Vol. 12 / julio 2024
ARTÍCULO / COMENTARIO BIBLIOGRÁFICO. Autora: Jesusa Vega
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Natalia González Heras, Habitar en el Madrid del siglo XVIII. Formas de residencia y cultura material entre los servidores de la monarquía, Gijón, Ediciones Trea, 2023.
Carmen Abad Zardoya, Lujos de comodidad. Léxico del espacio doméstico en las fuentes notariales del largo siglo XVIII, Gijón, Ediciones Trea, 2023.
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La casa representa una realidad compuesta a la vez por su arquitectura y su contenido. De este modo, siguiendo a autores clásicos de reconocimiento internacional como Mario Praz o Peter Thornton, se comenzaron a estudiar los objetos que componían sus interiores. No bastaba con el análisis estético y formal de las piezas, sino que era necesario averiguar el uso para el que estaban destinadas dentro de la vivienda. Incluso, dar un paso más y buscar cuáles eran sus connotaciones simbólicas, representativas de los sistemas culturales en los que desarrollaban su día a día sus propietarios (González Heras, p. 31).
La acumulación de objetos y muebles novedosos en los hogares del Setecientos, reflejo de la diversificación de la oferta y el consumo de bienes sin precedentes en la Edad Moderna, estimuló la fantasía comunicativa de los redactores de listas, no siempre tan precisos como ingeniosos. Pensemos en el caso de las cómodas. Cuando estos contenedores irrumpieron en las casas reemplazando a los derivados del arca ropera en sus prestaciones, pocos escribanos conocían la voz francesa commode, ni su equivalente castellano. Ante la necesidad perentoria de favorecer la identificación del objeto registrado con el físico, recurrían a denominaciones de muebles sobradamente conocidos que, aunque desempeñaban funciones muy distintas, presentaban un rasgo visible en común con el objeto intruso, en este particular un frente dividido en cajones, detalle que saltaba a la vista en las variantes del escritorio español, el mal llamado bargueño (Abad Zardoya, p. 11).
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La aportación de la historia de la vida cotidiana a una mejor comprensión del pasado es indudable pero, dentro de este método (más antiguo de lo que se suele creer y con importantes antecedentes españoles), se ha hecho patente cada vez más la importancia de conocer los entornos materiales que rodean esa vida. El hecho, por otra parte, es que tanto la llamada Historia material, en primer grado, como la Historia de las mentalidades a fin de cuentas, quedan aquí comprometidas de diferente modo, e incluso atañen, como se verá, a la Historia de las Ideas.

Diremos que en los objetos se proyectan la personalidad y los sentimientos del individuo. A través de ellos, además, se logra el confort y una posible disposición placentera de los mismos, es decir la construcción de los escenarios donde se desarrolla el quehacer, siendo indiferente si este se refiere a la actividad profesional o los lugares de habitación, de relación y confrontación, pues no es raro que el espacio donde todas esas actividades se desarrollan sea el mismo.
A nadie se le esconde la dificultad para recuperar esos aspectos tan esenciales del vivir como es lo habitual, lo cotidiano. Ya es un mérito incuestionable de Natalia González Heras y Carmen Abad Zardoya haber buscado la documentación pertinente y, una vez localizada, organizarla, estudiarla y elaborarla de manera que fuera posible hacerle preguntas desde perspectivas que a la vez contribuyan a enriquecer otros campos de conocimiento afines, como por ejemplo —es mi caso— la historia del arte. Lo cierto es que no ha sido esta disciplina pionera en recuperar e incorporar lo cotidiano a su discurso, más bien lo contrario. La fundamentación de su objeto de estudio en el excluyente filtro estético —aspecto presente en ambas obras—, ha sido en este sentido un enorme lastre. El concepto de “bellas artes”, alumbrado en el siglo XVIII, todavía condiciona la creación artística y los estudios, lo cual ha dificultado enormemente la recuperación de manufacturas y espacios que explican los contextos visuales y materiales que rodean a dichas bellas artes.
Se da la paradoja de que fue precisamente en el siglo XVIII cuando florecieron esas manufacturas y todas tenían por objetivo contribuir al buen gusto y la comodidad. Referentes conocidos son las Reales fábricas de tapices, cristales y porcelana, pero a lo largo del siglo se establecieron todo tipo de fábricas que con frecuencia merecieron la protección real y pusieron en circulación todo tipo de bienes. Esa creciente producción dinamizó el mercado interior y exterior, si bien la balanza comercial de España a este propósito siempre fue negativa. Paralelamente, como no podía ser de otro modo, se fue incorporando la emergente burguesía, formada por grupos de profesionales liberales, empleados de los estratos medios al servicio del rey, así como menestrales y comerciantes, entre los activos consumidores y productores. Las nuevas ofertas hicieron cada vez más atractivos los núcleos urbanos con su entramado de tiendas y profesionales especializados, ya fueran estables o itinerantes, al tiempo que estas actividades repercutieron en la arquitectura y los problemas habitacionales, por lo demás estableciendo la capital como núcleo de referencia para el resto de poblaciones.

De todos estos asuntos tratan los libros que nos ocupan, obras fundamentales para quienes quieran acercarse a la realidad visual y estructural de la ciudad, la vivienda y el amoblamiento en el siglo XVIII. Pues, aunque se centran en Madrid y Zaragoza, son ejemplos representativos de aquella realidad, y tanto su indagación como su discurso vienen sólidamente apoyados por un extensivo e intensivo trabajo de archivo. De manera que —todo sea dicho— lo primero es felicitar a ambas autoras por los resultados, ya que su trabajo establece un antes y un después en el conocimiento de aquella centuria que por suerte va adquiriendo mayor presencia en los estudios.
Natalia González de las Heras se centra en el colectivo de los servidores de la monarquía, grupo particularmente relevante en el entramado social capitalino, y la cuestión de la vivienda en Madrid durante el siglo XVIII. Estudia los lugares donde vivieron con las aspiraciones sociales y las dificultades que existían entonces para encontrar vivienda, unas dificultades muy similares a las que estamos experimentando en el momento actual aunque por razones distintas: entonces el alquiler se prefería a la compra o a la construcción de una casa; hoy no caben preferencias pues ni lo uno ni lo otro son accesibles para la mayoría.

Como observan María Victoria López Cordón y Gloria Franco en el prólogo, “las moradas, cuanto más humildes más vacías, de nuestros antepasados, los enseres domésticos, recibidos y legados, la ropa, de difícil reposición, son símbolos fidedignos de una sociedad mayoritariamente pobre y proporcionan una identidad añadida a quienes, rompiendo este círculo ascendieron socialmente y supieron aprovechar las oportunidades que les brindaba la economía urbana, fuera para contribuir como mano de obra en el abastecimiento, por el aumento de la demanda de productos no básicos o por la creciente necesidad de servicios profesionales o administrativos” (p. 16). A partir del prólogo y tras la introducción dedicada a la cuestión metodológica, el libro se organiza en dos partes. La primera parte se dedica a los servidores de la monarquía en el contexto urbano de la capital y consta de tres capítulos donde se tratan las tipologías habitacionales, los regímenes de ocupación y las zonas de residencia de la ciudad a finales del siglo XVIII. El lector tendrá ocasión de conocer la diferencia entre el palacio y la nueva tipología residencial en línea de los hoteles parisinos, así como qué se entendía por casa (incluidas las construidas a la malicia), cuarto y casas principales. En la nueva concepción y distribución de interiores se incorporaron los espacios de recepción y representación que inicialmente eran propios del grupo jurídicamente privilegiado de la nobleza, pero que a finales de siglo serán incorporadas “por el «escalafón» inmediatamente inferior —jurídicamente no privilegiado” (p. 49). La evolución en los regímenes de ocupación fue pareja a las aspiraciones sociales, siendo definitiva la desamortización de 1798 para que el mercado de compra-venta inmobiliaria se dinamizara y, con ello, que participara en el negocio la naciente burguesía asentista.

Como el alquiler continuó siendo prioritario y numerosos servidores de la monarquía tenían la posibilidad de disfrutar de una residencia sufragada, no es raro que poseyeran casas con varios cuartos en los cuales, si fuera necesario, el dueño se reservaba uno para su habitación, destinando el resto al alquiler. El modelo más frecuente, sobre todo en los inmuebles con una sola escalera, es que se compartiera “vecindad en un mismo inmueble entre el propietario y sus inquilinos” de modo que se propiciaba “un contacto estrecho entre las diferentes familias (p. 67); también hay que tener en cuenta que fue habitual la figura del huésped residiendo en un cuarto habitado por otra familia debido a la población flotante como consecuencia del trasporte de mercancías, la atracción de extranjeros y naturales de otros lugares, y la itinerancia de la corte. Por otro lado, adquirido el inmueble, es singular el modo ritual en el que se tomaba posesión real y corporal con la presencia física el propietario en el edificio junto a la autoridad competente en un recorrido por todas las habitaciones que iba acompañado de “otros actos de verdadera posesión” (p. 72). Finalmente, el estudio de las zonas residenciales de la ciudad ofrece inesperadas sorpresas, como es el caso del cuartel de El Avapiés: lejos de tratarse de una zona de carácter popular la realidad es que “concentraba el mayor número de población «pudiente y distinguida» de la capital” y el segundo con mayor número de empleados al servicio del rey, después del cuartel de san Jerónimo (pp. 94-95).
La segunda parte del libro se dedica a los interiores, sus entornos materiales y prácticas de vida. González Heras parte de la confrontación entre la teórica y la práctica arquitectónica ciñéndose en esta última a la realidad madrileña que ofrece un excelente modelo para ver la distancia que separaba a la una de la otra. Así se explica cuál era la ordenación real de los interiores y la relevancia que tenía la presencia de determinados espacios: mientras que la sala y la alcoba eran habitaciones básicas, “la pieza de comer, el despacho, el gabinete y el retrete, a los que se pueden unir estancias que denominaremos de carácter residual, como la pieza para los hijos o para miembros del servicio de diferente condición —criada, cochero, ama de cría—, tienen en común su carácter elitista” (p. 151). Tras el estudio detallado de las piezas y la infraestructura, en el capítulo final se trata el contenido de la vivienda y sus usos Este capítulo se amplía y complementa plenamente con el libro dedicado a los lujos de comodidad que pasamos a tratar a continuación, aunque antes es preciso destacar los apéndices dedicados a casas construidas y proyectadas a través de planos e información complementaria referida a dichos planos y a los individuos mencionados en la documentación notarial consultada.

Como ya advierte en la introducción Carmen Abad Zardoya, el objetivo de su trabajo es unir las palabras y las cosas, algo que parece simple pero que pone sobre la mesa la enorme dificultad que existe para conocer y reconocer los objetos registrados en la documentación de los bienes materiales que han sobrevivido de un periodo que se debe considerar fronterizo entre dos épocas en las que fueron elementos diferenciadores el lujo, la moda y la comodidad. En este caso también el libro se divide en dos partes, pero de carácter muy distinto pues la segunda la constituye el léxico de los objetos, extraído de las fuentes notariales, en el que se ha tenido el buen criterio de incluir los “usos erróneos” que se registran entre los escribanos.
La primera parte resulta enormemente sustanciosa pues se dedica a los apellidos del lujo, el siglo de la comodidad y los hogares esclarecidos. Desde luego —se recordará— una de las polémicas interminables del siglo XVIII fue el lujo. No son pocos los historiadores que se han interesado en ello —incluida quien esto escribe—. Abad Zardoya parte del concepto de “revolución industriosa” de Jan de Vries, autor controvertido por los historiadores económicos pero que, en los aspectos que tratamos referidos a España, ofrece un marco de encuadre sugerente y enriquecedor como bien demuestra la historiadora. A partir de ahí Abad Zardoya va tratando cuestiones como: la “nueva moda”; la renovación del mercado en objetos de consumo y en fórmulas de funcionamiento; el interés y gusto por nuevos materiales, tipologías, formas, temáticas de adorno y acabados; la incorporación de la obsolescencia como elemento dinamizador del consumo…; para concluir en el fenómeno del lujo nuevo o “popilujo”, en el que las imitaciones o contrahechuras eran tan comunes y demandadas como hoy es la producción fraudulenta de las marcas imitadas. Pareja fue la imitación de un material como la madera de calidad o la “lacca povera” veneciana en la decoración del mobiliario donde, además, “la alianza sellada entre el charol y los estrados completos, es decir, con los conjuntos de sillería y mesas auxiliares hechos a juego, trajo el color a los interiores domésticos” (p. 27).
La concepción del lujo de comodidad como lujo civilizador, y no como lujo de placer con un fin meramente representativo, fue un excelente argumento moral para que los nuevos consumidores dieran salida a la creciente producción e importación de bienes. El resultado fue una profunda transformación visual de los interiores y, asimismo, como pone de relieve la autora, se “anticiparon aspectos clasificables en la categoría de los kitsch” adelantándose cronológicamente casi un siglo al nacimiento de esta manera de construir el entorno vital donde se aprecia el “gusto por los trampantojos de todo tipo, la mezcla indiscriminada de objetos de distinto valor material y duración, la coexistencia de artículos únicos y seriados, así como la total saturación del espacio” (p. 36).

En relación con la comodidad, concepto igualmente ilustrado, la clave se encuentra en la evolución tanto del término como de su orientación práctica hacia el “confort”, expresión de origen anglosajón que se incorporó tanto a la arquitectura como al mobiliario: por ejemplo, es relevante el perfeccionamiento de los sistemas de aclimatación y el amplio uso de mamparas, biombos y camones para articular los espacios constructivos. El confort se constituyó en una de las claves para entender la utilidad de los nuevos elementos y readaptación y actualización de los antiguos. De este modo se diferenciaban de nuevo la comodidad de la ostentación sin ir en detrimento de la representación y se añadía el diseño como agente asegurador del “buen gusto” pues “lo cómodo es bello” (p. 60).
El último capítulo de la primera parte trata de la luz como elemento esencial tanto para el desarrollo de las actividades domésticas, incluido ocio y tiempo de solaz compartido con allegados y amigos, como para la percepción del espacio en la que el uso de espejos y vidrieras fue clave. En lo que respecta al amplio uso de los textiles en la decoración es constatado el “gusto creciente, a lo largo del siglo XVIII, por los cortinajes tejidos traslúcidos, como gasas y muselinas” (p. 65). La iluminación se hacía a base de cera y eran diversos los tipos de velas tanto por su forma y tamaño como por su calidad. La iluminación de cera era cara, repercutía en la economía doméstica al ser de primera necesidad, motivo por el cual siguieron empleándose las luces de aceite. Igualmente, en este sector evolucionaron las prácticas y, entre ellas, merece la pena citar el mantener “toda la noche la lamparilla para acudir a los niños cuando lloran o piden agua” (p. 66), porque visibiliza la infancia uno de los colectivos que cada vez recaba más atención por parte de los historiadores, incluidos los historiadores del arte.
La segunda parte es un valiosísimo glosario pues, como explica la autora, no se trata de un repertorio lexicográfico o tesauro, sino que es como un “diccionario auxiliar, dirigido a los historiadores, historiadores del arte o conservadores de museos que necesiten familiarizarse con un vocabulario tan específico como es el de los inventarios notariales” (p. 81). En consecuencia, no son solo los términos los que proceden de la documentación sino también significado y definición enriquecida con los diccionarios históricos.
En conclusión, ambos libros son una contribución inigualable al conocimiento del siglo XVIII español, centuria en la que se sientan las bases de la modernidad de la que somos herederos. Pero por otra parte, me interesa especialmente subrayar, estamos ante ejemplos de investigación que pueden ser guía y modelo, tanto por categorización como por establecimiento terminológico, para investigaciones en otros lugares españoles o hispánicos, o en lo que se refiere a otros periodos cronológicos. Tanto las autoras como Ediciones Trea han acertado con esta contribución a la colección “piedras angulares”.
CITA BIBLIOGRÁFICA: J. Vega, «Moradas, enseres y vida cotidiana: escenarios del siglo XVIII español», Recensión, vol. 12 (julio-diciembre 2024) [Enlace: https://revistarecension.com/2024/09/05/moradas-enseres-y-vida-cotidiana-escenarios-del-siglo-xviii-espanol/ ]