Vol. 15 / enero-junio 2026
RESEÑA. Autor: José Manuel López Cascales
Antonio López Fonseca, José Manuel Ruiz Vila, Luis Arenal López & Helena Terrados González, San Jerónimo y “El Tostado” piensan la traducción. Estudio y edición crítica del Comento o exposición de Eusebio De las crónicas o tienpos interpretado en vulgar (caps. I-XXIX) de Alfonso Fernández de Madrigal, Madrid, Guillermo Escolar, 2024, 252 pp. (ISBN: 978-84-19782-81-6)
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“Es nuestra intención (…) romper con estas reiteradas etiquetas que llevan acompañando a la historia de España desde largo tiempo, que la tildan de iletrada y de no haber cultivado una cultura meritoria hasta el Siglo de Oro”, afirman los autores en su introducción (p. 9), y uno no puede sino aplaudir tan loable propósito en que se sintetiza la trascendencia de un proyecto que excede con mucho los límites de las alrededor de doscientas cincuenta páginas de esta nueva publicación. La editorial Guillermo Escolar lleva más de diez años apostando por la difusión de las investigaciones de un grupo de profesores de la Universidad Complutense de Madrid (con Tomás González Rolán, la tristemente fallecida Pilar Saquero Suárez-Somonte, y sus discípulos Antonio López Fonseca y José Manuel Ruiz Vila a la cabeza) que ha resultado en la publicación de un buen número de traducciones y obras originales castellanas del siglo XV, entre cuyos autores destacan Alfonso de Madrigal, Alfonso de Cartagena o Rodrigo Sánchez de Arévalo. Una labor académica impecable que trasciende el minucioso oficio del filólogo y que supone una aportación de primer orden al mundo de los estudios del humanismo castellano.
De unas décadas a esta parte, gracias a su esfuerzo y el de otros, han comenzado a caer una serie de tópicos firmemente asentados en el mundo académico, esas “reiteradas etiquetas” que desde el siglo XIX han considerado la Península Ibérica del siglo XV como una suerte de páramo inculto incapaz de hacer brotar los refinamientos estéticos que florecían lozanos al otro lado del Mediterráneo. Como decía Domingo Ynduráin en los años noventa, “la visión que desde fuera (…) se tiene de España es la de una cultura antirrenacentista, bárbara, escolástica, fosca y terrible, muy alejada de las alegrías sensuales y sensoriales del mundo italiano” (1994: 11). Desde Jacob Burckhardt, gran parte de los estudiosos europeos, y aun de los mismos españoles, han seguido estos tópicos. Por fortuna, a estas alturas, su visión ya no goza de consideración académica, y a esa imagen romántica ha dado paso toda una nueva generación de estudios que han contribuido a completar y corregir nuestro concepto de tan importante época.
Así, en los últimos años, se ha revalorizado una cultura, la de los reinos hispánicos, que desde el mismo siglo XIV vivió en una constante comunicación con el humanismo italiano. Desde figuras como Juan Fernández de Heredia o Micer Francisco Imperial, hasta el ambiente intelectual de la corte de Pedro IV y sus sucesores, las coronas de Castilla y Aragón no permanecieron ciegas a las novedades, antes bien, fueron pioneras en su apreciación. ¿Cómo explicar si no que para 1377 hubiese ya en Barcelona un círculo de admiradores, traductores e imitadores de Petrarca? ¿Cómo explicar si no el interés de un Pero López de Ayala por Tito Livio o el de un Antoni Canals por Valerio Máximo o Séneca? En el primer tercio del siglo XV se produjeron en estos reinos las primeras traducciones a cualquier lengua vulgar de Virgilio o Dante (Enrique de Villena, Andreu Febrer), al tiempo que los nobles castellanos se comenzaron a interesar hasta la obsesión por los clásicos y los nuevos autores italianos (Fernán Pérez de Guzmán, Íñigo López de Mendoza, Álvaro de Luna, el mismo Juan II) de la mano del estamento eclesiástico y el mundo universitario (Alfonso de Cartagena, Vasco Ramírez de Guzmán, el mismo Alfonso de Madrigal). En las escuelas y en la corte, en el naciente cuerpo de funcionarios de toga y en las más pujantes casas nobiliarias: en todos los ámbitos de la alta cultura, la novedad italiana, sencillamente, estaba de moda.

A pesar de ser esta realidad cada vez menos negada, aún es mucho lo que queda por hacer. A día de hoy siguen siendo necesarios estudios históricos rigurosos y una ingente labor de edición de textos. En ese esfuerzo se inserta el presente estudio. Alfonso Fernández de Madrigal, «El Tostado», no ha dejado nunca de ser una figura relativamente conocida en el mundo académico (al menos en contraste con algunos de los personajes que mencionábamos más arriba), y ello en gran parte por su extraordinaria fecundidad literaria. Precisamente ese aspecto, el de su fecundidad, ha sido quizá el responsable del olvido que ha tenido su obra, condenada a dormir el sueño de los eternos, bien en los manuscritos de su época, bien en las impresiones auriseculares. Por eso mismo hay que celebrar que este grupo de estudiosos haya decidido comenzar a pasar ese ingente volumen libresco por el tamiz minucioso de la filología, para darnos, al fin, paso seguro a través de una obra capital para la justa comprensión del fenómeno humanístico en la Castilla del siglo XV.
El texto que aquí se edita forma parte de una obra mucho más extensa: el Comento o exposición de Eusebio De las crónicas o tienpos interpretado en vulgar. En ella, por encargo del Marqués de Santillana, «El Tostado» se dedicó a comentar punto por punto la traducción que años atrás había hecho para el mismo de los Chronici canones de Eusebio de Cesarea vertidos al latín por san Jerónimo: un compendio histórico que sintetizaba las civilizaciones cristiana y pagana, y que ha sido asimismo editado en esta casa por los doctores López Fonseca y Ruiz Vila [2020]). El Comento terminó por ser una monumental enciclopedia del saber del siglo XV en todas las materias, no solo la histórica, sino la filosófica, la literaria, la mitológica, la astronómica, etc. Madrigal nunca llegó a terminar su obra, pero el volumen total de lo que escribió abarca 2110 capítulos divididos en seis partes, la última de las cuales quedó sin concluir nada más ser comenzada. Lo que ahora publica Guillermo Escolar comprende tan solo los primeros 29 capítulos (es decir, poco más de un 1% del total), que constituyen el prólogo de Madrigal y el comentario a los prólogos de Próspero y san Jerónimo. Lo interesante de estos primeros capítulos es que, si en su texto san Jerónimo reflexionaba sobre su labor traductológica, «El Tostado» aprovechó para convertir su comentario en una suerte de diálogo entre traductores a más de un milenio de distancia, un tratado en que se condensa la idea que él tenía de la ingrata misión que es trasvasar los textos entre lenguas.
Conviene (y a ello se dedican las páginas introductorias) para entender mejor por qué son importantes las opiniones de Madrigal a este respecto, ajustar el objetivo al ambiente concreto que envolvió a su composición. «El Tostado» elaboró el Comento en torno a 1450-1451, como decíamos, por encargo de Íñigo López de Mendoza, marqués de Santillana. Seis años antes había regresado de Italia y, tras algún breve avatar, se había reintegrado a su puesto en la Universidad de Salamanca. A partir de entonces, comenzó a ganar peso en la vida cultural de la corte de Juan II, a la que, en 1453, tras la caída y ejecución de Álvaro de Luna, iría para ocupar (junto a Lope de Barrientos y Gonzalo de Illescas) un puesto en la suerte de triunvirato que lo sucedió en la privanza. Allí estaban, cerca del monarca, Juan de Mena, que acababa de vulgarizar la Ilias Latina, y un joven Pedro González de Mendoza (con el tiempo el «Gran Cardenal de España»), que se afanaba en traducir para su padre los libros de la Ilíada dedicados al rey por Decembrio. En las décadas inmediatamente precedentes, personajes cercanos a la corte como Enrique de Villena, Juan Alfonso de Zamora, Alfonso de Cartagena y Fernán Pérez de Guzmán, habían traducido a Cicerón, Virgilio, Séneca, Valerio Máximo, Guido Columpnis, Dante, Boccaccio, etc. La corte de Juan II era en esos momentos uno de los centros humanísticos más importantes del mundo, y ello era en gran parte gracias a la ingente labor de trasvase de textos clásicos al castellano. Alfonso de Madrigal era una pieza fundamental de aquella maquinaria. Por eso, leer sus reflexiones acerca del fenómeno de la traducción no puede ser una simple anécdota, porque su trabajo intelectual se incardina dentro de un movimiento mucho más profundo, un auténtico renacer intelectual que, con el andar de los tiempos, daría lugar a los Siglos de Oro.
El libro se abre con una amplia introducción dividida en siete subapartados (pp. 7-82). El primero de ellos (pp. 7-15) consiste en una introducción genérica al personaje de «El Tostado» y al panorama académico de los estudios sobre el humanismo castellano (esos tópicos de que hemos tratado en las líneas que preceden). Después, se profundiza en su biografía, o, mejor dicho, en lo poco que se sabe de su biografía (y es que para estos personajes de la decimoquinta centuria la documentación es realmente escasa) y en su obra y fortuna editorial, así como en el método de trabajo que lo caracteriza y que le permitió la construcción de una obra de tal envergadura. En el segundo punto (pp. 16-31), se habla de la traducción de los Chronici Canones, punto de partida del Comento, y se describe el único manuscrito que contiene dicha vulgarización (BNE 10811) que, como dijimos, ya fue publicada años atrás por esta misma editorial. Se sigue comentando brevemente las partes de que se compone esta obra histórica comenzando por Eusebio para entrar luego directamente en la traducción de san Jerónimo. A una utilísima tabla en que se comparan los diversos momentos de transmisión y adiciones al texto (Eusebio-Próspero-Jerónimo) sigue una enumeración de los principales códices que contienen el producto final que llegó a Madrigal en el siglo XV. Oportunamente, se explica por qué esta labor filológica es importante para comprender la traducción y el Comento castellanos, ya que muchas de las lecturas particulares del manuscrito utilizado dan lugar a características importantes de la labor de Madrigal. Este segundo punto se cierra recorriendo las fases de trabajo de nuestro autor sobre la obra de Eusebio: la traducción, de entorno a 1449; un «breve» comentario en latín con propósitos académicos, de 1450; y el propio Comento, escrito para el Marqués de Santillana entre 1450 y 1451.
La tercera parte de la Introducción (pp. 31-40) compara el primitivo comentario en latín con su homólogo en romance (muchísimo más extenso) para concluir que este segundo no es en ningún caso una traducción de aquel. Para ilustrar estas conclusiones se introduce una tabla comparando fragmentos de ambos comentarios. Sigue en la cuarta parte un análisis del Comento (pp. 40-46), haciendo hincapié (como no podía ser de otra manera) en los capítulos I-XXIX, que son los que se editan. El siguiente apartado (pp. 46-57) supone un interesantísimo análisis del contexto teórico de la traducción a finales de la Edad Media, en la línea de los estudios del doctor López Fonseca y algunos colegas como Julio César Santoyo. Se comienza repasando el concepto de la traducción de san Jerónimo, se trata después del concepto que de ella se tenía en el cuatrocientos de Italia y Castilla, y, por último, del que propiamente tenía el protagonista del estudio: Alfonso de Madrigal.
El sexto punto (pp. 57-71), quizá la parte más puramente filológica de la publicación, se dedica a analizar la tradición manuscrita e impresa del Comento. De entre los manuscritos, el más importante para el propósito de los editores es el ms. 2479 de la Biblioteca General Histórica de la Universidad de Salamanca, ya que es el único autógrafo de «El Tostado» que contiene los primeros capítulos. Sin embargo, del mismo texto se conservan también el ms. 2485 de la biblioteca salmantina, así como la copia que estuvo en la biblioteca del Marqués de Santillana, el ms. 10808 de la BNE. Después de este repaso a la tradición manuscrita, se trata brevemente el caso de la edición impresa de 1506-1507, cuyo texto, muy corrompido, es poco útil. Por último, los editores proponen su stemma codicum como un complemento para comprender la fortuna del texto, ya que la edición se basa únicamente en el autógrafo de Madrigal. A este sexto apartado sigue una breve nota a sus criterios como editores y las páginas dedicadas a la bibliografía (pp. 72-82). Queda claro, pues, que lo que el lector encontrará en este volumen es un trabajo de estricta seriedad académica, fruto de un profundo estudio y conocimiento del autor, la obra, su contexto, y, fundamentalmente, de todos los entresijos filológicos que son necesarios para el establecimiento de un texto de pretensión definitiva que ofrecer a los interesados en acercarse a la obra de Madrigal.
Dicho esto, nos queda aún la parte más importante, que son las cerca de ciento cincuenta páginas que ocupan los veintinueve capítulos del Comento. El texto de «El Tostado» se divide en tres partes bien diferenciadas: el capítulo I («prólogo en el qual se pone la ententión del autor»), el II («la exposición del primero prólogo del libro el qual es de Próspero»), y los III-XXIX («del prólogo de Iherónimo sobre Eusebio»). El primero constituye unas breves palabras preliminares en el que Madrigal anuncia su intención de «escriuir algunos comentos o breues glosas por las quales algunas de las cosas obscuras o menos entendidas más abierto podiessen seer cognocidas». El comentario al pequeño prólogo de Próspero, por su parte, ocupa algo menos de diez páginas, en las que se nos explica quién fue este poco conocido autor, discípulo de san Jerónimo y también santo de la Iglesia Católica. Pero el verdadero meollo del texto de Madrigal es el largo comentario al prólogo del de Estridón. Si las palabras del santo ocupan unas tres páginas y media, los comentarios de nuestro autor castellano se extienden por más de ciento cuarenta, divididas en veintisiete capítulos.
No queremos extendernos más de lo que ya lo hemos hecho, pero tampoco podemos dejar de llamar la atención sobre un par de pasajes, como una suerte de cata de lo que el lector encontrará aquí: las líneas del capítulo cuarto en que el autor diserta acerca de las cualidades que son necesarias a cualquier traductor («entendimiento de la verdad de la sentencia de aquella cosa que interpreta», es decir, una comprensión profunda del texto, y «perfecto cognocimiento de aquellas dos lenguas de quien et en quien traslada»); y el pasaje casi inmediatamente posterior en que Madrigal trata de la poesía y las dificultades que esta impone sobre el traductor («porque los poetas non dizen la cosa que quieren abierta, mas encobierta en diuerssos linages de figuras, las quales ensalçan la fabla et lo pequeño fazen parecer muy grande», que recuerdan a esas otras palabras de Santillana al condestable de Portugal: «¿qué cosa es la poesía […] syno un fingimiento de cosas útyles, cubiertas o veladas con muy fermosa cobertura…?»). En definitiva, animamos a los interesados en este momento cultural de nuestra historia a acercarse con tranquilidad a esa «conversación entre personas inteligentes», que diría otro poeta, Ezra Pound, y vea en primera persona de qué manera se transmite el saber, de generación en generación, en un diálogo ininterrumpido con los gigantes que nos antecedieron (San Jerónimo con Madrigal, y Madrigal con ustedes).

Bibliografía
- Ynduráin, Humanismo y renacimiento en España, Madrid, Cátedra, 1994.
- López Fonseca & J. M. Ruiz Vila, “De las crónicas o tienpos” de Eusebio-Jerónimo-Próspero-Madrigal. Estudio y edición crítica, Madrid, Guillermo Escolar, 2020.
CITA BIBLIOGRÁFICA: J. M. López Cascales, «El pensamiento sobre la traducción en los albores del Humanismo castellano», Recensión, vol. 15 (enero-junio 2026) [Enlace: https://revistarecension.com/2026/01/24/elpensamiento/ ]