Vol. 10 / julio 2023
RESEÑA. Autora: Malva Flores
Rafael Rojas, La epopeya del sentido: ensayos sobre el concepto de Revolución en México (1910-1940), México, El Colegio de México, 2022, 294 pp. (ISBN: 978-607-564-300-7)
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Pese a no ser una historiadora ni una especialista en los temas que trata éste y otros libros del ensayista cubano Rafael Rojas, he leído una buena parte de ellos y he disfrutado la posibilidad de ver en su escritura la construcción de un mundo; un mundo generalmente ligado a la historia de Cuba y a la de sus intelectuales o a la de los intelectuales latinoamericanos y, más recientemente, a la historia de la Revolución en México (Los libros de la derrota. Revolución, contrarrevolución y exilio en México. 1910-1920, SEP / Academia Mexicana de la Historia, 2020) y en América Latina (El árbol de las revoluciones. Ideas y poder en América Latina, Turner, 2021).
Hago énfasis en reclamar, para Rojas, el lugar del ensayista y no, como todos sabemos que lo es, el del historiador, no porque demerite su profesión, sino porque me importa comentar algo que llamó mi atención: en las primeras líneas del ensayo dedicado Alfonso Reyes incluido en esta Epopeya del sentido —”Alfonso Reyes: la epopeya del duelo”— su autor reflexiona sobre las relaciones entre ensayistas e historiadores y nos dice que “han sido siempre turbulentas” (p. 113). Me sorprendió esta declaración a la mitad de un libro de ensayos escrito por un historiador y me sorprendió porque nunca había pensado —mea culpa— en la posibilidad de que pudiéramos pensar que eran cosas diferentes. Todo un universo se aclaró para mí en ese instante porque hace algunos años decidí emprender la aventura de revisar algunas polémicas entre historiadores y no entendía por qué entre colegas se acusaban, a veces, de ser “ensayistas difusores” de la historia y no “historiadores competentes” (o al menos era eso lo que yo sentía al tiempo de observar cómo se deslizaba esa víbora entre las categorizaciones con que los historiadores competentes salpimentaban sus críticas a los colegas que, obviamente para mí, no consideraban a su altura). Sé que me estoy metiendo en camisa de once varas, pero me impresionó tanto esa breve línea que no he podido dejar de pensar en ella mucho tiempo pues, no tan azarosamente, explica también mis predicamentos en la academia.
Este libro, escrito por un historiador competente, nos habla de las herramientas que sirven para comprender conceptos esenciales de la historia y, por supuesto, las utiliza. Vemos así ideas que se van desplegando a lo largo del volumen con una bonhomía propia solo del ensayista que sabe que habla para nosotros, los lectores, y no sólo para un pequeño grupo de colegas. Para abreviar esta disquisición diré que Rojas es un historiador y es también un ensayista de primera, de modo tal que yo no siento turbulencias que sólo aparecen, para mí, cuando estamos frente a malos escritores. No se me escapa, por supuesto, que el meollo de este asunto está en la interpretación, en su “legitimidad” y ahora recuerdo al poeta y ensayista Adolfo Castañón, quien escribió alguna vez un artículo llamado “Los instrumentos de la legitimidad: la crítica en México” —incluído en su Arbitrario de la literatura mexicana (México, Vuelta, 1993)—, donde nos advirtió que “La legitimidad es la cachiporra que cae sobre las cabezas cada que alguien se ‘equivoca’ acerca de quiénes piensan y quiénes escriben” (p. 85).
La legitimidad es un problema que atañe directamente a la relación de los individuos con la sociedad que los juzga. Quién o qué la determina, en qué momento, etcétera, son preguntas pertinentes, pero espinosas, cuya respuesta dejo a los historiadores y como sólo lectora, me aventuro a decir que La epopeya del sentido se ocupa, sobre todo, de comprender la historia de una palabra y un concepto en México: revolución. La revolución como la vieron, la sufrieron, la pensaron y la describieron los intelectuales. En el fondo de esta historia late también otra: quiénes, de ellos, tuvieron el derecho a la verdadera interpretación, pero ya me estoy metiendo en otro problema: el de la verdad y los hechos contra los “otros datos”: tragedia recurrente en nuestra tristísima historia.
Rojas acude a los intelectuales hispanoamericanos (poetas, narradores, ensayistas) para mostrarnos la historia de un concepto, de una idea y, al advertir cuál era el propósito del volumen recordé inmediatamente las palabras de un joven Octavio Paz que en 1954 polemizaba acremente contra Antonio Castro Leal, quien lo había acusado —a él y a los escritores de la generación de Taller (Paz mismo, Efraín Huerta y José Revueltas por mencionar a los más importantes)— de haber renunciado a las causas revolucionarias y sociales. En ese violentísimo ensayo, donde lo que menos hizo Paz fue llamar a Castro Leal “pastelero literario”, aseguró que para la mayoría del grupo de la revista Taller, “Amor, Poesía y Revolución eran tres sinónimos ardientes”. Esto lo leí en un artículo llamado “Poesía mexicana contemporánea”, publicado en el suplemento cultural de Novedades, México en la Cultura, el 30 de mayo de 1954. Hago énfasis sobre el sitio donde lo leí pues el autor de esta Epopeya del sentido va a suplementos, epistolarios, revistas, diarios y otros documentos para seguir la trayectoria de esa palabra imantada: revolución. Imagino, entonces, a Rojas, consultando los archivos, buscando el hilo de la historia en esas extraordinarias herramientas de valoración cultural y su recorrido no se conforma con la prensa mexicana: lo vemos seguir el rastro en Buenos Aires, La Habana, Madrid… y en tantos lados como los intelectuales de quienes se ocupa estuvieron o donde publicaron, ya como corresponsales o como sólo colaboradores.
Como bien explica en su introducción, el libro está dividido en tres partes y sólo por una manía advierto que estos tres apartados están a su vez integrados por tres ensayos. Es decir, se trata de una trilogía de trilogías que da cuenta de cómo hemos pensado el término revolución, qué ha significado para nosotros no sólo la revolución misma (el hecho armado) sino la palabra que lo designa y la apropiación de esta palabra desde distintos puntos de vista. Vemos, entonces, cómo en el inicio del conflicto es utilizado y entendido el término, pero también cómo aquellos intelectuales que partieron al exilio se refirieron a él. La segunda parte está dedicada al estudio de este mismo asunto a la luz de tres intelectuales centrales para nuestra historia: Alfonso Reyes y el duelo permanente por su padre, que lo hizo concebir su idea sobre la Revolución desde los ojos del “hijo de un líder contrarrevolucionario que en su duelo intentó presentar como héroe romántico” (p. 126); Pedro Henriquez Ureña, quien vio el proceso, primero, como una revuelta letrada pero que, con el paso del tiempo, quiso observarlo desde una atalaya que conocemos muy bien: la del intelectual que no toma partido porque no quiere comprometerse, aunque hubiera vuelto a México convocado por Vasconcelos, para trabajar con la política cultural de la revolución triunfante y más tarde participara en la ruptura de la élite cultural revolucionaria y se enfrentara con el propio Vasconcelos. Finalmente, y no podía ser de otra manera, Rafael revisa el camino de este último en “José Vasconcelos: la revolución mística”. Allí propone una lectura distinta a la que otros historiadores han sugerido y le interesa leer la idea de Revolución desde los primeros escritos de Vasconcelos hasta la campaña electoral de 1929. Observa así el gradual itinerario ideológico de este intelectual; un sendero que va de una idea redentorista de la revolución a otra legalista a partir de la década de los treinta. Un Vasconcelos para quien fue importante distinguir entre rebelión letrada y revolución política y que tantas veces consideró la superioridad moral de la primera por encima de la segunda, lo que suponía la redención, regeneración y renovación espiritual de México.
En el principio del último apartado, Rojas nos ofrece una interesante revisión del papel de algunos escritores mexicanos alrededor de la gesta revolucionaria, desde las expresiones poéticas hasta buena parte de la narrativa de la revolución, incluida la novela cristera. Gracias a sus observaciones podemos advertir que ese papel se distancia considerablemente de las “pastorales literarias” de otras revoluciones y podría constituir una “contrapastoral”, cuya más rotunda comprensión puede encontrarse, tal vez, en el comentario de Paz cuando dijo que López Velarde podía considerarse “ ‘un poeta de la revolución’, pero no un poeta revolucionario, política e ideológicamente hablando” (p. 199). El autor distingue con claridad el lugar de Germán List Arzubide o el ambigüo papel de Manuel Maples Arce, ambos miembros del movimiento estridentista; el carácter irónico y desencantado de Salvador Novo, el decididamente polémico de Jorge Cuesta durante el cardenismo, el casi indiferente de Jaime Torres Bodet y otros miembros de Contemporáneos que bien puede resumirse en una nota de Marcial Rojas (pseudónimo de Torres Bodet, Xavier Villaurrutia y Bernardo Ortiz de Montellano) donde escribió que “el arte no es revolucionario porque exhiba los fenómenos materiales de la Revolución: lo es en sí mismo y por sí mismo” (p. 211).
En “El cardenismo fabiano”, último apartado de este libro, Rojas estudia algunas de las empresas culturales que nacieron al amparo de los proyectos políticos de Lázaro Cárdenas y Manuel Ávila Camacho, el nacimiento del Fondo de Cultura Económica y su política de traducción, o las revistas El Trimestre Económico o Cuadernos Americanos, donde fue muy claro el propósito de sostener y alentar un americanismo que no rechazaba el diálogo con Europa y los Estados Unidos.
Este libro está lleno de datos interesantes, como enterarnos de que en Hispanoamérica, al principio de la revolución de octubre, se les llamaba a Lenin y Trotsky “oradores magnetizantes” (p. 217) o, por ejemplo, la rusofilia que estos mismos personajes engendraron en América Latina, una rusofilia que hoy también podemos constatar, increíblemente, si pensamos en la invasión de Rusia a Ucrania y en la adhesión (quizá velada, pero indudable) de algunos de los intelectuales del régimen que nos gobierna, tan proclive a Putin. Gracias a esta Epopeya del sentido conocemos, entonces, aspectos que nos ayudan a entender el cuerpo de creencias que rodeó al término revolución y que de tantos modos hoy nos definen, pero también algunas otras cosas que quizá podrían juzgarse intrascendentes, pero que muestran al ser vivo que fue ese movimiento y cómo modificó gran parte de las actividades y la vida personal de los intelectuales. Entonces nos enteramos, por ejemplo, de que Pedro Henríquez Ureña le anunció a Reyes que se casaría con una hermana de Lombardo Toledano, 19 años menor que él, o que el mismo Henríquez Ureña pensaba que el poeta Carlos Pellicer era “perezoso y sin orden” a diferencia del joven Lombardo, a quien describe como “inteligente y activo” (p. 149). Todas estas cosas de la pequeña historia cotidiana de los hombres (y hablo de los seres humanos) nos permiten comprender la fascinación por un vocablo y una idea que le permitió decir a Luis Echeverría, en 1971, que “la revolución [tenía] caminos legítimos para la resolución de todos los problemas” (p. 20).
Si bien el libro nos permite constatar que “aquella lucha por el campo semántico llegó a manifestarse por medio del choque entre la idea oficial de la Revolución, monopolizada por el Partido Revolucionario Institucional (PRI), y nuevas voces de la sociedad civil que exigían una relectura de la historia nacional” (p. 23), pienso que la apropiación del término nos revela también que, para los mexicanos, la idea de “revolución” (y sus hermanos: movimiento, transformación, giro, etcétera) pueden servir para legitimar a cualquier político con cualquier fin.
Me importa destacar ahora el apartado que se llama “Pase de revistas”, donde Rojas comenta que existe un lugar común en los estudios sobre la revolución mexicana según el cual la mayoría de los intelectuales se mantuvo al margen o se opuso al proceso de cambio iniciado en noviembre de 1910. Lo que hace el autor es poner en duda este lugar común y estudia las publicaciones que forman parte del tronco hemerográfico del árbol de nuestra cultura en la primera mitad del siglo pasado para que nosotros nos demos cuenta de cómo era, en realidad, la vida intelectual, y la discusión alrededor del término que nos ocupa. Esta revisión parte, como todo el libro, del seguimiento del grupo de intelectuales que se reunieron alrededor del Ateneo de la Juventud a través de las revistas que van de Savia Moderna a Contemporáneos o Examen, pasando por El Antirreeleccionista, Nosotros, Gladios, Arte, Pegaso, San-Ev-Ank, Revista Nueva, México Moderno, La Falange, y Ulises, entre otras.
Al tiempo de mostrar cómo nuestros intelectuales iban modificando, adaptando y comprendiendo el sentido de la revolución, Rojas nos ofrece un análisis de las personalidades de los protagonistas de estas publicaciones, pero nuestro autor no se conforma con seguir los avatares del término revolución en las publicaciones periódicas sino que intenta entender la cultura revolucionaria, es decir, la cultura que se originó a partir de un movimiento que afectó todos los niveles de la vida mexicana y de sus expresiones artísticas. Me importa señalar que la mirada que Rojas posa sobre este conjunto de revistas provee una visión que, al menos yo —que provengo del mundo literario—, nunca había observado con tal amplitud y, al mismo tiempo, con tal profundidad. Conozco todas las revistas de las que habla el autor, conozco la crítica y estudio de esas revistas y, no obstante, su lectura iluminó para mí zonas que no había visitado.
Tiene razón Rafael Rojas, cuando dice en la introducción a su libro que la historia del siglo XX latinoamericano es ininteligible sin el concepto de revolución. Quizá valdría la pena preguntarnos ahora cuánto bien hizo a Latinoamérica, a México, ese concepto y revisar su actual deriva populista.
“No vengas —le escribió Henríquez Ureña a Alfonso Reyes en 1923—. No hay nada que puedas hacer en México ahora. Aquí no se hace sino política y política que tú no entenderías; a pesar de ello, inmediatamente te clasificarían o en callista o en huertista o en reaccionario” (p. 156). La noria en que los mexicanos damos vuelta interminablemente es asfixiante, pero es forzoso decir que Alfonso Reyes no hizo caso de su amigo y varios años más tarde regresó. Después de la lectura de este libro apasionante y apasionado, vuelvo a recordar los sinónimos ardientes de los que hablaba Paz: Amor, Poesía, Revolución. Quizá sólo el lenguaje de la poesía sea el más legítimo de los procesos revolucionarios.
CITA BIBLIOGRÁFICA: M. Flores, «Pensar, decir la Revolución», Recensión, vol. 10 (julio-diciembre 2023) [Enlace: https://revistarecension.com/2023/07/31/pensar-decir-la-revolucion/ %5D