DE RADA A RICCI: DESCRIPCIONES OCCIDENTALES DE LA CHINA MING

Vol. 13 / enero 2025 
ARTÍCULO / COMENTARIO BIBLIOGRÁFICO. Autora: Ruojun Chen (Universidad Pontificia Comillas)

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Folch, Dolors, En el umbral de la China Ming (Las relaciones en el siglo XVI de Martín de Rada, Francisco de Dueñas, Miguel de Loarca, Pedro de Alfaro y Agustín de Tordesillas), Barcelona, Icaria (Colección Antrazyt), 2021, 415 pp.

González de Mendoza, Juan (1585), Historia de las cosas más notables, ritos y costumbres del gran reino de la China, edición de Juan Gil, Madrid, Fundación José Antonio de Castro (Colección Biblioteca Castro), 2022, 619 pp.

Ricci, Matteo (1609-1610), Descripción de China, edición y traducción del italiano de Giuseppe Marino, Madrid, Trotta, 2023, 255 pp.

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La construcción de la imagen occidental de China durante la dinastía Ming (1368-1644) es un proceso cultural progresivo que se acelera a partir de 1514 con la llegada de los portugueses a Macao, y de 1565 con el asentamiento de los castellanos en las islas llamadas Filipinas. Es fundamentalmente obra ibérica y de diferentes órdenes religiosas católicas (agustinos, franciscanos y, en especial, jesuitas). Se trata de un proceso global que coincide con la época de los descubrimientos, esto es, del expansionismo militar, comercial y misionero portugués y castellano. Es también un proceso gradual de acercamiento, desde fuera a adentro, desde la periferia al centro, que lleva desde el pequeño puerto cantonés de Macao y desde el parián de Manila hasta la corte Ming situada en la ciudad prohibida de Pekín. Finalmente, es también un proceso intertextual e intelectivo vehiculado a través de cartas, relaciones de viajes y tratados históricos, que sintetizan diversas descripciones de la China Ming escritas en portugués y castellano por mercaderes, exploradores y misioneros.

Se trata de un proceso que puede reconstruirse desde una perspectiva bien histórico-geográfica o bien etnográfica y traductográfica, ambas necesariamente filológicas y comparadas, pues precisan de la edición crítica de los textos y de su comparación con las fuentes chinas. Por un lado, encontramos la ruta marítima portuguesa a China, que lleva, bordeando las costas africanas y la isla de Madagascar. en una primera etapa, desde Lisboa a Goa, en busca de especias.  Y, en una segunda etapa, desde Goa a Macao, como enclave comercial con China y Japón. Los primeros portugueses que llegaron a China lo hicieron a través de Cantón y del pequeño puerto de Macao, donde se les permitía comerciar. Se ha de tener en cuenta que, en esta época, la China Ming era un imperio cerrado, que no permitía, sino muy excepcionalmente, la entrada de extranjeros. Por eso no es de extrañar que las primeras descripciones directas de China en el siglo XVI fueran cartas y relaciones de portugueses cautivos en prisiones de Cantón, tales como las de Cristovão Vieira y Vasco Calvo de 1524, o la de Afonço Ramiro de 1555. Entre todas esas enformaçoes destaca la de Galiote Pereira, que estuvo preso desde 1553 a 1563. Se trata de testimonios de comerciantes y religiosos que describen China a partir de su experiencia como cautivos en Cantón, aportando información de primera mano sobre la organización del sistema judicial chino, aunque desconociendo en gran medida la lengua, la literatura, el pensamiento y la cultura chinas. Todas esas relaciones fueron a su vez leídas y tenidas en cuenta por el monje dominico Gaspar da Cruz, que estuvo cerca de mes y medio en Cantón y que a su vuelta a Portugal escribió en 1569 el Tratado em que se contam muito por extenso as cousas da China con suas particularidades e assi do Reino d’Ormuz, obra conocida comúnmente como Tratado das coisas da China, que fue el primer texto impreso occidental dedicado íntegramente a China. Al ser publicado, el texto de Gaspar da Cruz rompe con la política del “gran sigilo”. En 1577, Bernardino de Escalante hizo imprimir en Sevilla el Discurso de la navegación a Oriente y noticia del reino de la China. Esta obra, a menudo ignorada e infravalorada, es crucial para los intereses españoles. Por un lado, es una crónica detallada y precisa de la ruta portuguesa a India y a China y, por otro, sintetiza las informaciones que los portugueses habían recopilado hasta entonces sobre China, basándose fundamentalmente, aunque no solo, en la obra de Gaspar da Cruz.

El interés español sobre China se intensifica a partir de 1565 tras el asentamiento en las islas Filipinas y, sobre todo, de 1571, con la fundación de Manila por Legazpi. Precisamente extramuros de Manila, en el barrio llamado “parián”, se asentó la comunidad de comerciantes chinos procedentes de Fujian (los llamados “sangleyes” por los castellanos), que sirvió de puente cultural con los españoles, sobre todo con los frailes agustinos y franciscanos que llegaron allí para evangelizarlos y que, como Martín de Rada y luego Juan Cobo, entre otros, comenzaron a aprender chino hablado (el dialecto minnanhua, de Fujian) y la lengua escrita de los letrados, y posteriormente, tradujeron textos clásicos chinos al castellano y textos castellanos al chino, compilaron glosarios y escribieron textos en chino, de carácter religioso (catecismos y textos teológicos), científico y filosófico. Todo ello, con ayuda de “sangleyes” que se convirtieron al cristianismo, les enseñaron chino e incluso les acompañaron en las expediciones de 1575 y 1579 en calidad de intérpretes y traductores. China era vista por los españoles de la época como un gran reino con el que se podía establecer relaciones económicas y políticas, y al que se podía convertir al cristianismo. Incluso se hicieron llegar a Felipe II reiteradas propuestas de conquista militar, que el gobernante español no tomó en consideración, sino que intentó establecer relaciones diplomáticas con China hacia 1580. Para tal fin, hacía falta dominar la lengua china y que las autoridades de Fujian les autorizaran a disponer de un puerto franco, tal como dispusieron los portugueses de Macao a partir de 1553.

Fruto del interés que China suscitó en los españoles es una larga serie de cartas, memoriales y, en menor medida, relaciones de viajes y tratados. Conviene tener en cuenta que la China de la época Ming tenía prohibida la entrada marítima de extranjeros. No obstante, en noviembre de 1574 se presentó una oportunidad de establecer relaciones con China, cuando Manila frenó el ataque del pirata chino Limahón (Lin Feng), que estaba considerado el mayor enemigo del imperio de los Ming. En 1575, las autoridades chinas invitaron a una delegación castellana a ir a China, concretamente a Quanzhou, donde desembarcaron y a Fuzhou, capital de la provincia de Fujian. Entre los miembros de esa expedición figuraban el fraile agustino Martín de Rada y el soldado Miguel de Luorca (o Luarca). Como era costumbre en la China Ming, este tipo de embajadas tributarias tenía una duración aproximada de mes y medio. Las relaciones de Rada y Loarca (Luarca) proporcionaron las primeras visiones castellanas directas del Imperio Celeste. Ahora bien, debido probablemente a que el pirata chino Limahón consiguió escapar del cerco español, el sueño de tener un puerto franco en Fujian no llegó a materializarse y las transacciones comerciales chino-españolas se realizaron a través de Manila y de la ruta comercial que la conectaba con Acapulco, mediante el llamado galeón de Manila. Posteriormente, en 1579, hubo otra expedición castellana, esta vez sin el permiso ni de los chinos ni del gobernador de Manila, en la que participaron el fraile franciscano Agustín de Tordesillas y el soldado Francisco de Dueñas, que escribieron también relaciones tanto de su viaje como de su estancia en China. Asimismo, Pedro de Alfaro, jefe de esa expedición de 1579, escribió una extensa relación, en forma de carta, a sus superiores.

En realidad, las relaciones de viajes son descripciones manuscritas de China que obedecen a un mismo patrón. Se trata de informes confidenciales, redactados a veces a modo de cartas, y otras como relatos de viaje, destinados a superiores religiosos y/o políticos, dando cuenta de expediciones en las que participaron sus autores, y que compilan y resumen toda la información disponible en ese momento sobre China, a modo de panorámica completa del país, de su etnografía, geografía, productos, artes, lengua, gobierno y religión.

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En el umbral de la China Ming reúne las relaciones castellanas del siglo XVI sobre la China Ming en un extenso volumen firmado por la historiadora Dolors Folch, pionera de los estudios de Asia Oriental en España. En una primera parte introductoria, articulada en cinco capítulos, se explica el contexto de las relaciones castellanas del siglo XVI sobre la China Ming: I ¿Dónde está China?; II El mundo más allá del Océano; III Los otros chinos; IV La China a la que llegaron, y V Libros chinos y libros sobre China. La primera parte de la obra reúne la edición histórica anotada de las relaciones del viaje de 1575 de Martín de Rada y Francisco de Dueñas, y las del viaje de 1579 de Miguel de Loarca y Agustín de Tordesillas, así como la carta de Pedro de Alfaro a su superior Fray Juan de Ayora. Entre todas estas relaciones castellanas, destaca sin duda la de Martín de Rada, a quien cabe considerar como uno de los primeros sinólogos occidentales.

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La relación de Rada, como la mayoría de las relaciones de viaje de la época, consta de dos partes: una narración del viaje a China y de sus peripecias (en su caso, un viaje desde Manila a Quanzhou y Fuzhou, que duró desde el 12 de junio de hasta mediados de octubre de 1575) y una descripción de las cosas de China. Rada explica en primer lugar el nombre de China, “que propiamente se llama Taybin”. Marco Polo la había denominado Catay, probable corrupción del grupo tribal de los Qidan que fundó en el siglo X un nuevo reino al noroeste de China. El nombre Taybin es el nombre que se daba a la China de la dinastía Ming, y es una transcripción de “Daming”. Para llegar a esa denominación, Rada sigue “a lo escrito en sus libros”, esto es, los libros chinos. Rada afirma desconocer el nombre de China, aun cuando sabe que es la denominación que dieron los portugueses a China. Tanto China como Sina se derivan de la dinastía Qin, que se pronuncia como “Chin”, y que era el nombre con que China era conocida en el océano Índico, y que los árabes llamaron al-Sin. Rada sigue el orden descriptivo de las relaciones occidentales de China, habla de la grandeza y situación del reino, de las provincias en que se reparte, de las ciudades y villas, de la gente de guerra y guarniciones y armas, de sus habitantes y de los tributos, de su antigüedad e historia, de sus costumbre y trajes, comidas y convites, edificios y labranzas, minas y otras cosas que hay en la tierra, de la justicia y modo de gobernación, y finalmente de los dioses, ídolos, sacrificios y fiestas. Concluye así Rada la noticia de la gran China: “es la tierra muy fructífera y abundante y de infinita gente, aunque infiel, y con eso los males que se siguen a quien no conoce a Dios, al cual sea la honra y gloria por siempre jamás y los convierta y traiga a su conocimiento. Amén”. La edición,  excelentemente anotada, de la profesora Folch se basa en el manuscrito conservado en la Biblioteca Nacional de París. La minuciosa descripción de China de Rada, aun con sus evidentes límites, constituye una gran aportación castellana a la sinología occidental, y sólo sería superada por Gaspar da Cruz y por Matteo Ricci. Frente a otras descripciones portuguesas, la de Rada destaca por el uso de fuentes chinas, procedentes de los libros que compró durante su viaje, así como por la fina y penetrante observación de lo que vio en su corto viaje a dos ciudades de la provincia de Fujien.

La segunda parte de la monografía de la profesora Folch lleva el título de “Qiu Ying Remontando el río durante la fiesta Qingming (Qingming Shanghe tu)”. En esta parte, la sinóloga catalana, disecciona temáticamente el famoso rollo de pintura, de 6,7 metros de largo, de Qiu Ying (1494-1552), pintor de la época Ming, que realizó una versión del rollo creado por Zhang Zeduan, pintor de la dinastía Song, y lo acompaña de fragmentos de las relaciones castellanas del siglo XVI. Como señala Folch, “el mundo que se refleja en este rollo evoca múltiples aspectos de la sociedad Ming tal como aparecen en las relaciones castellanas del siglo XVI: sus imágenes ilustran el contenido de estos textos y corroboran su veracidad” (p. 333). Ello es así, cabe añadir, dado el hecho de que esas relaciones muestran una visión externa y limitada de China, no arraigada ni en el conocimiento de la lengua, la cultura, la idiosincrasia y el pensamiento, así como en un desconocimiento de las instituciones y gobernanza. La edición histórica de Folch incluye siete apéndices, entre los que cabe destacar las cartas de Rada al virrey de Nueva España (1572) y a fray Alonso de la Veracruz (1576), así como la reproducción del mapa de China conocido como Gujin xingsheng tu, que data de 1555, y que se conserva en el Archivo General de Indias. Finalmente, la monografía se cierra con un útil glosario de términos chinos.

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La Historia de las cosas más notables, ritos y costumbres del gran reino de la China,  del fraile agustino Juan González de Mendoza (1545-1618), se publicó por primera vez en Roma en 1585 y tuvo numerosas ediciones y traducciones. De hecho, fue la obra de referencia europea sobre China durante finales del siglo XVI y buena parte del XVII. Sin embargo, conviene tener en cuenta que fray Juan González de Mendoza nunca estuvo en China ni conoció la lengua mandarina. Su interés por China deriva de que fue escogido por Felipe II junto a otros dos frailes agustinos, Francisco de Ortega y Jerónimo Martín, para encabezar la embajada ante el emperador Wanli. Felipe II llegó a escribir dos misivas dirigidas al emperador chino pidiéndole que permitiera la predicación del cristianismo y establecer relaciones comerciales. Estas misivas y esta embajada no llegaron a China, pues fueron bloqueadas en el Virreinato de Nueva España. A su regreso a Roma, González de Mendoza compiló los materiales y fuentes que había reunido y que le sirvieron para escribir la Historia del gran reino de la China. Mendoza tuvo acceso a las relaciones castellanas de Rada, Dueñas y Luarca, entre otras. Sin embargo, su principal fuente de información fue el Discurso de la navegación que los portugueses hacen a los reinos y provincias del Oriente y de la noticia que se tiene del reino de la China, publicado en 1577 en Sevilla, obra que constituye la primera descripción impresa de China en lengua española y que, a su vez, es una compilación de las relaciones portuguesas sobre China y, sobre todo, del Tratado das cousas da China, de fray Gaspar da Cruz, que vio la luz en Évora en 1569. Sin embargo, tanto el Discurso de Bernardino de Escalante como el Tratado de Gaspar da Cruz, tuvieron una recepción mucho más restringida y limitada que la Historia de Mendoza.

Aunque existían varias ediciones de la Historia de Mendoza, la del académico Juan Gil es la primera edición filológica de esta importante obra. Acompaña a la edición leve y magistralmente modernizada, una extensísima introducción de 350 páginas en las que el académico y filólogo clasicista experto en relatos de viaje, aborda el “descubrimiento” de China, los portugueses y españoles en China, la vida y andanzas de fray Juan González de Mendoza, la composición, fuentes e historia del texto y una prolija y cuidada bibliografía. Son de gran valor los apéndices, que incluyen diversas descripciones de China, capítulos de cartas sobre “la conquista de China” y las entradas en China. Finalmente, la edición se cierra con un glosario de términos chinos y de otras lenguas asiáticas, elaborado con la colaboración de la profesora Luisa Shu-Ying Chang, de la National Taiwan University. A pesar del gran despliegue paratextual, la edición sigue el criterio de la Biblioteca Castro, de cuya colección forma parte, de no ir acompañada de notas críticas. Esto, por una parte, dificulta la comprensión fluida de las numerosas referencias chinas de todo tipo (terminológicas, históricas, culturales, religiosas, etc.) y, por otra, limita su enfoque a una visión externa y no contrastiva que no tiene en cuenta ni usa las fuentes chinas, tanto de la época Ming como actuales.

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Por último, nos ocuparemos de la Descripción de China, del jesuita Matteo Ricci (Macerata, 1552-Pekín,1610), en la pulcra y rigurosa edición del hispanista Giuseppe Marino, profesor de literatura española en la Universidad Complutense de Madrid, aparecida en la colección “Pliegos de Oriente”, de la editorial Trotta. Como afirma el profesor Marino, “la actualidad de un libro como este radica no solo en el testimonio directo que nos proporciona en relación al diálogo cultural entre Europa y Asia, sino que, más aún si cabe, la Descripción de China resulta un documento único por ser pionero en la inmersión histórica, política, social, religiosa y cultural que el misionero llevó a cabo en China durante varias décadas (…) La obra de Ricci es una relación necesaria para la reconstrucción histórica y social de China bajo la dinastía Mong y el gobierno del emperador Wanli. Pero, además, estamos ante un testimonio imprescindible del impacto mutuo de dos tradiciones ancestrales y milenarias (…) Los escritos de Ricci supusieron en su día una contribución esencial en lo que se refiere a la comprensión de China por la mirada de Occidente” (pp. 14-15).

Para valorar adecuadamente la extraordinaria aportación de Ricci al diálogo cultural entre China y Europa es preciso tener en cuenta su condición de sacerdote jesuita que vivió en diferentes ciudades de la China Ming (Macao, Zhaoqing, Nankín y Pekín, principalmente), desde 1582 hasta 1610.

Descripción de China reúne los diez primeros capítulos de Della entrata della Compagnia di Giesù e Christianità nella Cina que, a su vez constituye el primero de los cinco libros que conforman su magna obra conocida como Commentarij della Cina y también como Historia de la introducción del cristianismo en China. La obra fue escrita por Ricci en italiano a partir de 1509 y fue completada tras su muerte, acaecida el 10 de mayo de 1510, por Nicholas Trigault, quien incorporó 19 hojas a los libros IV y V, a las 122 autógrafas de Ricci. Por orden del General de la Compañía, Claudio Acquaviva, Trigault tradujo los cinco libros al latín y se publicaron en otoño de 1615 en Ausburgo bajo el título De Christiana Expeditione apud Sinas ab Societatu Iusu suscepta, ex P. Mattahei Riccj commentariis Libri V, auctore P. Nicolao Triaguatio, Belga. Se hicieron varias reimpresiones de la obra en latín y se tradujo al alemán, español, italiano, francés e inglés.

Para esta edición española, el profesor Marino ha traducido desde el italiano los diez capítulos que constituyen la Descripción de China, es decir, el primer libro de los cinco que forman la obra de Ricci. La edición se acompaña de gran cantidad de notas, reproducidas en buena medida de las recientes ediciones italianas, y de un riguroso y útil índice analítico. Se trata de una magnífica introducción a la China Ming y, en general, a la cultura china, que ofrece, como indica Marino, “una panorámica completa del país, de su etnografía, geografía, productos, artes, lengua, literatura, gobierno y religión”. Aun cuando Ricci sigue en apariencia el esquema narrativo de las relaciones de Rada, Galeote Pereira, y de los tratados de Gaspar da Cruz, Bernardino de Escalante y González de Mendoza, su descripción de la China Ming se distingue por la exactitud de las informaciones y por la experiencia directa de los hechos narrados, es decir, por el conocimiento directo y profundo de una China vista, vivida y comprendida a través de su lengua, su pensamiento, su cultura, sus instituciones y la idiosincrasia del pueblo chino. Ricci profundiza e ilumina cuatro ámbitos de experiencia: el gobierno del estado, las religiones y filosofías de China, las ciencias y las artes, y las supersticiones y abusos. No se trata sólo de una descripción, general y analítica, sino de una introducción a una obra que, en parte es concebida como memoria de una vida en China dedicada al estudio y a la actividad misionera, y también como una reivindicación de la política de asimilación y de inculturación llevada a cabo por Alessandro Valignano y continuada por Ricci, entre otros. Se trata, además, de una de las grandes construcciones del comparatismo de todos los tiempos, que supuso un cambio de paradigma en la percepción occidental de China. Ricci describe la China Ming como alguien que la conoce profundamente desde dentro y quiere hacerla comprender a un lector occidental destacando comparativamente sus rasgos diferenciales respecto a Occidente. En ese sentido, Ricci dialoga con las descripciones anteriores, corrigiendo y ajustando detalladamente, sin idealizar ni exagerar, eso sí, llevado por su misión evangelizadora. De hecho, se trata de la primera descripción de un occidental de la China Ming que los propios chinos han tenido en cuenta para reconstruir ese período de su historia. Muy diferente fue la recepción de la obra de Ricci en Occidente, debido en gran medida a lo que se denominó la controversia de los ritos, producto de la rivalidad entre las diferentes órdenes religiosas católicas frente a la política de adaptación de los jesuitas. En español aún están disponibles las 54 cartas que Ricci envió desde China, lo cual complementa su magna obra.

Como explica el propio Ricci en el prólogo: “nosotros, que vivimos en este reino desde hace más de treinta años, discurrimos con las personas más notables y nobles y principales de las provincias, tratamos continuamente en ambas cortes [Nankín y Pekín] con los principales y más ilustres magistrados y literatos del reino, hablamos su lengua, aprendimos sus ritos y costumbres y, por último, lo que más importa, día y noche tenemos en nuestras manos sus libros, los cuales jamás fueron considerados por los otros que vinieron a China, sino que solo supieron por boca de otros, los cuales no fueron tan instruidos como nosotros” (p. 79).

Finalmente, quisiera destacar los rasgos comunes entre la relación de Ricci y la de su estrecho colaborador en la misión de Pekín, Diego de Pantoja, que data de 1602. Es este otro aspecto que encontramos en las relaciones jesuíticas, su carácter coral, de continuidad en la construcción de una imagen del país y de su conocimiento. En tal sentido, estas relaciones también son complementarias de las cartas anuas, de su labor de escritura en chino de textos religiosos, técnicos y científicos, a la traducción al chino de obras occidentales y del chino al latín de grandes textos del pensamiento, como los Cuatro libros de Confucio.


CITA BIBLIOGRÁFICA: R. Chen, «De Rada a Ricci: descripciones occidentales de la China Ming», Recensión, vol. 13 (enero-junio 2025) [Enlace: https://revistarecension.com/2024/12/28/de-rada-a-ricci-descripciones-occidentales-de-la-china-ming/ ]

 

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