ALFONSO DE CARTAGENA Y LA CONCORDIA: DEFENSIORUM

Vol. 12 / julio 2024
RESEÑA. Autor: Francisco Javier Bran

Tomás González Rolán y Antonio López Fonseca, Sobre la igualdad de los judeoconversos. Estudio, edición crítica y traducción del Defensorium unitatis christianae de Alfonso de Cartagena. Madrid, Guillermo Escolar Editor, 2023, 680 pp. (ISBN: 978-84-19782-35-9)

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Cubierta Alfonso de CartagenaLa tendencia de la filología clásica imperante desde el siglo XIX y ahondada en el siglo XX parecía demandar el empleo de ediciones latinas con aparato crítico y traducción como base para estudios ulteriores, en la idea de que estas constituían textos “perfectos”, aunque de fatigoso resultado por los grandes esfuerzos de ecdótica y de organización de proyectos extensos y muy coordinados. Tal panorama condujo a una idealización de esas ediciones, a lo que se sumaba la comodidad de su uso y la fuerza de la tradición. Hoy en día esa perspectiva ha quedado relativizada, en virtud de nuevas herramientas digitales que permiten mayor comodidad en el manejo de datos y, acaso, nuevos resultados, siempre y cuando se una a dichos útiles la pericia del filólogo, que evidentemente permanece irremplazable. Ese peso de la tradición cuenta con especial arraigo cuando se trata de autores clásicos, pero gozó de una extensión que fue ampliándose hasta los exponentes del Medievo y el Renacimiento. El hecho es que en las últimas décadas se ha trabajado más con fuentes secundarias y obras derivadas que con fuentes iniciales.

Esta tendencia ha conocido sin embargo una reversión reciente, en virtud de la cual se recurre de manera preferible al texto base, sobre todo cuando las ediciones a disposición son mejorables, sea por el propio texto, sea por el estudio mejorado o actualizado del contenido. Además, recuérdese que las traducciones cuentan con una vida limitada, pues el lector es otro, como lo es el contexto, las asociaciones de ideas vinculadas a las palabras, y a fin de cuentas el propio lenguaje. Una duración de más de cincuenta años representaría, hoy en día, una longevidad textual considerable.

Esta base respecto del texto original es la innovación que reviste la empresa de González Rolán y López Fonseca frente al uso imperante. Estos dos eespecialistas en traducción general y en traducción de la época y estilo de Alfonso de Cartagena en particular, cuentan con muy conocidas credenciales, y no solo en el campo de la versión al castellano, sino también en el del conocimiento contextual e histórico. Las aportaciones recientes de González Rolán, López Fonseca, Saquero Suárez-Somonte o Ruiz Vila dan cuenta de un trabajo abordado desde distintas perspectivas, pero con centro en el humanismo y la teoría de la traducción, y con la base perenne de la filología. Diversos y sucesivos proyectos han sido el marco administrativo de una prolífica producción que sin detenerse ha permitido en los últimos tiempos cambiar la faz del haber intelectual de, sobre todo, los orígenes del humanismo castellano.

Los estudios acerca de minorías desfavorecidas, como fue el caso de la judía (y la conversa), han dependido de varios factores, entre ellos, de planteamientos de raigambre política, y se han visto sujetos a particulares vaivenes de consideración al albur de corrientes y modas. La minoría conversa, por más que alcanzara un cierto encaje institucional en la España del siglo XV, no consiguió despojarse del estigma en un primer momento, y el correr de los años tampoco supuso una rápida mejora. Centrados en el caso hispano, como procede al valorar las aportaciones de esta nueva edición del tratado Sobre la igualdad de los judeoconversos, de Cartagena, no podemos pasar por alto los trabajos de Adolfo de Castro (Historia de los judíos en España, desde los tiempos de su establecimiento hasta principios del presente siglo) y José Amador de los Ríos (Estudios históricos, políticos y literarios sobre los judíos en España), aún en los márgenes del siglo XIX. Pasando por figuras como Fidel Fita, Antonio Domínguez Ortiz o Francisco Cantera Burgos, así como Isaac Salvador Revah en Francia, alcanzamos hasta finales del siglo XX con una pléyade de autores que tratan el tema de los judíos y los conversos, y con quienes el diálogo intergeneracional puede decirse que ha sobrepasado su nicho precedente. Enrique Cantera Montenegro y Ángel Alcalá Galve son dos ejemplos en medio de un gran incremento de estudios que continúa hasta nuestros días, con esfuerzos que, como el representado por González Rolán y López Fonseca, arrojan nueva luz a esta realidad, tan interesante y tan esencial para la comprensión del siglo XV español. Volveremos sobre ello más adelante.

Un momento clave en el estudio del trato de los judeoconversos en suelo hispano lo representa Américo Castro, quien precisamente se centra en la formación de la identidad española y dedica gran parte de su atención al concepto de “limpieza de sangre”, esto es, la ausencia de ascendencia judía o musulmana. Este concepto deviene obsesión en los siglos XV y XVI y supone una cortapisa efectiva, y reconocida por el común de las gentes, frente a la solución religiosa y política que supuso, a priori, la posibilidad de la conversión. La España de las tres culturas comenzaba a configurarse mediante un juego de oposiciones. La teoría de Castro se vio enfrentada por detractores, en especial como es bien sabido  el medievalista Claudio Sánchez Albornoz, quien destaca la españolidad de los moros, o Eugenio Asensio Barbarín. La obra de Castro, sea como fuere, volvió a poner sobre la mesa aspectos de la historia de España que habían ido sumiéndose en el olvido.

La persecución moderna de los judíos es originalmente germánica y contó con la triste y decisiva relevancia de la obra de Lutero, uno de los primeros antisemitas a la manera expresada en el Defensorium unitatis christianae de Cartagena. Si bien en un primer momento su actitud no parecía negativa (no hay más que leer el título de su obra Que Jesucristo nació como judío, 1523), la hostilidad luterana creció en consonancia con la pretendida pureza de su cristianismo y culminó –exteriormente– con su publicación Sobre los judíos y sus mentiras (1543), donde se propone la destrucción de sinagogas. La historia asumió la obra de Lutero con aciagos propósitos que muy bien conocidos.

Varios elementos son esenciales para la comprensión de la obra de Cartagena, la de Lutero y la relación de España con los judíos y conversos. Como se desprende de la pretendida regularización de fe en el siglo XV, el judío no era infiel si no persistía en su creencia. Con todo, la consideración del converso como un impostor lo conducía a la marginación social y constituía un flagrante incumplimiento del compromiso jurídico con la monarquía castellana. La obra de Cartagena que aquí se edita basa su defensa de la igualdad en la contextualización del trato a los judíos y en la consideración de una virtud que también se hereda por sangre.

En el más que completo estudio introductorio de González Rolán y López Fonseca se aclaran conceptos que habían sufrido un proceso paulatino de simplificación a lo largo de décadas y, más aún, centurias. El trabajo ahonda acertadamente en el llamado “prerrenacimiento”, denominación que parece catalogar un momento histórico menor o una suerte de antesala, y también se hace hincapié, como no podía ser de otro modo, en la realidad social de la época, sesgada por una sociedad que no disponía de las mismas capas –nos referimos a señores feudales– que otras grandes potencias europeas. En ella adquirió un peso singular la conversión de judíos, un fenómeno con escasos paralelismos en cuanto al volumen de población que veía modificado su estatus: el edicto de Diocleciano o la regularización masiva que supuso el edicto de Caracalla pudieron ser significativos, pero gozaron de un alcance mucho más limitado que el esperado. Curiosamente, es en ese prerrenacimiento en el que los judíos reciben un mejor trato, algo que se va agravando conforme discurren los años y la culturalización española. Las razones de este hecho son múltiples y no reductibles a una explicación simple. De todo ello se da cuenta en el estudio que acompaña la edición del Defensorium.

La ambivalencia en cuanto al trato de los judíos y su mayor o menor inclusión en la sociedad es un asunto cargado de matices y renuente, como apuntamos, a un desarrollo esquemático en estas líneas. Su tasa de alfabetización hace que encontremos ejemplos representativos al respecto en grandes pensadores y literatos. Así, recordamos cómo Francisco López de Villalobos, a la sazón médico de Felipe II, se enzarza en una correspondencia áulica de carácter semiprivado y, en el cuerpo de su Glossa litteralis, retuerce y omite texto pliniano para aparecer como un cristiano modélico y que no quede sombra de duda sobre su conversión: cualesquier aserciones alejadas de la fe imperante no podrían ser más que un desvío de la mente, incluso aunque se tratara de autores clásicos. El problema de la asimilación de la cultura pagana en el cristianismo aparece, asimismo, en Alfonso de Cartagena.

El ascenso que experimentó la familia de Cartagena es paradigmático en la época, hasta el punto de que el autor del Defensorium ostentó distintos cargos, tanto religiosos como políticos. Como sucede aun hoy con todo cambio social acelerado, a una primera aceptación legislativa, o religiosa, le sigue una vuelta atrás, aquí consistente en entender que la conversión no surtía efecto completo, por más que operara mediante el bautismo. Se deslizó esa noción entre la gente, como si de una plaga se tratara, incluyendo a nobles, y espoleó a Alfonso de Cartagena a la escritura del libro que aquí se prologa, edita, anota y traduce.

La recapitulación de obras contrarias a los judíos (pp. 50-69), así como otros tratados proconversos (pp. 64-84), se revela de particular utilidad para alcanzar un mejor panorama de la literatura de tal clase y poder así insertar en un contexto no solo histórico, sino también literario, la obra de Cartagena. El estudio es exhaustivo, recoge obras menores y aparece coronado con una tabla que permite al lector obtener una imagen nítida a vuelo de pájaro (pp. 85-87). El trabajo de González Rolán y López Fonseca, deudor en última instancia de las obras de Benito Ruano y Netanyahu, pone en cuestión varias de las afirmaciones recogidas por ellos y adquiere un nuevo valor como aporte de investigación, especialmente en lo tocante a la Instrucçión del Relator (pp. 92-93). La introducción fija una cronología clara en la que encajan todos los elementos que entran en cuestión, y por fin pueden relacionarse cómodamente y sin discrepancias todos los textos entre sí, con otros escritos y con personalidades de la época, como Marcos García de Mora: que por lo demás, la publicación de su libellus permite afinar la fecha de escritura del Defensorium.

En medio de sus partículas, capítulos y subartículos, la obra de Cartagena despliega todas sus mañas para referirse a un problema acuciante y que requiere un examen de las raíces bíblicas. En esto no había novedad, pues tradicionalmente se indagaba en los linajes para remitir a una realidad última irrefutable, como trató de hacer Hildegarda de Bingen al recurrir a la concepción adámica del pecado, o como ya antes de ella hicieron numerosos apologetas. Alfonso de Cartagena hace, desde su altura de pensamiento, una aportación fundamental: su entendimiento profundo de las relaciones de poder en la institución eclesiástica y el Estado. Esta visión, tan difícil de aprehender en medio de un mundo cambiante, se refleja en el Defensorium con una claridad meridiana. El opúsculo que Cartagena empezó a escribir creció hasta convertirse en un gran tratado en todos los sentidos.

La progresiva sustitución religiosa, con una libertad de cultos reprimida desde el emperador Graciano, continuó con codificaciones legislativas antijudías. La cuestión se torna perentoria con el ascenso social y la pujanza económica de ese grupo de gente. Únicamente sub christiana caritate puede resolverse la enemistad, entendiendo que las diferencias de linaje no habrían dejado un solo pueblo “perfecto”. Sin embargo, lejos de desaparecer, los estatutos de limpieza de sangre encontrarían réplicas en otras latitudes, como en el sistema de castas colonial americano. Esto, sin embargo, es otra historia.

Poco se puede manifestar acerca del esmero de los traductores por presentar un texto depurado y por trasladar con rigor el sentido del mensaje expresado por el autor. Se toman como base los dos manuscritos conservados de la obra, que remiten a su vez a un tercero derivado del original. Otra edición del Defensorium, de aparición recentísima, labor de García Fuentes, toma como base el texto de uno de los materiales, el manuscrito 442 de la Biblioteca Nacional de España, para su edición. Por lo demás, el estudio introductorio y la anotación divergen notablemente del contenido del libro que aquí presentamos.

González Rolán y López Fonseca han realizado una minuciosa colación, con lecturas de los dos manuscritos, el mencionado 442 de la BNE, y el manuscrito 2070 de la Biblioteca de la Universidad de Salamanca, salvo en el caso de los errores conjuntivos, que señalan convenientemente. Han optado por un aparato crítico positivo en que se aportan los textos fuente y paralelos, sobre todo de la Vulgata, pero también de san Agustín y santo Tomás, como no podía ser de otro modo a tenor del contenido del Defensorium. Las explicaciones sobre el contenido son siempre las imprescindibles, como las relativas al papel de Enrique III y Juan II (pp. 446-447) y otras referidas al léxico, donde se nos aclara, por ejemplo, el contenido del término “tornadizo”. Se añaden lecturas de Manuel Alonso, autor de la traducción de 1943, un esfuerzo no desdeñable pero que presentaba numerosos errores en la colación, aquí por completo solucionados. La bibliografía en que se apoya este libro es completa y pone de manifiesto una labor de años a la que se han enfrentado los autores de la edición: un incasable trabajo de investigación.

El Defensorium unitatis christianae de Alfonso de Cartagena queda, así, como un testimonio recuperado y plenamente comprensible a la luz de la filología y la historia, un recuerdo de que la búsqueda de la concordia ha sido una constante, a pesar de las dificultades de encontrarla, y un monumento a la unidad más allá de las trabas que se pone el propio ser humano. Añadiremos más: constituye un testimonio filológico que se resiste a toda reducción, que es preciso leer íntegramente siguiendo las valiosas pistas de los editores, para volver a ese cor unum et anima una y entender que mirar al pasado es ver el futuro.


CITA BIBLIOGRÁFICA: F. J. Bran, «Alfonso de Cartagena y la concordia: Defensiorum«, Recensión, vol. 12 (julio-diciembre 2024) [Enlace: https://revistarecension.com/2024/09/05/alfonso-de-cartagena-y-la-concordia-defensiorum/ %5D