí está el problema, en la idea de que es imprescindible preguntarnos sobre uno de nuestros útiles de trabajo, y sobre las actuales líneas directrices de la bibliografía práctica y la documentación, además de acercarnos a la relación de nuestros estudios con las tecnologías de la información y la comunicación[2] y la relación con todo ello de la traducción de los clásicos. Nos gustaría comenzar con una reflexión de hace noventa años de J. Ortega y Gasset, en Misión de la Universidad (pp. 41 y 68-69):
Hoy más que nunca el exceso mismo de riqueza cultural y técnica amenaza con convertirse en una catástrofe para la Humanidad, porque a cada nueva generación le es más difícil o imposible absorberla (…). Ha llegado a ser un asunto urgentísimo e inexcusable de la Humanidad inventar una técnica para habérselas adecuadamente con la acumulación de saber que hoy posee. Si no encuentra maneras fáciles para dominar esa vegetación exuberante, quedará el hombre ahogado por ella (…). Si la ciencia puso orden a la vida, ahora será preciso poner también orden en la ciencia, organizarla.
Hablaba Ortega hace casi un siglo de un “problema” que en este siglo XXI ha adquirido dimensiones inconmensurables, proporciones bíblicas. La grafomanía universal publica más de dos millones de títulos al año (solo en España en torno a 100 000), con tiradas de miles de ejemplares de los cuales muy pocos se reeditan y menos aún se traducen. El conjunto de la producción bibliográfica que, a lo largo de los siglos, se ha ido enriqueciendo con la labor de los estudiosos, presenta un dinamismo creciente en progresión geométrica. Y también lo hacen las traducciones, pues hay autores que se siguen traduciendo una y otra vez, generación tras generación, y otros que se traducen arrastrados por “modas”, como el actual interés por el estoicismo, que se ha materializado no solo en nuevas traducciones de autores como Séneca o Marco Aurelio, sino de otros como Epicteto y su Enchiridion (o Manual), del que hoy podemos elegir entre varias versiones de este mismo año. Como para el investigador es absolutamente necesario documentarse sobre el asunto que va a tratar, la bibliografía ha adquirido también el valor de fuente. Así, las llamadas fuentes secundarias para el estudio del Mundo Clásico experimentan, frente a las primarias (el objeto de nuestras ediciones y traducciones), con escasos cambios sustanciales (salvo en traducción), pues el corpus textual está cerrado y solo es alterable con nuevos descubrimientos, un crecimiento inusitado fruto no solo del interés, sino también de los diversos métodos de investigación y de la evolución de las distintas disciplinas. El caudal de estudios ha crecido a tal extremo que se hace imposible abarcar la totalidad de la producción científica. Este desmesurado crecimiento cuantitativo implica que la exhaustividad de las obras que pretenden recoger los trabajos publicados se convierta en un mero desiderátum.
Las tecnologías de la información y la comunicación han venido a ayudar al investigador, qué duda cabe, y a paliar, en cierta medida, esa imposibilidad, lo cual no es óbice para que las obras dedicadas a recoger, clasificar y ordenar la producción científica (en el soporte que sea, físico o digital) sean cada día más necesarias, por no decir imprescindibles, de modo que la gran masa bibliográfica no se convierta en una selva de imposible acceso para el estudioso. La angustia que genera la imposibilidad de abarcar la producción libraria fue maravillosamente tratada por el ensayista mexicano Gabriel Zaid en Los demasiados libros (1996). A tal punto ha crecido la producción que desde hace décadas han ido adquiriendo mayor importancia no tanto las bibliografías especializadas cuanto las bibliografías de bibliografías, esto es, hemos pasado de las “listas de libros” a la “compilación de repertorios bibliográficos”[3]. La incorporación de la electrónica ha modificado de manera radical, si no la esencia, sí el modo de trabajar, de presentar y recuperar la información bibliográfica, por ejemplo, con la aparición de grandes bases de datos accesibles en línea[4]. La propia dinámica creciente de los estudios y las publicaciones ha hecho que, como punto último de la evolución de la Bibliografía, surja la Documentación. El desarrollo experimentado en el siglo XX, con el incesante crecimiento de documentos, su pluriformalidad, en contenido y soporte, las mayores necesidades de obtener información y de que se pueda hacer cada vez con más rapidez, ha evidenciado que, tal vez, la Bibliografía no fuese suficiente y por ello nació la Documentación como técnica de recoger, analizar y convertir en fácilmente accesibles los resultados de la actividad intelectual humana en todos los campos del conocimiento. Así, en el siglo XXI, más que hablar exclusivamente de Bibliografía hay que hablar de instrumenta, sí, pero definidos como “fuentes de información”, en el sentido de cualquier obra o material que sea susceptible de ser utilizado para responder a una pregunta, teniendo en cuenta que ya hay unas fuentes que han sido ideadas con el objeto expreso de que sirvan a las tareas de información y que se denominan “obras de referencia”. Son aquellas que, por sus objetivos, plan, ordenación y forma de tratar los temas, resultan apropiadas para la consulta con fines de información o las que remiten a otras obras para conocer o ampliar un tema dado, es decir, están destinadas a orientar en la búsqueda y no a ser leídas en su totalidad[5].

No solo tenemos la posibilidad de consultar en Internet todo tipo de repertorios, bibliotecas o diccionarios, sino también de intervenir en foros de discusión o de leer, incluso, algún trabajo en curso[6]. Lo cierto es que la actualización científica y bibliográfica es una necesidad, por más difícil que sea la exhaustividad. También en traducción: ¿cuántas traducciones hay de la Ilíada de Homero? La información de los títulos sobre el Mundo Clásico y las traducciones en nuestro país siempre se puede buscar, además de en el catálogo de la Biblioteca Nacional de España o en la Agencia del ISBN, obviamente, en los repertorios bibliográficos de carácter general. El más importante de todos ellos es L’Année Philologique. Bibliographie critique et analytique de l’antiquité gréco-latine (APh) (París 1928–) y, para la Edad Media y el Renacimiento, la Bibliographie annuelle du Moyen Âge tardif. Auteurs et textes latins, publicada por Brepols (Turnhout 1992–)[7] . Entre las publicaciones periódicas de información bibliográfica, destacan The Classical Review (Oxford 1887–); Gnomon. Kritische Zeitschrift für die gesamte klassische Altertumswissenschaft (Múnich 1925–), la versión electrónica del banco de datos, Gnomon Bibliographische Datenbank. Internationales Informationssystem für die klassischen Altertumswissenschaften (1998–); Lustrum. Internationale Forschungsberichte aus dem Bereich des klassischen Altertums (Gotinga 1957–); o, para finalizar este recorrido, los sumarios recogidos en TOCS-IN. Tables of Contents of Journals of Interest to Classicists (Toronto 1992–). Existen, además, obras y portales que recogen la bibliografía de un solo autor, como Finding Augustine o Catullus online, por poner solo un par de ejemplos. En nuestro país, contamos con la revista TEMPVS, que tuvo una primera etapa (1992-2002) en que tenía por subtítulo Revista de actualización científica y que en su segunda etapa (Madrid 2013–) cambió por Revista de actualización científica sobre el Mundo Clásico en España, es decir, se ha centrado en la producción de nuestro país, de suerte que se ofrece una visión global del quehacer especializado en España con una gran exhaustividad (López Fonseca, Ruiz Vila & López Martín 2023: 3-8).
El interés por recoger las aportaciones españolas a los estudios clásicos se remonta casi un siglo con repertorios que recogían la producción de nuestros estudiosos, incluidas las traducciones, y que, más allá de la obra de M. Menéndez Pelayo en 10 volúmenes, Bibliografía hispano-latina clásica (1950-1953), destaca por los siguientes títulos[8]:
- Bibliografía de los Estudios Clásicos en España. Vol. I: 1939-1955, Madrid 1956.
- Bibliografía de los Estudios Clásicos en España. Vol. II: 1956-1965, Madrid 1968.
- Alvar Ezquerra (dir.), Bibliografía de los Estudios Clásicos en España (1965-1984), 3 vols., Madrid 1991.
- Alvar Ezquerra y A. Arévalo González, Bibliografía de los Estudios Clásicos en España: 1985 (y adiciones de años anteriores), Madrid 1987.
- Alvar Ezquerra y A. Arévalo González, Bibliografía de los Estudios Clásicos en España: 1986 (y adiciones de años anteriores), Madrid 1988.
- Alvar Ezquerra y A. Arévalo González, Bibliografía de los Estudios Clásicos en España: 1987 (y adiciones de años anteriores), Madrid 1990.
- Alvar Ezquerra y A. Arévalo González, Bibliografía de los Estudios Clásicos en España: 1988 (y adiciones de años anteriores), Madrid 1992.
- Alvar Ezquerra y A. Arévalo González, Bibliografía de los Estudios Clásicos en España: 1989 (y adiciones de años anteriores), Madrid 1993.
- Alvar Ezquerra, A. Arévalo González y Mª. V. Gago Saldaña, Bibliografía de los Estudios Clásicos en España: 1990 (y adiciones de años anteriores), Madrid 1995.
No nos constan más obras de carácter general como estas, que finalizan con la bibliografía de 1990. La cantidad de información que se genera anualmente hace imposible que los repertorios de carácter cronológico (como L’Année Philologique) puedan seguir apareciendo con la cadencia deseable, dejando siempre una suerte de “agujero negro” entre la última información recogida y la más inmediata actualidad que incluye, necesariamente, cientos, miles de nuevos títulos y traducciones. Ese desfase siempre se ha podido salvar, si no completamente, sí al menos de modo suficientemente satisfactorio, con las revistas especializadas que hemos mencionado, cuya periodicidad permite minimizar el escollo que presentan las novedades en forma de reseñas, recopilaciones temáticas, informes o estados de la cuestión para un tema o periodo determinados. A esto hay que sumar las ventajas que ofrecen las grandes bases de datos en línea o el cómodo acceso a bibliotecas de cualquier parte del mundo a través de los catálogos automatizados de acceso público en línea u OPAC (Online Public Access Catalog).

Pudiera parecer, a tenor de lo dicho, que el devenir no solo de los estudios sobre el Mundo Clásico, sino también de las herramientas para acceder a la información, ha convertido en superfluos, innecesarios o, incluso, inútiles los intentos de recoger la producción de nuestros estudiosos. Aun así, y en el firme convencimiento de que es absolutamente necesario para el investigador documentarse sobre el asunto que va a tratar, y que esa documentación se adquiere básicamente a través de la bibliografía, se demuestra que la propia bibliografía ha devenido en “fuente”. TEMPVS. Revista de actualización científica del Mundo Clásico en España, desde el número 33 correspondiente al año 2013 en adelante, con periodicidad semestral, se ha centrado en la recogida y clasificación analítica de los libros y artículos publicados sobre nuestras materias en España, ampliando además las fronteras del original enfoque hacia el Mundo Antiguo tanto cronológica como temáticamente, de modo que ahora también atiende a la Edad Media, el Renacimiento e, incluso, llega hasta nuestros días, con una atención destacada a las traducciones. Pues bien, coincidiendo con los diez primeros años de esta segunda etapa (33 [2013] a 52 [2022]), los autores del presente trabajo han publicado, como Anejo nº 6 de la revista, el volumen Una década de bibliografía sobre el Mundo Clásico en España (2013-2022) (Madrid 2023), que, más allá de recoger de manera estructurada la bibliografía, pretende ayudar al investigador con la ordenación de la producción científica para que la gran masa bibliográfica no se convierta en una selva de imposible acceso. Pues bien, la preparación de ese volumen nos permitió constatar cuáles son las tendencias de los estudios sobre el Mundo Clásico en nuestro país a lo largo de estos años, y cuál es la situación actual. Tolle numeros et omnia pereunt dejó escrito en las Etimologías (3,4,4) el gran santo de Sevilla, Isidoro, y ahora más que nunca parece que se ha hecho realidad. Toda nuestra vida está sometida al imperio de los números: IPC, inflación, encuestas, estadísticas, etc. Hay nuevos grados universitarios sobre Big Data, hay empresas que venden los datos y hay otros, por el contrario, que los roban. Sí, toda nuestra vida se puede reducir a un cúmulo mayor o menor de datos. Pocas profesiones parecen tener más futuro que los analistas de datos. Pero ¿en qué consiste analizar datos? Nos atreveríamos a decir, desde el punto de vista de nuestra formación humanística, que, básicamente, el análisis de datos no es más que una forma de traducción o de interpretación: pasar de una realidad numérica a una lingüística, es decir, pasar del número a la conclusión, “traducirlos” a palabras para comprenderlos, una suerte de traslación intersemiótica. Y, si bien es importante la obtención de los datos, puesto que, de lo contrario, cualquier conclusión será falsa, creemos que lo es más ese proceso tan humano (por el momento) de la interpretación.

Pues bien, nada más y nada menos es lo que pretendemos hacer en este trabajo, analizar los datos sobre traducciones de clásicos griegos y latinos entre 2012 y 2025 y extraer unas mínimas conclusiones. Ahora bien, vaya por delante que estos datos no son ni mucho menos absolutos y, en consecuencia, las conclusiones tampoco lo serán, pero sí, al menos, nos servirán para saber cuáles son las tendencias en el ámbito de la traducción de la literatura grecolatina. Hemos recogido un total de 530 títulos.
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2. ¿Cómo encaja la traducción en este maremágnum de información?
Antes de analizar los datos extraídos, y antes de dar respuesta a la pregunta que planteamos, permítasenos plantear otra pregunta que amplía el foco y sale del estricto coto de estudiantes y especialistas al de los lectores en general: ¿Cómo hemos llegado a la situación marginal en la que se encuentra la lectura en traducción de la literatura clásica grecolatina? Centrémonos en la literatura latina, la que traducimos nosotros. ¿Solo por el hecho de ser una lengua de corpus, “muerta”? Entendemos por corpus lingüístico un conjunto amplio y estructurado de ejemplos reales de uso de la lengua, y por lengua de corpus aquella que no tiene hablantes nativos cuando ha dejado algún tipo de testimonio en un soporte perdurable, generalmente documentos escritos, que puede estudiarse. Según estas premisas, el latín es una lengua de corpus (que no una lengua muerta, como se le ha venido denominando durante décadas). Desde el punto de vista de la traducción, el hecho de contar exclusivamente con las versiones escritas (con el problema añadido de las sucesivas copias manuscritas a lo largo de los siglos), unido ello a la ausencia de “hablantes”, implica ciertas dificultades que, según Agustín Ramos Guerreira[9], se pueden resumir en tres:
- Productividad: el corpus escrito no da cuenta de qué reglas lingüísticas de las que podemos inferir a partir de él eran más productivas o de si eran las únicas.
- Gramaticalidad: las diferencias gramaticales que pueden apreciarse entre unos autores y otros no pueden ser resueltas, como en una lengua hablada, mediante el recurso a hablante nativo. Esto implica diferencias a la hora de analizar los testimonios del latín frente a otras lenguas habladas.
- Adecuación del corpus: el corpus conservado no ha sido seleccionado por la historia con el fin de dar datos y satisfacción a los lingüistas o a los traductores, es decir, no es previamente adecuado al resultado que de él se pretende extraer.
Para empezar, los textos conservados de la lengua latina han llegado hasta nosotros en una forma que debe mucho a las veleidades de la tradición manuscrita y al propio azar. Desde el punto de vista de la traducción, las fronteras existentes entre la aceptabilidad y la gramaticalidad, discutibles en una lengua hablada, desaparecen en una lengua de corpus: todo lo atestiguado se supone aceptable y todo lo aceptable debe ser, en principio, considerado gramatical. En el análisis lingüístico y en la traducción de este tipo de lenguas la dificultad principal estriba, pues, en la ausencia de hablantes nativos que permitan el contraste. El hecho aparentemente banal de que el latín dejara de llamarse así y tomara nuevos nombres tiene que ver no con el cambio lingüístico, al que están sujetas todas las lenguas, que son intrínsecamente inestables, sino con el “cambio metalingüístico”, esto es, el que se produce en la consideración que los propios hablantes tienen de su lengua, entre los que se incluye el nombre que le dan. En el caso de las lenguas romances la nueva denominación surgió tras la existencia de una lengua escrita y, en buena medida, como forma de distinción, y oposición, a la lengua oficial de la Iglesia, es decir, a la forma de latín escrito de la época. Y esto nos importa porque implica que, desde muy pronto, el latín se vio como algo “distinto” y, sobre todo, “escrito”.
Pero, en nuestra opinión, la gran diferencia (sobre todo para lo que nos atañe como traductores) es la que se establece entre una lengua latina que fue durante mucho tiempo y con tal nombre una lengua natural, y un “latín artificial”, código de cultura cuya creación y transmisión nada tiene que ver con los procesos que manifiestan las lenguas naturales, que se alejó y diferenció del registro oral desde el mismo inicio de la literatura latina y que es, precisamente, el latín al que los traductores nos enfrentamos. Y esta separación afecta tanto a la visión diacrónica como a la sincrónica y tiene una repercusión enorme a nivel epistemológico, porque no se puede analizar la evolución de la lengua latina de los orígenes al final de la Antigüedad, por ejemplo, en los mismos términos que la que va desde el final de la Antigüedad a los humanistas. Es verdad que todos, los clásicos y los humanistas, cuentan con un soporte común en lo que a lengua se refiere, pero los humanistas estudian la gramática e imitan por escrito una lengua de la que no hay hablantes (más allá de los encuentros en los que el latín era la lingua franca) y de la que solo cuentan con un corpus de datos escritos. El único fin de estos autores es mantener y modificar de acuerdo con sus concepciones estéticas y con su sentido de lo clásico un código lingüístico artificial para comunicarse con gente a la que el aprendizaje de dicha lengua le viene dado por la misma vía: una lengua aprendida sobre los textos. Y sus textos, que también están en latín, tienen, obviamente, unas características diferentes a las de sus modelos, porque ellos no hablan latín.
Hay una cuestión previa al acto mismo de la traducción: ¿qué traducir de las lenguas y literaturas minoritarias? En el caso de las modernas se opta por las obras avaladas por la crítica y los lectores del país de origen o por los galardones recibidos, en el caso del latín se opta por los “clásicos” o, mejor, por el canon establecido en cada momento, que ha variado sensiblemente a lo largo de los siglos. A partir de la Edad Media el ejercicio de la traducción es omnipresente, y más aún con la llegada del Humanismo, en cuyo primer momento no se distinguía traducción de imitación y la traducción se consideraba un género literario más: era recreación y pura imitación de los grandes y permanentes modelos artísticos y literarios de la Antigüedad clásica, una “escuela de estilo” que no coincidía con nuestro concepto de traducción. Con el correr de los siglos se ha seguido traduciendo latín, pero la motivación y los destinatarios han ido variando. El latín y su literatura cada día se encontraban más lejos de los hablantes de las lenguas románicas, hasta el punto de convertirse en algo que “había que estudiar”, y de manera paralela la traducción también fue cambiando y ajustándose a la estética de cada momento, hasta el punto de que en el siglo XX se acabó convirtiendo, casi de manera imperceptible, en un “ejercicio” para aprender latín siendo las traducciones una ayuda en ese aprendizaje.
¿Quiénes son hoy los traductores de latín y para quién traducen literatura latina? Las editoriales que editan estas traducciones (Alianza, Akal, Cátedra o la Biblioteca Clásica Gredos, que era la que tenía el proyecto más ambicioso) publican básicamente textos susceptibles de ser utilizados en las facultades de Filología, esto es, piensan básicamente en un público de estudiantes, por más que ello no sea óbice para que pueda llegar a lectores curiosos. Por otro lado, la nómina de traductores está formada, principalmente, por profesores universitarios de Filología Latina, que saben latín, sí, pero que no tienen necesariamente asumido su rol de creadores y que generalmente no se han parado a reflexionar sobre los problemas teóricos de la traducción y a construir una mínima poética normativa. ¿Qué queremos decir con esto? Que, salvo honrosas excepciones como algún título en Hiperión, por ejemplo, o el proyecto de Guillermo Escolar Editor y su colección “Los Secretos de Diotima”, no se traduce pensando en un público general, hecho que ha marginado a la literatura latina. ¿Por qué hay que partir del principio de que cualquiera que sepa latín puede hacer traducción literaria? ¿Acaso damos por sentado que cualquiera que hable alemán, por ejemplo, puede traducir a Hölderlin o Goethe? En nuestra opinión, esta circunstancia también ha contribuido a lastrar la literatura latina.
Hoy el latín se estudia no para imitarlo o hablarlo en determinados foros, como ocurría en el Renacimiento, sino básicamente para entender y traducir las obras escritas en esa lengua. Pero nada impide que podamos, y debamos, traducirlo como si se tratara de una literatura que hoy puede tener su público y que puede interesar al lector ajeno a las aulas universitarias de Filología. La diferencia con las lenguas modernas es que no se estudian solo, ni siquiera principalmente, para leer o traducir las obras escritas en ellas. Se estudian también, y sobre todo, para entender a sus hablantes y para poder expresarse en ellas oralmente y por escrito. Los latinistas, en cambio, no pretendemos hablar en latín (aunque los haya que sí lo hacen) y desarrollamos básicamente la competencia lingüística pasiva, pero no la activa. En todo caso, la traducción evidencia que, más allá de la obviedad de que existen lenguas diferentes, y pese a las diferencias idiomáticas, el sujeto hablante es prácticamente el mismo: en pensamiento, en pasiones, en anhelos. Esto es lo que hay que conseguir con la traducción de la literatura latina, que no se sienta como algo “ajeno”, “raro”, solo para especialistas. Hay que conseguir que pueda leerse como Literatura, sin más y en mayúscula, y despertar emociones. ¿Cómo no emocionarse con Dido abandonada por Eneas en la Eneida? ¿Cómo no turbarse con la Medea de Séneca? ¿Y con la invitación a vivir el momento de Horacio?
El proceso comunicativo que supone toda traducción no es recíproco con los textos clásicos. No se trata de una discusión, de una búsqueda en común, de un diálogo. No es stricto sensu un diálogo: uno habla; el otro escucha, y repite. Nos separa el tiempo y el espacio, la historia, la lengua, la cultura… y es verdad que es difícil sentirse “contemporáneo” de esos textos, pero eso no puede, ni debe, condicionar y encorsetar su traducción. Todo es muy fácil: se trata de que el lector aprenda a escucharlos y a recontextualizarlos (que no actualizarlos). El hecho es que los estudiantes son los principales consumidores de literatura latina en traducción, razón por la cual las traducciones que se publican, por parte principalmente de profesores, no lo olvidemos, se anotan, se comentan, se acompañan de amplios estudios introductorios y un enorme aparato erudito, hasta el punto de estar alejadísimas de lo que un lector estándar espera de una obra literaria. Permítasenos volver a decirlo así: son libros que al lector no especializado se le caen de las manos. Lo cierto es que las traducciones de literatura latina parecen todas ellas destinadas a conocedores de la cultura latina (¡hay traducciones en las que se pueden contar los ablativos absolutos o los cum históricos!), o al menos a personas con un cierto interés. Escasean las traducciones pensadas para un lector de literatura. Podemos llegar a entender y, hasta estar de acuerdo, que las versiones destinadas a un lector modelo universitario se hagan con un método filológico en el que el original se convierte en objeto de estudio y la traducción no es más que algo accesorio, sin duda inferior, solo un medio más para poder interpretarlo. Ahora bien, ¿por qué las traducciones de colecciones generalistas destinadas a un lector medio siguen también este método en su práctica totalidad? Frente a los traductores de lenguas modernas, los latinistas y helenistas adolecemos de un respeto sacrosanto por nuestro original y tendemos a dejar que ese original se vea y se palpe, si se nos permite la expresión, en la traducción. Es lo que G. Toury[10] llamaba la ley de la interferencia, es decir, aquellas características del texto traducido que se deben a la influencia que sobre este ha ejercicio el texto original. En el método filológico se produce de forma consciente e intencionada, pero en otros métodos de traducción, como el interpretativo-comunicativo, que es el que debería regir en las traducciones generalistas, esta influencia se produce de manera inconsciente, provocada por la mayor cercanía al texto original a la que solemos tender latinistas y helenistas, quizás porque nuestro método de trabajo está más próximo a lo que Jerónimo entendió (falsamente) como traducción uerbum de uerbo. Pocas son las ocasiones en las que el traductor de textos clásicos opera en su mente un proceso total de “desverbalización” y posterior recodificación que le obligue a dar una versión gramaticalmente alejada de su reverenciado original. Cuántas veces olvidamos que la traducción es un acto, además de interpretativo, sobre todo comunicativo y, por ello, como decíamos, se pueden contar en las traducciones españolas los cum históricos o los ablativos / genitivos absolutos. Ahora bien, según Toury la interferencia no es nunca absoluta, sino que puede fluctuar. Por un lado, mientras mayor es la experiencia del traductor, menor será el influjo de la lengua de partida. Basta leer las traducciones que hacen los estudiantes noveles de latín y griego para darse cuenta de que esta afirmación alcanza la categoría de axioma. Sin embargo, los factores que más afectan a los traductores de textos del mundo antiguo son dos: por un lado, el mayor prestigio de la lengua de salida y, por otro, el mayor prestigio del propio original. En efecto, tradicionalmente el latín ha sido considerado como la regina linguarum y ya decía Cicerón que no es tan honroso saber latín como indecoroso no saberlo (non enim tam praeclarum est scire Latine quam turpe nescire [Brutus 140]). La propia denominación de las lenguas modernas como “vernáculas”, término procedente del sustantivo latino uerna (esclavo), describe a la perfección la idea de “lenguas sometidas” o “vasallas”. Pero no acaba ahí la cosa, porque no será lo mismo traducir un autor latino medieval desconocido, donde quizás el traductor sí se permita una recodificación más profunda, que traducir a Virgilio o a Cicerón, donde la interferencia será mayor, porque el respeto por la autoridad del texto hará que el traductor, inconscientemente, calque las estructuras del texto original en todos los niveles, pero en especial en la sintaxis, hasta llevar al límite de lo permitido las costuras del español. Y es así, en nuestra inconsciencia, como hemos creado una lengua de traducción, eso que los teóricos llaman en inglés translatese o translationese y en italiano traduttese. Es cierto que no hay acuerdo unánime sobre la existencia de este fenómeno, y queda mucho por estudiar, y más en lenguas clásicas, pero diversos estudios sostienen que las traducciones de una determinada lengua comparten ciertas características que no presentan los textos originales[11]. Algunos teóricos prefieren llamarlo “tercer código”, porque no es la lengua de salida ni la de llegada sino una tercera variante que, realmente, no existe fuera de las traducciones[12].
En el caso de los emparejamientos latín / griego – castellano es posible encontrar formas verbales completamente en desuso en la lengua hablada como el pretérito anterior (una vez que hubo expuesto … / Y una vez hubo conocido … / Cuando todo hubo terminado …), calcos morfosintácticos, además de los ejemplos anteriores que hacen visible un cum histórico, en el uso de participios de pasado al inicio de periodo que responden a ablativos / genitivos absolutos (Hechizado por… / Agotada ya … / Animados por …), pero también en otras construcciones que son “transparentes” (tras estas palabras, de modo no desagradable…); asimismo, la frecuencia de la voz pasiva es mayor que en castellano estándar (… acababan de ser derrotados los pueblos enemigos… / había sido abandonado … / había sido enviado … / les había sido arrebatado … / había sido entregada… ). La conclusión es que las traducciones de griego o de latín al castellano se parecen mucho más entre ellas que a un español literario original, porque presentan una serie de características que ya no están presentes en la lengua actual, aunque sí lo estuvieron cuando el castellano aumentaba gracias a los calcos de traducción de las lenguas clásicas. Y es que, no lo olvidemos, la práctica totalidad de las lenguas se ha enriquecido mediante el fenómeno del acto traslaticio en todas sus variantes (traducción, versión, adaptación, paráfrasis, etc.).
Ahora bien, no queremos decir, ni mucho menos, que estas traducciones sean incorrectas, que no lo son, pero sí debemos plantearnos, como hace la crítica desde finales del siglo XX con las lenguas modernas, si estas traducciones pueden integrarse en su hábitat natural, el mercado editorial contemporáneo, y sobrevivir. La cuestión, por tanto, es si el lector modelo de estas traducciones generalistas acepta este tercer código que percibe como una variante diferente a la suya. En vista de las múltiples ediciones y reediciones de clásicos que vamos a explicar a continuación, creemos que sí la acepta, pero, quizás, porque sabe que lo que tiene entre manos no es más que la versión de un texto considerado habitualmente superior.
Hemos partido de la situación marginal de la literatura latina, del escaso interés de los lectores hacia sus obras y hemos querido mostrar algunas de las razones que en nuestra opinión nos han llevado a tal situación. El hecho de que el latín sea una lengua de corpus, unido a la utilización didáctica de la traducción en su enseñanza y al hecho de que los traductores sean en su mayoría profesores de Filología Latina, que no asumen el rol de creadores, o recreadores, de literatura, sino que elaboran traducciones para alumnos de latín, han condicionado el desarrollo y expansión de la literatura latina en traducción y le han restado interés y atractivo ante los lectores. La literatura latina clásica parece un simple resto de un pasado glorioso, unas “ruinas”, la gran lección del mundo antiguo de que nada dura para siempre. No obstante, tal vez no esté de más recordar a Benedetti (2008: 137), que decía: «Algo escondido / tendrán las ruinas para / que las admiren» [13].
Pues bien, busquémoslo.
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3. ¿Hacia dónde va la traducción de autores clásicos en España?
En la sección “Novedades bibliográficas españolas” del mencionado Anejo manejábamos nada menos que 1466 títulos de monografías en estos últimos diez años de la Filología Clásica y Mundo Antiguo en general. Dentro de la Filología Clásica pudimos constatar que los estudios sobre lengua y literatura latina eran mayoritarios (337 referencias) frente a los de griego (218). El dato parecía previsible, creemos, por varias causas. En primer lugar, porque el número de profesores de latín, tanto en Enseñanzas Medias como en Universidad, es mayor que el de griego y, segundo, porque el campo de la Filología Latina se extiende a toda la Edad Media y al Humanismo, épocas en las que la producción conservada de textos latinos supera, con mucho, a la de época clásica, lo que implica que el campo de estudio se multiplique exponencialmente. Además, el reconocimiento cada vez mayor de la existencia del Humanismo en Castilla está haciendo que aumenten los estudios y las ediciones críticas. Pero no está menos en boga el italiano, como refleja el especial interés editorial por Petrarca, el “padre” del Humanismo. La editorial Acantilado ha editado, en versión de F. Socas y con introducción de U. Dotti y A. Pancheri, el Epistolario completo (Barcelona 2023) en cuatro volúmenes, y ha reeditado la antología del De remediis utriusque Fortune en traducción de J. M. Micó titulada Remedios para la vida (Barcelona 2023), que ya había sido publicada en Editorial Península en 1999 con el título de Remedios contra la buena y la mala suerte (Barcelona 1999); por otra parte, en “Los Secretos de Diotima” ha aparecido también una breve antología en dos pequeños volúmenes con los sugerentes títulos de Remedios para la felicidad (Madrid 2023) y Remedios para la desdicha (Madrid 2023), en traducción de J. M. Ruiz Vila, que se corresponden respectivamente con los libros I y II de De remediis. Por la parte contraria, los estudios sobre Bizancio en nuestro país, a pesar de contar con grandes especialistas, no están demasiado difundidos, lo que conlleva un menor número de publicaciones. Con todo, la editorial Rhemata acaba de incluir en su catálogo varios títulos de autores bizantinos en edición bilingüe: Eustacio Macrembolita, La novela de Hismene e Hisminias, una historia de amor y aventuras vertida por A. Illgen (Reus 2025) y Breve relato sobre la última conquista de Tesalónica de Juan Anagnosta, traducido por Juan Merino (Reus 2025).
Pero ¿cuál es la situación real de las traducciones de clásicos de la Antigüedad? A priori, según los datos ofrecidos por el Ministerio de Cultura y Deporte, estaríamos ante la misma circunstancia, pero conviene que analicemos bien los datos. Según recoge el Ministerio, las traducciones de latín superan, y en algunos casos hasta duplican, a las de griego. Así, por ejemplo, en el año 2024, último recogido, las traducciones del latín al español alcanzaron los 76 títulos, mientras que las de griego se quedaron en 28. Si observamos la Figura 1, “Traducciones de autores clásicos”, podría parecer que hay contradicción, porque, además de un número menor, la tendencia es que se traduce más del griego. A pesar de esa aparente contradicción, en los datos que presentamos nosotros incluimos estrictamente autores de la Antigüedad, dejando fuera, por tanto, Edad Media y Bizancio así como Humanismo latino; además, salvo excepción, no incluimos las reediciones, por cierto numerosísimas, pues tanto Gredos, con su Nueva Biblioteca Clásica, o Alianza en su Colección Bolsillo y últimamente Akal están anunciando como novedades antiguas traducciones; tal es el caso, por ejemplo, de Las confesiones de san Agustín, vertidas por O. García de la Fuente (Akal, 2022) cuya primera edición data de 1986 o La adivinación. El destino. Timeo de Cicerón, traducidos por Á. Escobar (Alianza 2023), que habían aparecido en la ya extinta Biblioteca Clásica Gredos (1999), y los también ciceronianos Sobre la amistad. Sobre la vejez en versión de E. Torrego (2024), en el mercado desde 2013.

Figura 1: Traducciones de autores clásicos al castellano en los últimos años
Volviendo al cuadro, en términos generales se observa una clara disminución en el número de publicaciones con el paso de los años, de donde podemos deducir que, por desgracia, el panorama editorial español se está reduciendo en este ámbito concreto. En realidad, estos números no hacen sino confirmar lo que ya se intuía por la desaparición o hibernación de muchas colecciones de clásicos grecolatinos como la mencionada Biblioteca Clásica Gredos; otras siguen vivas, pero con un ritmo de publicación muy lento; por ejemplo, Akal, en su colección “Clásica”, que cuenta con 102 títulos, desde 2023 ha reeditado la Biblioteca mitológica de Apolodoro (2023), mientras que ha publicado apenas cuatro novedades: Antigüedades judías de F. Josefo, en versión de J. Vara Donado (2024), Historias de Persia de Ctesias de Cnido, en traducción, la primera al castellano, de M. García Sánchez y C. Sánchez-Mañas (2025), Anales de Tácito, de B. Antón (2025) y La consolación de la filosofía de Boecio en versión de L. Pérez Gómez (2025); peor situación vive, dentro de la misma Akal, la colección “Clásicos medievales y renacentistas”, cuya última publicación, el Amor cortés de Andreas Capellanus en versión de E. Montero Cartelle, data de 2020.

Por su parte, la colección Letras Universales de la editorial Cátedra no publica un solo título clásico desde la Historia Augusta de Javier Velaza, en 2022. Los Clásicos de Bolsillo de Alianza Editorial, que se ha limitado en los últimos años a reeditar textos, como decíamos, parece que quieren resurgir con algún título nuevo como Los deberes de Cicerón en versión de E. Torrego (2023), que sustituye a la benemérita de J. Guillén, en venta desde nada menos que 1989.
Y si hacemos referencia a textos no destinados a un público genérico, sino especializado, como es la colección Alma Mater del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, la situación no es mucho más halagüeña. En 2025 han publicado tres títulos, todos ellos disponibles gratuitamente en formato PDF, de los cuales, dos son reediciones: Panegírico de Trajano, de R. Moreno Soldevila y el platónico Timeo de R. Serrano y M. Díaz de Cerio; la novedad la representa la versión de la aristotélica Ética Nicomáquea de J.M. García Valverde. En 2024 vieron la luz cinco títulos, pero solo dos novedades: Anábasis de Jenofonte en traducción de A. Ramírez de Verger y los Epodos de Horacio traducidos por L. Rivero, J.A. Estévez Sola y A. Ramírez de Verger; las reediciones fueron Los acueductos de Roma de Frontino, editados y traducidos por T. González Rolán (1ª edición de 1985), los tres primeros libros de la Eneida de Virgilio en versión de L. Rivero, J.A. Estévez Sola, M. Librán y A. Ramírez de Verger (2ª reimpresión de la 1ª edición de 2019) y las Poesías de Catulo en versión de M. Dolç (4ª reimpresión de la 1ª edición de 1963), aquella que ponía en boca del poeta veronés eso de “Yo os daré pruebas de mis completas facultades viriles” para el primer verso del poema xvi, Pedicabo ego vos et irrumabo, acompañado de la nota donde explicaba la atenuación de su interpretación. Prueba evidente de que los originales no envejecen, pero las traducciones son todas hijas de su tiempo y, si se nos permite así decirlo, tienen “fecha de caducidad”.

Parece iluminar este sombrío panorama la colección “Los Secretos de Diotima”, de Guillermo Escolar Editor, que acaba de alcanzar los cincuenta títulos, la mayoría clásicos, en especial latinos, con títulos como Sobre la felicidad, Sobre la muerte del hermano (Consolación a Polibio), Sobre la entereza del sabio o Sobre la clemencia, de Séneca y en traducción de A. López Fonseca, o los ciceronianos Sobre el desprecio de la muerte, Sobre el dolor, Sobre la aflicción, Sobre la vida feliz, (libros I, II, III y V, respectivamente, de las Tusculanas), Sobre lo útil (libro II del De officiis), Sobre la amistad y Sobre la vejez, en versión de A. López Fonseca, o las biografías de Calígula y Nerón de Suetonio, traducidas por I. López Martín, Las confesiones de san Agustín en Errores de juventud (Libros I-III), La búsqueda de la verdad (IV-VI), Camino de conversión (VI-IX), Sobre la memoria (X), Sobre el tiempo (XI), traducidos por J. M. Ruiz Vila, o los tratados Sobre la viudez, Sobre la felicidad, Sobre el mal y Sobre la mentira del mismo santo y obispo de Hipona, en versión de I. López Martín.

Figura 2: Número de traducciones totales de clásicos grecolatinos desde 2012 hasta 2025
España tradicionalmente ha sido, y es, un país de traductores: no en vano Lawrence (1990: 222) calificó nuestro humanismo del siglo XV como un “humanismo vernáculo”, puesto que el desconocimiento del latín por parte de las elites gobernantes exigía la versión al castellano de los clásicos latinos. Por no hablar de la teoría de la traducción, en la que destacó el obispo de Ávila Alfonso Fernández de Madrigal, El Tostado, o de las diatribas traductológicas del también obispo Alfonso de Cartagena con el italiano Leonardo Bruni. Sin duda, la ignorancia del latín contribuyó a este hecho, pero no es menos cierto que también fue decisiva la pujanza del romance castellano que parecía mucho más preparado para acoger en sus moldes la sintaxis grecolatina que otros romances de la época. Por ejemplo, en Italia, la fortaleza del latín humanístico retrasó en un siglo la cuestión “de las lenguas”, es decir, el debate sobre si el romance estaba preparado o no para ser vehículo de transmisión de la literatura y cultura.
Pero, por volver al presente, según los datos del Index Translationum de la UNESCO, ocupamos, a fecha de 2019, el segundo lugar a nivel mundial por número de traducciones:
|
1 |
Alemania |
269 724 |
|
2 |
España |
232 853 |
|
3 |
Francia |
198 574 |
|
4 |
Japón |
130 496 |
|
5 |
URSS (hasta 1991) |
92 734 |
Tabla 1: Los 5 países con mayor número de traducciones. Fuente: Index translationum (UNESCO).
Y si nos fijamos en las lenguas objeto de nuestro estudio, podremos comprobar cómo el latín ocupa la décima posición, mientras el griego clásico la decimosegunda, muy por delante de lenguas habladas por millones de personas:
|
1 |
Inglés |
1 266 110 |
|
2 |
Francés |
226 123 |
|
3 |
Alemán |
208 240 |
|
4 |
Ruso |
103 624 |
|
5 |
Italiano |
69 555 |
|
6 |
Español |
54 588 |
|
7 |
Sueco |
39 984 |
|
8 |
Japonés |
29 246 |
|
9 |
Danés |
21 252 |
|
10 |
Latín |
19 972 |
|
11 |
Holandés |
19 667 |
|
12 |
Griego Clásico |
18 077 |
Tabla 2: Las 12 lenguas más traducidas en el mundo. Fuente: Index translationum (UNESCO).
Si nos ceñimos a nuestro país, los datos no son en absoluto negativos, puesto que el Latín (en todas sus épocas) está dentro del top 10 de lenguas traducidas en 2024 según los últimos datos del ISBN que ofrece el Ministerio de Cultura, mientras que el griego ocupa la decimocuarta posición, aunque las fuentes oficiales no aclaran si bajo esta denominación genérica se incluye tanto el clásico como el moderno:
|
1 |
Inglés |
4 882 |
|
2 |
Francés |
1 223 |
|
3 |
Japonés |
629 |
|
4 |
Italiano |
475 |
|
5 |
Alemán |
447 |
|
6 |
Catalán |
205 |
|
7 |
Latín |
76 |
|
8 |
Ruso |
71 |
|
9 |
Portugués |
66 |
|
10 |
Euskera |
47 |
|
11 |
Gallego |
42 |
|
12 |
Árabe |
32 |
|
13 |
Neerlandés |
29 |
|
14 |
Griego |
28 |
Tabla 3: Las lenguas con más traducciones al castellano en España en 2024 en soporte papel. Fuente: Ministerio de Cultura.
En la Figura 4 podemos ver cuáles han sido los autores clásicos más traducidos al castellano en España desde el 2012 hasta el 2025, que no son necesariamente los más estudiados. Según nuestros datos del Anejo hasta 2023 los hijos predilectos de la Filología eran Ovidio, Homero, Virgilio, Eurípides, Platón, Séneca, Aristófanes, Cicerón, Esquilo, Horacio, Aristóteles, Sófocles, Plauto, Plutarco y Catulo. Vemos, pues, que Ovidio, Homero, Virgilio y Eurípides son los autores clásicos que más le interesan a la Filología, pero no son, por el contrario, los autores más traducidos. ¿Quiere esto decir que el mundo académico y el editorial van por derroteros diferentes? Es probable, porque no son los únicos. Destacan también por la abultada diferencia Esquilo, Horacio, Plauto o Catulo. Las excepciones son Platón y Cicerón, autores en los que hay, grosso modo, coincidencia entre artículos y traducciones. Parece, a juzgar por los datos, que la sociedad contemporánea española, tan denostada muchas veces por su bajo nivel cultural, tiene hambre de filosofía, porque los cinco primeros autores del gráfico son filósofos, desde Platón hasta san Agustín. Y, por si este dato fuera poco revelador, los cinco siguientes escriben en verso, de Homero a Sófocles. En la siguiente posición encontramos, de nuevo, a otro filósofo, Marco Aurelio, de cuyas meditaciones se pueden encontrar hasta seis versiones diferentes en el mercado editorial.

Figura 4: Autores clásicos más traducidos en España desde 2012 a 2025. Elaboración propia.
No obstante, si comparamos los datos de los autores latinos traducidos en España con los del resto del mundo, comprobamos que estamos perfectamente alineados con los gustos editoriales de otros países porque, según el Index Translationum (datos hasta 2012), también son tres filósofos los primeros y en el mismo orden[14]:
|
2 |
Agustín |
807 |
|
3 |
Cicerón |
701 |
|
4 |
Séneca |
581 |
|
5 |
Ovidio |
518 |
|
6 |
Virgilio |
475 |
|
7 |
Tomás de Aquino |
469 |
|
8 |
Erasmo de Róterdam |
301 |
|
9 |
Tomás de Kempis |
248 |
|
10 |
Plauto |
234 |
Tabla 5: Los 10 autores latinos más traducidos. Fuente: Index translationum (UNESCO).

Figura 5: Autores latinos más traducidos en España de 2012 a 2025. Elaboración propia.
Por lo que respecta a los griegos, Platón, Aristóteles y Homero encabezan la lista (Figura 6). Los dramaturgos parecen tener asimismo un éxito importante, puesto que Sófocles, Eurípides y Aristófanes forman parte del top 10 español, así como Plauto entre los latinos (pero Terencio, a juzgar por las escasas traducciones, apenas 2 en todos estos años, parece tan poco atractivo al público español como lo fue entre sus propios contemporáneos).
Figura 6: Autores griegos más traducidos en España de 2012 a 2025. Elaboración propia.
Hemos incluido en la tabla de forma deliberada los textos bíblicos que también despiertan últimamente el interés del lector, sea especializado, sea generalista. Además de ediciones bilingües de los cuatro evangelios (J. L. Calvo [ed.], Los cuatro evangelios. Edición bilingüe, Madrid, Trotta, 2022) ha visto la luz también una cuidada edición bilingüe del Apocalipsis en la editorial Abada, profusamente anotada y con 26 ilustraciones originales del taller de Lucas Cranach (P. Lanceros [ed.], Apocalipsis o Libro de la Revelación, Madrid, Abada, 20180) y algunos apócrifos del Nuevo Testamento (A. Piñero Sáenz & G. Cerro Calderón [eds.], Hechos apócrifos de los apóstoles, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2013). En estos años ha concluido asimismo el ingente proyecto de Natalio Fernández Marcos y Victoria Spottorno-Díaz Caro de traducción de la Biblia griega Septuaginta con la aparición de los dos últimos volúmenes (III. Libros poéticos y sapienciales, 2013 y IV. Libros proféticos, 2015).
No creemos que sea casualidad, pero entre los autores griegos la coincidencia con la clasificación internacional del Index Translationum es prácticamente total: los cinco primeros autores son los mismos, con la pequeña salvedad de que Homero está en segunda posición y no en tercera:
|
1 |
Platón |
1 471 |
|
2 |
Homero |
1 214 |
|
3 |
Aristóteles |
949 |
|
4 |
Sófocles |
702 |
|
5 |
Eurípides |
617 |
|
6 |
Esopo |
511 |
|
7 |
Esquilo |
387 |
|
8 |
Plutarco |
311 |
|
9 |
Aristófanes |
286 |
|
10 |
Jenofonte |
196 |
Tabla 6: Los 10 autores griegos más traducidos en el mundo. Fuente: Index translationum (UNESCO).
En conclusión, el panorama de las traducciones de clásicos grecolatinos en España revela una tradición sólida, iniciada ya en el siglo XIII, aunque marcada por momentos de desigual intensidad. El análisis cuantitativo que presentamos, que no es, ni mucho menos, exhaustivo, nos permite constatar al menos que hay un interés sostenido en la sociedad por el Mundo Clásico en traducción, pero también la necesidad de seguir impulsando traducciones que miren a un lector modelo de cultura media, que parece ser el principal destinatario de esta literatura, aunque, no obstante, sin abandonar las ediciones bilingües para el público especializado. En conjunto, y a pesar de la crisis de nuestras disciplinas en los planes de estudio de la Enseñanza Media, el número y la calidad de las traducciones españolas muestran un diálogo fructífero entre el pasado clásico y la sociedad contemporánea, que no quiere perder la conexión con su pasado, por más que lo intenten algunos, sino poder encontrar alivio a sus inquietudes volviendo su mirada simul ante retroque, como decía Petrarca.
Bibliografía
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J. Fernández Sánchez, Historia de la bibliografía en España, Madrid, El Museo Universal, 1989.
W. Flawley, Translation: Literary, Linguistic and Philosophical Perspectives, Newark (NJ), Delaware U.P., 1984, pp. 159-175.
A. López Fonseca, “Aproximación a la problemática de la traducción de una lengua de corpus: el caso de la literatura latina”, Vasos comunicantes, 48-49 (2018), pp. 115-122.
A. López Fonseca, “Bibliografía y fuentes de información: Filología Latina y Mundo Clásico (o de cómo vadear el torrente bibliográfico)”, TEMPVS, 24 (2000), pp. 5-42.
A. López Fonseca, J. M. Ruiz Vila & I. López Martín, “Tendencias y perspectivas en la investigación sobre el Mundo Clásico en España”, TEMPVS, 53 (2023), pp. 7-30.
M. Menéndez Pelayo, Bibliografía hispano-latina clásica, ed. E. Sánchez Reyes, Santander, CSIC, 1950-1953, 10 vols.
A. Millares Carlo, “Apuntes para una bibliografía de los Estudios Clásicos en España y América Latina (1955-1961)”, Anuario de Filología de la Facultad de Humanidades y Educación, Maracaibo 1962, pp. 173-307.
S. Ondelli, L’italiano delle traduzioni, Roma, Carrocci editore, 2020.
J. Ortega y Gasset, Misión de la Universidad, pról. V. Ortega, Madrid, Fundación Universidad-Empresa, 1988.
A. Ramos Guerreira, “El estatuto lingüístico del corpus latino: algunas precisiones”, en A. Agud, J. A. Fernández Delgado & A. Ramos Guerreira (eds.), Las lenguas de corpus y sus problemas lingüísticos, Madrid-Salamanca, Ediciones Clásicas-Universidad de Salamanca, 1996, pp. 35-52.
G. Toury, Translation Studies and Beyond, Amsterdam – Philadelphia, John Benjamins Publishing, 1995.
G. Zaid, Los demasiados libros, Barcelona, Anagrama, 1996.
NOTAS:
[1] Cf. A. López Fonseca, “Aproximación a la problemática de la traducción de una lengua de corpus: el caso de la literatura latina”, Vasos comunicantes, 48-49 (2018), pp. 115-122.
[2] Cf. A. López Fonseca, J. M. Ruiz Vila & I. López Martín, “Tendencias y perspectivas en la investigación sobre el Mundo Clásico en España”, TEMPVS, 53 (2023), pp. 7-30.
[3] Podemos citar el ejemplo (ya remoto en los tiempos que corren) de Th. Besterman, A World bibliography of bibliographies and of bibliographical catalogues, calendars, abstracts, digests, indexes and the like, Lausana 1965-1966, 4ª ed. rev. y ampliada, 4 vols. + 1 vol. de índices (1ª edición de 1939-1940).
[4] En este sentido, en la línea del trabajo mencionado en la nota precedente de Th. Besterman, surgió FIRSTSEARCH. A World of Information on line, cuya versión actual es WorldCat, un excelente recurso para localizar materiales que no pueden encontrarse en ningún otro lugar que no sea una biblioteca, y que facilita la navegación por las bibliotecas del mundo desde un sencillo punto de búsqueda. Durante los últimos 50 años, miles de bibliotecas han introducido en WorldCat millones de referencias sobre libros, revistas, películas, mapas, tesis, etc. Y no solo materiales físicos, sino también muchos tipos de contenidos digitales: https://www.worldcat.org/es. Cf. A. López Fonseca, “Bibliografía y fuentes de información: Filología Latina y Mundo Clásico (o de cómo vadear el torrente bibliográfico)”, TEMPVS, 24 (2000), pp. 5-42.
[5] Hay dos clases de “obras de referencia”, a saber, las que informan por sí mismas dando una información directa y concreta (enciclopedias, anuarios, diccionarios, etc.) y las que remiten a otras obras dando una información elaborada sobre un tema, una materia, un autor, una zona geográfica, etc. (bibliografías de bibliografías, catálogos, repertorios, etc.). Y según el soporte pueden clasificarse en fuentes bibliográficas (constituidas por materiales impresos o manuscritos), fuentes electrónicas (en línea –bases de datos, OPAC–, en soportes como CD-ROM y DVD, hoy ya superados, y en Redes –Internet–), y microformas, también prácticamente superadas.
[6] Está normalizada la forma de citar recursos electrónicos, como puede verse en ISBD (ER): International Standard Bibliographic Description for Electronic Resources, Berlín 2017. El trabajo de Assumpció Estivill y Cristóbal Urbano, “Cómo citar recursos electrónicos” [30 de mayo de 1997], encargado por la revista Information World en Español, sigue vigente a pesar de tener más de 25 años y puede consultarse tanto en su versión catalana («Com citar recursos electrònics», como en español).
[7] Cf., para el mismo ámbito temporal, el Instrumentum Bibliographicum Neolatinum, que publicaba la revista Humanistica Lovaniensia. Journal of Neolatin Studies, y CALMA. Compendium Auctorum Latinorum Medii Aevi (500-1500), publicado en papel en Florencia (Edizioni del Galluzzo) y en digital en Mirabileweb.
[8] Cabe recordar el trabajo de A. Millares Carlo, “Apuntes para una bibliografía de los Estudios Clásicos en España y América Latina (1955-1961)”, Anuario de Filología de la Facultad de Humanidades y Educación, Maracaibo 1962, pp. 173-307. Para un recorrido histórico por la bibliografía en España, cf. J. Fernández Sánchez, Historia de la bibliografía en España, Madrid, El Museo Universal, 1989.
[9] A. Ramos Guerreira, “El estatuto lingüístico del corpus latino: algunas precisiones”, en A. Agud, J. A. Fernández Delgado & A. Ramos Guerreira (eds.), Las lenguas de corpus y sus problemas lingüísticos, Madrid-Salamanca, Ediciones Clásicas-Universidad de Salamanca, 1996, pp. 35-52.
[10] G. Toury, Translation Studies and Beyond, Amsterdam – Philadelphia, John Benjamins Publishing, 1995, p. 275.
[11] Cf. S. Ondelli, L’italiano delle traduzioni, Roma, Carrocci editore, 2020, p. 29.
[12] Cf. W. Flawley, Translation: Literary, Linguistic and Philosophical Perspectives, Newark (NJ), Delaware U.P., 1984, pp. 159-175.
[13] M. Benedetti, Nuevo rincón de haikus, Madrid, Visor, 2008, p. 137.
[14] El Index Translationum hace aparecer en primer lugar a Juan Pablo II, pero, por más que los documentos vaticanos estén en latín (al menos los más importantes, como encíclicas o cartas apostólicas), no parece coherente su inclusión en este listado. Además, como es bien sabido, estos documentos ya no se redactan originalmente en latín, sino en una lengua moderna y solo más adelante, si es el caso, se vierten al latín y se publican en el diario oficial Acta Apostolicae Sedis.
CITA BIBLIOGRÁFICA: A. López Fonseca, J. M. Ruiz Vila e I López Martín, «La traducción de los clásicos grecolatinos hoy», Recensión, vol. 15 (enero-junio 2026) [Enlace: https://revistarecension.com/2026/01/28/la-traduccion-de-los-clasicos-grecolatinos-hoy/ ]