Vol. 13 / enero 2025
RESEÑA. Autor: David Peidro Pérez
Antonio Domínguez Rey, La voz alofónica. Potencia poética del lenguaje, Madrid, Editorial UNED, 2024, 544 pp. (ISBN: 978-84-362-7953-5).
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Solo de manera excepcional se dan en un texto a la vez concentración y expansión, sístole y diástole. Las cosas parpadean, gesticulan entre sí: se escribe en un momento dado (p. 29) para sacar a la luz la constitutiva potencialidad relacional del lenguaje. Efectivamente se generan resonancias, vibraciones latentes en el lenguaje y, también en todo momento en las fibras y entre el tejido de La voz alofónica. Relacionalidad, resonancia, vibración: dicen bien la óptica bajo la cual se presenta el lenguaje en el texto de Antonio Domínguez Rey. También el movimiento gracias al cual la obra adquiere un alcance y una capacidad crítica difíciles de medir.
Concentración y expansión: por un lado líneas amplísimas de tradición teórica confluyen y se reúnen en el libro (Coseriu, Humboldt, Kant o la aguda recuperación de Amor Ruibal, pongamos por caso); por otro, y simultáneamente, el planteamiento se propaga y alcanza espacios convencionalmente deslindados (desde la lectura de Platón a la neurología contemporánea o la física cuántica), debidamente demarcados, respecto a la lingüística y la filosofía del lenguaje. El texto late. Se trata además de una latencia germinal, de una germinación tensa y problemática en la que radica todo un espacio ontopoético en constante crecimiento.
¿Cuál es la tensión que anima la dinámica palpitante de La voz alofónica? Cerca del final el libro acude a unas palabras de William Wordsworth según las cuales el poema es el hacer(se) del ser. Y se señala: lo que se pone en juego es lo que somos. Es en la lingüística donde se juega ese somos o donde se pone en juego, o hace juego. Algo se moviliza, o se arriesga, o se desplaza y disloca el ser. Desplazamiento, riesgo y movilización confluyen en el escrito de un modo tal que afecta de lleno a toda una ontología según la cual se vertebra la racionalidad occidental. Aunque tal vez el acento no debería recaer tan solo ni en primer lugar en el sustantivo juego o en el ser del somos, tal vez lo que se vea cuestionado es precisamente ese cierto lo que, lo que somos, un aquello entitativo o identitario que aquí se conmueve al atender al lenguaje.
Ese lo que se pone en juego precisamente en un bloqueo desplegado en la lingüística desde el momento en que en ella se instaura una concepción maquinal inscrita ya desde el principio en el método hipotético deductivo con el que se marca la modernidad y desde el que la lingüística se funda y demarca a la vez en tanto que saber autónomo. El texto del Curso de gramática general de Ferdinand Saussure resulta ser un ejemplo elocuente. La concepción maquinal pasa por la afirmación –tácita a menudo- según la cual el lenguaje se utiliza. La instrumentalidad no solo conduce la metodología de la racionalidad moderna sino que tal vez imante de parte a parte tanto los dispositivos de objetivación capaces de situar al lenguaje como objeto y tema de estudio como, desde ahí ese lo que somos. La objetualización del lenguaje por parte de la lingüística arrastra implicaciones ontológicas que La voz alofónica conmueve. Es desde ahí que se rescata la cuestión, ya no del objeto, sino del surgimiento.
“La forma contiene ya la noción ser o es producto de su fuerza entitativa” (p. 31). El surgir se deslinda respecto a la máquina. Se trata aquí de la máquina en la que activos los dispositivos de objetualización la palabra se instituye en tanto que instrumento, y, en paralelo, de la máquina en que el lenguaje se instala a partir del paradigma de la representación y en que se confiere acríticamente la preminencia a la cognición. En cada pieza del mecanismo se constriñe ya no solo a la palabra sino al ser, ese que se pone en juego. Se da una técnica en la que la palabra se inserta. La metafísica se instituye en este maquinismo.
Pero en el texto, el alofón, en tanto que mutua relación entre pensar, ser y decir, se despliega como capaz de conmover semejante configuración. Aquí se abren las resonancias a las que hemos apuntado, y aquí actúan, vibrátiles, a la hora de desencajar el lenguaje del seno del paradigma metafísico-técnico predominante. Se moviliza y disloca, se desplaza. Se toma de Coseriu: “El alofón comprende el preámbulo en que las formas con sustancia, concretas, a las que pertenece, se convierten en formas de sustancia” (p. 183). La forma en la palabra genera sustancias y, antes y más aún, sistemas de sustanciación o configuraciones de sustantivación, es decir: metafísica. Y el alofón se da bajo la forma de quantum, de despliegue energético en que se dan a la vez y recíprocamente mundo pensamiento y decir. No se podía más que desembocar, de entrada en la sentencia de Wordsworth; he aquí el surgir. La figura de Wilhelm von Humboldt introduce en el texto el movimiento en devenir propio del gerundio; el gerundio, el surgir en despliegue, en ese sentido desbloquea la mera objetualización del lenguaje impuesta implícitamente por el método lingüístico. En el gerundio hay una temporalidad no conjugable e impersonal.
Lo germinal siempre es gerundio, incluso en la espera; cierto poniéndose en obra se abriga en la semilla generativa, la energía la constituye. Este gerundio del surgir se da en el lexema. Con una lucidez afilada el texto localiza el modo en que el lexema contiene potencialmente el despliegue completo de todo el sistema discursivo y lingüístico desde el momento en que en él se prefigura la lógica del nombre, y la dinámica inscrita en la relación sujeto-predicado. Toda la gramática se refugia de manera germinal en el lexema. El quantum energético conductor de toda la discursividad se da en el lexema bajo lo que podría ser llamado un a priori ahistórico. Se trata de un a priori no meramente formal sino ajeno a la maquinaria dual en que se da la dicotomía formal-material, de un modo semejante al que en Levinás el rostro del otro constituye un a priori existencial jamás dado a disponibilidad, en que la piel siempre se halla ya ahí en contacto con la exterioridad, o, en otro plano al mito en que Cesare Pavese verá lo que se da anterior al primer recuerdo en su Oficio de poeta. Se da por lo tanto un a priori ahistórico y a la vez histórico. Se da una negación de la historia y su confirmación simultáneas en esa aparición y desaparición de la a- privativa, en sístole y diástole, en el tiempo y cargado de la temporalidad del gerundio. “Es la poiesis el hacer operativo del proceso” (p. 32).
Se trata de una lingüística cuántica sin punto cero; y en este momento el texto en expansión constante se dilata hasta abarcar el hecho de que el joven Albert Einstein antes de su teoría de la relatividad general acudiese en Suiza a un curso de variabilidad lingüística. El paso a las poesías de Schroedinger y Bohr es minúsculo y pide ser llevado naturalmente a cabo. En todo ello pivota toda una ontopoética creciente.
Lejos de lo maquínico, lo germinal acontece. No se puede ignorar la forma en que el planteamiento derivado del alofón se vincula con Ereignis. Todo parece hacerse pivotar sobre la voz del acontecer. Se inserta indefectiblemente aquí una de las nociones nucleares del pensamiento de la segunda mitad del siglo XX a partir de los escritos de Martin Heidegger; una ontología conmovida, ya no desde la relación tematizante de sujeto-objeto sino desde el acontecer, se deja vislumbrar a partir de esta relacionalidad sobre la que se mueve La voz alofónica. El acercamiento a Heidegger se hace notar tal vez como resonancia o eco en momentos precisos del texto, de manera especial en el desplazamiento que Domínguez Rey resalta al señalar la relación entre sonido [fono] y luz [fo] para que desde aquí resulte pensable el paso hacia la Lichtung que en el último Heidegger abre el espacio en el que pensar toda la dinámica veritativa. En el acontecer se despliega el despejamiento en que el lenguaje da el vínculo resonante entre pensar decir y mundo, ahora ya dislocada respecto al paradigma representacional y la instrumental preminencia de la enunciación y la cognición. La ontopoética desobtura sus propias condiciones de posibilidad. Se vuelve así decible que el lenguaje contenga ya el ser en lo que el texto llama una prelación lenguaje-ser.
Pero en toda relacionalidad como en toda resonancia los vínculos jamás se dan según un principio de univocidad, y la palabra Ereignis abre los filos de lecturas posibles y no necesariamente reasumibles en una unidad.
– Primer filo: el Ereignis en tanto que pros hen, el acontecimiento en tanto que instancia unitiva. En este sentido la lectura del alofón permitiría el establecimiento de una lingüística surgente (o insurgente respecto a la lingüística mecánica institucionalizada) desde la que derivar una ontopoética acorde, en última instancia, con el devenir de la metafísica occidental.
– Segundo filo: el acontecimiento en tanto que puntualidad irreductible, en tanto que singularidad no eslabonable con las lógicas previas del modo en que es señalado por Alain Badiou, al modo en que el amor, el instante educativo, el poema o la revolución saltan desde la linealidad lógico causal en un exceso de las reglas desde las que previsiblemente debería derivarse o, más a menudo, deberían controlarse hasta la cancelación.
Uno y otro filo, como bordes o límites extremos, no se excluyen, y conviven con todas las tensiones que sean capaces de generarse entre ellos. El problema de estas tensiones no se trata en La voz alofónica pero germina, se está dando, se da tensando (en gerundio), conmoviendo así calladamente las líneas de juego de la metafísica contemporánea. A partir de lo dicho, desde el alofón y el lexema, se da una acontecimentalidad antepredicativa. Ahora bien –y aquí germina la tensión-, ¿cabe tal ante- en una estructura en que el germen gramatical se halla ya inscrito en el nombre?
La respuesta a esta cuestión escora el planteamiento hacia un filo o hacia otro, hacia una discursividad o hacia otra, hacia una metafísica o hacia una crítica radical de la metafísica, sin que estos pares vengan a restablecer la maquinaria dual de la que se alejan.
Desde esta pregunta abierta cabe, además, resaltar, junto con la concentración de planteamientos y miradas críticas aunadas en el libro, lo que de expansivo implica al afectar de lleno problemas nucleares de la contemporaneidad y que, sin explicitarse no dejan de anunciarse. Así por ejemplo, ¿acaso la centralidad de la phoné de la que parte La voz alofónica no viene a impactar con todo el despliegue deconstructivista, llevado a cabo fundamentalmente bajo la firma de Jacques Derrida, en que se conmueve la preminencia de la presencia en la que, en última instancia se funda el paradigma representacional y maquínico del lenguaje? Se tienden líneas problemáticas además con poéticas ineludibles ya, como piedras no digeribles o hitos por los que todo troppos pasa, en que la voz se ve puesta en cuestión hasta las últimas fronteras: ¿atendería este planteamiento al golpe de dados lanzado por Mallarmé? ¿El poema despliega el ser o resiste a toda linealidad, también vocal u oral? ¿Acaso esa preminencia de la voz no restablecería la lógica –a priori– de la metafísica en que se instaura la lingüística y, con ello la obturación del lenguaje?
Tanto en la concentración como en la expansión, en lo reuniente y en lo centrífugo la voz alofónica toca simultáneamente lo cordial hasta llevarlo a los límites y las periferias de la ontología. Desde esta constatación las palabras traídas de Wordsworth resuenan con ecos más afilados: el poema es el hacer(se) del ser.
CITA BIBLIOGRÁFICA: D. Peidro Pérez, «La voz alofónica», Recensión, vol. 13 (enero-junio 2025) [Enlace: https://revistarecension.com/2024/12/26/la-voz-alofonica/ ]