Vol. 15 / enero-junio 2026
ARTÍCULO / COMENTARIO BIBLIOGRÁFICO. Autor: Carlos Fortea (UCM)
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¿Sueñan los traductores con ovejas eléctricas?[1], se preguntaba en 2023 José Francisco Ruiz Casanova, parafraseando la célebre novela de Philip K. Dick que dio origen a la celebérrima película de Ridley Scott sobre esos replicantes tan humanos que lloraban su muerte con no menos dolor del que nosotros lloraremos la nuestra.
Dos años después, los traductores tenemos pesadillas, cosa perfectamente tipificable como enfermedad profesional, porque a la pesadilla de educar a los clientes, de discutir con los editores, de explicarle a la gente que el nombre que figura en la cubierta y aun así no han visto es el tuyo, se suman ahora no ya las ovejas, sino más bien los lobos electrónicos, pero también las ovejas humanas, siempre tan dóciles, siempre tan problemáticas.
Durante varios meses, me he negado a escribir sobre el tema de la muy mal llamada inteligencia artificial, porque en el mundo en el que vivimos cualquier tema de actualidad incurre en un estás conmigo o contra mí que viene acompañado de manera inmediata por el fantasma de la simplificación: objetar la presunta inevitabilidad de la nueva máquina milagrosa se considera negacionismo, argumentar se interpreta de manera unívoca como un intento de “retrasar” lo que no puede ser detenido, despreciando como hostil al progreso toda posibilidad de que el progreso pueda ser modulable, sometido a reglas, organizable… tal como lo ha sido en el pasado.
De hecho, en el debate se introducen a menudo argumentos mágicos. Mientras los defensores de la herramienta –volveremos a usar este término– exponen con ventaja sus virtudes, el debate se mantiene dentro de los términos lógicos, pero cuando el escéptico logra refutarlas es frecuente hallarse ante la repentina pared de un argumento casi religioso: la máquina tiene imperfecciones, admiten sus furiosos defensores… “Pero aprenderá”.
La respuesta no carece de interés, pero no por su contenido: parece razonable que, si se nos dice que la máquina está diseñada para aprender de la interacción con el ser humano, se dé por hecho que de esa premisa se deduzca un progreso de la herramienta. Pero lo interesante de la respuesta no es su contenido, sino su forma: la convicción con la que el adepto expresa, de manera acrítica, su seguridad en que el artefacto aprenderá hasta invalidar todas las objeciones que se le plantean. A partir de este punto ya no se hace preciso seguir argumentando. Porque, llegados a él, el fenómeno pasa de tecnológico a religioso. Ya no hay argumentos, hay fe.
Tampoco carece de interés el hecho de que en la primitiva exposición de los supuestos méritos del invento predominen expresiones de entusiasmo basadas sobre todo en el asombro. Es que es asombroso, dicen, te contesta en fracciones de segundo. Es decir, nos deslumbra la magia que se despliega en nuestras pantallas. Lo que por cierto está en el origen de la mayoría de las religiones. Un milagro. Un milagro en el que, por otra parte, queremos creer, segunda condición de las religiones. Cuando a la magia de la velocidad se le objeta el argumento de que eso ya lo hacen desde hace décadas nuestras calculadoras de bolsillo, que en un milisegundo son capaces de extraer perfectamente la raíz cuadrada del número 4 327,362, el adepto contesta simplemente que eso “no es lo mismo”.
Estamos, además, ante una religión portátil y personalizable. A diferencia de las religiones anteriores, esencialmente comunitarias, a este nuevo y brillante mesías sobre pantalla plana nos lo podemos llevar a casa descargándolo, gratis, de ese nuevo sucedáneo del cielo que llamamos, no por casualidad, la nube.
Esto no afecta solo a la traducción, sobre la que trataremos de volver más tarde. Los medios de comunicación informan a diario de que muchas personas recurren a los programas de inteligencia artificial para emplearlos como psicoterapeutas[2]. Es más, el asunto ocupa a los expertos, que hablan de “the promising effects of using GenAI as an adjunct to human services or as an independent solution” y hablan de resultados estadísticos según los cuales las respuestas de la máquina “were rated equal to, or more empathic than, responses written by a human”[3]. Ya hay gente que, al margen de los estudios académicos experimentales, dialoga motu proprio con la máquina y sigue sus consejos, lo que está empezando a causar alarma entre los profesionales de la salud mental. Se ha producido al menos un suicidio de un joven que se enamoró de un personaje artificial[4]. El primer ministro de Suecia reconoce que emplea ChatGPT para pedirle una “segunda opinión” sobre las cuestiones que afectan a sus ciudadanos[5] (no nos dice a quién pide la primera, pero me alegro de no ser sueco).
Cabe suponer, por extensión, que habrá otros buscando consejos financieros, oportunidades de inversión, formas de tener éxito en la vida. Como las religiones, la inteligencia artificial ofrece, una vez más, alternativas a la responsabilidad y, en el peor de los casos, a la desesperación.
Pero vamos a no ser negacionistas. Como apuntábamos antes, ese “aprenderá” tiene un fundamento lógico. Porque se presupone que esa máquina no va a desarrollar inteligencia, sino que ya es inteligente, y, por tanto, porque es inteligente, aprenderá. Pero la máquina no es inteligente. No es más que una gigantesca calculadora, que por cierto consume enormes cantidades de electricidad y agua, que combina segmentos informativos a gigantesca velocidad, calcula su probabilidad media de aparecer juntos y, a partir de ella, determina respuestas probables a las preguntas que se le plantean. Con un sesgo añadido que tiende a complacer. Porque sus respuestas dependen del material con el que ha sido alimentada, cuya selección previa ha sido hecha por seres humanos carentes de inocencia.
La cuestión religiosa va un poco más allá de la mera fe, e incorpora un segundo elemento. Aprenderá, me dicen, y detecto la fe, pero me doy cuenta al mismo tiempo de que, como enseña la Historia, la fe comporta la expresión de un deseo. Creemos porque queremos creer, así que queremos que aprenda. Queremos que nos siga maravillando con su increíble rapidez y elegancia.
¿Queremos que nos sustituya? Sus defensores parecen evitar esta pregunta. Dan por hecho, con curioso fatalismo, que también tiene algo de místico, que la respuesta es sí, pero aun así no se muestran asustados, sino fascinados, con la posibilidad de ser eliminados de la vida laboral, con la hipótesis de que sus hijos ya no puedan ganarse la vida como lo hicieron ellos. En cualquier otra hipótesis, llamaríamos a esto fascinación suicida, pero en el caso que nos ocupa lo llamamos progreso.
Pero dejemos esto para otro momento. Supongamos que es cierto que la máquina aprenderá. ¿Qué aprenderá? Los más visionarios dicen que sus capacidades son imprevisibles. Hipotéticamente, las máquinas podrían desarrollar tipos de inteligencia distintos de la humana. Lógicas nuevas. Pero se nos olvida que para eso tendrían que haber sido programadas de otro modo. Tal como lo han sido, su única fuente de alimentación es el pensamiento humano, su único mecanismo la combinatoria, y por esa razón no están en condiciones más que de generar “zumo de pasado”, como decía con mucha gracia en una entrevista una directiva de la Sociedad General de Autores[6].
¿Qué significa esto? Que, si la máquina llega a desarrollar alguna inteligencia, desarrollará una inteligencia humana. Y sabemos muy bien cómo funciona la inteligencia humana. Funciona, en primer lugar, a partir de la educación y de la experiencia. Es así como llega a conclusiones. De donde se deduce que la educación recibida es muy importante. En el caso de la llamada Inteligencia Artificial, su educación se ha hecho a base de unos conocimientos acumulados que se caracterizan por el predominio de una visión del mundo occidental, masculina y blanca, porque eso y no otro es, cuantitativamente, lo que se encuentra en las bibliotecas y laboratorios que han sido saqueadas y saqueados, sin ningún respeto por la, en ámbitos distintos del intelectual, sacrosanta propiedad privada[7], por los diseñadores de estas máquinas.
Su experiencia se nutre, según parece, de su propio producto. Según se nos informa día sí día no a través de los medios de comunicación, ya está produciéndose la paradoja de que la IA incorpora a sus bases de datos las interacciones, productos y respuestas generadas por la propia IA, lo que está llevando a la perpetuación de errores y situaciones chuscas por el estilo. La Inteligencia Artificial es muy rápida, pero aún está por ver que esté demostrando ser además muy lista. Se alega como prueba que ha sido capaz de derrotar a un campeón de ajedrez. Pero el hecho de que juegue muy bien al ajedrez no significa nada. El número de jugadas que pueden hacerse en 64 escaques es matemáticamente finito, y nuestro autómata las tiene almacenadas todas. Siento el negacionismo.

Tratemos de dar un paso más. Puesto que la IA se nutre de información existente, también se le habrá suministrado, de la misma manera que información médica, matemática, arquitectónica o bioquímica, información moral. Y se habrá hecho con los mismos criterios cuantitativos. O no, claro. Puede que haya habido filtros previos. ¿Son públicos? ¿Estaremos quizá ante una avanzada del progreso, en palabras de Conrad, o nos estaremos adentrando en el corazón de las tinieblas, por no salir de Conrad?
Me temo que, si lo que ha recibido como información es el acceso libre a lo existente, la Inteligencia Artificial desarrollará un modo de pensar predominantemente humano, que reproducirá inevitablemente los modos de pensar de esta sociedad a la que tantas objeciones ponemos y a la que con tanto entusiasmo nos sometemos, por la mera razón de que son los modos de pensar mayoritarios, y con ellos habrá sido alimentada.
Pero regresemos a la fe. Las experiencias cotidianas nos muestran que nos adentramos en una era de irracionalidad. Al volante de un coche, seguimos ciegamente las instrucciones de una calculadora que nos hace dar gigantescos rodeos y recorrer destrozadas carreteras comarcales porque, en el cómputo global de ruta, llegamos a destino tres segundos antes. Y le hemos pedido la ruta más rápida, ¿no? Es culpa nuestra.
Tenemos fe en la máquina que han diseñado seres como nosotros, es decir, dotados de al menos la misma dosis de mala fe, capacidad de engaño, codicia y malevolencia que nosotros mismos. Y que además obtienen, eso sí es demostrable, beneficio económico directo de que usemos la máquina. Aceptamos que oriente nuestras preferencias por un procedimiento de bombardeo basado en nuestras propias preferencias anteriores, que llena nuestros móviles de noticias sugeridas que quizá no tendríamos mayor interés en leer por iniciativa propia. Y asumimos las consecuencias. También las políticas
Se preguntará el lector qué tiene que ver esto con la traducción. Creo que mucho. Y no solo por lo que se refiere a nuestra hipotética sustitución por este rapidísimo superplagiador, sino a la profunda vinculación que la creación literaria tiene con la conciencia humana. A su destino de ofrecer interpretaciones nuevas a los problemas viejos, de dar respuestas a los problemas nuevos, de ofrecer formas nuevas para contar lo mil veces contado. A la oportunidad de dar una visión disidente de la realidad que nos rodea. Incluso una escapista, si así lo decidiéramos. Porque el escapismo no siempre es una huida de la realidad, sino la creación de una realidad alternativa.
No sé si la IA va a ser o no capaz de sustituir completamente al traductor en su tarea. Los experimentos que todos hemos hecho con la nueva máquina muestran hasta qué punto da buenas soluciones a los problemas menos complejos y catastróficas respuestas a los complicados. Hemos visto la poca elegancia que es capaz de imprimir a sus soluciones, porque entre todas las posibilidades ha sido entrenada para elegir siempre las más frecuentes, y por supuesto ignora cuándo debe elegir un adjetivo antepuesto o uno pospuesto, lo que no es sorprendente para quienes tenemos que decidir en cada ocasión si vamos a referirnos a “la arquitectura moderna” o a “la moderna arquitectura”. Pero no es eso lo que me preocupa. Estoy seguro de que eso sí lo aprenderá. Me preocupan cuestiones menos superficiales.
Quizá sea el momento de volver a preguntarnos qué es una traducción. Si la respuesta es que una traducción es un procedimiento de descodificación y recodificación mecánica, entonces es posible que la máquina llegue a conseguirlo, incluso si no puede prescindir nunca de un revisor humano, tal como ahora se extiende y se formula como el más probable de nuestros futuros. Pero para quienes creemos que una traducción es una nueva interpretación de un texto, esa respuesta queda muy, pero que muy lejos de las expectativas.
Juan Gabriel López Guix ponía hace pocas fechas, en la revista digital El trujamán, un luminoso ejemplo de lo que comentamos. Nos menciona una disyuntiva que se plantea en la primera página de El corazón de las tinieblas, la obra de Joseph Conrad a la que antes aludíamos. En dicha página figura la siguiente frase: “The Accountant had brought out already a box of dominoes and was toying architecturally with the bones”, que un traductor automático traduce, de manera correcta, como “El Contable ya había sacado una caja de dominó y jugaba arquitectónicamente con las fichas”. El traductor humano nos da otra versión, en la que sustituye “fichas” por “huesos”, y lo argumenta de la siguiente forma:
El relato no se limita a contar la historia de Marlow o la historia de Kurtz, con todos los dilemas morales asociados a ellas, ni tampoco únicamente a denunciar las atrocidades congoleñas del infame monarca belga que fue Leopoldo II. Incluido en la historia que enmarca la narración de Marlow, el anodino gesto de juguetear con las fichas de dominó permite atisbar una interpelación más general en esos “huesos” fácilmente invisibilizados en una traducción o en una lectura rápida.
Remito a El trujamán para leer la argumentación completa[8]. Lo que me interesa en este momento es, únicamente, enfatizar que López Guix reseña una posible traducción interpretativa que intenta recoger la intención del autor, tal como el traductor la ha percibido. Es cierto que no tenemos ninguna certeza de que esa fuera la intención de Conrad, pero no es menos cierto que la interpretación del traductor nos abre ventanas en el libro que la traducción anterior no ofrece. Y eso no significa que sea peor. Pero carece de prospección, carece de criterio. Ha elegido “fichas” únicamente porque, en su memoria elefantiásica, aparece más veces vinculado a “dominó”.
Un traductor humano también habría podido hacerlo, pero Guix no lo ha hecho. Y eso da la medida de una traducción llena de posibilidades. Un traductor humano detecta bajo el texto un oleaje que está en sus manos aflorar o no a la superficie, y que está detrás de las muchas lecturas que permite un libro. La desaparición de esas muchas lecturas será, sencillamente, la pérdida de un patrimonio inmaterial de la humanidad.
Pero no solo será una pérdida, sino un peligro. Como bien dice Ruiz Casanova, nada sospechoso de negacionismo, si llega el caso en el que la máquina alcance la cima de su aprendizaje:
En dicho estadio, el de la suficiencia traslativa de las IA de traducción, esto es, cuando el resultado sea totalmente satisfactorio (según métricas y cánones establecidos) e invariable, esto es, cuando de un texto haya solo una versión traducida y solo una, habremos llegado al grado cero de la traducción, ese estadio en el que los riesgos de manipulación mediante ingeniería informática pueden transformar, acortar, modificar, censurar, incluso borrar textos o partes de los mismos según conveniencia o necesidad. Primero, la traducción borra de manera universal las diferencias, las diferencias lingüísticas, hasta el punto de que perdemos la conciencia de dicha diversidad; después, la traducción da una versión única del texto desaparecido, del texto escrito en otra lengua. Hemos llegado al perfecto paraíso monolingüe y al sueño delirante de cualquiera que pretenda el control de la cultura humana[9].
Pido disculpas por la extensión de la cita, pero no le sobra ni una palabra… ¿Queremos ese mundo monocorde, homogéneo, sujeto a manipulación? Estoy seguro de que hay quién sí lo quiere. Pero que nadie tema que, ya que no me reconozco como negacionista, me identifico como apocalíptico: no creo que tal cosa vaya a ocurrir. Pienso que esta herramienta, utilizada como tal herramienta, no tardará en bifurcarse para dejar atrás algunas aplicaciones útiles y desaparecer, a la corta o a la larga, en muchos otros ámbitos. Lo creo, entre otras cosas, porque su curva de rentabilidad va a ser descendente. El coste en energía y en consumo de agua es prohibitivo, y cuando deje de producir beneficios gigantescos, los únicos que hoy en día una empresa que se precie admite como tolerables, más de un jugador se retirará del tablero llevándose las ganancias cobradas.
Pero, por el camino, causará numerosos destrozos. Mucha gente perderá su trabajo, y otra lo encontrará desvalorizado. Luego, poco a poco, volveremos a buscar lo nuevo en lugar de querer zumo de pasado, y es incluso posible que se produzca la paradoja de que los productos de creación humana pasen por una etapa, más corta o más larga, de valor añadido. Sobre qué paisaje de ruinas brotará este árbol, es algo que no me siento capaz ni deseoso de profetizar.
Esto no deja de ser una especulación propia, y yo no tengo fe, así que no me siento en condiciones de afirmar nada. Lo que me preocupa es, vuelvo sobre ello, el aspecto taumatúrgico del asunto, porque es el que da pie a las aspiraciones de poder de muchos. Que todo esto responda a la necesidad de creer en algo que sustituya las creencias perdidas. La inteligencia artificial como síntoma de una sociedad desesperanzada. El caldo de cultivo perfecto para un tecnofeudalismo carente de escrúpulos.
Los creadores, y con esta palabra me refiero también a los traductores, creadores de lenguaje, intérpretes de textos, nos encontramos ante la paradoja de que, en el momento de la historia que menos atención nos presta, en el nadir de nuestro prestigio social, volvemos a hacer falta para dotar de un relato aceptable a una sociedad que se desmorona. Cuando digo un relato aceptable, me refiero a uno que no se base en la simplificación y no sea, por tanto, más que el viejo relato, hiel en lugar de zumo, hiel del pasado.
En apariencia, lo tenemos todo en contra. Representamos una dedicación arcaica en un tiempo de fascinación tecnológica. Una profesión presuntamente inútil en una época de utilitarismo. Una ocupación poco rentable en tiempos de sacralización de la rentabilidad. Pero hay una cosa a nuestro favor: que nunca hemos escrito con una finalidad práctica. No nos pedimos a nosotros mismos ni un sistema estructurado para satisfacer a alguien ni una imago mundi elaborada de forma intencional. Sencillamente nos dejamos ir, partiendo de la base de que escribiríamos aunque no tuviéramos más que un solo lector -probablemente una sola lectora- que estuviera esperándonos al otro lado.
Representamos, pues, la antítesis de la inteligencia artificial. No somos una herramienta, sino quizá, en el mejor de los casos, un vehículo. No somos rápidos, sino que hacemos apología de la lentitud y la maduración, de la fermentación que conduce al vino. No queremos que nadie nos consulte sino, como mucho, que alguien vibre a la par que nosotros, en una misma longitud de onda.
Y, sobre todo, no pretendemos ser la religión de nadie. Como mucho, una luz de pequeña intensidad para que almas perdidas en medio de la noche sepan que hay otras almas como ellas, y merece la pena seguir buscando. Una luz que no debe apagarse.
Notas
[1] J. F. Ruiz Casanova, ¿Sueñan los traductores con ovejas eléctricas?, Madrid, Cátedra, 2021.
[2] “Mi ‘psico’ es un robot: La IA emerge como alternativa para problemas de salud mental”, en https://elpais.com/tecnologia/2025-01-21/mi-psico-es-un-robot-la-ia-emerge-como-alternativa-para-problemas-de-salud-mental.html (consultado el 18-11-2025).
[3] S. Gabe Hatch et al., “When ELIZA meets therapists: A Turing test for the heart and mind”, en https://journals.plos.org/mentalhealth/article?id=10.1371/journal.pmen.0000145 (consultado el 18-11-2025).
[4] “Un adolescente se suicida en EE.UU. tras enamorarse de un personaje creado con IA”, en https://elpais.com/tecnologia/2024-10-24/un-adolescente-se-suicida-en-ee-uu-tras-enamorarse-de-un-personaje-creado-con-ia.html (consultado el 18-11-2025).
[5] “El primer ministro sueco admite que usa ChatGPT para una “segunda opinión” en sus labores de gobierno”, en https://elpais.com/internacional/2025-08-06/polemica-en-suecia-tras-admitir-el-primer-ministro-que-usa-la-inteligencia-artificial-en-sus-tareas-de-gobierno.html (consultado el 18-11-2025).
[6] “Juana Escudero, especialista en derechos de autor: ‘A la IA solo se le puede pedir que te haga zumo del pasado’”, en https://elpais.com/cultura/2024-12-07/juana-escudero-especialista-en-derechos-de-autor-a-la-ia-solo-se-le-puede-pedir-que-te-haga-zumo-del-pasado.html (consultado el 18-11-2025).
[7] “La cultura escrita: el bien que común que nadie quiere pagar y así nos va”, en https://www.jotdown.es/2025/11/la-cultura-escrita-el-bien-comun-que-nadie-quiere-pagar-y-asi-nos-va/ (consultado el 18-11-2025).
[8] J. G. López Guix, “Huesos”, El trujamán, 29 de octubre de 2025, en https://cvc.cervantes.es/trujaman/anteriores/octubre_25/29102025.htm (consultado el 18-11-2025).
[9] J. F. Ruiz Casanova, “Por qué preferimos imaginar el futuro a preguntarnos por el presente: la traducción literaria y la IA”, 1611. Revista de historia de la traducción, 17 (2023), p. 7.
CITA BIBLIOGRÁFICA: C. Fortea, «Una cuestión de fe», Recensión, vol. 15 (enero-junio 2026) [Enlace: https://revistarecension.com/2026/01/23/una-cuestion-de-fe/ ]