LIBER LIBRORUM CORRUPTISSIMUS

Vol. 15 / enero-junio 2026
RESEÑA. Autor: Iván López Martín

Álvaro Cancela, La Biblia en latín. Una introducción, Madrid, Guillermo Escolar Editor, 2025, 568 pp. (ISBN: 978-84-19782-82-3)

.

Evidentemente, si hay un libro que ha merecido la traducción de sus testimonios originales (hebreos, arameos, griegos) a las distintas lenguas que pueblan el orbe conocido, ese es la Biblia. Muchísimos son los investigadores que han pretendido dar luz a determinadas cuestiones concretas de su transmisión, interpretación o traducción, casi siempre desde una perspectiva académica y científica. Sin embargo, en esta ocasión, el trabajo de Álvaro Cancela pretende dar a conocer, en modo divulgativo (pero no solo), cómo llegó la Biblia a trasladarse a la lengua latina y cuáles han sido los distintos avatares acaecidos hasta el texto actual de la Nova Vulgata.

El prólogo de la obra corre a cargo del profesor López Fonseca, investigador principal del proyecto que ampara el volumen que aquí se presenta. Desde el mismo título (Liber librorum corruptissimus), el prologuista da cuenta de la importancia en este texto, no solamente de los elementos religiosos (no es este el único sentido del volumen), sino, y muy especialmente, de los errores de transmisión. Resulta, pues, este escrito un reto para los filólogos en el sentido más italiano del término, es decir, aquellos investigadores cuyo campo de estudio principal es la edición crítica de textos. Este prólogo, quizá no tan divulgativo (se exponen problemas traductológicos acompañados de textos en traducción, reflexiones humanistas, etc.), pero sí muy útil, constituye una excelente aproximación para conocer qué debe esperar el lector de esta obra.

El primer capítulo, “Introducción” (pp. 23-31), pone de manifiesto para quién está pensado el volumen: “Este no es un libro dirigido a especialistas”. Destaca al inicio la poca presencia de este texto sagrado en los programas académicos, donde se ha suprimido la antigua licenciatura de Filología Bíblica Trilingüe, y su casi total desaparición del resto de materias de los estudios universitarios relacionados con el mundo clásico. Este libro, pues, pretende, entre sus objetivos, corregir determinados errores “clásicos”, como que la Vulgata es obra entera de Jerónimo de Estridón, y otras tantas afirmaciones que han ido pasando boca-oreja a lo largo de los decenios. El autor explica, asimismo, el recorrido de este ensayo (así lo define, p. 27) y cómo se estructuran los capítulos y las convenciones que ha seguido a la hora de elaborarlo.

Tras el listado de las abreviaturas de los libros bíblicos (p. 32), el primer gran apartado explica en qué consiste el Antiguo Testamento (“La Biblia antes de sus versiones latinas: el Antiguo Testamento”, pp. 35-75). En la primera parte del capítulo, el autor  desgrana el origen etimológico del término Biblia y las implicaciones que su origen arrastra: aunque se concibe “en términos materiales como un libro o un volumen, históricamente es una recopilación de libros de muy diverso origen, condición y cronología” (p. 35). Se nota su estructura bipartita (Antiguo y Nuevo Testamento) y el establecimiento del canon bíblico, donde detalla las divisiones de los cuarenta y seis libros totales que componen el canon católico del Antiguo Testamento fijado en el Concilio de Trento (1545-1563). Todo ello, además, queda muy bien dispuesto en la tabla y diagrama (p. 40-42) que ilustran a la perfección la narración de esta clasificación. Después de esta genérica introducción a la Biblia, se hace comentario del núcleo del Antiguo Testamento, constituido por la Biblia hebrea. De forma brillante recorre las distintas vicisitudes que rodean estos libros bíblicos hasta la traducción griega del siglo III a.C., protagonista dicha traslación del siguiente subapartado. Aquí se detiene, con acribia y detalle, en exponer la traducción de “Los Setenta” (Septuaginta) y la famosa Carta de Aristeas, con un contexto histórico explicativo sobresaliente y la historia de su interpretación (Ireneo de Lyon y Agustín de Hipona). Cierra este primer gran capítulo el comentario sobre las versiones judías del Antiguo Testamento llevadas a cabo por Teodoción, Áquila y Símaco y las ediciones de Luciano de Alejandría, Hesiquio y la famosa Hexapla de Orígenes (muy interesante es la explicación del empleo de los símbolos filológicos por parte del de Alejandría).

El segundo capítulo se ocupa del texto del Nuevo Testamento antes de ser vertido al latín (“La Biblia antes de sus versiones latinas: el Nuevo Testamento”, pp. 77-98). Presenta en primer lugar el autor los libros que lo componen y destaca la importancia de conocer que el Nuevo Testamento está enteramente escrito en griego en la segunda mitad del siglo I d.C. y en la primera del II y que su estado actual es el resultado de los procesos de canonización; en los orígenes hubo más Evangelios (hoy considerados apócrifos) y otros textos que tuvieron su relevancia entre los siglos II-IV. Sobre los Evangelios canónicos expone todas las peculiaridades lingüísticas, históricas y textuales de cada uno, así como las fuentes empleadas para su redacción. Queda acertadamente expuesto que la mayor parte de los investigadores actuales no considera la tradicional atribución de estos Evangelios a las personas cercanas a Jesús, sino a una o dos generaciones posteriores (el primer evangelio, el de Marcos, se redactó, probablemente, en el 65-70 y el último, el de Juan, en el año 90-100). El devenir de este capítulo continúa con la explicación de los Hechos de los Apóstoles, las cartas de Pablo y así hasta el Apocalipsis, el único libro profético del Nuevo Testamento.

El tercer capítulo entra de lleno en “Las primitivas versiones en latín de la Biblia: la Vetus latina” (pp. 99-131). El autor muestra aquí como primera gran peculiaridad la expansión del cristianismo por el mundo conocido (las noticias de autores como Plinio, Suetonio o Tácito resultan muy valiosas desde un punto de vista histórico para conocer la presencia de cristianos en Roma y en otros puntos del Imperio). La explicación que sigue sobre el nacimiento de la Vetus es muy pormenorizada y detallada: las primeras versiones, quiénes las trasladaron al latín, cómo se hicieron, la multiplicidad de códices, sus variantes, etc. En este sentido, se resaltan las reflexiones de Agustín de Hipona, presentes en algunas cartas dirigidas a Jerónimo de Estridón, sobre los problemas de traducir la Biblia, expuesto. Además de la transmisión por vía directa (copias manuscritas con el texto) e indirecta (citas de otros autores), una particularidad es la transmisión de los Salmos, que cuentan con muchos originales en distintas regiones.

El cuarto capítulo se adentra ya en la conformación de “La Vulgata: traducciones y revisiones (no siempre) jeronimianas y textos de la Vetus Latina” (pp. 133-168). Se insiste mucho desde el inicio, y hace bien el autor, en diferenciar la labor de Jerónimo en la implantación de este texto latino: qué libros bíblicos tradujo directamente él al latín, cuáles, simplemente, revisó, y en cuáles no intervino y proceden de la Vetus y fueron revisados por otra persona. Después de la contextualización histórica del siglo IV, comenta la vida de Jerónimo de Estridón y cómo llevó a cabo la revisión del texto de los Evangelios: tomó un texto de la Vetus y modificó aquellos pasajes que se alejaban del griego, manteniendo sin modificar los bien traducidos, en la idea de que este nuevo texto resultara familiar a las versiones ya conocidas y divulgadas de la Vetus; fijó, a su vez, el orden de los Evangelios tal y como lo conocemos hoy. Se incluyen en este capítulo dos láminas que enseñan de qué manera Jerónimo mantuvo el sistema de notación de Orígenes de asteriscos y óbelos para su versión. Posteriormente, apunta los textos que pudo traducir directamente del hebreo para terminar con un extenso repaso a aquellos libros incluidos en la Vulgata pero que no fueron revisados por Jerónimo y son, por tanto, textos procedentes de versiones de la Vetus (algunos del Antiguo Testamento y de casi todo el Nuevo a excepción de los Evangelios).

El quinto capítulo se centra en comentar ambos textos (“Vetus y Vulgata”, pp. 169-205) y cómo convivieron. Destaca aquí con mucho acierto el autor que no todos los libros se instauraron de la misma manera en la tradición: algunos, como el de Isaías, rápido se divulgan en la versión Vulgata mientras que otros perviven en versión Vetus hasta el s. XIII. Desde esta perspectiva, un factor fundamental es el formato en que se conservaba el texto, y que da pie al autor a explicar el empleo del papiro, del pergamino y la entrada posterior del papel en la difusión de la Biblia. En este sentido, resulta importante el codex grandior que señala Casiodoro, autor del siglo VI, sobre cómo conoció la Biblia, en un único gran formato de Vulgata, y en varios tomos de Vetus. Explica concienzudamente las ventajas y desventajas de un único volumen o varios (lo normal era que la Biblia fuera un conjunto de libros, tal y como reza su título). Influye sobremanera en la transmisión la contaminación de los copistas de libros bíblicos: cómo se servían de varios modelos y transmitían fallos de una versión a otra, a lo que se añaden las numerosas citas bíblicas en autores medievales (citaban en muchos casos de memoria y mezclando Vulgata y Vetus).

El sexto capítulo se adentra en “La Biblia en la Edad Media” (pp. 207-269). Las numerosas copias manuscritas, y los consiguientes errores de copia humana, generaron multitud de variantes textuales que obligaban a una revisión de la Vulgata (recoge el autor que incluso pudo nuestro Isidoro de Sevilla realizar una revisión). En la predicación de la palabra sagrada por determinados territorios, resaltan dos grandes figuras del renacimiento carolingio: Alcuino de York y Teodulfo de Orleans. Ambos llevaron a cabo una copia de la Biblia ya con un nuevo tipo de escritura, la minúscula carolina, que se irá expandiendo como tipo de letra gracias a su legibilidad. Después de explicarnos la labor de cada uno, centra su mirada en la transmisión de los Salmos y las copias medievales conservadas. De las copias medievales pasa el autor a comentar la Glossa ordinaria, el gran texto de interpretación bíblica, y la labor comentarista de Nicolás de Lira. En el siglo XII-XIII comenzaron a aparecer estos volúmenes, ya en formato pandecta más manejable y que acabaron por popularizarse. Tuvieron también su repercusión por el afianzamiento del canon bíblico, así como por la numeración de los capítulos muy similar a la que conservamos hoy. Se ilustra además este capítulo con unas láminas, muy bien explicadas, de cómo son estas biblias en formato único, que experimentaron un gran número de copias desde muy pronto. Entre quienes corrigieron y pulieron el texto bíblico –surgen aquí además las divisiones más pequeñas que los capítulos para poder citar directamente frases o pasajes más breves–, apartado que cierra este magno capítulo, destacan Stephen Harding y Niccolò Maniacutia, que siguieron métodos filológicos para seleccionar las mejores variantes de los pasajes.

El séptimo capítulo da el salto a “La Biblia latina en la imprenta” (pp. 271-310). La creación por parte de Gutenberg de la imprenta de tipos móviles supuso un avance monumental en la difusión de texto bíblico. Fue, además, el primer volumen impreso, en formato de 42 líneas que tanto se popularizó. Con esta profusión de textos, en época renacentista resurge el conocimiento del griego en Occidente y con él una revisión del texto bíblico a partir de la Septuaginta, y aquí entra en juego la labor de Erasmo y su influencia en las distintas reformas del momento, como la de Lutero. Asimismo, renace la intención de publicar el texto sagrado en las distintas lenguas conservadas: tal es el caso de Cisneros y su Biblia Políglota Complutense. Se explica meticulosamente su génesis y estructura y cómo sirvió de puente para otros textos similares como la biblia de Estienne. La alta productividad de copias llevó a la intervención papal para fijar el que la Iglesia quería fuese el texto más difundido. En esta tarea se afanaron tras el Concilio de Trento, que fijó de forma definitiva el canon bíblico. La primera de estas biblias aprobadas por el papado fue la Sixtina, publicada en 1590 con Sixto V, y la siguiente la Clementina, de 1592 y que sufrió reediciones en los años posteriores. Con todo, estas versiones presentan un texto ecléctico, corrupto y asistemático, donde encontramos un latín típico bajomedieval que buscaba ser comprendido por todo el mundo.

El capítulo octavo se titula “De Trento a la edición científica de la Biblia” (pp. 311-327). En este ambiente tras el Concilio de Trento, existían en Europa, por un lado, las naciones católicas y, por otro, las reformadoras, que fueron incluso más conservadoras con el texto bíblico que las católicas; se produjeron profundas revisiones del texto a partir del siglo XVII, que se materializaron de forma culminante con Sabatier en el XVIII, y en otro ámbito, pero contemporáneo, con Bianchini. Con la filología moderna, la Biblia latina toma un nuevo camino, pues se intenta revisar intentando reconstruir el texto original. A partir de aquí, brotan diversas escuelas en Inglaterra y Alemania que tienen por objeto ofrecer un texto latino óptimo para la Vulgata y la Vetus. Son muchos los nombres que figuran en este último apartado que pone de manifiesto la importancia de la reconstrucción de un buen texto latino que supla al de la Clementina, que estuvo vigente casi cuatro siglos.

El último capítulo alcanza por fin la actualidad (“La Biblia latina hoy: la Nova Vulgata”, pp. 329-338). Es la Nova Vulgata una edición con las perspectivas filológicas modernas y que pretende ofrecer un latín muy cercano a las lenguas originales del texto sagrado. Este texto es accesible en internet en el portal del Vaticano y es la versión oficial desde 1979. En la actualidad, aunque se esté primando la traducción a las lenguas modernas, el autor hace énfasis en la vigencia de la versión latina de la Biblia y la importancia de esta lengua en el desarrollo del credo cristiano.

Hasta aquí el autor ha ofrecido una lectura continua, libre de notas al pie y de referencias bibliográficas, para todo aquel lector que quisiera acercarse, de forma exhaustiva, a la historia de la Biblia en latín. A partir de aquí, el volumen se completa con un nutrido conjunto de apéndices que tiñen la obra con tintes más especializados. En primer lugar se ofrece una gran tabla de la labor que hizo San Jerónimo en los libros bíblicos: cuáles tradujo directamente del hebreo, cuáles fueron revisados, y cuáles son textos de la Vetus en la Vulgata tradicional; le siguen los agrapha de las palabras de Jesús, donde se señala la fuente; después se explican los Cánones de Eusebio; la numeración y número de los Salmos; los títulos de los libros bíblicos; los sistemas de abreviación de los libros bíblicos; la división en libros, capítulos y versículos; guía básica de las ediciones (todos estos apéndices están debidamente explicados por el autor).

A continuación, llega la “Antología de textos” (cada texto se presenta con una introducción): en primer lugar, se comparan textos de la Vetus y de la Vulgata –cada pasaje viene precedido de una explicación del autor y con el texto sagrado en columnas–; seguidamente los textos de Agustín en su Fundamentos de la doctrina cristiana; las cartas cruzadas entre Agustín y Jerónimo sobre la traducción bíblica –en estos casos, el texto castellano se sitúa arriba de la página y el latino, abajo–. Siguen algunos prólogos de Jerónimo a los libros bíblicos (resulta el apartado más extenso de esta antología de textos); después el prólogo anónimo de la Vulgata a las cartas de Pablo y algunos pasajes de La ciudad de Dios agustiniana. Por último, se incluyen textos del Concilio de Trento sobre los libros canónicos y la edición y uso de los libros sagrados y se cierra con las notas de la antología de textos.

Sigue un apartado titulado “Orientaciones bibliográficas”, donde el autor, capítulo por capítulo, comenta de forma crítica las referencias bibliográficas que ha ido empleando para la redacción de tan completo volumen. Se cierra todo, por último, con el listado bibliográfico completo, un índice de nombres, de manuscritos y de créditos de las láminas.

Estamos, pues, ante una maravillosa aproximación al texto bíblico latino, a su historia, cómo se incardina en el devenir histórico, social y político, y toda la serie de problemas que ha tenido, ya fueran textuales, de formato, de errores, etc. Es un texto no dirigido a especialistas, sí, pero que descubre, incluso a quienes tienen algunas nociones, textos clásicos, historias, datos y anécdotas únicas que aportan más claridad y comprensión a uno de los textos más fascinantes de la historia.


CITA BIBLIOGRÁFICA: I. López Martín, «Liber Librorum corruptissimus», Recensión, vol. 15 (enero-junio 2026) [Enlace:  https://revistarecension.com/2026/01/24/liber-librorum-corruptissimus/ ]