Vol. 15 / enero-junio 2026
RESEÑA. Autor: Alberto Martínez-Cordone
Silvia Pareschi, Fra le righe. Il piacere di tradurre, Bari-Roma, Editori Laterza, 2024, 144 pp. (ISBN: 978-8858155370)
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Poco antes de concluir el siglo xx, Silvia Pareschi tenía un cubito de hielo entre las manos. Acababa de presentarle a la que sería su maestra, Anna Nadotti, su traducción al italiano de “The Revenge of Hannah Kemhuff”, uno de los relatos de la obra In Love and Trouble: Stories of Black Women, publicada en 1973 por Alice Walker (y, salvo error del que suscribe, aún no traducida al castellano). Casi noventa traducciones después, entre las que se encuentran obras de Ernest Hemingway, Silvia Plath, Cormac McCarthy, Alice Munro o su carísimo Jonathan Franzen (la versión de cuya novela Crossroads le granjeó el premio «Il Mouse del Traduttore» en 2022), ha decidido repasar sus más de veinticinco años de experiencia como traductora al italiano de literatura angloamericana, impelida por el deseo de compartir su pasión por una profesión que considera indisociable de la vida misma (p. 14). Así, a la serie de ensayos experienciales en italiano sobre el acto de traducir que pasan por el ineludible hito del Dire quasi la stessa cosa de Eco, publicado en 2003 con el subtítulo Esperienze di traduzione, o por Sul tradurre. Esperienze e divagazioni militanti, de Susanna Basso (2010), se suma Pareschi con un libro personal, sincero, informativo y claro, en el que se plantean, como decantadas en un largo embudo, reflexiones, conclusiones, consejos y experiencias sobre la traducción que fascinarán a todo el que lo lea y albergue interés por este antiguo arte de tender puentes entre lenguas y culturas diversas.
Durante este tiempo, ese pedazo de hielo no cesó de crecer. Cada “appassionante avventura intellettuale” que constituye, para Pareschi, todo libro por traducir (p. 14), cada correo electrónico enviado a un autor para dilucidar el significado oscuro de una expresión, cada solución ingeniosa para verter en italiano un juego de palabras solamente comprensible en inglés, así como cada rendición incondicional ante un crisol de ecos y alusiones irreproducible en la lengua de Dante ha provocado (en un caso de hipertrofia glaciar digno de estudio) que el fragmento de hielo que este recensor se deleita en imaginar menudo entre los dedos de la autora en 1999 se haya hoy convertido en un imponente iceberg sobre el que Pareschi, apostada, sigue trabajando; desde él, de hecho, nos habla. De este iceberg de experiencia y vida que Kant haría bien en considerar sublime, cuya parte inmersa ni vemos ni debemos ver, Fra le righe. Il piacere di tradurre es la eminente punta.
La metáfora gélida no es completamente gratuita: en el volumen, Pareschi extrapola el principio del iceberg formulado por Hemingway (que, en pocas palabras, plantea que un escritor debe omitir en sus narraciones la gran mayoría de la información que ha recabado para dotarlas de una sólida entereza, de igual modo que los siete octavos sumergidos de la masa total de un iceberg salvaguardan su estabilidad y dignidad) a la propia labor del traductor, cuyo trabajo de documentación, cuyas reflexiones, dudas y arrepentimientos no se ven, pero apuntalan la traducción desde las profundidades del texto (pp. 85-87). Es esta una magnífica muestra de la concepción que sobre su profesión presenta la autora, que ve la traducción como una actividad eminentemente artesanal, humana, cuya parte técnica, aunque indispensable, no es sino solo uno de los pilares sobre los que se debe erigir una traslación literaria ideal, en la que nada sobre ni falte, en la que cada palabra cuente y en la que el respeto, el cariño y la pasión por la palabra escrita sean perceptibles frase a frase.
Esta idea se halla en el libro de Pareschi desde su introducción, pertinentemente subtitulada “Un’incessante ricerca” (pp. 3-15), y permea sus cuatro capítulos: “1. Non si traduce da soli” (pp. 16-47), que desteje de forma reveladora y emocionante el telar de relaciones laborales, sociales y afectivas que un traductor literario urde en cada uno de sus proyectos; “2. Inventare parole” (pp. 48-81), que, de índole más práctica, reflexiona sobre el excitante desafío de traducir textos que otorgan un valor literariamente significativo a la interacción entre diferentes variedades lingüísticas o al empleo de lenguas mixtas; “3. Perché ritradurre i classici?” (pp. 82-99), un capítulo breve pero excelso, que Pareschi, inspirándose parcialmente en el posfacio de su versión italiana (Il vecchio e il mare, Mondadori, 2021) (p. 89, n. 7), dedica por entero a su experiencia como traductora de la última gran obra de ficción que Hemingway publicara en vida, El viejo y el mar (1951); y “4. La traduzione letteraria nell’epoca dell’intelligenza artificiale” (pp. 100-137), en que la autora resume sus reflexiones sobre la irrupción, descontrolada y particularmente turbulenta, de las herramientas de inteligencia artificial generativa en el mundo de la traducción literaria.
Ya la propia introducción (pp. 3-15), donde la traductora presenta el libro rememorando sus primeros acercamientos a la traslación (el mencionado relato de Alice Walker y algunos capítulos de The Glass Palace, de Amitav Ghosh [2000]), aproxima al lector a algunos conceptos y reflexiones del mayor interés para quien traduce: Pareschi subraya el limae labor connatural a toda traslación, la necesidad de eliminar todo lo superfluo en ella, el afán de búsqueda de “l’Esattezza” tal y como la definiera Italo Calvino, el peligro de la penetración de calcos cuando se trabaja con dos lenguas relativamente cercanas y, algo fundamental, la condición de creador y de escritor del propio traductor (pp. 8-13), que no ha de ser un mero intermediario técnico entre un texto fuente en una lengua y un público de otra, sino más bien el responsable de que la voz de un determinado autor se escuche con claridad y personalidad en los oídos de quienes jamás podrían entenderlo en su idioma. Finaliza este apartado con “Una nota sull’uso dei femminili e dei maschili” (pp. 14-15), en que la autora tiene a bien justificar la “piccola erosione all’uso prescritto della lingua” que implica su decisión de alternar a lo largo del libro entre el masculino traduttore y el femenino traduttrice para referirse a quien desempeña tal profesión.
En el capítulo primero, “Non si traduce da soli” (pp. 16-47), Pareschi continúa su relato vital, recordando su primera traducción publicada: The Corrections, de Jonathan Franzen (Einaudi, 2002). Su relación personal con Franzen vertebra el capítulo entero, que comienza resaltando lo pertinente de la comunicación directa con el autor para aclarar puntos oscuros de las obras por traducir. Está claro, empero, que esta situación ideal solo puede darse en el caso de autores contemporáneos, que son, porcentualmente, los menos: ¡cuánto querrían tantos traductores hacer como Pareschi con Franzen y preguntarle a Tolstói, a Schiller, a Whitman o al mismo Platón, frente a dos opciones de traducción que se excluyen mutuamente, “Dimmi tu, quale preferisci che scelga?” (p. 27)! El traductor, además, debe aprovechar la colaboración de muchas otras personas en el proceso de traducción, favorecida hoy en día por las redes sociales, y, frente a la sospecha de un error o incongruencia por parte del autor del texto (la propia Pareschi encontró un lapsus de Hemingway en El viejo y el mar [pp. 36-38]), acudirá a él, a la redacción o a un experto, así como necesitará de un revisor atento y entregado cuyo trabajo mejore la versión definitiva.
El segundo capítulo, “Inventare parole” (pp. 48-81), presenta la interesantísima cuestión de cómo encontrar, en otros sistemas lingüísticos, equivalentes a la relación que diferentes variedades lingüísticas (diatópicas, diastráticas, diafásicas) de un dado sistema establecen entre sí. Así, Pareschi, tras criticar el que considera un verdadero abuso del anglicismo en el italiano actual, departe sobre diversos lishes, esto es, sistemas híbridos como el yinglish (yidis más inglés), el heblish (hebreo más inglés) o el spanglish del dominicano Junot Díaz, autor de La maravillosa vida breve de Óscar Wao (2008), obra caracterizada por el empleo reiterado del cambio de código inglés-español. La solución que la autora aplicó en su traducción italiana (Mondadori, 2008) pasa por mantener los términos españoles en español, convirtiendo el spanglish en una suerte de “itañol” y ofreciendo un glosario final con los hispanismos del relato.
A continuación, la autora invita a rehuir el sesgo habitual de adecentar con un estilo innecesariamente elevado textos en registro coloquial o incluso vulgar, pues siempre se ha de intentar traducir sentidos, no palabras; emociones, no lemas de diccionario. Por ello, el traductor tiene la obligación de verter neologismos por neologismos, juegos de palabras por juegos de palabras, chistes por chistes e insultos por insultos; en ese trabajo creativo, indudablemente estimulante, radica su genio. Puede incluso ocurrir, como subraya Pareschi, que una traducción hábil no solo ofrezca un equivalente satisfactorio al significado original, sino que añada, además, matices insospechados por el propio autor, ausentes en su lengua. Aquí la autora se desmarca conscientemente de opiniones más conservadoras, como la del mismo Eco, que disuaden de introducir en el original nada que no esté en él, y aboga, en cambio, por una involucración más proactiva y creativa del traductor, sobre todo cuando conoce bien al autor del texto y puede consultarle directamente su parecer al respecto.
El tercer capítulo, “Perché ritradurre i classici?” (pp. 82-99), gravita en torno a la actitud que ha de mostrarse ante el desafío de trasladar una obra ya traducida, como es habitual en el caso de los clásicos y, concretamente, en el de El viejo y el mar de Ernest Hemingway (1951). Como, de nuevo, Pareschi comprende la traducción ante todo como un acto creativo, como una reapropiación del texto que ponga a disposición de un nuevo público una instantánea única de todo cuanto alberga el original (premisas, contenido, estilo, alusiones y connotaciones), es natural que la mera noción de traducción definitiva carezca de sentido, y que sea positivo e intelectualmente enriquecedor que un determinado texto reciba la atención de varios traductores a lo largo del tiempo, pues la perspectiva ganada mejorará la comprensión del texto, lo reactualizará para su nuevo destinatario y permitirá reparar en matices, inexactitudes o soluciones ingeniosas no halladas hasta entonces: así, p. ej., donde la traducción de El viejo y el mar de Fernanda Pivano (Mondadori, 1952) vertía dolphin por “delfino” (lo cual, en un primer momento, parece insultantemente obvio), Pareschi entendió con clarividencia que no podía tratarse de un verdadero delfín, ya que Hemingway lo describe como golden, ‘dorado, áureo’; lo nombra fish, ‘pez’, y le adscribe gills, esto es, ‘branquias’… ¡Y el propio Santiago, de hecho, lo llama dorado en una ocasión! En realidad, se trataba del dorado o pez limón (Coryphaena hippurus), que en inglés recibe el nombre de dolphinfish, o simplemente dolphin, y, en italiano, como bien concluyó Pareschi, se denomina lampuga (pp. 97-99).

Merece una consideración aparte el capítulo cuarto, “La traduzione letteraria nell’epoca dell’intelligenza artificiale” (pp. 100-137), que afronta un argumento tan actual como vertiginoso, arriesgándose, dada la limitada perspectiva histórica desde la que contemplamos el fenómeno de la inteligencia artificial generativa, a precipitarse en poco tiempo hacia una inmerecida obsolescencia. La idea que vertebra el capítulo es la de demostrar que los modelos de IA generativa son intrínsecamente incapaces de traducir obras literarias, ya que, por definición, no entienden (p. 111, en que la autora se hace eco de las palabras de Max Tegmark en su libro Vita 3.0): son “pappagalli stocastici” (p. 108) que reaccionan de forma probabilística a un input dado, sin que tras ellos se cele verdadera inteligencia entendida en el sentido humano. En estas páginas, pues, Pareschi se mantiene con elegancia, aunque no sin cierto esfuerzo argumentativo, en un sano equilibrio entre el pragmatismo y el ludismo, condenando implícitamente el ámbito de la traducción técnica y especializada al señorío de la IA generativa, como, sin siquiera la excepción de las humanidades, ocurre ya en numerosas áreas, en las que se está imponiendo que el traductor especializado se convierta en un mero poseditor de traducciones automáticas. Así ocurre, p. ej., en la Comisión Europea, donde se emplea el software SystranPro, cuya inelegante traducción del comienzo de Las aventuras de Huckleberry Finn hace exclamar a la autora un sincero “ci viene da sperare che la Commissione Europea non abbia mai necessità di tradurre testi letterari” (p. 113).
Para desacreditar las traducciones que pueden llegar a realizar tales modelos, Pareschi compara las diversas soluciones que dan a textos de hondo valor literario como Mrs Dalloway de Virginia Woolf, resaltando sus aún numerosos errores, en ocasiones verdaderamente graves. Resta, empero, la duda de qué ocurrirá (si es que ocurre) cuando estos fallos puedan corregirse, o cuando la cantidad de datos con que se entrenan estas herramientas aumente hasta incluir suficiente información sobre lenguas menos rentables económicamente, ya sea por no ser minoritarias, de corpus o no occidentales, aunque, razona Pareschi (pp. 127-132), parece verosímil pensar que ni siquiera a los gigantes tecnológicos les será rentable alimentar estos ominosos chatbots con tantos datos del suajili o del vietnamita como para trasladar (¡siempre a través del inglés [pp. 120-123], y posiblemente peor que un humano!) la Divina Comedia a estas lenguas, en vez de financiar a un traductor cualificado para ello. Para la autora, en conclusión, la defensa de la labor del traductor literario implicaría la aprobación de una legislación restrictiva que permitiera adiestrar con obras literarias los modelos extensos de lenguaje (LLM) únicamente con el permiso expreso de sus autores, así como el añadido de cláusulas a los contratos editoriales que prohibieran el empleo de la inteligencia artificial generativa tanto a la hora de escribir como de traducir.
Jalonan la obra, en fin, numerosas referencias bibliográficas consignadas a pie de página, que en ningún caso entorpecen la lectura, así como muchas citas de obras traducidas por Pareschi u otros, así como entrevistas y comunicaciones personales, normalmente dadas en inglés y vertidas por la autora en nota. Sin duda, la unión de reflexión teórica y dilucidación práctica a partir de ejemplos concretos, que provocan, a su vez, ulteriores consideraciones teóricas, es de los aciertos más evidentes del volumen. Huelga subrayar que, dado el carácter particularmente personal de la obra, esta será de aún mayor interés para conocedores tanto de la literatura angloamericana contemporánea como de la lengua y cultura italianas (cf. p. ej. la p. 31, en que se hace referencia expresa a cuestiones de dialectología italiana).
No hemos encontrado prácticamente ninguna imprecisión: solo se nos permita señalar que la definición dada en la p. 75 del concepto de omofonia, ‘homofonía’ (“parole che si scrivono in modo diverso ma si pronunciano nello stesso modo, rare in italiano —per esempio ‘cieco/ceco’— ma frequenti in inglese”), deja entrever la formación inglesa de la autora, ya que, en efecto, el término inglés homophone denota palabras de igual pronunciación pero distinta grafía (como see y sea), a la luz de los diccionarios Cambridge y Merriam-Webster, mientras que este matiz, según los diccionarios Treccani y de la Real Academia Española, es solo opcional en italiano y en español, y ha de explicitarse añadiendo o negando la cualidad de omografo, ‘homógrafo’, del término en cuestión. Así, la definición de la autora se ha de circunscribir solo a los homófonos no homógrafos (como tubo y tuvo en español), pero no ha de olvidarse que también existen homófonos homógrafos (como, en español, el sustantivo cara y el adjetivo cara, o, en italiano, el adjetivo fiera, ‘orgullosa’, y los sustantivos fiera, ‘fiera’, y fiera, ‘feria’), así como, en inglés y en italiano, se hallan homógrafos no homófonos (como, en inglés, el verbo sow, /səʊ/ ~ /soʊ/, ‘sembrar’, frente al sustantivo sow, /saʊ/, ‘cerda’, o, en italiano, pesca, /ˈpɛs.ka/, ‘melocotón’, frente a pesca, /ˈpes.ka/, ‘pesca’).
Esta última no es, ahora bien, sino una nimiedad puesta en relieve por un recensor que puede con razón alegrarse de haber leído entre las líneas de la obra de Silvia Pareschi, de haber aprendido de ella y de haber escuchado sus palabras, indudablemente colmadas de vida vivida y de vida traducida, desde el pie del enorme iceberg sobre el que, infatigable, sigue traduciendo y hablándonos.
CITA BIBLIOGRÁFICA: A. Martínez-Cordone, «Traducir sobre el Iceberg», Recensión, vol. 15 (enero-junio 2026) [Enlace: https://revistarecension.com/2026/01/24/traducir-sobre-el-iceberg/ %5D