OPERA SELECTA DE SAN JERÓNIMO

Vol. 15 / enero-junio 2026
RESEÑA. Autor: Mario Martín Lera

San Jerónimo. Opera selecta, Edición, estudio y traducción de José Manuel Ruiz Vila e Iván López Martín, Madrid, Verbum, 2025, 310 pp. (ISBN: 978-84-1136-863-6)

 

Resulta sorprendente que, a pesar de haber desempeñado un papel decisivo en el Occidente cristiano, la obra de san Jerónimo adolezca de un descuido tan acentuado. La situación es tal que no reparamos en el vacío existente hasta encontrarnos con el presente libro. En lengua castellana disponemos, sí, de colecciones que se han preocupado de la publicación sistemática de su obra completa, títulos importantes que han visto la luz de forma independiente y algunos estudios biográficos, pero ninguna visión general de la vida, los textos y la repercusión del santo en un único ejemplar. Cuánto menos uno de mérito, con rigor científico y voluntad de difusión amplia. Uno de sus biógrafos, Francisco Moreno, daba cuenta de esta deuda hace ya casi 20 años al declarar los motivos e intenciones de su notable monográfico, tildándola de “injusta negligencia e ilógico olvido”[1]. Los autores, que resaltan por inexplicable esta misma aciaga fortuna al contrastarla con el rico legado de su contemporáneo Agustín, parecieran haber tomado nota y haberse propuesto paliarla.

El volumen comienza mediante un estudio preliminar (pp. 9-73) que se ajusta a los propósitos de esta serie de clásicos grecolatinos dentro de la colección Verbum Mayor. Tras una sucinta biografía (“1. Vida”, pp. 9-15), que dejará al lector curioso con deseos de adentrarse más profundamente en los avatares del complejo siglo IV, prosigue un aún más somero recorrido por su obra (“2. Obra”, pp. 15-19). La sección, sin embargo, nos introduce adecuadamente en la variada producción de san Jerónimo, al presentar las diversas categorías (hasta siete: traducciones, comentarios a la Biblia, cartas, sermones, traducción de la Biblia, escritos polémicos e historia de la literatura), tratando aquellas que no están presentes en la edición y dejando para la parte consagrada a los textos editados la exposición de las demás (§ 4).

En el tercer apartado del estudio (3. “Jerónimo en España”, pp. 19-32), reside una de las grandes virtudes del título: una panorámica de la recepción del estridonense que traduce en datos la impresión de abandono. A partir de los resultados del CORDE (Corpus Diacrónico del Español), los autores bosquejan dónde y cómo está representada su obra, desde La fazienda de Ultra Mar (1200) de Almerich hasta Los pueblos de España (1946) del antropólogo Julio Caro Baroja. Será en Alfonso X (la Primera Partida, el primer volumen de la Estoria de España y la General Estoria) donde hay documentado un mayor número de testimonios de empleo. Esto se explica por el trabajo de Jerónimo sobre los Chronici Canones de Eusebio de Cesarea, que tradujo, adaptó y amplió, y por el cual se convirtió en una referencia para la datación de hechos del mundo antiguo, tanto más cuanto que el original griego se había perdido. El prólogo a su traducción es uno de los textos base, junto a las cartas LVII y CVI –todos incluidos en la selección presente–, de la teoría traductológica jeronimiana. La cual, recordemos, se mantuvo como única vigente hasta el De recta interpretatione (Sobre la manera correcta de traducir) de Leonardo Bruni un milenio más tarde (1420). Los Chronici canones de Eusebio-Jerónimo recibirían una atención especial en el siglo XV por parte de Alfonso Fernández de Madrigal “El Tostado” (1410-1455), que, a petición del marqués de Santillana, realizó una traducción al romance. Esta traducción debía acompañarse de comentarios, lo que el humanista cumplió por partida doble, pues redactó una versión latina (Nouus Commentarius) destinada a la Universidad de Salamanca, donde ejercía la docencia, y otra vulgar que sí cumplía los deseos del marqués, el Comento o exposición De las crónicas o tienpos de Eusebio. De su dedicación a esta empresa, similar a la que Jerónimo había efectuado con Eusebio, nacerían problemas y reflexiones semejantes acerca de la labor del traductor que, desarrolladas a lo largo de dos prólogos y varios capítulos, suponen la mayor aportación teórica castellana a la teoría de la traducción. La cita de san Jerónimo como argumento de autoridad en tanto padre de la Iglesia es otro de los motivos habituales que lleva a sacar a relucir su nombre. De entre los ejemplos, Ruiz Vila y López Martín recogen varios en diversas épocas, entre los que cabe mencionar a Fray Vicente de Burgos, que, en su Traducción de El Libro de Propietatibus Rerum de Bartolomé Anglicus (1494), recurre a él hasta en veinticuatro veces.

Inmersos en el Renacimiento, es la verdad filológica lo que impele a los humanistas a regresar al estridonense desde un prisma distinto. Así lo harán Erasmo, Luis Vives o Fray José de Sigüenza, quien sufrió un proceso inquisitorial del que, a pesar de salir absuelto, brotó una sombra de sospecha permanente. La etiqueta de erasmiano constituía un baldón en tiempos de la Contrarreforma y ni siquiera gozar del favor real, como le ocurría a su mentor Benito Arias Montano, bastaba para librarse de aquella. Este gran biblista, que editó la llamada Biblia Sacra Regia Poliglota en los talleres de Plantino en Amberes, contrapuso la hebraica ueritas a la tradición griega como había hecho Jerónimo. Dicho paralelismo, por evidente, está reflejado incluso en un epitafio de Lope de Vega: «Aquí Montano reposa, /  de la Biblia sacra un sol, / un ‘Jerónimo español’ / y un David en verso y prosa».

El propio “Fénix de los Ingenios” consagraría en 1610 una comedia al santo, El cardenal de Belén, que es examinada detenidamente en el estudio. Sin embargo, como última parada en la sección, nos interesa destacar aquí otro caso comentado por los autores, el de Las Lágrimas de Jeremías castellanas de Francisco de Quevedo, una traducción del primer capítulo de las Lamentaciones que entronca en fondo y forma con las aspiraciones humanistas. Esta obra presenta una transcripción del hebreo para acompañar a la traducción y, en lo que supone una muestra de capacidad filológica, realiza una defensa del texto de la Vulgata. Pues bien, en el fragmento escogido por Ruiz Vila y López Martín para ilustrar el razonamiento de Quevedo (p. 30) aparece un nombre, Antonio del Río, comentarista de Jeremías[2], que nos retrotrae a Arias Montano, a Plantino, a Amberes, al patronato regio y a la ambigüedad doctrinal. Este Antonio del Río, o Martín Antonio del Río (Amberes, 1551-Lovaina, 1608), jesuita, era descendiente de la élite intelectual flamenca afecta a la corona española. Tuvo un papel crucial en la conversión al catolicismo del insigne humanista Justo Lipsio (1547-1606), íntimo colaborador de la casa Plantino, destacado editor de Séneca y cabeza del movimiento neoestoico, con quien se carteó Quevedo en su juventud. Lipsio había sido vinculado, como el impresor, como Arias Montano, con la Familia charitaris, una corriente espiritual cristiana deudora de la devotio moderna sobre cuya ortodoxia, como se dice coloquialmente, “se han vertido ríos de tinta”. Algo similar, por otra parte, a lo que ocurrió con el erasmismo y que es difícil de evaluar fuera de ese territorio inmerso en una lucha fratricida que era Flandes. Quizá todos estos elementos que añaden polémica a un legado no exento de ella por sí mismo esclarezcan la distancia que encontramos entre la figura de Jerónimo y su repercusión.

En cuanto al apartado cuarto (4. “Nuestra edición”, pp. 32-66), se divide en tres secciones que se corresponden con las tres últimas categorías en que se ha clasificado la obra del estridonense. La primera (§ 4.1, pp. 32-49) presenta los textos relacionados con la traducción de la Biblia, los llamados prólogos traductológicos y las cartas 57 (A Pamaquio) y 106 (A Sunia y Fretela). Esta sección es fundamental para comprender la polémica en la que se sumergió Jerónimo al emprender la traducción de los textos sagrados al latín. Los autores describen cómo se redactó la versión de los 70 en tiempos del rey de Egipto Ptolomeo II Filadelfo (s. III a.C.), originariamente 72 sabios que trabajaron colectivamente para lograr una traducción de consenso, y cómo alcanzó la consideración de versión revelada y por lo tanto intocable no sólo en su contenido, sino también en lo relativo a su forma. San Jerónimo, a pesar de haber recibido el encargo del mismo papa Dámaso, hubo de bregar contra esta condición del texto griego para continuar su trabajo filológico conforme a la “verdad hebrea”, cargando luego con la acusación de simpatizar con los judíos. La tarea era de la máxima envergadura: sustituir un texto canónico por otro, con todos los cambios drásticos que conllevaba a nivel de vida de piedad de los fieles. Aunque sus manifestaciones podían caer en contradicción para sortear los escollos, su criterio era claro (p. 45): “no expreso una palabra por otra, sino un sentido por otro sentido” (57,5). Muestras de su respeto por la forma de las Escrituras son, sin embargo, la presencia de préstamos del hebreo, por ejemplo, en el ámbito de la sintaxis o en ciertos idiomatismos enumerados apropiadamente por los investigadores (p.47).

La segunda sección (§4.2, pp. 49-58) trata la faceta de polemista. Si los textos previos ya se habían compuesto por una necesidad de defensa ante las calumnias de sus detractores, que lo aproximaban a la heterodoxia, aquí, al contrario, se contextualizan una serie de tratados teológicos que dan pie a calificarlo como martillo de herejes. Siete son los títulos sobre los que se repasan, en orden cronológico:  1) la Altercatio Luciferiani et Orthodoxi (Debate entre un seguidor de Lucífero y un ortodoxo); 2) De perpetua Virginitate beatae Mariae adversus Helvidium (Sobre la perpetua virginidad de María contra Helvidio); 3) Adversus Iovinianum (Contra Joviniano,); 4) Contra Iohannem Hierosolymitanum (Contra Juan de Jerusalén); 5) Apologia contra Rufinum (Apología contra Rufino); 6) Contra Vigilantium (Contra Vigilancio); y 7) los tres libros del Dialogus adversus Pelagianos (Diálogo contra los pelagianos). El volumen incorpora la traducción del primer libro de esta última obra contra el famoso monje británico como representación de la categoría. Para combatir su doctrina Jerónimo recibió incluso la ayuda de san Agustín, opositor suyo en el campo de la traducción de las Sagradas Escrituras. Cuatro son los postulados pelagianos con los que polemiza Jerónimo derivados de la naturaleza no hereditaria del pecado original: que el pecado no afecta al ánimo; que basta el libre albedrío para obrar bien, sin necesidad de la gracia; que, por ende, los mandamientos pueden cumplirse sin ella; y, por último, el bautismo de los infantes.

La sección tercera (§4.3, pp. 58-66) versa sobre tres textos: dos tratados en forma de epístola y el De uiris illustribus. El primero de los tratados (§4.3.1, pp. 58-59), que hoy se conserva como la carta IV (A Heliodoro), tenía para el santo categoría de librum y vendría a ser una especie de protréptico a lo divino, es decir, una invitación a la vida contemplativa. El segundo (§4.3.2, pp. 59-61), la carta 22 (A Julia Eustoquio), es, junto con la dirigida a Pamaquio sobre la traducción, la más famosa de sus epístolas. Se fecha en el año 384 y su destinataria, Julia Eustoquio, es una de las grandes acólitas del santo, que en esta misiva recibe una exhortación a consagrar su virginidad a Cristo. En ella se encuentra el famoso pasaje onírico en el que los ángeles acusan a san Jerónimo de ser ciceroniano en lugar de cristiano por preferir la lectura de los autores paganos a causa de la pulcritud de su estilo y el consiguiente abandono de estos en favor de la literatura cristiana. Por último, en cuanto al De uiris illustribus (§4.3.3, pp. 61-66), se trata de un trabajo que pertenece al subgénero biográfico y cuyo modelo directo es la obra homónima de Suetonio (ca. 70–post 126) sobre los gramáticos y los rétores. Consta de 135 parágrafos sobre los grandes autores cristianos griegos y latinos desde san Pedro hasta el propio Jerónimo. Entre los escritores de confesión cristiana encontramos algunos que no la profesaban, como los judíos Flavio Josefo o Filón de Alejandría, Séneca el joven, o el arriano Eunomio. De los referidos, tiene crucial relevancia la mención de Séneca, pues al recoger el santo la noticia de la correspondencia entre el filósofo y el apóstol san Pablo dio credibilidad a la posibilidad de que hubiera profesado el cristianismo en secreto o se hallara, al menos, muy cerca de ello, dando así pie a su cristianización durante el Medievo. Como vemos, el binomio Séneca-Jerónimo, que luego se consolidará durante el Renacimiento, cuenta con una amplia tradición. Para la selección, los autores han escogido con buen gusto 15 biografías: apóstoles, evangelistas, Séneca, por supuesto, el obispo Ireneo, Tertuliano, Orígenes, Ambrosio de Milán y, claro está, el propio Jerónimo, se cuentan entre ellas.

Finalmente, a la sección de textos antecede una “Nota a las traducciones” (§5, pp. 66-69) con los criterios de trabajo asumidos, que constituye una captatio beneuolentia innecesaria a la luz del resultado de la tarea, y el obligado apartado bibliográfico (§6, pp. 69-73). Los textos (6. Opera selecta, pp. 75-306) se presentan con un aparato de fuentes donde, junto con la profusión de citas bíblicas, puede rastrearse la influencia clásica a cargo de Cicerón, Terencio o Virgilio. Si, como dijera Paul Valéry, y recuerdan los investigadores, cada generación debe tener su propia traducción de los clásicos, con este libro Jerónimo, padre de traductores, halla, siquiera parcialmente, la suya.


NOTAS:

[1] F. Moreno Chicharro, San Jerónimo. La espiritualidad del desierto, Madrid, BAC, 2007, p. xiii (1ª ed.: 1986).

[2] Cf. Commentarius litteralis in Threnos, id est, Lamentationes Ieremiae prophetae, Lugduni (Lyon), sumptibus Horatius Cardon (Imprenta de Horacio Cardon), 1608. Este Horacio Cardon, también de ascendencia española, fue en su tiempo fue el principal impresor de las obras de la Compañía de Jesús para España y Francia.


CITA BIBLIOGRÁFICA: M. Martín Lera, «Padre de traductores, Jerónimo selecto», Recensión, vol. 15 (enero-junio 2026) [Enlace: https://revistarecension.com/2026/01/24/la-traduccion-curiosidad-y-descubrimiento-2/ ]